Destruyendo poco a poco aquello que más odias,
arrancando pequeños trozos hasta que la raíz se pudra.
Siguiendo los recovecos de incontables pasillos que se perdían en lo más profundo, se llegaba a las lóbregas estancias subterráneas que bajo la mansión fueron excavadas en la roca viva de aquel risco cuyas ventanas permitían vislumbrar el puerto y, más allá de él, el mar. Lugar desde donde sólo un agudizado oído hubiera podido percibir lo que arriba acontecía, como un moribundo murmullo que pesadamente arrastrase el viento.Largo rato hacía que descansaba en una de las esquinas de una voluminosa mesa de roble una titilante vela a medio consumir, siendo este pequeño foco de luz el que dejaba la habitación en penumbra, y permitiría vislumbrar con levedad la silueta de un hombre grueso y achaparrado; este cubría su cuerpo con una amplia túnica sobre la que se veían representados su cargo y procedencia, mientras quedaba expuesto en aquel rostro cubierto de aceites, en las manos y en otras partes que la tela no cubría, de qué modo el fuego devoró con avidez su carne.
El incesante tamborileo que sus atrofiados dedos ejercían sobre la madera, unido a los continuos cambios de postura, dejaba de manifiesto cómo la inquietud de su premura degeneraba paulatinamente en angustiosa cólera.
Con reiteración, el intenso verdor de aquellos diminutos ojos de carnosos párpados se clavaba con vehemencia en la temblorosa llama, midiendo con ella el tiempo transcurrido.
La cera se derretía chorreando con lentitud, como si se tratase de los granos de un reloj de arena próximo a consumirse, habiéndose desbordado incluso de la palmatoria del mismo modo que su escasa paciencia. Y, llevado por la ira, hizo que ésta se perdiera en un rincón, extinguiendo su luz de un enérgico manotazo.Sólo cuando pereció la llama pudo repararse en un estrecho ventanal por donde se filtraba la inusual claridad del crepúsculo. A este hubo de dirigirse en busca del sosiego de aquella brisa que traía consigo cierto regusto de mar.
―¡Maldito sea! ¿Por qué no viene? ―dijo airado, dejando caer pesadamente sus retorcidas manos sobre el alféizar.
Y allí quedó aquella solitaria sombra, dando la espalda a la puerta como un animal enjaulado que no dejaba de agitarse.
El repiqueteo se volvió más incesante y, como en ocasiones anteriores, llevado por una desesperación que lo poseía con suma facilidad, comenzó a murmurar un airado monólogo cargado de insultos y protestas, que fue decreciendo hasta expirar en breve tiempo.
Al principio, la ausencia de sonidos pareció llamada a traer consigo una sensación de quietud, tan falsa como efímera, ya que, cuando sólo quedó el silencio como tal, se convirtió en un vacío que su propia impaciencia hizo eterno, en el que se veía incrementado considerablemente cualquier sonido que, en otras circunstancias, no hubiera resultado apreciable, haciendo que incluso su sofocada respiración, o los desaforados latidos de su turbado corazón, se manifestaran ante él como algo ruidoso e incómodo.
Víctima de un nutrido número de padecimientos y pesares, el peso del tiempo caía sobre él con tiránica violencia, sumiéndolo en continuas cavilaciones en las que permaneció abstraído, inmerso en el desconsuelo producido por unos pensamientos en los que se enfrentaba cara a cara a una sediciosa progenie de problemas que, tras retoñar, anidaban en su cabeza en tal cantidad que habrían logrado anegar el ánimo del más paciente de los hombres. Y no sin falta de arrojo trataba de solventarlos, haciéndoles frente a todos a la vez. Pero inmerso como estaba en la acritud que las circunstancias le infundieron, no pudo evitar verse desbordado en la bruna marea de emociones que lo envolvía en aquella singular batalla perdida de antemano.
Con alarmante fertilidad fueron concebidas las semillas de un sinfín de visiones catastrofistas que ávidamente el subconsciente engendraba para mortificarlo, acrecentando la culpa que le impedía encontrar la manera de soslayar sus pecados.―Disculpad mi tardanza ―dijo escasos instantes después una voz serena y pausada, que parecía confundirse con un soplo de brisa.
Aquel que contra sus nervios se debatía en tan angustiosa espera, se giró presuroso, y cuando así lo hizo descubrió que una nueva sombra compartía la estancia.












Sólo al no tenerte









