30/8/08

Apéndice Part 2. Cap 2. (1)

A MI YO NIÑA


Las incontables vicisitudes acaecidas en la guerra se cebaron en la incesante mezcolanza de unas emociones que, aún recién nacidas, brotaban de él con la fluidez de un manantial inagotable. Y fue así como quiso el destino posarse sobre este muchacho para acabar de esculpirlo, infligiéndole la nueva forma con la rudeza de unas manos que, ajenas a todo sentimiento, quebraron esperanzas y sueños que hasta entonces no le habían permitido verse a sí mismo con total claridad. Pero siendo pasto de una angustia que le impedía aceptar la negación de sus deseos, permaneció a merced de innumerables penalidades que lo modelaron con dolor; hasta que terminaron por transformarlo en lo que ahora era. Solo su voz y sus ojos se mantuvieron inmutables al paso del tiempo, como los únicos vestigios de una pasada apariencia que subsistía fiel al recuerdo que de aquel niño guardaba. Y ese día descubrió que, al menos para ella, había dejado de serlo.

Iliandra

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 1º pasaje, Cap 2

Con el aflorar de recuerdos: Desentrañado sentimiento.


CON EL BROTAR DE UNA NUEVA ESPERANZA

Y fue sorprendida por la mansedumbre de invisibles caricias, que reavivaron un ánimo mortecino al sentir cómo su tenue luz se posaba sobre ella con reconfortante tibieza, asesinando con implacable dulzura la oscuridad instituida por unos pesares que hicieron que hasta ese instante la felicidad permaneciera ajena a sus ojos.


Dalial.
Al principio quedó aturdida, porque aunque la voz era de sobra conocida, el aspecto de su dueño había cambiado considerablemente. Tal fue el tiempo transcurrido desde el último encuentro, que en su interludio ambos alcanzaron la madurez. Ya no era solo su estatura, la cual se veía incrementada en al menos en un par de palmos, o el hecho de que la blanca y delicada piel de aquel niño que conoció años atrás se había curtido al sol adquiriendo una correosa robustez, sino que todo resultaba distinto, siendo escasas las señales a las que acogerse para impedir que pareciera un extraño. Al posar sus ojos sobre él, le resultaba imposible no acordarse de los negros mechones de rizado cabello sin que sus labios dibujaran una sonrisa. ¿Cuántas veces rememoró alguna de aquellas divertidas contiendas que con obstinación mantuvo cada vez que estos volvían a dar muestra de rebeldía, para terminar cayendo irremisiblemente como los retazos de un liviano manto llamado a cubrir con gracia su mirar? Cabellos que a día de hoy descansaban sobre fornidas espaldas, en una larga y espesa cabellera que pugnaba por liberarse de impuestas ataduras. Del mismo modo, aquel dulce rostro, aquejado antaño de cierta languidez, poseía ahora una acusada firmeza, como si algo salvaje y primitivo compartiera su alma. Hecho que confirmándose en este encuentro quedó plasmado por la dama muchos años después, en una carta que ella escribió a su “yo niña”. (Apéndices)

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 6º pasaje, Cap 1

Apremiando más de lo que debiera el paso continuó su huida, alejándose más y más de aquellas infantiles voces que, pese a todo, resonaban en su maltrecha conciencia como un grito ensordecedor; haciendo que, en este momento, se encontrase por encima del protocolo el deseo de cobijarse de unas emociones que la extenuaban. Aun así, quiso el destino que escaso fuese ese interludio de relativa calma, puesto que apenas quedó a su espalda el pernicioso influjo de los infantes volvió a sentir, al cruzar algunos recodos del camino marcados por altos setos, que a causa de la ingratitud de una inesperada visión su corazón era abatido de nuevo. Sin esperarlo se halló frente a la imagen que representaba el comienzo. Claro origen de su amargura.

«¿Cómo pude olvidarme de que a pesar de su marcha ella seguiría aquí?»

Su sofocado jadeo se vio interrumpido, como si de pronto no se acordara de respirar. Y se detuvo en seco, condenada por el desconcierto a permanecer inmóvil y absorto.

En el centro de una plaza semicircular, frente a una de las puertas principales, estaba la singular fuente que, erigiéndose en todo su esplendor, inmortalizaba con majestuosa belleza la oda a un héroe.

¡Cuántas veces colmada de admiración la contempló en el pasado! Pero en vista de las circunstancias actuales, el orgullo que sintió por ella y lo que encarnaba, se había convertido en un castigo para sus ojos. Ahora no era más que la negación del olvido. Un monumento que a modo de burla se levantaba a la traición.

En momentos como estos sobreviene la culpa incluso careciendo de ella. Se piensa en qué pudo hacerse o qué no se hizo, ante lo cual, como en aquel poema de Lanaiel, se toma conciencia de la fragilidad del amor: “Solemos descubrir demasiado tarde, que cuando no volcamos todas nuestras atenciones sobre este condenado poseedor de una salud paupérrima, termina por quebrarse en su fragilidad, y enferma progresivamente, a la espera de que le sobrevenga la inexorable muerte”.

Sobre un promontorio que emergía de las aguas se representaba, rememorando un hecho histórico, a un hombre esculpido en piedra, que mostrando un inconmensurable ardor guerrero se entregaba violentamente a la batalla. A sus pies se hallaban los innumerables enemigos que cayeron a su paso, encontrándose entre esta barahúnda de cuerpos muertos y supervivientes que imploraban clemencia al mismo Libertador humillado a sus plantas, presa de un temor ingente. Y mientras lo contemplaba pensó que tal vez eliminando todo recuerdo de su persona llegaría la quietud del olvido, como un bálsamo contra el hiriente amor, siendo la necesidad de esa tranquilidad la que demandaba se dejara llevar por los dictados de un corazón resentido que, al ser objeto de tan cruel abandono, le exigía, en un fugaz arrebato de despecho, que hiciera uso de la autoridad que tras estos muros le era conferida; conocedora de que bastaría una orden suya para hacer que demolieran la fuente. Pero en el fondo sabía que por más que intentara apartarlo de su recuerdo, tratando de desterrar todo indicio de existencia, como si fuese un mal sueño, aún quedarían en su pecho las ascuas de una pasión que terminarían por impedir que ocurriese. Porque a pesar de cobrarse su virtud, y aunque hubiera llegado a darse el caso de que aquella relación, que no fue todo lo fructífera que cabía esperar, no hubiera dejado más que los ajados retazos de su perdida inocencia, el amor que aún sentía era tal que el odio no alcanzaba a tener cabida en su pecho.

Volviendo la lógica a supeditarse al deseo, se aproximó a la fuente sin entender muy bien la razón, para permanecer sentada en los bordes que la delimitaban. Y tras un lapso de inactividad en el que se limitó a contemplar la vacía expresión que proyectaba su reflejo, un agorero pensamiento rondó su cabeza, e inquietada por él y ayudándose con dicho reflejo, comenzó a examinarse el rostro, intentando hallar con su tacto algún cambio o posible imperfección, sin poder evitar preguntarse si algo se había vuelto distinto en ella. Pero hubo de ser su corta edad la que hiciera que toda búsqueda resultara infructuosa, descartando cualquier posibilidad de poseer las arrugas o imperfecciones llamadas a llegar en tiempos venideros.

Escasos fueron los instantes que transcurrieron antes de que cejara en su empeño, y la imagen quedara distorsionada cuando renegando de ella introdujo su mano agitando el agua, al tiempo que venía a su mente una frase del tratado de Garin que se adecuaba a la ocasión: “El dolor de la más cruel mentira apenas es nada comparado con la vergüenza de una verdad que no serán capaces de asumir”.

Desde el otro lado una figura que hasta entonces se había limitado a contemplarla en su abstracción le salió al encuentro y, renegando de aquella cohibida actitud y armado con una autoimpuesta decisión, consiguió llegar a colocarse tras ella, para romper, no sin cierto esfuerzo, las barreras de una cobardía establecida por los años, al tiempo que, abjurando del protocolo se dirigía a ella, llamándola por su nombre en el mismo instante en que las cristalinas aguas se convertían en fieles delatoras de su reflejo.

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 5º pasaje del Cap 1

Fue el destierro de su desidia quien la llevó a tomar la determinación en un momento de lucidez de no demorarse allí, por lo que prosiguió su camino para acceder al interior desde la puerta del este, habiendo quedado muy atrás aquella por la entró.
Sin otro pensamiento que el de abandonar el jardín dentro de los márgenes establecidos, continuó tan presurosa marcha sin intención de pausa alguna. No obstante, a medio camino hubo de verse interceptada por un enjambre de niños que hacia ella corrían. Estos, pertenecientes a diversas casas y desconocedores de la cordial enemistad de sus padres, como indudable prueba de un tierno afecto jugaban juntos, ajenos a la crudeza de una verdad futura. No habiendo de faltar al respecto el comentario que Sulian de Edar hizo durante una de las celebraciones, en la que otro de los invitados aludió “a la alegría que le hacía sentir el verlos tan unidos”, a lo que este respondió con una pregunta: “¿Cómo en este periodo de su virtuosa inocencia podrían tan siquiera imaginar que se verán obligados a sacrificar, con el pasar del tiempo, todo vínculo de amistad o cariño que se hubiera forjado en años de infancia?”

Al reconocer a la joven señora, estos fueron en busca del calor que habitualmente ella les ofrecía. Y rebosantes de una excelsa gratitud se aproximaron al unísono para hacerle fiesta. De este modo se dejaron llevar por el irreprochable entusiasmo de un egoísmo infantil que, encontrándose exento del menor pudor, les permitía confesar fervorosamente el verse necesitados de su cariño, siendo las repetidas manifestaciones de su encanto, las que inconscientemente propiciaron que en algunos de más edad comenzaran a prevalecer las tempranas semillas del amor. Aunque estos, sabedores de la imposibilidad de ser correspondidos, se contentaban con que posara sobre ellos la dulzura de una mirada. Los más pequeños mostraban su agitación, al tiempo que extendían los brazos buscándola, prorrumpiendo en incesantes llamamientos en los que, deseosos de ver aplacada su necesidad de atención y ternura, demandaban ser estrechados contra su pecho.

Así fue como, desconocedores de su valía, cada uno de ellos terminó por ofrendarle a cambio de un poco de interés la pura inocencia de su afecto. Y aunque ella quedó sumamente emocionada por tan hermoso gesto, no se encontró con ánimos de corresponderles como hubiera deseado. Por lo que, sumida en la amargura, optó por alejarse. Y apartando la vista se abrió camino entre ellos, pisoteando a su paso aquel jardín de ilusiones, armada con la cordialidad de una forzada sonrisa, con la que hirió la sensibilidad de aquellos pequeños amantes, dejándolos hundidos bajo un halo de incomprensión que arrancó lágrimas y despertó la fugacidad de rencores livianos.

Supo que estaba mal, que la desazón sentida apenas habría de ser nada en comparación con los remordimientos venideros. Sin embargo del mismo modo sabía que, junto a ellos, no podía luchar contra aquella fuerza invisible que pugnaba por desposeerla de la razón.

En esos angustiosos instantes necesitaba ausentarse del mundo conocido. Permanecer al abrigo de una soledad que la amparara del constante fluir de unas emociones que no podría seguir dominando.

Descubrir un lugar donde obtener el consuelo de que, al menos recluida, sólo ella sería consciente de la vergüenza y el daño sufrido cuando, una vez cansada de sostenerla como si de un pesado yugo se tratara, terminara cayendo la máscara que encubría el dolor, no habiendo nadie junto a ella para reprochar tan impropia manera de proceder.

Tenía claro que antes de verse precipitada por una desesperación que la condujera a las puertas de la locura, concedería a sus sentimientos libertad para manifestarse. Se negaba a sucumbir devorada por el silencio, al igual que la joven aparentemente feliz que encontró muerta con aquella nota en la mano, y cuyas palabras quedaron grabadas en su memoria: “Bañada por la clara sangre del deseo. Sintiendo huidizas sensaciones tan efímeras como un sueño. Pronto despertarás y, estirando el brazo, no encontrarás más que aire: lo acostumbrado.


La soledad te descubrirá el negro manto que a tus ojos la vergüenza ocultaba. La noche muere al nacer el sol. Tal vez su calor consiga secar tus lágrimas”.

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 4º pasaje del Cap 1)

Entre las gentes que allí convergían no tardó en descubrir agazapadas a furtivas parejas que, al igual que ella en otro tiempo, se ocultaban de las constantes miradas de reproche, buscando, sin demasiado éxito, la intimidad de un rinconcito donde la clandestinidad de su amor tuviera cabida. Así fue como quiso el destino que tan alusivas visiones se manifestaran, asestándole aquel inesperado golpe que había de intensificar la llama del recuerdo que la consumía en estas horas de soledad.

«¿Por qué donde quiera que dirija la mirada hallo un sufrimiento que se sustenta en la alegría de otros?»

Aquejada de cierto ahogo le sobrevinieron continuas punzadas que se adueñaron de su pecho para castigar con vehemencia un corazón que angustiosamente batía, y al que no pudo ofrecer más consuelo que el de unas manos que, posadas sobre él, trataban de apaciguarlo. Ávida de sosiego hizo un alto en aquel autoimpuesto peregrinaje, yendo a sentarse con pesadez sobre unos de los bancos de piedra más cercanos, los cuales tenían la forma de briosos y juguetones delfines que, ejecutando enérgicos saltos, parecían emerger del agua para saludar. Y allí esperó el término de esta nueva batalla que sostenía con sus sentimientos, a la que por todos los medios procuraba sobreponerse para salir airosa. Sabía que no debía llorar, al menos, hasta que junto a ella no quedara más compañía que la de un desconsuelo al que habría de encubrir en secreta complicidad, con la esperanza de hallar un sitio apartado donde, con lágrimas, intentar ahogar junto a aquel toda emoción que, como una hiriente negación de prosperidad, se revelase lastimosamente contradictoria. Así fue como descubrió que aún en este amado jardín se le negaba el consuelo; así que entre tanta gente volvía a quedarse sola, porque la única persona con la que quería estar ya no deseaba estar con ella. Por lo que empezó a creer con relativa certeza que finalmente había huido de su lado el amor. Y como el amargo regusto de un recuerdo ingrato, afloró el fragmento de un poema de desamor de Lanaiel, que en este momento llegó a alcanzar verdadero significado: “¿Qué es el amor sino un mal del alma que nos ofrece una felicidad tan hermosa como efímera? Como una burla en la cara de la razón que, cuando le llega el morir, solo deja un vacío que llenamos con una amargura de la que únicamente podremos liberarnos al recaer en un nuevo y absurdo amor”.

Y aunque creía conocer los motivos que hicieron que su desasosiego lo forzara a partir, hubiera dado todo por una mísera esperanza de regreso. Tanto es así, que un “hasta pronto” hubiera bastado para que esa pequeña llama de ilusión se mantuviera viva por más tiempo.

«¿Con qué alimentaré la esperanza de que vuelva?»

Y así continuó, inmersa en una duda que maliciosamente trataba de atribuirle el peso de una culpa que, aún en su inexistencia, se apoderaba de ella, instándola a asumir una creciente deuda para con aquellas heridas que en él se abrieron y que fue a sanar más allá de estos muros.

Instantes más tarde, cuando la dama estuvo algo repuesta, se incorporó; y con paso distraído anduvo sin rumbo, como única navegante que surcara en su soledad el mar de la incertidumbre. Y así continuó, hasta que sus pies errantes se detuvieron al llegar a uno de los extremos del puente que había sido levantado sobre el estanque artificial. Ayudándose del pasamano de plata ascendió por los tallados tablones que componían su base, para detenerse bajo un dosel de hojas de enredadera de las que brotaban pequeñas flores, cuyos minúsculos pétalos encarnados parecían emular lágrimas de sangre que, arrancadas por el vaivén del viento, se derramaran sobre las aguas en un llanto constante. Desde lo alto sus ojos, como infatigables perseguidores de toda hermosura, se detenían de forma intemporal en cada paisaje, buscando que este le proporcionara la quietud con que sustentar el espíritu. Pero por más que se afanaba en saciarse de ellos, devorando con avidez armonía y magnificencia, no lograba colmar el insondable vacío dejado por la melancolía. Y en el transcurso de tan incesante búsqueda su mirada acabó posándose en aquel cristalino fondo, donde era posible contemplar con suma claridad las múltiples maravillas que en este singular estanque se albergaban.

En él se hallaban diversas esculturas cubiertas de pedrería, algunas que sobre tallados pedestales aparentaban debatirse, como si impetuosamente trataran de emerger a la superficie. Por todas ellas se extendía una fina capa de musgo cubriéndolas parcialmente y dándoles unos aires que las hacían integrarse de un modo más natural en el entorno. Las profundidades de dicho estanque estaban ornamentadas con plantas acuáticas, encontrándose entre estas otras elaboradas a partir de diversos metales a los que la mano del hombre dio forma, asemejándose en hermosura a las que allí crecían.
Entre los recovecos del fondo nadaban despreocupados peces de un tamaño considerable, únicos pobladores de aquel paraíso semi-artificial; en el cual, al mirarlo desde donde ella lo hacía, se descubrir que la vegetación, al igual que estos animales acuáticos, conformaba la parte móvil de un singular mosaico. Con la llegada de esta época del año los días se hacían más largos, como si por capricho transcurrieran con lentitud. Pero aun así, cuando la joven señora se quiso dar cuenta ya era bien entrada la tarde, y el astro rey, como el esclavo liberado del tiempo, comenzaba a perder su fulgor, indicando cuán próxima estaba su despedida. Como se cita en el “Eterno romance estival” de Ainbhar Dáihun, con base en leyendas y mitos populares.
Apéndice Eterno romance estival

25/8/08

Apéndice Part 2. Cap 1. (3)

PARADIGMA DE INGRATITUD

Arrebatamos la tierra a sus legítimos señores. Los mismos que nos acogieron, ofreciéndonos, en prueba de solidaridad, las tierras necesarias para poder coexistir. Es por ello que siendo conocedor de su bondad, no puedo evitar preguntarme: ¿existe mayor vergüenza que descubrir que los traidores comparten mi sangre?

Nunca el pago de la tierra fue tan injustificado como cuando tuvo que ser obtenida con sangre.

«¿Cómo olvidar que cada gesto de amistad fue correspondido con acero? ¿Que recompensamos a aquellos que nos lo dieron todo con una traición que les privó de libertad?»

No, no fue la búsqueda de prosperidad la que nos llevó a cometer el genocidio, puesto que la prosperidad fue su regalo. Hubo de ser la supremacía, el deseo de ser señores, y no invitados, en esta tierra. Y ahora, al igual que entonces, somos víctimas de un cruel y desnaturalizado egoísmo que nos incita, en pos de una nueva conquista, a cruzar el mar. Nos convertimos conscientemente en el fiel reflejo de nuestros padres. Tal vez si nuestros hijos llegasen a conocer un mañana, haya entre ellos uno con los redaños suficientes para adoptar el papel de una póstuma conciencia, y que al mirar hacía atrás, nos señale con su dedo acusador como los artífices del segundo genocidio.


Sunainen

Al despertar la llama de sentimientos dormidos (3º pasaje Cap 1)

Manteniéndose fiel a los límites marcados por la decoración la mujer recorría el curso de una senda que, como si hubiera de desembocar en el mar, terminó ensanchándose bruscamente a modo de ribera. En este punto la calzada se veía invadida por una manta de hierba que cubría con su extenso verdor hasta donde alcanzaba la vista; y veíanse, en las proximidades de aquella representada orilla, estelas de forma variable que iban decreciendo hasta mezclarse con la piedra, como olas que van a morir a la costa. A unos veinte cuerpos de su ubicación se alzaban espesos y elevados setos aglutinados por secciones, y recortados hasta representar la quilla de tres embarcaciones que parecían fondear algo apartadas de la quimérica orilla. En el centro de aquellos boscosos navíos de artificio se erigían tres árboles encarnando los poderosos mástiles, sobre los que se tendían a modo de vela finos tapices de seda anaranjada en los que se bordó con hilos de oro en fondo grana el emblema de La Casa de Bánum. Tanto en sus cubiertas como en las barcazas que hipotéticamente se habrían arriado podía encontrarse figuras que fueron concebidas a partir de gruesas y nudosas raíces, a las que en un alarde de maestría se consiguió desnaturalizar hasta otorgarles la apariencia de avezados marineros. Estos lucían a modo de piel una superficie pardusca que se mostraba a su vez recia y compacta, atribuyéndoles un porte vigoroso, deshumanizado. Como sí a pesar de su patente letargo poseyeran la desmesurada fortaleza de pequeños colosos. Impersonales facciones exponían la crudeza de desvirtuados rostros, vacíos e inexpresivos, siendo la carencia del más leve atisbo de emoción lo que hacía que sólo por la ubicación en la barca y la posible interpretación de sus acciones se pudiera intuir el papel que cada uno representaba.


Tras más de una década de encomiable entrega, que hubo de verse considerablemente acrecentada por tan abrumador mantenimiento, aquel jardín consiguió encarnar el descubrimiento y primer desembarco en estas tierras hacía más de siglo y medio. No faltando quien aludiera al modo en que fue tomada en “Paradigma de ingratitud” un texto de Sunainen.


Apéndice, Paradigma de ingratitud


21/8/08

Apéndice Part 2. Cap 1. (2)

VETUSTAS RELIQUIAS DEL AYER

Aquellas suntuosas representaciones, las cuales estaban dotadas en su mayoría de dudosa credibilidad, encarnan la única manera que tenemos de no dejar atrás el pasado, puesto que una parte importante de los acontecimientos no ha quedado registrada en los libros debido a numerosos factores que hicieron de ellos algo escaso, desvirtuado y superfluo.


Cuando aconteció La Gran Migración fueron abandonadas bibliotecas enteras repletas de libros, que allí permanecerán para no ser leídos, quedando encerrada en ellos la historia de un pasado que hemos perdido inexorablemente. Al igual que la de otros tantos que yacerán para siempre en el mar junto a los tripulantes de aquellos barcos que naufragaron durante tan prolongada travesía.

Por otro lado, al llegar a la nueva tierra y tras la última guerra de sucesión, el analfabetismo comenzó a prodigarse incluso entre la burguesía, llegando a un punto en que prácticamente no sabían de letras más que aquellos que ostentaran un cargo político. El resto, poetas, dramaturgos e historiadores, entre los que yo mismo algún día podría llegar a encontrarme, cayeron bajo el peso de una censura que acabó con la vida que se atesoraba en cientos de volúmenes, uniéndose a ellos las de sus respectivos autores. Solo La Sagrada Orden tiene en su haber alguno de aquellos libros antiguos, además de la compilación de todo lo que aconteció desde la llegada a la isla, estando cada acontecimiento registrado y fechado por un grupo de copistas que, aún hoy, consagran sus vidas a tal propósito.




Ólonam

Al despertar la llama de sentimientos dormidos. (2º pasaje Cap 1)

Quiso el destino que durante el transcurso de lo que en otras circunstancias podía haber sido un gratificante paseo, no dejara de verse importunada a intervalos por una popularidad de la que era consciente, y que siempre le costó asumir, una carga que en todo momento impediría su quietud. Por más esquiva que se mostraba, no conseguía evitar toparse con diversos invitados que conociéndola y en vista de su posición se postraban ante ella, reverenciándola como era menester; y a los que, por obligada cortesía, fue correspondiendo con la frialdad que cabía esperar para con aquellos rostros que no expresaban más que la superficialidad de su anonimato.
¡Cómo odiaba cruzar miradas con ellos!, porque eran estos subordinados los que realmente ostentaban el poder; y aquí, al igual que en la fiesta, no le consentían ese ansiado olvido, ya que con suma claridad lograba ver reflejado en los ojos de cada uno de ellos el estigma de su dolor. Dolor que, sin comprender hasta no hace mucho, vio reflejado en varios de los poemas de Lanaiel, aquel joven poeta que tanto le agradaba: “Cansado del amargo sabor que en mis labios dejó la vida, camino ebrio de emociones y sediento de olvido”.

A cualquiera le hubiera bastado una ojeada presurosa para apreciar que cuanto a su alrededor confluía no estaba regido por los meros parámetros de una estética costumbrista, ya que, aunque esta obviamente existía, nada que aquí se hallara podría haber coexistido de forma aleatoria. Tal era el grado de perfección que sus meticulosos artistas pretendían alcanzar, que en algún que otro caso llegaban, en pos de la creación y conservación de su obra, a entregarse a ella de tal modo que terminaba por absorberles, avivándose en ellos un orgullo que acababa conduciéndolos a una enfermiza obsesión. Era como si todo tuviera su sitio preestablecido, y, por insignificante que pudiera parecer, llegara a formar parte importante de algo. Fiel reflejo de esto ha de encontrarse en las palabras que el actual Maestro de Historiadores de la Casa de Thárin utilizó para aludir a este hecho: “Somos los creadores de una puerta que se abre al pasado, para reflejar fielmente aquellos fragmentos que por su esplendor merecerán ser contados, no importándonos dedicar por entero la vida a una pequeña parte de esta obra siempre inconclusa”.

Aquel concienzudo trabajo solía asignárseles de por vida, y como tal consistía, con el apoyo de una numerosa cuadrilla de aprendices y artesanos, en la recreación desde un punto de vista artístico de un determinado momento histórico, grandes acontecimientos que no deberían ser olvidados. Con cada una de estas creaciones se brindaba la oportunidad, a los escasos privilegiados con permiso para transitarlas, de ser testigos de un pasado glorioso, encumbrado de tal forma que los autores de dichas proezas eran enaltecidos hasta el punto de quedar por ellas mitificados. Aunque de igual modo que con las estatuas antes citadas, no faltó quien hubiera de mostrar su opinión personal, siendo la más reacia y la que al mismo tiempo más polémica despertó, la recogida en la cita “Vetustas reliquias del ayer” de Ólonam.

Apéndices, Vetustas reliquias del ayer

Apéndice, Cap 1 (1)

EL OCASO DE LOS IDOLOS


Y aquí permanecía el póstumo recuerdo, símbolo de grandes héroes de otro tiempo; como si a pesar del esplendor atesorado durante una vida de incontables gestas en la que la gallardía de sus acciones les hicieron brillar con luz propia, no merecieran más honor que el de que sus restos, de forma irreverente, quedaran expuestos a los ojos de todos, perdurando como insólitas atracciones de las que siempre podría desprenderse un curioso comentario, o la inspirar una singular historia con la que sorprender de su valor a aquellos visitantes que desde su nacimiento se hallaron exentos del menor indicio de bizarría.

Sunainen

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, (1º pasaje del Cap 1)

Soledad y reencuentro: La búsqueda.



REENCUENTRO


Tus venturosas lágrimas me colmaron de anhelante alegría. Y tras sucumbir a la pureza del reencuentro, víctima del reflejo que tus emociones brindaron, no pude evitar, en muda plegaria, dar mil gracias al destino por regalarme el sonido de esa voz que brotó de tus labios envuelta en sonrisas. Y no haría justicia a lo que por ti siento si me limitara a tratar de expresarte con palabras hasta que punto me complació verte.

Sus cortos y presurosos pasos resonaron en aquel interminable pasillo que cruzó tan rápido como el protocolo autorizaba, huyendo así de una compañía que se le antojaba molesta.

Cansada como estaba de soportar el peso de constantes miradas que sabía se hermanaban para compartir con maliciosa complicidad habladurías sobre su persona, optó por desistir del intento de presentar a los ojos de todos los conocedores de su pena la estoicidad de una fingida indiferencia, que aparentaba otorgarle una fortaleza de espíritu que no tenía. Y aunque nada hubo de referirse sobre lo ocurrido, era obvio que aquel rumor no se encontraba exento de una solidez que terminó por darle alas. La partida del caballero no tardó en hacerse del dominio público, convirtiéndose en un secreto a voces del que nadie podía hablar abiertamente por el respeto que infundía la elevada posición que la dama ostentaba, y el temor a que, valiéndose ella, considerara el tomar represalias.

De esta forma, la amargura de la reciente derrota la hizo aventurarse en un nuevo peregrinaje al encuentro de una paz que pese a serle vedada siempre acababa brindándole los añorados jardines; lugar donde tal vez la ausencia de continuos murmullos la dejaría afrontar su actual situación con mayor claridad. Y aunque bien sabido era por ella que de nada le serviría ahondar en el pensamiento, no podía evitar ir a ciegas al encuentro de una explicación, ni tampoco, llevada por la necesidad de adoptar una hipótesis que poseyera la firmeza necesaria para aferrarla a su realidad, divagar entre conjeturas relacionadas con su reciente e inexplicable pérdida.

«¿Tan grande era su malestar como para abandonarme sin tan siquiera mostrar el decoro de una simple despedida?». Se preguntaba, a la búsqueda de una respuesta que, si bien no la haría entender la razón, al menos atenuaría las dudas, otorgándole el pequeño consuelo de cesar en sus cavilaciones. Mas semejante tranquilidad le fue negada, convirtiéndose todo intento de hallarla en un constante ejercicio de futilidad. Ya lo dijo Dalial en una de sus numerosas citas: “Muchos de nuestros sueños y deseos terminan cuando en un airado mar de dudas, las conjeturas a la deriva perecen inexorablemente al precipitarse sobre arrecifes de realidad”.

Atravesando un suntuoso arco sobre el que se había esculpido el emblema de su estirpe se encontró en el jardín, y le bastó una mirada para quedar absorta ante la esplendorosa magnificencia de aquel paraíso para los sentidos, en el que se adentró para rendir a la hermosura un homenaje que solía ser tan merecido como cotidiano. A cada paso caía cautivada por la frescura que manifestaba el extenso verdor del que germinaban las flores.

Respiró con profundidad, tratando de captar la embriagadora mezcla de aromas que de ellas emanaba generosamente. En verdad, no había palabras para describir tan variopinta colección de flores, las cuales diferían en un sinfín de formas, tamaños y colores, y arduamente, como doncellas vanidosas desprovistas de pudor, rivalizaban intentando despertar la admiración y robar los elogios de cuantos transitaran este santuario natural que siempre se mantuvo imperecedero, ajeno al pasar del tiempo.

El camino se bifurcaba en serpenteantes senderos que de un modo aleatorio se internaban en él, para emular los pétreos ramales de un río que evitando la floresta buscara anhelante encontrarse con el mar. Y a la deriva la dama se entregó a seguir el curso de uno de ellos, tan ensimismada en el paisaje como si cuanto la rodeara fuera nuevo y maravilloso.

El nacimiento de cada uno de aquellos ilusorios afluentes estaba custodiado por las formidables estatuas de antepasados que, con singular maestría, habían sido tallados en mármol negro, cubiertos con la armadura que en vida llevaron, y enjoyados con la plausible muestra de exquisitez que les confería gracias a su fino acabado una envidiable solemnidad.Aunque no cuantos supieron de este homenaje hubieron de verlo con los mismos ojos, siendo Sunainem, (en la lengua de los antiguos “Despertar del alma”) quien se proclamó contra ellos en el poema “El ocaso de los Ídolos”.

Un buen momento para pronuncirse

Saludos a los que habéis llegado hasta aquí y enhorabuena, sois los elegidosJ.

Empiezo haciendo la pelota porque me gustaría pediros algo, jajajaja

Dado que se terminó la Parte 1, me gustaría que me dierais vuestra sincera opinión en lo que ha esta se refiere.

Como comenté al principio de esta odisea bloguera, aparte de la necesidad de compartir los textos, y motivarme a terminarlos, me movió el saber que opinión merecía, y si de alguna manera podían mejorarse.

Por eso quisiera que os mojarais un poco aunque solo fuera al final de las partes haciendo una breve comentarios del texto y de un modo general, si es posible haciendo especial hincapié en aquello que no os termine de cuadrar, que os parezca mejorable, o de algo que el texto carezca.

Os dejo, para lo que no sepáis demasiado bien sobre que comentar o para haceros caer en la cuenta de según que cosas, una especie de listado. Tal vez os lo haga más fácil.

Que opinas sobre:

Narrativa, personajes, extensión de capítulos, citas, apéndices, lo que se cuenta o como digo arriba cualquier otra impresión que tengáis a bien compartir, (sobra decir que es voluntario, aunque sino colaboráis me enfadaré muchísimo, pese a que el enfado se me pase pronto)

Abrazos y besos, y gracias de nuevo por formar parte de esto.

14/8/08

Preludio, Cap 5 ( final de la Parte 1)

Plegaria de purificación


EL PESO DE UNA POSIBLE VERDAD

Sólo hallándome al borde del abismo,
descubrí cuantas cosas podían llegar a perder su significado.


Pensamiento enviado a los dioses en un ritual de purificación por Úlben Iknuar, Campeón de La Casa de Úrman, después de sobrevivir a su último desafió.

Aun habiéndose cerrado la puerta tras el nombrado paladín de su causa, el señor permaneció inmóvil unos instantes, hasta tener la certeza de que no volvería a abrirse.

Y cuando hubo sentido que su conciencia estaba en plena posesión de la privacidad que esta reciente soledad le brindaba, de los cajones extrajo una nueva palmatoria para acoger una vela encarnada que, además de diversos relieves, mostraba un abundante número de símbolos llamados a representar los nombres de cada deidad.
Parte de la oscuridad que inundaba la habitación fue tomada por el delicado resurgir de la llama, y acto seguido un reducido pergamino fue depositado en la mesa, sobre el cual, tras ser extendido con ambas manos, colocó un insólito tintero en el que terminó por descansar una exuberante pluma que mostraba su nervio central de un oscuro azabache, al tiempo que el largo y ostentoso plumón que de ella brotaba compartía tonalidad con la portadora de luz. Al igual que estas, cuantas acciones hubieron de sucederlas fueron ejecutadas con sobriedad y rigor, siguiendo los pasos de un humilde ritual. Y una vez que todo ocupaba convenientemente su lugar, tomó la pluma con resuelta determinación y escribió:

“Por más que quisiera no conseguiría reunir, después del daño y la vergüenza inflingidos, el suficiente valor para mirarle a los ojos.

¿Cómo no albergar el temor de que ese sentimiento de culpa, que permanece ligado a su recuerdo, me sometiera en el último instante, quebrantando de este modo el reducto de una fortaleza que, con toda seguridad, quedaría extinta en su presencia?
Tan inoportuna frustración me soliviantaría.

Y encontrándome inmerso en ella despertaría a la deriva, perdiéndome al desandar lo andado. Convertido en el náufrago que, mecido por un mar de lágrimas, se debatiría intentando hacer llegar hasta él incesantes disculpas, siendo estas como las olas, que se precipitan, una tras otra, en busca de la calma que anhelan encontrar en la orilla.

«¡Qué paradójico me resulta pensar que, por más que desee librarme de él, cargo con el yugo que mi condición me impone!»

«¿Por qué no me consuela saber que él, rebosante de toda bondad, acabaría por otorgarme el perdón?»


Así fue como, encontrándose al abrigo de la clandestinidad que lo envolvía, terminó de redactar aquellas líneas que, a pesar de su brevedad, dejaban de manifiesto una verdad inconfesable. Y sólo cuando quedaron plasmadas sobre el manuscrito estas y otras indignidades, fue ofrendado con deliberada prudencia a las llamas. Unas llamas que aprendió a temer y respetar sobremanera desde el día en que estas se alimentaron ávidamente de su carne.

Allí permaneció con el brazo extendido, sumido en inerte e inquieta expectación, contemplando respetuosamente, mientras se cumplía el breve interludio de rigor, con qué lenta determinación envolvían sus pesares, devorándolos. Únicamente cuando el pergamino se halló próximo a consumirse fue colocado en el recipiente de metal; y, al tiempo que salmodiaba una plegaria para sí, extrajo una pequeña daga ceremonial del cinturón. Armado con ella comenzó a gesticular con las manos sobre los humeantes restos del escrito, para, acto seguido, haciéndose una incisión en la palma, dejar que se derramara la sangre en la confesión ya extinta.

Fue así como aquella alma sumida en el agotamiento creyó encontrar un remanente de paz durante el transcurso de la ceremonia de purificación; y sintiéndose algo aliviada, y libre de condicionamiento, se dejó llevar por las emociones, negándose a tratar de evitar que escapara de los ojos de su portador alguna que otra lágrima furtiva.

Preludio, Cap 4

Con el Rumor de su llegada: Llanto por el recuerdo de un hijo del alma.


RENEGANDO DE SU HUMANIDAD

Los sentimientos son algo nocivo, y tiendo a renegar de ellos.
Nunca he sido partidario de acogerme a nada que careciera de ecuanimidad.


Respuesta que Drunel Libornae dio cuando le preguntaron cómo se sentía por la muerte de su único hijo.

La puerta se cerró tras él, pero fueron escasos los instantes que transcurrieron antes de que volviera a abrirse y la sombra accediera por segunda vez al interior; para descubrir que, en tan breve interludio, el hombre grueso había sacado del cajón un receptáculo metálico; siendo el hecho de que este se encontrara sobre la mesa lo que enrareció el reencuentro, puesto que ambos eran conocedores de su significado, y lo que conllevaría.

Al verse sorprendido de esta forma cuando se disponía a desnudar su alma para expiar las culpas, el señor se sintió azorado. Pero a pesar de ello intentó que la vergüenza que con su inoportuna aparición le estaba haciendo pasar, no fuera demasiado ostensible. Y de igual modo la sombra trató, a su vez, de mostrarse indiferente, como si no se percatara de algo que resultaría obvio incluso para alguien menos observador.

«Ni aun siendo víctima de tales padecimientos esto sería de esperar de alguien como tú. Grande ha de ser la parte de esa desesperación que callas, y tan reacio eres a mostrarme, para que absurdamente te prestes a buscar consuelo en aquellos que, siendo patente por la escasez de marcas en tu palma, desde hacía mucho habías olvidado. ¿No entiendes que nada hallarás si tiendes la mano al aire? Ellos no son más que un concepto. El triste e infructuoso reducto de los que, a un tiempo, vagan desheredados de virtud y razón».
―Disculpad, señor, estaba tan abstraído escuchando las noticias de lo recientemente acontecido, que casi olvido mencionaros algo que creo estimaréis de cierto interés ―expuso la sombra atropelladamente, denotando, con fingida gravedad, el aparente azoramiento por su involuntaria indiscreción.

En vista de cuanto ocurrió con anterioridad, y encontrándose extenuado ante tantas emociones, el señor no lo tomó a mal, y haciendo un escueto gesto con la mano lo instó a que prosiguiera.
―Entre los invitados se rumorea que es probable que haga acto de presencia Sionel, primogénito de La Casa de Thárin ―dijo tratando de escoger bien cada una de las palabras; sin miedo, pero mostrando la debida cautela que a este asunto se confería.



TE CONOZCO

No importará lo que intentes, algunas verdades salen siempre a la luz.
Y por más que trates de esconder sentimientos,
tu corazón siempre será el fiel delator
al que no supiste enseñar a mentirme.


Súlian de Edar.

En estos instantes los recuerdos que deseaban ser olvidados salieron involuntariamente a la luz, como si de una vieja herida se tratase; una herida de la que, incluso habiéndonos visto privados del dolor por el pasar del tiempo, nos quedara el permanente testimonio de una fea cicatriz que siempre estará ahí para atestiguar lo ocurrido. La crudeza de aquel error ensució cada nombre a perpetuidad, con una mancha que siempre precedería a todo el que, directa o indirectamente, se vió involucrado en ello; siendo tal la vergüenza sentida por la gravedad de aquella falta que, aunque el noble corazón de Sionel pudiese otorgarle un perdón inmerecido, seguiría sin alcanzar una quietud que sólo el olvido le podría dar.

Igual suerte corrieron los que se vieron involucrados en el asunto, ya que de un tiempo a esta parte no se volvió a saber nada de los otros dos. Y es por ello que hubo de sentir, al ser rescatado su nombre, como si con ello se estuvieran invocando antiguos fantasmas del pasado.

―¿Él aquí? ¿En mi casa? ¿Acaso eso podría llegar a ser posible? ―preguntó el Señor de Bánum, siendo tal la enardecida satisfacción que provocó la inesperada sorpresa, que actuó como desencadenante de estas y otras preguntas que por decoro trataban de ser contenidas, consiguiendo finalmente, tras doblegar la emoción, acallar sus labios.

―¿Qué no daría por volver a tener bajo este techo la presencia de tan noble caballero? ―añadió, entregado por entero a aquella apreciación que manifestaba abiertamente la pureza de un afecto rebosante de añoranza.

«Cuán desconcertante resulta percibir en ti un estado de debilidad y aprensión que, sin tú saberlo, te gobierna a su antojo. Con qué facilidad podría doblegarse ese corazón tuyo, enfermo de pesar y hambriento de afecto, haciendo que tu voluntad quedara supeditada a la de aquéllos que ayer se deshicieron de la humanidad para mostrarse hoy ampliamente versados en el noble arte de la sugestión. Pide, cuando tengas a bien hacerlo, a esos dioses tuyos que oculten la debilidad de cada herida a esos lobos que, aun sirviéndote, mal te quieren; y agradéceles a un tiempo que el único de ellos que sabe de esta debilidad esté de tu lado».

―Vuestras palabras dejan de manifiesto la alta estima que debéis de profesarle ¿He de suponer, señor, que os encontráis por ello gratamente complacido?

―Podría deciros que casi lo he visto nacer. Y la prontitud de la petición fue tal, que a raíz del alumbramiento se acordó el matrimonio.

»Es por eso que, desde sus comienzos, me vi interesado por cada uno de los logros y progresos que iba atesorando, de los cuales no podía menos que enorgullecerme, aunque sólo fuera de un modo indirecto, al ser sabedor de lo que el futuro le había deparado ―aclaró el señor, y tras una breve pausa prosiguió―. El hecho de saber que algún día aquel joven cachorro se convertiría en mi yerno, hizo que, apenas sin llegar a darme cuenta, lo sintiera como algo mío; despertando en mí un cariño paternal ―confesó, interrumpiéndose tras estas palabras, lo que denotaba cierta congoja. ―¿Y qué más podría decirte? Sobradamente conoces el resto de la historia ―añadió con desdén, dando por finalizada la explicación, cuyo tono destilaba cierta amargura.

Después de unos instantes de reflexión, en los que su espíritu apasionado se debatió hasta conseguir dejar a un lado una ilusión que le restaría objetividad, el sentido común tomó posesión de los actos, proporcionándole la entereza suficiente para renegar de aquello que se presentaba como un sueño absurdamente inalcanzable, y del que, por todos los medios, intentaba desembarazarse, como si su instinto de conservación se manifestara en una renuncia al dolor; negándole así, la opción de alimentar una vana esperanza.

―Debemos ser conscientes de la imposibilidad de esa verdad… ¿De qué serviría engañarnos tratando inútilmente de avivar una llama que fue extinguida hace tanto?―. No sin cierta dificultad, las palabras comenzaron a brotar de él y, a pesar de la templanza que pretendía reflejar con ellas, estas sonaron apagadas y ligeramente impregnadas de una agria e hiriente resignación.

―Me resulta impensable creer que, tras haber sentido en sus carnes el amargo regusto de la afrenta que años atrás mi casa le confirió, se digne tan siquiera cruzar el umbral de mi puerta ―pensó, reafirmándose en tales creencias―. Seguramente esta noticia, que a bien veníais a darme, no será más que la pérfida ocurrencia de alguien que mucho sabe de crueldades ―añadió apenado, desestimando toda posibilidad de que Sionel apareciera.

El mutismo de esta nueva pausa duró más de lo acostumbrado, y amenazaba con permanecer invariable, hasta que lo incómodo de aquella situación instó a la sombra a convertirse en el portador de las palabras que habrían de derrocar el silencio.

«Nada me queda por hacer aquí. Está claro que en tal estado todas las puertas a la esperanza que yo hubiera de abrirte serían cerradas por tu amargura. Permanece el tiempo que estimes conveniente en este rincón que elegiste para las penurias. Y entrégate a la plegaria del fuego si te place. Ojalá consigas con tan necio proceder ese amparo que no me está permitido darte».

―Si así pensáis, señor, lamento haberos importunado con esa información sin que fuera comprobada previamente su veracidad ―dijo la sombra disculpándose con parquedad, optando con resolución por cambiar de tema lo más rápido que la prudencia le permitió―. Señor, si nada más deseáis de mí y creéis que todo queda dicho, con vuestro permiso volveré de nuevo a mis obligaciones. Mañana cuando despunte el alba partiré ―dijo, lanzando una sugerencia que no encontraría respuesta de labios del señor, el cual se limitó a asentir pesadamente en señal de conformidad. En vista de esto, la sombra se despidió por segunda vez con una profunda reverencia; y cuando se disponía a abandonar el recinto, se vio una vez más detenido en el umbral de la puerta, acatando con presta fidelidad el repentino mandato.

―¡Esperad! ―solicitó el señor con una agitación carente de marcialidad; como si, armado únicamente con cobardía y recato, hubiera podido extraer de la conciencia más palabras de las que debieran ser proferidas por el decoro, mientras se ahogaba inexorablemente en una angustia que sofocaba su respiración.

―Si él apareciera…― y el mensaje cesó, dando paso a un mutismo que lo decía todo. Por más que quisiese, no habría logrado expresar su pensamiento con mayor claridad.


MÁS ALLÁ DE TODA VERDAD

Aún ahora, tras rememorar lo tristemente acontecido, habían quedado impregnados en su voz apagada y marchita los vestigios de una ilusión que, instantes antes, vio doblegarse y morir bajo el peso de una lógica aplastante; y fue la imposibilidad de darla por perdida, lo que nunca le permitiría rendirse a una palpable evidencia.

Lanaiel.

10/8/08

Preludio, (5º pasaje del Cap 3)

―Apenas os resta expresar el destino que a él le aguarda, y será mi mano la que dé fiel cumplimiento a vuestro mandato―. La falta de sensibilidad con la que aquellas palabras fueron pronunciadas las hizo sonar vacías y carentes de la motivación personal que una implicación tan directa requería. Pero, a pesar de esto, no había falsedad en ellas; el no expresar abiertamente su humanidad, no negaba la existencia de los posibles lazos que, de algún modo, lo unían al señor, otorgándole, en diversas ocasiones, muestras de una lealtad inquebrantable.

―Habiendo llegado a este punto, sólo su muerte podría atenuar la falta. No existe para él posibilidad de redención ―fundamentó el señor, tratando en vano de enmascarar su macabra satisfacción, tras lo cual se efectuó la acostumbrada pausa de rigor que precedía a la petición que, para ambos, ya era sobradamente conocida―. ¿Acudiréis, al igual que en anteriores ocasiones, a la llamada de la sangre? ―y fue así cómo se formuló la pregunta. A la cual el aludido no contestó, limitándose a asentir con solemnidad.

―¡Id pues tras él! ¡Y acallad los reproches de una virtud herida que reclama, para la restitución de su honra, la sangre de aquel traidor que ha ido a esconderse más allá de estos muros! ―exclamó con un fervor difícilmente contenido―. Únicamente he de pediros que refrenéis vuestra mano al encontraros con él. El acero no habrá de asomar a la luz hasta que, de la misma forma, lo hubiera hecho la explicación que consiguiera desvelar el motivo que lo impulsó a cometer semejante insensatez ―dijo añadiendo aquel inciso que parecía haber estado a punto de ser olvidado―. ¡Encuéntralo! Mas no te dejes ver, ¡sólo vigílalo! Es necesario saber, antes de que todo termine, si alguna de las grandes casas está detrás de esto
―apuntó, mostrándose confuso, preocupado por lo que creía que estaba a punto de descubrir, lo cual podría convertirse en preludio de nuevas intrigas que dieran paso a una posible guerra.

«¿Por qué por más que intento desentrañar la razón de su proceder no consigo una explicación que se me antoje del todo racional?» pensó el señor para sí, intentando inútilmente aliviar su tan maltrecha conciencia.

―Sólo cuando obtengas de él lo indispensable para que mi necesidad de saber se vea satisfecha habrá llegado su hora. En ese mismo instante ¡mátalo! El modo en que lo hagas no me importa ¡Simplemente hazlo! Y trae una prueba de su muerte―. Y mientras ultimaba enardecido los detalles, determinando las pautas a seguir, una socarrona sonrisa de deleite se dibujó en su cara, como si pudiera vislumbrar el deseado desenlace de todo eso.

―Es probable que, llegado el momento, algunos de mis emisarios os salgan al paso para saber de lo acontecido. Mantenedlos informados mediante el método habitual. Y si por el motivo que sea hubiera algo que pudieseis necesitar, no dudéis en hacérselo saber y ellos mismos os lo proporcionaran.

Cuando sus palabras cesaron, el señor se giró encaminando sus pasos al marco de la ventana. Y allí quedó meditabundo, contemplando un enlutado cielo carente de estrellas.

―De todas formas, pasarán algunos días antes de que pueda recibir vuestras noticias. Me veo obligado a ausentarme. Parto a la capital para comparecer frente al Gran Consejo en un próximo concilio junto a los grandes señores de las otras casas; me dirijo a él inquieto por el rumor de que posibles malas nuevas vengan a sumarse a las ya tristemente conocidas ―comenzó a decir resignado, iniciando una insólita revelación en la que rumiaba cada pensamiento en voz alta, como si tratara, para sí, de poner en orden sus ideas.

«Inmediata parece hallarse la caída de otra de las grandes casas. Y todo apunta a que, tal vez, no me encuentre en el bando correcto, mas cuando llegué te di mi palabra de servir a tu casa y velar por sus intereses, y así lo haré, mientras haya una casa e intereses a los que servir».

―¿Podría saber cuáles son esos venideros problemas de los que me habláis, señor? ―inquirió volviendo a hacer gala de su inexpresividad.

―Hasta ahora nada es del todo seguro. La escasa información que, con dificultad, mis espías han logrado recabar, no se presta más que a conjeturas; proyectos en el aire en los que, al parecer, no terminan de ponerse de acuerdo. Y entre los cuales se encuentra alguno que, si llegara a tomar forma, amenazaría seriamente nuestros intereses ―explicó escuetamente el señor, intentando quitarle peso a la posible gravedad de un problema futuro―. Olvidaos ahora de eso, ya he tomado medidas para retrasar esta desgracia si llegara a producirse y aunque en el peor de los casos únicamente demoraría lo inevitable, debéis centraros en el tema que os ocupa ―añadió, tratando de ahuyentar cualquier distracción que le impidiera dedicarse por entero a su tarea actual.

―Deberemos mantener la serenidad en este difícil periodo en el que la sucesión de penalidades podría socavar nuestro ánimo y buen hacer ―aconsejó fervientemente, como si esta petición fuese una plegaria al sentido común. ―Creo que no será necesario advertiros de la discreción con la que deberéis proceder frente a tan delicada cuestión ―señaló el gran señor, haciendo una pausa tras la cual prosiguió―. Confío en vos. Nunca me habéis fallado. Y en numerosas ocasiones demostrasteis una inquebrantable fidelidad a la casa que os acogió. ¿Comprendéis lo importante que es esto para nosotros? ¿Sabéis cómo seremos vistos ante las demás casas si esto llegara a saberse? ―dijo en un tono ligeramente paternal, sopesando las terribles consecuencias que semejante problema podría llegar a acarrearle. Como sí, de algún modo, aquel arrebato de impropia sinceridad impregnada de desesperación terminara apelando a su benevolencia y sentido del deber en una súplica inexistente.

En ningún momento de esta confesión se volvió, negándole la visión del vergonzoso desconsuelo que sabía se dibujaba en su rostro.

―Señor, no es necesario que digáis más. Me lo habéis dado todo cuando no tenía nada, después de lo que antaño me quitaron. Fuisteis vos quien respondió por mí cuando ni tan siquiera mi propio padre quiso hacerlo. Os juro, por cuanto quiero y me importa, que nada impedirá que vuestro deseo se vea realizado. Aunque para ello tenga que mancillar con estas manos cien veces mi nombre ―proclamó empeñando la palabra, con toda la solemnidad que su rigidez le permitió reflejar.

Así habló aunque, pese a su total entrega, no hubo ninguna demostración de afecto, quedando claro que apenas le importaban los asuntos antes tratados y que, del mismo modo, no le movía nada personal en dicho cometido. Su actitud sólo reflejaba la deuda. Una obediencia rebosante de marcialidad.

―¡Qué así sea! Ahora ve, y lleva a cabo el castigo ―contestó el hombre grueso que, pese a ostentar tan notable posición, en estos instantes no era más que un padre abatido implorando justicia.

Sin mediar palabra alguna, la sombra, que en todo momento había permanecido arrodillada, se irguió, y girándose cruzó el umbral de la puerta.

Preludio, (4º pasaje del Cap 3)

―¡A nadie puedo culpar más que a él! Fueron sus acciones las que hicieron germinar este rencor que ahora siento. Tanto es así que si en este mismo instante lo tuviera ante mí, me dejaría llevar por el impropio y desmedido frenesí gustosamente, en busca de la satisfacción de sentir cómo, con mis propias manos, termino por arrancarle la vida―. En voz alta revelaba cada uno de sus pensamientos, con la hiriente claridad con que se iban presentando, avivando así las brasas de una obsesión que parecía encontrarse próxima a la locura.

―¡Se ha reído de nosotros! ¡Un mísero campesino se ha reído de nosotros y nuestras costumbres! ―exclamó el señor entre dientes, enfatizando, en cada palabra, el acentuado desprecio con el que pugnaba, al tiempo que hacía un considerable esfuerzo para no sucumbir a la impropia demostración de esa ira que, dentro de él, ardía en deseos de resurgir con mayor brío.

―Bien sabes que una afrenta así no puede quedar sin respuesta. Es por eso que te he convocado en tan infrecuente clandestinidad. Carezco de alguien más apropiado para llevar a buen término esta ineludible misión que ahora me dispongo a encomendarte. La casualidad ha querido que durante el breve interludio que él necesitó para perpetrar sus fechorías, te hallaras lejos de estos muros, comprobando el estado de “las semillas” a tu cargo; lo cual no sólo descarta toda probabilidad de que te reconozca, lo que a un tiempo, ha de ofrecerte una posición claramente ventajosa ―explicó con detenimiento; y tras un instante para recuperar el resuello prosiguió―. Sabes, al igual que yo, que esta cuestión debe ser zanjada con la mayor brevedad posible. Debemos evitar que tan desagradable asunto llegue hasta oídos ávidos de secretos, que se ocultan para confabular en la sombra, esperando hallar los primeros indicios de debilidad para usurpar el sitio que, por derecho, corresponde a mi linaje ―aquello sonó como si la confirmación de un rumor que de alguna manera siempre había estado presente, amenazara con alcanzar veracidad. La situación se mostraba propicia para que la traición proliferara en las mentes de aquellos que no sólo eran sabedores de su avanzada edad y muchos achaques, sino que estaban muy al tanto de la actual escasez de varones en su línea sucesoria. Aún recordaba las palabras, la resolución que se vio forzado a tomar dadas las circunstancias: “Lo aceptaré como yerno. Y a ese hijo, aún no nacido, como futuro descendiente de mi casa. Prefiero un feudo consolidado bajo una mano débil, que dejar el poder a unos consejeros que se repartirían Bánum como si de un botín de guerra se tratase”. Mas nueve meses después de presentar a su futuro yerno en sociedad, el hijo varón de aquella pecaminosa unión fue extraído muerto de las entrañas de su madre.

Era patente que el señor daba a su vasallo más explicaciones de las que hubieran sido necesarias para llevar a cabo su actual cometido. No se trataba sólo de que éste intentara exponer de una forma más prolija el tema que les ocupaba, siendo algo sobradamente conocido; aunque tratándose de según qué argumentos, su oyente era el único súbdito en el que, por paradójico que resultara, podía tener plena confianza. Únicamente cuando sufría aquellos repentinos ataques de melancolía, viéndose por ello necesitado de alguien con quien compartir, aunque sólo fuera de un modo circunstancial, el peso del poder, la sombra asumía el papel de siniestro confidente, ante el que podía desembarazarse, parcialmente, de aquel acostumbrado recato que le impedía exteriorizar sus posibles turbaciones.

Nunca la soledad resultó buena compañera para aquellos que no poseen la firmeza necesaria para afrontar los problemas.

Uno de tantos proverbios populares.

Preludio, (3º pasaje del Cap 3)

El vasallo lo tomó y, sin abrirlo, comenzó a examinarlo con detenimiento. Los exiguos restos del sello con el que fue lacrado aún estaban adheridos al escrito, siendo estos suficientes no sólo para testimoniar su autenticidad, sino para desvelar vagamente cuánto tiempo había transcurrido desde que la misiva fue escrita.

Resultó insólito para la sombra descubrir cuán pretérita era dicha carta, ya que no podía tener, en modo alguno, concordancia con unos sucesos tan recientemente acaecidos.

La bermeja viveza del lacre había empezado a deslucirse, al tiempo que adquirió el color pardusco que sobre él solía dejar el polvo y el pasar de los meses. Meses en los que la falta de determinación de su dueño la mantuvo confinada en algún recóndito lugar, a la espera del ansiado instante en que la duda y el miedo que en él moraban se le alejaran definitivamente del pensamiento. También logró advertir las acusadas marcas dejadas sobre él por su presuroso desasosiego, sorprendiéndose al percibir la rudeza empleada para profanar la confidencialidad de aquel sello que se presentaba arrancado de forma poco decorosa. De igual manera, lo surcaban en su centro otras marcas que la sombra supuso hechas a consecuencia del ataque de ira que debió de provocar su más reciente lectura.

Sin abrirlo, deslizó con sutil minuciosidad la yema de los dedos entre los pliegues del pergamino, llegando a descubrir mediante el tacto que, a pesar de ser lo primero redactado sobre él, éste estaba colmado de innumerables correcciones; sin lugar a dudas, otra irrefutable prueba de que su autor padecía esa ominosa incertidumbre que tiende a sustentarse en un miedo capaz de enturbiar a un tiempo el ánimo y la razón. Y careciendo de la necesidad de más indagaciones, aquella oscuridad concluyó la investigación restituyendo el pergamino a la mesa. Tan satisfecho quedó por sus averiguaciones que creyó del todo intrascendente proceder a la lectura.

Sólo los hechos tenían verdadero interés para alguien tan versado en la materia, y sobradamente sabía que fueran cuales fuesen las palabras que en él figuraban, estas no hubieran podido decirle más de lo ya conocido.

―Esa es la carta de la que antes hacíais mención ―terminó por añadir escuetamente el señor, como si esperara que este comentario diera pie a alguno más.

«Cuán férreamente han tenido que ser vigilados por esos ojos y oídos que tan diligentes se entregaron a servirte, para llegar a impedir que carta tan confidencial llegara a alcanzar su pretendido destino».

―¿Vuestra hija os hizo entrega de ella? ―preguntó la sombra de forma escueta, pese a conocer la respuesta.

―¡No! Ella no sabe nada. ¡Ni deberá saberlo! ―se apresuró a indicar con vivacidad, tras lo cual prosiguió hablando―. Haría que esta situación le resultara aún más dolorosa, ya que avivando en ella la falsa esperanza de que él vuelva sólo conseguiríamos prolongarle el sufrimiento. Será mejor negarle su existencia, para que, con el tiempo, consiga abjurar de este amor enfermo cuyos esponsales nunca debieron consumarse. El estar al tanto de la carta y los motivos que en ella refiere para explicar su marcha no la beneficiará. La única manera de que conozca la verdad es ocultándole su mentira, ya que sus palabras disfrazadas de promesas terminarían por persuadirla a aceptar su engaño ―explicó, sentenciando a su hija a acunar lamentos.

-Desconocedor de su vil naturaleza, di cobijo en mi casa a ese ladrón. Lo colmé de atenciones, porque creí que su nombre era sinónimo de audacia y honor, y en pago a la hospitalidad que como anfitrión le brindé, no sólo me robó la doncellez de mi única hija, sino que, al verse mancillada su virtud, nos fue negada toda posibilidad de alcanzar perseguidas ilusiones concertadas antes de su nacimiento ―y haciendo una pausa en su confesión para recapitular en el pensamiento, dio paso a un breve silencio que impregnaba este momento de amargura, tras el cual se vio obligado a proseguir con su exposición―. Aun ahora, que se han esfumado las expectativas posibles, no puedo evitar pensar con amargura que tan provechosa unión hubiera dado como fruto una firme promesa de prosperidad, garantizando así la perpetuación de mi linaje. Resulta increíble que tras fraguar el bienestar de mi casa, labor a la cual me consagré durante tantos años de una forma tan ardorosamente encomiable, y estando su consecución sumamente cercana, el más insignificante de los hombres pudiera hacer que todo se disipara como el humo.

»Y ahora que, con el pasar del tiempo, comenzaba a eclipsarse mi desilusión al verse desatendida ante la búsqueda de una tranquilidad que me hubiera llevado a aceptar esta burla del destino, ¡él la abandona!, esgrimiendo el mancillado orgullo de mi hija para asestar un duro golpe al prestigio de mi casa―.

Al terminar de exponer aquella confesión quedó durante unos segundos pensativo, con los ojos fijos en ninguna parte, analizando de nuevo lo ocurrido como si tratara de rumiar esa verdad intragable que se agarraba traidoramente a su garganta, reavivando un odio que no cejaría en su empeño de alimentarse con crueldad hasta alcanzar el deseado resarcimiento.

―¡Vos al igual que yo la habéis visto en la fiesta! ―exclamó señalando las estancias superiores, como si buscara la comprensión de alguien que hiciera excusable su abatimiento―. ¡Ausente de todo y de todos, con la mirada perdida más allá de estos muros! Desde que él se fue, deambula de un lado para otro como si se hallara ausente de sí misma, inmersa en la desesperanzada búsqueda de la dicha perdida ―añadió airado, tras lo cual hizo una pausa para intentar recuperar el control de sí mismo―. Ella aún tiene esperanzas de que vuelva, desconocedora de que, con tales esperanzas, no hará más que alimentar su desconsuelo ―afirmó llevado por la certeza que su pesimismo le aportaba. Pero aún así permanecía erguido, tratando de aparentar estoicismo ante los duros envites de esta contienda; negándole a las lágrimas la libertad que con empeño demandaban las heridas del alma―. Y es por eso por lo que aquí me tenéis, sumido en este deplorable estado de impotencia, sin poder evitar mostrarme tristemente convencido de que su partida acabó despojándola de razón. ¿Y qué podría hacer yo frente a eso? ¿De qué me sirve la posición que ostento? ¿Acaso con todas mis riquezas lograría privarla de su dolor? ¿Conseguiría con ellas comprar su alegría? ―. Y al ver con amargura que, tras una breve interrupción, todas estas preguntas pasajeras que encarnaban el fiel reflejo de su abatimiento quedaban sepultadas en la vacuidad de un ignominioso silencio, se dejó llevar por el agotamiento, y terminó por desplomarse pesadamente en la silla que se encontraba frente al escritorio, apoyando los codos en ella al tiempo que, con sus atrofiadas manos, se cubría el rostro, como si mediante una poco ortodoxa plegaria implorase sosiego.

―Con resignación fui capaz de aceptar que en su crueldad no quisiera el destino darme un hijo varón que ocupase mi lugar, ¿pero deberé permanecer impasible viendo cómo, ante mis ojos, se seca la flor de su juventud? ―Durante el transcurso de tan emotivo monólogo, aquel padre no pudo evitar exteriorizar con desagrado el cúmulo de sentimientos que manaban de él. Hecho que sería del todo impensable de no ser tratado en la discreta penumbra de una habitación en la que se impondría, sobre labios y oídos ajenos, el silencio de una demostrada lealtad, permaneciendo su vasallo, durante la explicación, en profundo y respetuoso mutismo.Y tras la sincera crudeza de sus comentarios los dos fueron regalados con la sobriedad del silencio, hasta que la mente del padre, envenenada en rencor, supo poner en su boca nuevas palabras que, una vez impregnadas en él, fueron pronunciadas. Y estas, ebrias de odio, se manifestaron como un ineludible llamamiento, haciendo inminente un próximo derramamiento de sangre que zanjaría el desagravio, aunque no por ello habría de erradicar el problema. Una sensación difícil de explicar, pero magníficamente expresada, en uno de los escritos de Sulian de Edar:

"Por más que me obstinara en buscar no hallaría la forma de restituir la pureza de la flor que sus manos profanaron. Y aún hoy siento que derramando la última gota de su sangre no haría sanar mi herida, ni restablecería, en modo alguno, el honor mancillado. Pero a pesar de ello su muerte se me antoja necesaria, porque sólo viéndolo privado de la existencia podré acallar las voces que en continuo asedio arremeten contra mi maltrecha conciencia”.

Preludio, (2º pasaje del Cap 3)

Durante unos segundos nadie pronunció palabra alguna, hasta que el hombre grueso se vio resuelto a iniciar la conversación.
―¿Por qué entráis como un fantasma? ―preguntó el que aguardaba, desposeído de su último reducto de quietud.

«Está más intranquilo de lo que suele ser habitual en él. Ya lo sabe» advirtió el recién llegado.

―Lo siento, señor. Sólo quería que vierais que no se ha perdido ni un ápice de mis cualidades al haberme acomodado ―explicó aquella oscuridad, sin ningún tipo de matiz en su sibilante voz.

―La próxima vez haceos notar ―ordenó rescatando parte de una autoridad que, junto con su compostura, se había esfumado.

―Así lo haré si ese es vuestro deseo, mi señor.

―¿Por qué habéis tardado tanto?

―He venido en cuanto las circunstancias y vuestros invitados me lo han permitido. No creí prudente ni cortés ausentarme tan rápidamente, y menos aún hallándose en el gran salón asistentes de todas las casas ―respondió, como si no le afectaran las críticas y reproches de alguien que con claridad ostentaba un cargo superior.

―Bueno, olvídadlo, eso ahora no importa. Debemos tratar con presteza un delicado contratiempo que se halla pendiente de ser solventado ―indicó el hombre grueso con una firme interrupción que castró sus disculpas―. ¿Tenéis idea de por qué os mandé llamar? ―añadió, intentando estar al tanto de si el conflicto había llegado a hacerse público y, en el caso de que así fuese, averiguar qué repercusión tuvo entre los conocedores de la noticia.

«Ni tan siquiera es capaz de referírmelo abiertamente. Si sigue manteniendo ese grado de inquietud se derrumbará».

―En realidad, señor, no alcanzo a imaginar motivos tan extremadamente delicados como para que requiráis mis servicios. Mas si son ciertos los comentarios divulgados entre las gentes de la corte, podría hacerme una ligera idea.

―¿Así qué ya se ha extendido el rumor? ―dijo como para sí, sopesando la gravedad de que este se propagara más allá de sus fronteras.

«Debo decírselo sin demora, la ausencia de saber habrá de dañarlo más que la propia verdad»

―Me temo que sí, señor. Sería sumamente raro que en esta hora haya alguien en la corte que desconozca al menos el hecho de su partida. Aunque sólo entre unos pocos se alude a la remota posibilidad de que no regrese.

»Incluso he querido entreoír con vaguedad algo referente a una carta de despedida…―. Mientras hablaba, el señor tomaba conciencia de todos los rumores y cuchicheos rescatados para él por unos oídos adiestrados que proporcionaban a los labios de su vasallo esta historia; mas cuando fue referida la existencia de la carta, se hizo pedazos la sobriedad que tan arduamente mantuviera desde el inicio la conversación. Y viéndose traicionado por los nervios al confirmarse sus temores, fue doblegada la voluntad que hasta entonces hubo mantenido a raya emociones que no era lícito exteriorizar.

―¿Dónde conseguisteis tal información? ―interrogó el señor con frenesí, pregunta ante la cual la oscura forma permaneció inmutable, como si pareciera estudiarlo, sin mostrar el menor indicio de turbación o temor, en tanto que contemplaba con secreto placer cómo la ira tomaba posesión de él.

«No seré yo quien se alegre de tu dolor, mas no puedo evitar que me divierta el comprobar cuán verdadero es que este no conoce clases».

―En los brazos de una de tantas doncellas del servicio. Es allí donde suele ser más fiable ―respondió la sombra confesando sin ningún pudor, haber mantenido reiteradas relaciones con personas pertenecientes a una condición social tan por debajo de la suya.

―¿Recordáis su nombre? ―inquirió tratando de sonsacarlo, a la vez que dejaba entrever en su modo de preguntar las horribles medidas a seguir para terminar, en su nacimiento, con tan temido rumor.

―En efecto ―respondió sin más, a sabiendas de lo que esto conllevaría.

―Bien. Cuando salgáis, hacedlo saber a uno de los centinelas, al igual que el lugar donde puede hallársela, y que se le comunique que es inmediatamente requerida a mi presencia ―ordenó con ciertos síntomas de serenidad, consolándose al pensar que, si este problema era erradicado a tiempo, no pasaría de ser un cuchicheo entre una mínima parte de la servidumbre. Y que como tal acabaría por disiparse, de la misma forma que ocurriera en anteriores circunstancias.

―Así se hará, señor ―dijo corroborando con insultante frialdad aquella anunciada sentencia de muerte, dictada en clandestinidad; al tiempo que venía a su memoria un fragmento del romance herético que Lanaiel escribió, de seguro, basándose en una situación que no hubo de distar demasiado de esta: “Ofreciendo con falsedad la sombra de una efímera noche de amor, abocada a desvelar el secreto de unos labios sellados que él profanó con besos y robó con caricias”.

―¿Qué pensáis vos de todo esto? ―preguntó el señor, compartiendo con su vasallo el peso de sus cavilaciones.

«¿Acaso no está lo suficientemente claro? ¿A qué absurda esperanza pretendes acogerte?»

―No creo, en realidad, que pueda importar lo que yo piense al respecto, señor. Tan sólo alcanzaría a conjeturar basándome en una lógica que no tendría por qué ser necesariamente compartida ―respondió haciendo alarde de una diplomacia con la que pretendía mantenerse al margen.

―Aun así, deseo conocer vuestra opinión.

«Sobre ese asunto estás ciego. Y no me corresponde a mí tratar de librarte de una ceguera que no sabes ni quieres asumir».
―Si a pesar de lo dicho requerís de parecer ―comenzó a decir presa de una desgana que su frialdad hacía imperceptible ―, os diré que tal vez os estéis preocupando en exceso, porque, como bien sabéis, todo esto podría no ser más que un rumor infundado, al igual que tantos otros que deambulan por ahí. Es algo que, al menos a mí, se me antoja impensable. Sería tan absurdo creer que no volverá… ¿Qué sentido tendría su marcha? ¿Acaso aquí no tiene cuanto pudiera desear? Esas habladurías no serán más que humo hasta poseer una prueba de lo contrario ―argumentó la sombra, restando importancia a un asunto que, hasta la presente, se sostenía sobre hipótesis que, al no poder ser respaldadas, había considerado plenamente irracionales.

―Ojalá sólo fuera eso, pero tengo esas pruebas de las que me habláis, y son tan concluyentes que me hacen no albergar la menor duda de su marcha ―dijo arrojándole un abultado pergamino, previamente extraído de entre los pliegues del manto. Este cayó sobre la mesa, siendo su inconsistencia mayor de la que hubiera cabido esperar de un documento que mantuviera la privacidad.

3/8/08

Preludio, (1º pasaje del Cap 3)

Dictando en clandestinidad la sentencia de una muerte anunciada



VENGANZA

Destruyendo poco a poco aquello que más odias,
arrancando pequeños trozos hasta que la raíz se pudra.


Siguiendo los recovecos de incontables pasillos que se perdían en lo más profundo, se llegaba a las lóbregas estancias subterráneas que bajo la mansión fueron excavadas en la roca viva de aquel risco cuyas ventanas permitían vislumbrar el puerto y, más allá de él, el mar. Lugar desde donde sólo un agudizado oído hubiera podido percibir lo que arriba acontecía, como un moribundo murmullo que pesadamente arrastrase el viento.

Tras una de tantas puertas se accedía a aquella reducida estancia, privada de calidez a causa de un mobiliario tan vetusto como austero. En su interior podían hallarse multitud de objetos que descansaban con anarquía sobre rústicos estantes de madera, siendo fácil por su disposición deducir que dentro del desvencijado habitáculo nada estaba dispuesto siguiendo un orden. Todo parecía colocado a la ligera, ofreciendo una visión muy clara de la escasa importancia que tenía su actual cometido, y cómo su presente improductividad propiciaba el atemporal confinamiento.

Largo rato hacía que descansaba en una de las esquinas de una voluminosa mesa de roble una titilante vela a medio consumir, siendo este pequeño foco de luz el que dejaba la habitación en penumbra, y permitiría vislumbrar con levedad la silueta de un hombre grueso y achaparrado; este cubría su cuerpo con una amplia túnica sobre la que se veían representados su cargo y procedencia, mientras quedaba expuesto en aquel rostro cubierto de aceites, en las manos y en otras partes que la tela no cubría, de qué modo el fuego devoró con avidez su carne.

El incesante tamborileo que sus atrofiados dedos ejercían sobre la madera, unido a los continuos cambios de postura, dejaba de manifiesto cómo la inquietud de su premura degeneraba paulatinamente en angustiosa cólera.

Con reiteración, el intenso verdor de aquellos diminutos ojos de carnosos párpados se clavaba con vehemencia en la temblorosa llama, midiendo con ella el tiempo transcurrido.

La cera se derretía chorreando con lentitud, como si se tratase de los granos de un reloj de arena próximo a consumirse, habiéndose desbordado incluso de la palmatoria del mismo modo que su escasa paciencia. Y, llevado por la ira, hizo que ésta se perdiera en un rincón, extinguiendo su luz de un enérgico manotazo.

Sólo cuando pereció la llama pudo repararse en un estrecho ventanal por donde se filtraba la inusual claridad del crepúsculo. A este hubo de dirigirse en busca del sosiego de aquella brisa que traía consigo cierto regusto de mar.

―¡Maldito sea! ¿Por qué no viene? ―dijo airado, dejando caer pesadamente sus retorcidas manos sobre el alféizar.

Y allí quedó aquella solitaria sombra, dando la espalda a la puerta como un animal enjaulado que no dejaba de agitarse.

El repiqueteo se volvió más incesante y, como en ocasiones anteriores, llevado por una desesperación que lo poseía con suma facilidad, comenzó a murmurar un airado monólogo cargado de insultos y protestas, que fue decreciendo hasta expirar en breve tiempo.

Al principio, la ausencia de sonidos pareció llamada a traer consigo una sensación de quietud, tan falsa como efímera, ya que, cuando sólo quedó el silencio como tal, se convirtió en un vacío que su propia impaciencia hizo eterno, en el que se veía incrementado considerablemente cualquier sonido que, en otras circunstancias, no hubiera resultado apreciable, haciendo que incluso su sofocada respiración, o los desaforados latidos de su turbado corazón, se manifestaran ante él como algo ruidoso e incómodo.

Víctima de un nutrido número de padecimientos y pesares, el peso del tiempo caía sobre él con tiránica violencia, sumiéndolo en continuas cavilaciones en las que permaneció abstraído, inmerso en el desconsuelo producido por unos pensamientos en los que se enfrentaba cara a cara a una sediciosa progenie de problemas que, tras retoñar, anidaban en su cabeza en tal cantidad que habrían logrado anegar el ánimo del más paciente de los hombres. Y no sin falta de arrojo trataba de solventarlos, haciéndoles frente a todos a la vez. Pero inmerso como estaba en la acritud que las circunstancias le infundieron, no pudo evitar verse desbordado en la bruna marea de emociones que lo envolvía en aquella singular batalla perdida de antemano.

Con alarmante fertilidad fueron concebidas las semillas de un sinfín de visiones catastrofistas que ávidamente el subconsciente engendraba para mortificarlo, acrecentando la culpa que le impedía encontrar la manera de soslayar sus pecados.

―Disculpad mi tardanza ―dijo escasos instantes después una voz serena y pausada, que parecía confundirse con un soplo de brisa.

Aquel que contra sus nervios se debatía en tan angustiosa espera, se giró presuroso, y cuando así lo hizo descubrió que una nueva sombra compartía la estancia.