29/9/08

Apéndice Part 2. Cap 2. (3)

PRESENTACIÓN EN SOCIEDAD DE ILIANDRA

¡Acercaos, hijos de La Casa de Bánum, para contemplar con orgullo el póstumo regalo que vuestra señora tuvo a bien entregaros antes de que su luz se extinguiera!

¡Acercaos! Porque aún podréis encontrar cierto regocijo, si vuestras conciencias os permiten ver más allá de este insufrible padecimiento, al descubrir el fruto de esperanza que su encomiable perseverancia nos legó.

¡Qué se acerquen también quienes estén conmigo en comunión con el dolor, porque no es solo dolor lo que en este día estoy dispuesto a compartir con vosotros!
Sé que sabéis lo mucho que habrán de tardar las alegrías en desecar el amargo manantial de lágrimas que brotará de nosotros, al ser éstas alentadas por el recuerdo. Aunque para los que como yo la querían la muerte no habrá de representar en ningún momento una barrera para amarla. Pero consolaos al pensar que ella no se ha ido sin más, ya que antes de su marcha se acordó, en su infinita bondad, de cada uno de los que habitan sus tierras, dejando tras de sí una nueva simiente que estará llamada a repoblar a su paso, la alegría que se hubiera marchitado en cada rostro.

¡Pero acercaos os digo! No permitáis que mi posición coarte vuestros deseos. En momentos como estos no hay señores ni vasallos. Solo los hijos de un mismo padre que habrán de permanecer unidos hasta el final de los tiempos, compartiendo, con la misma abnegación, sufrimiento y gozo. ¿O es qué acaso no veis cómo mis brazos, ahora portadores de felicidad, vienen acunando un antídoto capaz de erradicar esta unánime aflicción?

Para obtener consuelo bastará con que poséis vuestros ojos sobre este pequeño milagro que extrajeron de su vientre, puesto que su mera visión consigue arrancar la negra herrumbre que, en corazón y alma, hayan podido dejar las penas.

26/9/08

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 10º pasaje, Cap 2

Tras el desconcierto de una insólita desaprobación quedó ahogado el silencio bajo un embravecido mar de caprichosas lágrimas, del que no cesaron de emerger un sinfín de protestas preñadas de una incomprensión propia de la edad. Aquella inesperada rabieta obligó al Señor de Bánum a hacer acopio de una paciencia tan ajena a su condición que solía permanecer en desuso, pero que no le costaba asumir siempre que se tratara de ella. Tal era el amor sentido por su hija, que incluso el mayor de los sacrificios estaba llamado a quedarse en nada al compararlo con el constante e ineludible espíritu de sobreprotección que surgió en él en el mismo momento en que le fue entregado aquel valioso presente. Presente que, sin duda alguna, había sido enviado por los dioses para prolongar un linaje que desde un principio parecía condenado a la extinción.

Ni tan siquiera el hecho de que le fuese negado un varón pudo enturbiar la alegría de ver cumplido, a las puertas de su segunda madurez, aquel dulce deseo de juventud. Y pese a la costosa pérdida, todo el dolor y la frustración de aquella vida de espera desaparecieron en el preciso instante en que sostuvo en sus brazos el inestimable fruto que terminaría con sus desvelos. Momento que quedó registrado por un copista mientras acontecía.


Apéndice

24/9/08

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 9º pasaje, Cap 2

A pesar de que ese olor era tan conocido para ella como podía serlo la misma flor, su intensidad la dejó aturdida. Nunca antes la fragancia había resultado tan penetrante como hasta ahora. Y solo un instante después se acordó de cierto día, hacía ya algunos años, cuando pretendiendo huir de las escudriñadoras miradas de compañeros de juego fue a esconderse tras unos setos. Hecho que propició que escuchara en clandestinidad, un breve fragmento de la pecaminosa conversación que, en privado, mantenían dos aprendices del gremio de historiadores. Uno de ellos aseguraba con rotundidad que la fragancia de estas genuinas flores se intensificaba con el crepúsculo, en tanto el otro, aun prestando oídos a esta licenciosa observación, se mostraba visiblemente nervioso, y sin otro afán que el de verse liberado de la férrea presa que aquel rudo confesor ejercía sobre su brazo. El impuesto monólogo prosiguió, avivándose en los labios del declamador el fuego de un arrojo insostenible. Y el grado de obcecación que llegó a alcanzar aquel apasionado orador fue tal, que hubo de desoír con suma indiferencia cada uno de los ruegos que su cautivo oyente hacía en nombre de una razón sustentada en el miedo, siendo esto lo que le impedía aceptar la osada invitación de transgredir las leyes para, al amparo de la noche, llenar los pulmones con la pureza de aquel aire impregnado de una enriquecida fragancia. Del mismo modo, aquello la llevó a recordar cómo tan singular descubrimiento la instó a partir a toda prisa, viéndose impulsada, por la vehemente candidez que experimenta al nacer toda pasión infantil, a iniciar una afanosa búsqueda que no habría de concluir hasta alcanzar el consentimiento de un padre que solía mostrarse tan seco y abrupto para con todos, como generoso y complaciente con ella. Pero aciago hubo de ser el recuerdo que en ella dejara un encuentro en el que no solo vio morir uno de sus deseos antes de que se realizara, ya que semejante hecho trajo consigo, irremediablemente, la primera negación recibida de labios de su progenitor.

23/9/08

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 8º pasaje, Cap 2

Haciendo un adecuado uso de dichas artes logró alejarse, sorteando, con una sutileza empañada de nerviosismo, los arrecifes impuestos por tan desapacible situación. En apenas unos instantes se acrecentó la distancia entre ellos sin que pareciera premeditado. Y al juzgarla adecuada, abandonó tan discreta huida.


Solo cuando consiguió desligarse en su abstracción de gran parte de la inquietud que la había forzado a marcar distancias entre ella y el foco de incertidumbre, pudo abrir de nuevo los ojos para mirar al mundo; y al hacerlo halló algo externo a ellos, algo que consiguió llamarle bastante la atención. Entre aquella innumerable diversidad de flores que adornaban el jardín se sintió atraída irremisiblemente por la exuberante belleza de una de ellas, la cual destacaba entre las de su clase por lo inusual del tamaño y la viveza del color. Semejante hallazgo hizo que lo demás perdiera importancia, viéndose relegado del pensamiento cuanto no estuviera relacionado con el placer de inclinarse para respirar su esencia. Y, haciendo alarde de espontánea sencillez, le rindió merecida pleitesía antes de tomarla delicadamente con ambas manos y aspirar con avidez hasta llenarse de ella, quedando al hacerlo tan embriagada por su abrupto aroma que llegó a experimentar una leve sensación de desvanecimiento.

15/9/08

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 7º pasaje, Cap 2

Durante un breve intervalo se cernió sobre ellos un desconcertante mutismo, que dio fe de hasta qué punto cada uno de ellos se hallaba a disgusto con una reacción que para ambos había resultado tan molesta como inevitable. Fue entonces cuando se giró, tratando de adoptar, tras la brusca espontaneidad de tal acción, un incipiente halo de naturalidad destinado a atenuar en la medida de lo posible el amargor producido por tan enojoso incidente. Valiéndose de artes bien aprendidas la joven señora escenificó una ambigua representación, en la que palabras y gestos se sucedían en una interminable espiral de deliberada frivolidad que, al menos en parte, consiguió negar al caballero ese escaso respiro que habría de resultarle necesario para tomar conciencia de cuanto permanecía velado tras aquel simple gesto, como se había especificado en el “Tratado del conocimiento del hombre” que Garin escribió: “Si no queréis que una ofensa directa se convierta en llamamiento a la sangre, cuidaos en todo momento de que la dosis de odio que estéis dispuestos a generar sea la adecuada. Y no os olvidéis de que, si por el motivo que fuere, os excedéis en vuestras provocaciones, deberéis seguir hablando. Permitid que vuestras palabras fluyan mansamente, porque en casos como estos nada puede acrecentar más el odio que el propio silencio”.

14/9/08

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 6º pasaje, Cap 2

Tras permanecer durante largo rato abrazados, ebrios de una quietud bendecida por el silencio, Iliandra se desunió para volver a contemplar el nuevo rostro de aquel que no veía hace años, convencida de que de él extraería la panacea para aliviarle el padecimiento de tan recientes heridas. Mas fue entonces cuando su idílica placidez se truncó, al tropezar con una mirada que la privó de sosiego. Una mirada que conocía, pero a la que premeditadamente dejó morir no dándole cabida entre los recuerdos; y que no solo creía haber desterrado de la memoria, sino que confiaba que trascurridos todos estos años se hubiera extinguido, al carecer del sustento que hubiera podido proporcionar una mínima esperanza. Sin embargo, nada estaba más lejos de la verdad, puesto que, si cabía, su expresión era aún más intensa. Esto hizo que por un momento ella se estremeciera, llegando incluso a sentir cierto temor de aquel que, hacía escasos instantes, fuera heraldo de serenidad, tornándose en un símbolo pronto a desvanecerse cuando dejara de encarnar la más sincera fuente de regocijo. Hubo de ser aquel repentino sobresalto lo que la instó a dar un paso atrás, a apartarse con una brusquedad a todas luces notoria, al no poder sostener el peso de la ardiente pasión que el semblante del caballero desprendía.

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 5º pasaje, Cap 2

―Nada sería más doloroso para mí que descubrir que es mi regreso el motivo de que esos ojos se llenen de lágrimas ―confesó Sionel en voz baja, a fin de dotar a las palabras con las que pretendía impartir consuelo de la firmeza necesaria para erradicar posibles pesares. Mas pobres comentarios salieron de su boca, con los que trató inútilmente de infundirle un sosiego que ya había alcanzado, puesto que su mera presencia era para ella el bálsamo que siempre eclipsaría todo aliento expresado con palabras.

―Ni nada estaría más alejado de la verdad, porque estas lágrimas son la clara muestra de que me hallo rebosante de alegría ―replicó nerviosa, desconcertada ante el brotar de unas lágrimas que nunca antes estuvieron condicionadas por el bienestar. Y rendida ante aquella verdad se entregó a sus emociones, mostrándolas con orgullo.

―Mis plegarias han debido llegar hasta los dioses. Porque ahora que sucumbo de soledad y preocupación, estás aquí. ¡Ellos te han enviado cuando más te necesitaba! ―confesó jubilosa, exponiéndole neciamente y sin ningún pudor el regocijo de unos pensamientos que con torpeza dejaban entrever el estigma de su dolor.

―Pero dime, ¿qué es aquello que te perturba, Iliandra? ―le preguntó el caballero de forma apremiante, mostrándose afligido al advertir la amargura destilada por semejante confesión.
―Sea lo que fuere lo he olvidado. Nada he de temer ya de fantasmas del pasado. Ahora que tú estás conmigo, nada lograría dañarme ―contestó ella con voz tenue, como si hablara dormida, sumergida en los placeres de un bello sueño.

HERMANDAD

Fúndete conmigo en un abrazo del alma.
No necesito tu cariño,
únicamente saber que no estoy solo.




Súlian de Edar

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 4º pasaje, Cap 2

―Pensé que aún servías en las campañas de las islas del sur. No imaginas cuánto ansiaba volver a verte; hacía meses que los emisarios no traían noticias de tu paradero. Cuán doloroso ha sido vivir sin saber de ti. Cuánto desasosiego sentía al pensar que, expuesto como estabas a innumerables peligros, podía haberte ocurrido algo que me privara de tu presencia para siempre ―exclamó exteriorizando tal alegría, que de la negra nube que ensombrecía sus pensamientos no subsistió ni el recuerdo.

«¿Quién mejor que él me serviría de apoyo para evitar que recaiga en la vacuidad que la temida soledad ofrece?» pensó mientras lo abrazaba férreamente, como si fuera la respuesta a una plegaria no pronunciada.

―Así es. Y aunque la guerra aún sigue, me he visto obligado a volver; cuestiones familiares me retendrán unos días ―contestó de forma escueta y con relativo desconcierto, sin saber cómo afrontar en este deseado encuentro el peso que sobre él ejercían los años y la privación de libertad de ella. Eran estas y otras cuestiones las que lo sometían al recatado distanciamiento que en él provocaba la ausencia de una difunta niñez atesorada en la memoria.

Siendo ella la que en principio tenía más que perder, se entregó por entero a la embriagadora magia que la situación le hacía sentir. Entretanto él, a pesar de estar disfrutando del momento tanto o más que la dama, no podía evitar desligarse de una realidad que le obligaba a mostrarse receloso; que reclamaba en pos de la discreción las continuas miradas que furtivamente dirigía en todas direcciones, temeroso de ver reflejada su inmoralidad en el gesto de desaprobación de algún paseante inoportuno.

Ella notó desde el principio la rigidez del que la estrechaba sus brazos, y la pasividad a la que el pudor lo condicionaba. Pero hizo caso omiso de ello, y se concentró en extraer cuanta felicidad le fue posible; siendo tal vez ese ápice de egoísmo lo que impidió que se rompiera la espontánea armonía que manó de su rescatada inocencia, dotando a este insólito reencuentro una cautivadora ternura. Sin embargo, y pese al adverso influjo que la aprensión y el desconcierto ejercían, condicionándolo al rechazo, la singular emotividad que con calidez los envolvía no tardó en tomar posesión del recién llegado, haciendo que tan impropia rigidez se esfumara por momentos, hasta que, escudándose en la seguridad que le proporcionaba esta ferviente muestra de cariño, se entregó sin restricciones al agradable contacto que producía el sentirse unidos como un solo ser; corroborando con una rotundidad incuestionable que sus lazos de amistad eran más fuertes que todos los preceptos sobre los que se sustentaban las estrictas normas eclesiásticas. Y fue amparándose en la placentera privacidad de aquel completo mutismo donde dio rienda suelta a reprimidas emociones, brotando de su mirar un llanto, llamado a encarnar el fruto de su creciente entusiasmo.
Escasos instantes transcurrieron antes de que el caballero reparara en su estado. Y siendo desconocedor de los sentimientos que lo había originado, no pudo menos que alarmarse. Intentó apartarla, con la esperanza de vislumbrar en su rostro el motivo de tamaña aflicción. Pero la joven se aferró aún con más fuerza, como si en estos instantes su mero contacto fuera para ella más preciso que el mismo aire.

9/9/08

Apéndice Part 2. Cap 2. (2)

LA MUJER

Toda nacida mujer es concebida para pertenecer únicamente al que estuviera llamado a ser su señor. Cualquiera de ellas que incumpliera dicha norma abandonándose a los impúdicos sentimientos de los que se nutre la lascivia, y viéndose por ello arrastrada a los brazos de otro hombre, transgredirá, con la indignidad de su hiriente deshonra, los principios básicos de la existencia misma. Toda la que sea desenmascarada en indecorosa actitud quedará marcada para siempre, porque no existe manera alguna de expiar tan grave pecado. Deberá ser tachada de adúltera, y repudiada hasta el fin de sus días por cuantos rijan sus pasos por los senderos que nuestra fe establece.

Solo aquéllas que fueron consagradas al templo de la fe habrán de yacer con más de un hombre; porque no nacieron para servir a hombre alguno, sino a una causa que por encima de ellos se encuentra. Ellas serán la tierra fértil de la que brotará nuestra simiente, las orgullosas madres destinadas a engendrar el fruto de una nueva generación.

Al despertar la llama de sentimientos dormidos,3º pasaje, cap 2

En la carrera la elaborada diadema de oro ornamentada con diversas flores que descansaba sobre su cabeza cayó al suelo y quedó atrás. Y al verse libre de ataduras, su extenso y ensortijado cabello cobró vida favorecido por el viento, convirtiéndose, a causa de la abundancia y docilidad con la que lo mecía el aire, en un insólito espectáculo colmado de una resplandeciente hermosura.

Escasos instantes transcurrieron hasta ver finalizada tan precipitada huida, no tardando en encontrar un lugar apropiado para la ocasión. Al detenerse, la dama volvió a posar sus ojos sobre él, obsequiándolo con la dulzura de una mirada rebosante de alegría, que manifestaba sin inhibiciones la pureza de un cariño ingente. En tanto que el joven permaneció absorto, tratando de asimilar el cálido torrente de emociones que se precipitaba sobre su persona, viéndose impregnado hondamente por la magnificencia de cada detalle, de cada uno de los gestos vinculados a la apariencia de aquella diosa terrenal; sumergido en el hipnótico balanceo de aquella melena un tanto alborotada, llamada a enmarcar el excelso rostro del que manaba con conmovedora generosidad una vivaracha sonrisa, que solo a veces se desdibujaba cuando obligada por la fatiga abría la boca para coger ligeras bocanadas de aire, tras las cuales se mostraba divertida al pensar lo en absurda que debía verse.

Del mismo modo, y para deleite del caballero, la repentina carrera encendió sus mejillas, y estas, en conjunción con sus ojos, resaltaron intensamente en una tez tan clara; siendo estos y otros pequeños detalles los que deshicieron esa imagen de sofisticada dama de la aristocracia, confiriéndole la adorable sencillez de una niña traviesa. En ese instante, Sionel recordó las palabras de un soldado referidas a la mujer amada. Palabras que podrían haber nacido de él, de no carecer del don de plasmar con ellas sus sentimientos: “No recuerdo más gozo, ni momento en el que me hallara más cerca de la divinidad, que la primera vez que advertí ese brillo en sus ojos, los cuales refulgieron, obsequiándome con la profunda magnificencia de su dulzura cuando estaban siendo bañados por el sol”.

Y tomando al recién llegado de ambas manos se dirigió a él: ―¡Oh Sionel, estás aquí! ¿Es posible que seas realmente tú? ―exclamó la joven, sorprendida, no pudiendo evitar verse cautivada; como si bastara su mera presencia para ofrecerle un consuelo capaz de colmar el vacío dejado por su esposo, puesto que, a pesar del largo periodo transcurrido desde el último encuentro, aún conservaba innumerables recuerdos que atestiguaban que el afecto mutuo había sobrevivido a la erosión que sobre él solía producir el paso del tiempo. Fue la desbordante emoción que sintió al tener frente a ella a alguien que creía perdido, lo que hizo que se dejara llevar, y evocando súbitamente el espíritu de la infancia se entregó a él llena de entusiasmo, abrazándolo con una efusividad que hubiera resultado impropia incluso tratándose de un familiar. Y aunque de sobra conocían la trascendencia de dicha acción, en estos momentos era algo que en el fondo a ninguno de los dos importaba, pese a representar una grave falta para toda mujer entregada en matrimonio. Como era recogido en tantos preceptos de las Sagradas Escrituras.

Apéndices, La mujer

6/9/08

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 2º pasaje, cap 2

Fue entonces cuando la incertidumbre cesó, restando cierto protagonismo a aquella voz del ayer que la instaba a regresar de entre perdidos pensamientos. Una voz que no había vuelto a oír hacía años, pero que se mantuvo perenne en la memoria. Y junto con ella retornaron placenteros momentos de una época pasada, en los que la vida se mostraba como un huerto rebosante de fertilidad del que recolectar copiosas alegrías antes de que la etiqueta requerida por la mayoría de edad lo hiciera todo tan complicado; marchitándose con ello más de una ilusión. Uno tras otro los recuerdos desfilaron con fugacidad frente a ella, y al contemplarlos sintió cómo se henchía el corazón, alimentando un agitado espíritu hambriento de sosiego y llenándola de una satisfacción tan inmensa que le hizo olvidar la ausencia de la persona amada en tal grado, que si este mismo se hubiera presentado el regocijo no podría haber sido mayor.

Qué generosidad demostraba el destino al permitir que aquel madurado reencuentro aconteciera de tan idílica forma: pareciendo extraído de la deliciosa imaginación de un apasionado autor, que en el cenit de su esplendor fue capaz de concebirla. Ella se giró, para recibir al recién llegado con una sonrisa que sería correspondida. Y encontrándose el uno frente al otro, se contemplaron por primera vez como hombre y mujer.

Tales cotas alcanzó en ella la sensación de bienestar, que dejándose llevar por un indebido arranque de emoción cogió al recién llegado de la mano y, súbitamente, sin mediar palabra alguna, lo condujo con resuelta determinación lejos de la luz, buscando en precipitada huida la clandestina privacidad con que la noche les obsequiaba, permitiéndoles ocultar tan impropio comportamiento bajo desvirtuadas máscaras de sombras que siempre se mostraban dispuestas a ofrecer intimidad a cuantos, condicionados por sus acciones, se vieron necesitados de amparo.

30/8/08

Apéndice Part 2. Cap 2. (1)

A MI YO NIÑA


Las incontables vicisitudes acaecidas en la guerra se cebaron en la incesante mezcolanza de unas emociones que, aún recién nacidas, brotaban de él con la fluidez de un manantial inagotable. Y fue así como quiso el destino posarse sobre este muchacho para acabar de esculpirlo, infligiéndole la nueva forma con la rudeza de unas manos que, ajenas a todo sentimiento, quebraron esperanzas y sueños que hasta entonces no le habían permitido verse a sí mismo con total claridad. Pero siendo pasto de una angustia que le impedía aceptar la negación de sus deseos, permaneció a merced de innumerables penalidades que lo modelaron con dolor; hasta que terminaron por transformarlo en lo que ahora era. Solo su voz y sus ojos se mantuvieron inmutables al paso del tiempo, como los únicos vestigios de una pasada apariencia que subsistía fiel al recuerdo que de aquel niño guardaba. Y ese día descubrió que, al menos para ella, había dejado de serlo.

Iliandra

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 1º pasaje, Cap 2

Con el aflorar de recuerdos: Desentrañado sentimiento.


CON EL BROTAR DE UNA NUEVA ESPERANZA

Y fue sorprendida por la mansedumbre de invisibles caricias, que reavivaron un ánimo mortecino al sentir cómo su tenue luz se posaba sobre ella con reconfortante tibieza, asesinando con implacable dulzura la oscuridad instituida por unos pesares que hicieron que hasta ese instante la felicidad permaneciera ajena a sus ojos.


Dalial.
Al principio quedó aturdida, porque aunque la voz era de sobra conocida, el aspecto de su dueño había cambiado considerablemente. Tal fue el tiempo transcurrido desde el último encuentro, que en su interludio ambos alcanzaron la madurez. Ya no era solo su estatura, la cual se veía incrementada en al menos en un par de palmos, o el hecho de que la blanca y delicada piel de aquel niño que conoció años atrás se había curtido al sol adquiriendo una correosa robustez, sino que todo resultaba distinto, siendo escasas las señales a las que acogerse para impedir que pareciera un extraño. Al posar sus ojos sobre él, le resultaba imposible no acordarse de los negros mechones de rizado cabello sin que sus labios dibujaran una sonrisa. ¿Cuántas veces rememoró alguna de aquellas divertidas contiendas que con obstinación mantuvo cada vez que estos volvían a dar muestra de rebeldía, para terminar cayendo irremisiblemente como los retazos de un liviano manto llamado a cubrir con gracia su mirar? Cabellos que a día de hoy descansaban sobre fornidas espaldas, en una larga y espesa cabellera que pugnaba por liberarse de impuestas ataduras. Del mismo modo, aquel dulce rostro, aquejado antaño de cierta languidez, poseía ahora una acusada firmeza, como si algo salvaje y primitivo compartiera su alma. Hecho que confirmándose en este encuentro quedó plasmado por la dama muchos años después, en una carta que ella escribió a su “yo niña”. (Apéndices)

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 6º pasaje, Cap 1

Apremiando más de lo que debiera el paso continuó su huida, alejándose más y más de aquellas infantiles voces que, pese a todo, resonaban en su maltrecha conciencia como un grito ensordecedor; haciendo que, en este momento, se encontrase por encima del protocolo el deseo de cobijarse de unas emociones que la extenuaban. Aun así, quiso el destino que escaso fuese ese interludio de relativa calma, puesto que apenas quedó a su espalda el pernicioso influjo de los infantes volvió a sentir, al cruzar algunos recodos del camino marcados por altos setos, que a causa de la ingratitud de una inesperada visión su corazón era abatido de nuevo. Sin esperarlo se halló frente a la imagen que representaba el comienzo. Claro origen de su amargura.

«¿Cómo pude olvidarme de que a pesar de su marcha ella seguiría aquí?»

Su sofocado jadeo se vio interrumpido, como si de pronto no se acordara de respirar. Y se detuvo en seco, condenada por el desconcierto a permanecer inmóvil y absorto.

En el centro de una plaza semicircular, frente a una de las puertas principales, estaba la singular fuente que, erigiéndose en todo su esplendor, inmortalizaba con majestuosa belleza la oda a un héroe.

¡Cuántas veces colmada de admiración la contempló en el pasado! Pero en vista de las circunstancias actuales, el orgullo que sintió por ella y lo que encarnaba, se había convertido en un castigo para sus ojos. Ahora no era más que la negación del olvido. Un monumento que a modo de burla se levantaba a la traición.

En momentos como estos sobreviene la culpa incluso careciendo de ella. Se piensa en qué pudo hacerse o qué no se hizo, ante lo cual, como en aquel poema de Lanaiel, se toma conciencia de la fragilidad del amor: “Solemos descubrir demasiado tarde, que cuando no volcamos todas nuestras atenciones sobre este condenado poseedor de una salud paupérrima, termina por quebrarse en su fragilidad, y enferma progresivamente, a la espera de que le sobrevenga la inexorable muerte”.

Sobre un promontorio que emergía de las aguas se representaba, rememorando un hecho histórico, a un hombre esculpido en piedra, que mostrando un inconmensurable ardor guerrero se entregaba violentamente a la batalla. A sus pies se hallaban los innumerables enemigos que cayeron a su paso, encontrándose entre esta barahúnda de cuerpos muertos y supervivientes que imploraban clemencia al mismo Libertador humillado a sus plantas, presa de un temor ingente. Y mientras lo contemplaba pensó que tal vez eliminando todo recuerdo de su persona llegaría la quietud del olvido, como un bálsamo contra el hiriente amor, siendo la necesidad de esa tranquilidad la que demandaba se dejara llevar por los dictados de un corazón resentido que, al ser objeto de tan cruel abandono, le exigía, en un fugaz arrebato de despecho, que hiciera uso de la autoridad que tras estos muros le era conferida; conocedora de que bastaría una orden suya para hacer que demolieran la fuente. Pero en el fondo sabía que por más que intentara apartarlo de su recuerdo, tratando de desterrar todo indicio de existencia, como si fuese un mal sueño, aún quedarían en su pecho las ascuas de una pasión que terminarían por impedir que ocurriese. Porque a pesar de cobrarse su virtud, y aunque hubiera llegado a darse el caso de que aquella relación, que no fue todo lo fructífera que cabía esperar, no hubiera dejado más que los ajados retazos de su perdida inocencia, el amor que aún sentía era tal que el odio no alcanzaba a tener cabida en su pecho.

Volviendo la lógica a supeditarse al deseo, se aproximó a la fuente sin entender muy bien la razón, para permanecer sentada en los bordes que la delimitaban. Y tras un lapso de inactividad en el que se limitó a contemplar la vacía expresión que proyectaba su reflejo, un agorero pensamiento rondó su cabeza, e inquietada por él y ayudándose con dicho reflejo, comenzó a examinarse el rostro, intentando hallar con su tacto algún cambio o posible imperfección, sin poder evitar preguntarse si algo se había vuelto distinto en ella. Pero hubo de ser su corta edad la que hiciera que toda búsqueda resultara infructuosa, descartando cualquier posibilidad de poseer las arrugas o imperfecciones llamadas a llegar en tiempos venideros.

Escasos fueron los instantes que transcurrieron antes de que cejara en su empeño, y la imagen quedara distorsionada cuando renegando de ella introdujo su mano agitando el agua, al tiempo que venía a su mente una frase del tratado de Garin que se adecuaba a la ocasión: “El dolor de la más cruel mentira apenas es nada comparado con la vergüenza de una verdad que no serán capaces de asumir”.

Desde el otro lado una figura que hasta entonces se había limitado a contemplarla en su abstracción le salió al encuentro y, renegando de aquella cohibida actitud y armado con una autoimpuesta decisión, consiguió llegar a colocarse tras ella, para romper, no sin cierto esfuerzo, las barreras de una cobardía establecida por los años, al tiempo que, abjurando del protocolo se dirigía a ella, llamándola por su nombre en el mismo instante en que las cristalinas aguas se convertían en fieles delatoras de su reflejo.

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 5º pasaje del Cap 1

Fue el destierro de su desidia quien la llevó a tomar la determinación en un momento de lucidez de no demorarse allí, por lo que prosiguió su camino para acceder al interior desde la puerta del este, habiendo quedado muy atrás aquella por la entró.
Sin otro pensamiento que el de abandonar el jardín dentro de los márgenes establecidos, continuó tan presurosa marcha sin intención de pausa alguna. No obstante, a medio camino hubo de verse interceptada por un enjambre de niños que hacia ella corrían. Estos, pertenecientes a diversas casas y desconocedores de la cordial enemistad de sus padres, como indudable prueba de un tierno afecto jugaban juntos, ajenos a la crudeza de una verdad futura. No habiendo de faltar al respecto el comentario que Sulian de Edar hizo durante una de las celebraciones, en la que otro de los invitados aludió “a la alegría que le hacía sentir el verlos tan unidos”, a lo que este respondió con una pregunta: “¿Cómo en este periodo de su virtuosa inocencia podrían tan siquiera imaginar que se verán obligados a sacrificar, con el pasar del tiempo, todo vínculo de amistad o cariño que se hubiera forjado en años de infancia?”

Al reconocer a la joven señora, estos fueron en busca del calor que habitualmente ella les ofrecía. Y rebosantes de una excelsa gratitud se aproximaron al unísono para hacerle fiesta. De este modo se dejaron llevar por el irreprochable entusiasmo de un egoísmo infantil que, encontrándose exento del menor pudor, les permitía confesar fervorosamente el verse necesitados de su cariño, siendo las repetidas manifestaciones de su encanto, las que inconscientemente propiciaron que en algunos de más edad comenzaran a prevalecer las tempranas semillas del amor. Aunque estos, sabedores de la imposibilidad de ser correspondidos, se contentaban con que posara sobre ellos la dulzura de una mirada. Los más pequeños mostraban su agitación, al tiempo que extendían los brazos buscándola, prorrumpiendo en incesantes llamamientos en los que, deseosos de ver aplacada su necesidad de atención y ternura, demandaban ser estrechados contra su pecho.

Así fue como, desconocedores de su valía, cada uno de ellos terminó por ofrendarle a cambio de un poco de interés la pura inocencia de su afecto. Y aunque ella quedó sumamente emocionada por tan hermoso gesto, no se encontró con ánimos de corresponderles como hubiera deseado. Por lo que, sumida en la amargura, optó por alejarse. Y apartando la vista se abrió camino entre ellos, pisoteando a su paso aquel jardín de ilusiones, armada con la cordialidad de una forzada sonrisa, con la que hirió la sensibilidad de aquellos pequeños amantes, dejándolos hundidos bajo un halo de incomprensión que arrancó lágrimas y despertó la fugacidad de rencores livianos.

Supo que estaba mal, que la desazón sentida apenas habría de ser nada en comparación con los remordimientos venideros. Sin embargo del mismo modo sabía que, junto a ellos, no podía luchar contra aquella fuerza invisible que pugnaba por desposeerla de la razón.

En esos angustiosos instantes necesitaba ausentarse del mundo conocido. Permanecer al abrigo de una soledad que la amparara del constante fluir de unas emociones que no podría seguir dominando.

Descubrir un lugar donde obtener el consuelo de que, al menos recluida, sólo ella sería consciente de la vergüenza y el daño sufrido cuando, una vez cansada de sostenerla como si de un pesado yugo se tratara, terminara cayendo la máscara que encubría el dolor, no habiendo nadie junto a ella para reprochar tan impropia manera de proceder.

Tenía claro que antes de verse precipitada por una desesperación que la condujera a las puertas de la locura, concedería a sus sentimientos libertad para manifestarse. Se negaba a sucumbir devorada por el silencio, al igual que la joven aparentemente feliz que encontró muerta con aquella nota en la mano, y cuyas palabras quedaron grabadas en su memoria: “Bañada por la clara sangre del deseo. Sintiendo huidizas sensaciones tan efímeras como un sueño. Pronto despertarás y, estirando el brazo, no encontrarás más que aire: lo acostumbrado.


La soledad te descubrirá el negro manto que a tus ojos la vergüenza ocultaba. La noche muere al nacer el sol. Tal vez su calor consiga secar tus lágrimas”.

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 4º pasaje del Cap 1)

Entre las gentes que allí convergían no tardó en descubrir agazapadas a furtivas parejas que, al igual que ella en otro tiempo, se ocultaban de las constantes miradas de reproche, buscando, sin demasiado éxito, la intimidad de un rinconcito donde la clandestinidad de su amor tuviera cabida. Así fue como quiso el destino que tan alusivas visiones se manifestaran, asestándole aquel inesperado golpe que había de intensificar la llama del recuerdo que la consumía en estas horas de soledad.

«¿Por qué donde quiera que dirija la mirada hallo un sufrimiento que se sustenta en la alegría de otros?»

Aquejada de cierto ahogo le sobrevinieron continuas punzadas que se adueñaron de su pecho para castigar con vehemencia un corazón que angustiosamente batía, y al que no pudo ofrecer más consuelo que el de unas manos que, posadas sobre él, trataban de apaciguarlo. Ávida de sosiego hizo un alto en aquel autoimpuesto peregrinaje, yendo a sentarse con pesadez sobre unos de los bancos de piedra más cercanos, los cuales tenían la forma de briosos y juguetones delfines que, ejecutando enérgicos saltos, parecían emerger del agua para saludar. Y allí esperó el término de esta nueva batalla que sostenía con sus sentimientos, a la que por todos los medios procuraba sobreponerse para salir airosa. Sabía que no debía llorar, al menos, hasta que junto a ella no quedara más compañía que la de un desconsuelo al que habría de encubrir en secreta complicidad, con la esperanza de hallar un sitio apartado donde, con lágrimas, intentar ahogar junto a aquel toda emoción que, como una hiriente negación de prosperidad, se revelase lastimosamente contradictoria. Así fue como descubrió que aún en este amado jardín se le negaba el consuelo; así que entre tanta gente volvía a quedarse sola, porque la única persona con la que quería estar ya no deseaba estar con ella. Por lo que empezó a creer con relativa certeza que finalmente había huido de su lado el amor. Y como el amargo regusto de un recuerdo ingrato, afloró el fragmento de un poema de desamor de Lanaiel, que en este momento llegó a alcanzar verdadero significado: “¿Qué es el amor sino un mal del alma que nos ofrece una felicidad tan hermosa como efímera? Como una burla en la cara de la razón que, cuando le llega el morir, solo deja un vacío que llenamos con una amargura de la que únicamente podremos liberarnos al recaer en un nuevo y absurdo amor”.

Y aunque creía conocer los motivos que hicieron que su desasosiego lo forzara a partir, hubiera dado todo por una mísera esperanza de regreso. Tanto es así, que un “hasta pronto” hubiera bastado para que esa pequeña llama de ilusión se mantuviera viva por más tiempo.

«¿Con qué alimentaré la esperanza de que vuelva?»

Y así continuó, inmersa en una duda que maliciosamente trataba de atribuirle el peso de una culpa que, aún en su inexistencia, se apoderaba de ella, instándola a asumir una creciente deuda para con aquellas heridas que en él se abrieron y que fue a sanar más allá de estos muros.

Instantes más tarde, cuando la dama estuvo algo repuesta, se incorporó; y con paso distraído anduvo sin rumbo, como única navegante que surcara en su soledad el mar de la incertidumbre. Y así continuó, hasta que sus pies errantes se detuvieron al llegar a uno de los extremos del puente que había sido levantado sobre el estanque artificial. Ayudándose del pasamano de plata ascendió por los tallados tablones que componían su base, para detenerse bajo un dosel de hojas de enredadera de las que brotaban pequeñas flores, cuyos minúsculos pétalos encarnados parecían emular lágrimas de sangre que, arrancadas por el vaivén del viento, se derramaran sobre las aguas en un llanto constante. Desde lo alto sus ojos, como infatigables perseguidores de toda hermosura, se detenían de forma intemporal en cada paisaje, buscando que este le proporcionara la quietud con que sustentar el espíritu. Pero por más que se afanaba en saciarse de ellos, devorando con avidez armonía y magnificencia, no lograba colmar el insondable vacío dejado por la melancolía. Y en el transcurso de tan incesante búsqueda su mirada acabó posándose en aquel cristalino fondo, donde era posible contemplar con suma claridad las múltiples maravillas que en este singular estanque se albergaban.

En él se hallaban diversas esculturas cubiertas de pedrería, algunas que sobre tallados pedestales aparentaban debatirse, como si impetuosamente trataran de emerger a la superficie. Por todas ellas se extendía una fina capa de musgo cubriéndolas parcialmente y dándoles unos aires que las hacían integrarse de un modo más natural en el entorno. Las profundidades de dicho estanque estaban ornamentadas con plantas acuáticas, encontrándose entre estas otras elaboradas a partir de diversos metales a los que la mano del hombre dio forma, asemejándose en hermosura a las que allí crecían.
Entre los recovecos del fondo nadaban despreocupados peces de un tamaño considerable, únicos pobladores de aquel paraíso semi-artificial; en el cual, al mirarlo desde donde ella lo hacía, se descubrir que la vegetación, al igual que estos animales acuáticos, conformaba la parte móvil de un singular mosaico. Con la llegada de esta época del año los días se hacían más largos, como si por capricho transcurrieran con lentitud. Pero aun así, cuando la joven señora se quiso dar cuenta ya era bien entrada la tarde, y el astro rey, como el esclavo liberado del tiempo, comenzaba a perder su fulgor, indicando cuán próxima estaba su despedida. Como se cita en el “Eterno romance estival” de Ainbhar Dáihun, con base en leyendas y mitos populares.
Apéndice Eterno romance estival

25/8/08

Apéndice Part 2. Cap 1. (3)

PARADIGMA DE INGRATITUD

Arrebatamos la tierra a sus legítimos señores. Los mismos que nos acogieron, ofreciéndonos, en prueba de solidaridad, las tierras necesarias para poder coexistir. Es por ello que siendo conocedor de su bondad, no puedo evitar preguntarme: ¿existe mayor vergüenza que descubrir que los traidores comparten mi sangre?

Nunca el pago de la tierra fue tan injustificado como cuando tuvo que ser obtenida con sangre.

«¿Cómo olvidar que cada gesto de amistad fue correspondido con acero? ¿Que recompensamos a aquellos que nos lo dieron todo con una traición que les privó de libertad?»

No, no fue la búsqueda de prosperidad la que nos llevó a cometer el genocidio, puesto que la prosperidad fue su regalo. Hubo de ser la supremacía, el deseo de ser señores, y no invitados, en esta tierra. Y ahora, al igual que entonces, somos víctimas de un cruel y desnaturalizado egoísmo que nos incita, en pos de una nueva conquista, a cruzar el mar. Nos convertimos conscientemente en el fiel reflejo de nuestros padres. Tal vez si nuestros hijos llegasen a conocer un mañana, haya entre ellos uno con los redaños suficientes para adoptar el papel de una póstuma conciencia, y que al mirar hacía atrás, nos señale con su dedo acusador como los artífices del segundo genocidio.


Sunainen

Al despertar la llama de sentimientos dormidos (3º pasaje Cap 1)

Manteniéndose fiel a los límites marcados por la decoración la mujer recorría el curso de una senda que, como si hubiera de desembocar en el mar, terminó ensanchándose bruscamente a modo de ribera. En este punto la calzada se veía invadida por una manta de hierba que cubría con su extenso verdor hasta donde alcanzaba la vista; y veíanse, en las proximidades de aquella representada orilla, estelas de forma variable que iban decreciendo hasta mezclarse con la piedra, como olas que van a morir a la costa. A unos veinte cuerpos de su ubicación se alzaban espesos y elevados setos aglutinados por secciones, y recortados hasta representar la quilla de tres embarcaciones que parecían fondear algo apartadas de la quimérica orilla. En el centro de aquellos boscosos navíos de artificio se erigían tres árboles encarnando los poderosos mástiles, sobre los que se tendían a modo de vela finos tapices de seda anaranjada en los que se bordó con hilos de oro en fondo grana el emblema de La Casa de Bánum. Tanto en sus cubiertas como en las barcazas que hipotéticamente se habrían arriado podía encontrarse figuras que fueron concebidas a partir de gruesas y nudosas raíces, a las que en un alarde de maestría se consiguió desnaturalizar hasta otorgarles la apariencia de avezados marineros. Estos lucían a modo de piel una superficie pardusca que se mostraba a su vez recia y compacta, atribuyéndoles un porte vigoroso, deshumanizado. Como sí a pesar de su patente letargo poseyeran la desmesurada fortaleza de pequeños colosos. Impersonales facciones exponían la crudeza de desvirtuados rostros, vacíos e inexpresivos, siendo la carencia del más leve atisbo de emoción lo que hacía que sólo por la ubicación en la barca y la posible interpretación de sus acciones se pudiera intuir el papel que cada uno representaba.


Tras más de una década de encomiable entrega, que hubo de verse considerablemente acrecentada por tan abrumador mantenimiento, aquel jardín consiguió encarnar el descubrimiento y primer desembarco en estas tierras hacía más de siglo y medio. No faltando quien aludiera al modo en que fue tomada en “Paradigma de ingratitud” un texto de Sunainen.


Apéndice, Paradigma de ingratitud


21/8/08

Apéndice Part 2. Cap 1. (2)

VETUSTAS RELIQUIAS DEL AYER

Aquellas suntuosas representaciones, las cuales estaban dotadas en su mayoría de dudosa credibilidad, encarnan la única manera que tenemos de no dejar atrás el pasado, puesto que una parte importante de los acontecimientos no ha quedado registrada en los libros debido a numerosos factores que hicieron de ellos algo escaso, desvirtuado y superfluo.


Cuando aconteció La Gran Migración fueron abandonadas bibliotecas enteras repletas de libros, que allí permanecerán para no ser leídos, quedando encerrada en ellos la historia de un pasado que hemos perdido inexorablemente. Al igual que la de otros tantos que yacerán para siempre en el mar junto a los tripulantes de aquellos barcos que naufragaron durante tan prolongada travesía.

Por otro lado, al llegar a la nueva tierra y tras la última guerra de sucesión, el analfabetismo comenzó a prodigarse incluso entre la burguesía, llegando a un punto en que prácticamente no sabían de letras más que aquellos que ostentaran un cargo político. El resto, poetas, dramaturgos e historiadores, entre los que yo mismo algún día podría llegar a encontrarme, cayeron bajo el peso de una censura que acabó con la vida que se atesoraba en cientos de volúmenes, uniéndose a ellos las de sus respectivos autores. Solo La Sagrada Orden tiene en su haber alguno de aquellos libros antiguos, además de la compilación de todo lo que aconteció desde la llegada a la isla, estando cada acontecimiento registrado y fechado por un grupo de copistas que, aún hoy, consagran sus vidas a tal propósito.




Ólonam

Al despertar la llama de sentimientos dormidos. (2º pasaje Cap 1)

Quiso el destino que durante el transcurso de lo que en otras circunstancias podía haber sido un gratificante paseo, no dejara de verse importunada a intervalos por una popularidad de la que era consciente, y que siempre le costó asumir, una carga que en todo momento impediría su quietud. Por más esquiva que se mostraba, no conseguía evitar toparse con diversos invitados que conociéndola y en vista de su posición se postraban ante ella, reverenciándola como era menester; y a los que, por obligada cortesía, fue correspondiendo con la frialdad que cabía esperar para con aquellos rostros que no expresaban más que la superficialidad de su anonimato.
¡Cómo odiaba cruzar miradas con ellos!, porque eran estos subordinados los que realmente ostentaban el poder; y aquí, al igual que en la fiesta, no le consentían ese ansiado olvido, ya que con suma claridad lograba ver reflejado en los ojos de cada uno de ellos el estigma de su dolor. Dolor que, sin comprender hasta no hace mucho, vio reflejado en varios de los poemas de Lanaiel, aquel joven poeta que tanto le agradaba: “Cansado del amargo sabor que en mis labios dejó la vida, camino ebrio de emociones y sediento de olvido”.

A cualquiera le hubiera bastado una ojeada presurosa para apreciar que cuanto a su alrededor confluía no estaba regido por los meros parámetros de una estética costumbrista, ya que, aunque esta obviamente existía, nada que aquí se hallara podría haber coexistido de forma aleatoria. Tal era el grado de perfección que sus meticulosos artistas pretendían alcanzar, que en algún que otro caso llegaban, en pos de la creación y conservación de su obra, a entregarse a ella de tal modo que terminaba por absorberles, avivándose en ellos un orgullo que acababa conduciéndolos a una enfermiza obsesión. Era como si todo tuviera su sitio preestablecido, y, por insignificante que pudiera parecer, llegara a formar parte importante de algo. Fiel reflejo de esto ha de encontrarse en las palabras que el actual Maestro de Historiadores de la Casa de Thárin utilizó para aludir a este hecho: “Somos los creadores de una puerta que se abre al pasado, para reflejar fielmente aquellos fragmentos que por su esplendor merecerán ser contados, no importándonos dedicar por entero la vida a una pequeña parte de esta obra siempre inconclusa”.

Aquel concienzudo trabajo solía asignárseles de por vida, y como tal consistía, con el apoyo de una numerosa cuadrilla de aprendices y artesanos, en la recreación desde un punto de vista artístico de un determinado momento histórico, grandes acontecimientos que no deberían ser olvidados. Con cada una de estas creaciones se brindaba la oportunidad, a los escasos privilegiados con permiso para transitarlas, de ser testigos de un pasado glorioso, encumbrado de tal forma que los autores de dichas proezas eran enaltecidos hasta el punto de quedar por ellas mitificados. Aunque de igual modo que con las estatuas antes citadas, no faltó quien hubiera de mostrar su opinión personal, siendo la más reacia y la que al mismo tiempo más polémica despertó, la recogida en la cita “Vetustas reliquias del ayer” de Ólonam.

Apéndices, Vetustas reliquias del ayer

Apéndice, Cap 1 (1)

EL OCASO DE LOS IDOLOS


Y aquí permanecía el póstumo recuerdo, símbolo de grandes héroes de otro tiempo; como si a pesar del esplendor atesorado durante una vida de incontables gestas en la que la gallardía de sus acciones les hicieron brillar con luz propia, no merecieran más honor que el de que sus restos, de forma irreverente, quedaran expuestos a los ojos de todos, perdurando como insólitas atracciones de las que siempre podría desprenderse un curioso comentario, o la inspirar una singular historia con la que sorprender de su valor a aquellos visitantes que desde su nacimiento se hallaron exentos del menor indicio de bizarría.

Sunainen

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, (1º pasaje del Cap 1)

Soledad y reencuentro: La búsqueda.



REENCUENTRO


Tus venturosas lágrimas me colmaron de anhelante alegría. Y tras sucumbir a la pureza del reencuentro, víctima del reflejo que tus emociones brindaron, no pude evitar, en muda plegaria, dar mil gracias al destino por regalarme el sonido de esa voz que brotó de tus labios envuelta en sonrisas. Y no haría justicia a lo que por ti siento si me limitara a tratar de expresarte con palabras hasta que punto me complació verte.

Sus cortos y presurosos pasos resonaron en aquel interminable pasillo que cruzó tan rápido como el protocolo autorizaba, huyendo así de una compañía que se le antojaba molesta.

Cansada como estaba de soportar el peso de constantes miradas que sabía se hermanaban para compartir con maliciosa complicidad habladurías sobre su persona, optó por desistir del intento de presentar a los ojos de todos los conocedores de su pena la estoicidad de una fingida indiferencia, que aparentaba otorgarle una fortaleza de espíritu que no tenía. Y aunque nada hubo de referirse sobre lo ocurrido, era obvio que aquel rumor no se encontraba exento de una solidez que terminó por darle alas. La partida del caballero no tardó en hacerse del dominio público, convirtiéndose en un secreto a voces del que nadie podía hablar abiertamente por el respeto que infundía la elevada posición que la dama ostentaba, y el temor a que, valiéndose ella, considerara el tomar represalias.

De esta forma, la amargura de la reciente derrota la hizo aventurarse en un nuevo peregrinaje al encuentro de una paz que pese a serle vedada siempre acababa brindándole los añorados jardines; lugar donde tal vez la ausencia de continuos murmullos la dejaría afrontar su actual situación con mayor claridad. Y aunque bien sabido era por ella que de nada le serviría ahondar en el pensamiento, no podía evitar ir a ciegas al encuentro de una explicación, ni tampoco, llevada por la necesidad de adoptar una hipótesis que poseyera la firmeza necesaria para aferrarla a su realidad, divagar entre conjeturas relacionadas con su reciente e inexplicable pérdida.

«¿Tan grande era su malestar como para abandonarme sin tan siquiera mostrar el decoro de una simple despedida?». Se preguntaba, a la búsqueda de una respuesta que, si bien no la haría entender la razón, al menos atenuaría las dudas, otorgándole el pequeño consuelo de cesar en sus cavilaciones. Mas semejante tranquilidad le fue negada, convirtiéndose todo intento de hallarla en un constante ejercicio de futilidad. Ya lo dijo Dalial en una de sus numerosas citas: “Muchos de nuestros sueños y deseos terminan cuando en un airado mar de dudas, las conjeturas a la deriva perecen inexorablemente al precipitarse sobre arrecifes de realidad”.

Atravesando un suntuoso arco sobre el que se había esculpido el emblema de su estirpe se encontró en el jardín, y le bastó una mirada para quedar absorta ante la esplendorosa magnificencia de aquel paraíso para los sentidos, en el que se adentró para rendir a la hermosura un homenaje que solía ser tan merecido como cotidiano. A cada paso caía cautivada por la frescura que manifestaba el extenso verdor del que germinaban las flores.

Respiró con profundidad, tratando de captar la embriagadora mezcla de aromas que de ellas emanaba generosamente. En verdad, no había palabras para describir tan variopinta colección de flores, las cuales diferían en un sinfín de formas, tamaños y colores, y arduamente, como doncellas vanidosas desprovistas de pudor, rivalizaban intentando despertar la admiración y robar los elogios de cuantos transitaran este santuario natural que siempre se mantuvo imperecedero, ajeno al pasar del tiempo.

El camino se bifurcaba en serpenteantes senderos que de un modo aleatorio se internaban en él, para emular los pétreos ramales de un río que evitando la floresta buscara anhelante encontrarse con el mar. Y a la deriva la dama se entregó a seguir el curso de uno de ellos, tan ensimismada en el paisaje como si cuanto la rodeara fuera nuevo y maravilloso.

El nacimiento de cada uno de aquellos ilusorios afluentes estaba custodiado por las formidables estatuas de antepasados que, con singular maestría, habían sido tallados en mármol negro, cubiertos con la armadura que en vida llevaron, y enjoyados con la plausible muestra de exquisitez que les confería gracias a su fino acabado una envidiable solemnidad.Aunque no cuantos supieron de este homenaje hubieron de verlo con los mismos ojos, siendo Sunainem, (en la lengua de los antiguos “Despertar del alma”) quien se proclamó contra ellos en el poema “El ocaso de los Ídolos”.

Un buen momento para pronuncirse

Saludos a los que habéis llegado hasta aquí y enhorabuena, sois los elegidosJ.

Empiezo haciendo la pelota porque me gustaría pediros algo, jajajaja

Dado que se terminó la Parte 1, me gustaría que me dierais vuestra sincera opinión en lo que ha esta se refiere.

Como comenté al principio de esta odisea bloguera, aparte de la necesidad de compartir los textos, y motivarme a terminarlos, me movió el saber que opinión merecía, y si de alguna manera podían mejorarse.

Por eso quisiera que os mojarais un poco aunque solo fuera al final de las partes haciendo una breve comentarios del texto y de un modo general, si es posible haciendo especial hincapié en aquello que no os termine de cuadrar, que os parezca mejorable, o de algo que el texto carezca.

Os dejo, para lo que no sepáis demasiado bien sobre que comentar o para haceros caer en la cuenta de según que cosas, una especie de listado. Tal vez os lo haga más fácil.

Que opinas sobre:

Narrativa, personajes, extensión de capítulos, citas, apéndices, lo que se cuenta o como digo arriba cualquier otra impresión que tengáis a bien compartir, (sobra decir que es voluntario, aunque sino colaboráis me enfadaré muchísimo, pese a que el enfado se me pase pronto)

Abrazos y besos, y gracias de nuevo por formar parte de esto.

14/8/08

Preludio, Cap 5 ( final de la Parte 1)

Plegaria de purificación


EL PESO DE UNA POSIBLE VERDAD

Sólo hallándome al borde del abismo,
descubrí cuantas cosas podían llegar a perder su significado.


Pensamiento enviado a los dioses en un ritual de purificación por Úlben Iknuar, Campeón de La Casa de Úrman, después de sobrevivir a su último desafió.

Aun habiéndose cerrado la puerta tras el nombrado paladín de su causa, el señor permaneció inmóvil unos instantes, hasta tener la certeza de que no volvería a abrirse.

Y cuando hubo sentido que su conciencia estaba en plena posesión de la privacidad que esta reciente soledad le brindaba, de los cajones extrajo una nueva palmatoria para acoger una vela encarnada que, además de diversos relieves, mostraba un abundante número de símbolos llamados a representar los nombres de cada deidad.
Parte de la oscuridad que inundaba la habitación fue tomada por el delicado resurgir de la llama, y acto seguido un reducido pergamino fue depositado en la mesa, sobre el cual, tras ser extendido con ambas manos, colocó un insólito tintero en el que terminó por descansar una exuberante pluma que mostraba su nervio central de un oscuro azabache, al tiempo que el largo y ostentoso plumón que de ella brotaba compartía tonalidad con la portadora de luz. Al igual que estas, cuantas acciones hubieron de sucederlas fueron ejecutadas con sobriedad y rigor, siguiendo los pasos de un humilde ritual. Y una vez que todo ocupaba convenientemente su lugar, tomó la pluma con resuelta determinación y escribió:

“Por más que quisiera no conseguiría reunir, después del daño y la vergüenza inflingidos, el suficiente valor para mirarle a los ojos.

¿Cómo no albergar el temor de que ese sentimiento de culpa, que permanece ligado a su recuerdo, me sometiera en el último instante, quebrantando de este modo el reducto de una fortaleza que, con toda seguridad, quedaría extinta en su presencia?
Tan inoportuna frustración me soliviantaría.

Y encontrándome inmerso en ella despertaría a la deriva, perdiéndome al desandar lo andado. Convertido en el náufrago que, mecido por un mar de lágrimas, se debatiría intentando hacer llegar hasta él incesantes disculpas, siendo estas como las olas, que se precipitan, una tras otra, en busca de la calma que anhelan encontrar en la orilla.

«¡Qué paradójico me resulta pensar que, por más que desee librarme de él, cargo con el yugo que mi condición me impone!»

«¿Por qué no me consuela saber que él, rebosante de toda bondad, acabaría por otorgarme el perdón?»


Así fue como, encontrándose al abrigo de la clandestinidad que lo envolvía, terminó de redactar aquellas líneas que, a pesar de su brevedad, dejaban de manifiesto una verdad inconfesable. Y sólo cuando quedaron plasmadas sobre el manuscrito estas y otras indignidades, fue ofrendado con deliberada prudencia a las llamas. Unas llamas que aprendió a temer y respetar sobremanera desde el día en que estas se alimentaron ávidamente de su carne.

Allí permaneció con el brazo extendido, sumido en inerte e inquieta expectación, contemplando respetuosamente, mientras se cumplía el breve interludio de rigor, con qué lenta determinación envolvían sus pesares, devorándolos. Únicamente cuando el pergamino se halló próximo a consumirse fue colocado en el recipiente de metal; y, al tiempo que salmodiaba una plegaria para sí, extrajo una pequeña daga ceremonial del cinturón. Armado con ella comenzó a gesticular con las manos sobre los humeantes restos del escrito, para, acto seguido, haciéndose una incisión en la palma, dejar que se derramara la sangre en la confesión ya extinta.

Fue así como aquella alma sumida en el agotamiento creyó encontrar un remanente de paz durante el transcurso de la ceremonia de purificación; y sintiéndose algo aliviada, y libre de condicionamiento, se dejó llevar por las emociones, negándose a tratar de evitar que escapara de los ojos de su portador alguna que otra lágrima furtiva.

Preludio, Cap 4

Con el Rumor de su llegada: Llanto por el recuerdo de un hijo del alma.


RENEGANDO DE SU HUMANIDAD

Los sentimientos son algo nocivo, y tiendo a renegar de ellos.
Nunca he sido partidario de acogerme a nada que careciera de ecuanimidad.


Respuesta que Drunel Libornae dio cuando le preguntaron cómo se sentía por la muerte de su único hijo.

La puerta se cerró tras él, pero fueron escasos los instantes que transcurrieron antes de que volviera a abrirse y la sombra accediera por segunda vez al interior; para descubrir que, en tan breve interludio, el hombre grueso había sacado del cajón un receptáculo metálico; siendo el hecho de que este se encontrara sobre la mesa lo que enrareció el reencuentro, puesto que ambos eran conocedores de su significado, y lo que conllevaría.

Al verse sorprendido de esta forma cuando se disponía a desnudar su alma para expiar las culpas, el señor se sintió azorado. Pero a pesar de ello intentó que la vergüenza que con su inoportuna aparición le estaba haciendo pasar, no fuera demasiado ostensible. Y de igual modo la sombra trató, a su vez, de mostrarse indiferente, como si no se percatara de algo que resultaría obvio incluso para alguien menos observador.

«Ni aun siendo víctima de tales padecimientos esto sería de esperar de alguien como tú. Grande ha de ser la parte de esa desesperación que callas, y tan reacio eres a mostrarme, para que absurdamente te prestes a buscar consuelo en aquellos que, siendo patente por la escasez de marcas en tu palma, desde hacía mucho habías olvidado. ¿No entiendes que nada hallarás si tiendes la mano al aire? Ellos no son más que un concepto. El triste e infructuoso reducto de los que, a un tiempo, vagan desheredados de virtud y razón».
―Disculpad, señor, estaba tan abstraído escuchando las noticias de lo recientemente acontecido, que casi olvido mencionaros algo que creo estimaréis de cierto interés ―expuso la sombra atropelladamente, denotando, con fingida gravedad, el aparente azoramiento por su involuntaria indiscreción.

En vista de cuanto ocurrió con anterioridad, y encontrándose extenuado ante tantas emociones, el señor no lo tomó a mal, y haciendo un escueto gesto con la mano lo instó a que prosiguiera.
―Entre los invitados se rumorea que es probable que haga acto de presencia Sionel, primogénito de La Casa de Thárin ―dijo tratando de escoger bien cada una de las palabras; sin miedo, pero mostrando la debida cautela que a este asunto se confería.



TE CONOZCO

No importará lo que intentes, algunas verdades salen siempre a la luz.
Y por más que trates de esconder sentimientos,
tu corazón siempre será el fiel delator
al que no supiste enseñar a mentirme.


Súlian de Edar.

En estos instantes los recuerdos que deseaban ser olvidados salieron involuntariamente a la luz, como si de una vieja herida se tratase; una herida de la que, incluso habiéndonos visto privados del dolor por el pasar del tiempo, nos quedara el permanente testimonio de una fea cicatriz que siempre estará ahí para atestiguar lo ocurrido. La crudeza de aquel error ensució cada nombre a perpetuidad, con una mancha que siempre precedería a todo el que, directa o indirectamente, se vió involucrado en ello; siendo tal la vergüenza sentida por la gravedad de aquella falta que, aunque el noble corazón de Sionel pudiese otorgarle un perdón inmerecido, seguiría sin alcanzar una quietud que sólo el olvido le podría dar.

Igual suerte corrieron los que se vieron involucrados en el asunto, ya que de un tiempo a esta parte no se volvió a saber nada de los otros dos. Y es por ello que hubo de sentir, al ser rescatado su nombre, como si con ello se estuvieran invocando antiguos fantasmas del pasado.

―¿Él aquí? ¿En mi casa? ¿Acaso eso podría llegar a ser posible? ―preguntó el Señor de Bánum, siendo tal la enardecida satisfacción que provocó la inesperada sorpresa, que actuó como desencadenante de estas y otras preguntas que por decoro trataban de ser contenidas, consiguiendo finalmente, tras doblegar la emoción, acallar sus labios.

―¿Qué no daría por volver a tener bajo este techo la presencia de tan noble caballero? ―añadió, entregado por entero a aquella apreciación que manifestaba abiertamente la pureza de un afecto rebosante de añoranza.

«Cuán desconcertante resulta percibir en ti un estado de debilidad y aprensión que, sin tú saberlo, te gobierna a su antojo. Con qué facilidad podría doblegarse ese corazón tuyo, enfermo de pesar y hambriento de afecto, haciendo que tu voluntad quedara supeditada a la de aquéllos que ayer se deshicieron de la humanidad para mostrarse hoy ampliamente versados en el noble arte de la sugestión. Pide, cuando tengas a bien hacerlo, a esos dioses tuyos que oculten la debilidad de cada herida a esos lobos que, aun sirviéndote, mal te quieren; y agradéceles a un tiempo que el único de ellos que sabe de esta debilidad esté de tu lado».

―Vuestras palabras dejan de manifiesto la alta estima que debéis de profesarle ¿He de suponer, señor, que os encontráis por ello gratamente complacido?

―Podría deciros que casi lo he visto nacer. Y la prontitud de la petición fue tal, que a raíz del alumbramiento se acordó el matrimonio.

»Es por eso que, desde sus comienzos, me vi interesado por cada uno de los logros y progresos que iba atesorando, de los cuales no podía menos que enorgullecerme, aunque sólo fuera de un modo indirecto, al ser sabedor de lo que el futuro le había deparado ―aclaró el señor, y tras una breve pausa prosiguió―. El hecho de saber que algún día aquel joven cachorro se convertiría en mi yerno, hizo que, apenas sin llegar a darme cuenta, lo sintiera como algo mío; despertando en mí un cariño paternal ―confesó, interrumpiéndose tras estas palabras, lo que denotaba cierta congoja. ―¿Y qué más podría decirte? Sobradamente conoces el resto de la historia ―añadió con desdén, dando por finalizada la explicación, cuyo tono destilaba cierta amargura.

Después de unos instantes de reflexión, en los que su espíritu apasionado se debatió hasta conseguir dejar a un lado una ilusión que le restaría objetividad, el sentido común tomó posesión de los actos, proporcionándole la entereza suficiente para renegar de aquello que se presentaba como un sueño absurdamente inalcanzable, y del que, por todos los medios, intentaba desembarazarse, como si su instinto de conservación se manifestara en una renuncia al dolor; negándole así, la opción de alimentar una vana esperanza.

―Debemos ser conscientes de la imposibilidad de esa verdad… ¿De qué serviría engañarnos tratando inútilmente de avivar una llama que fue extinguida hace tanto?―. No sin cierta dificultad, las palabras comenzaron a brotar de él y, a pesar de la templanza que pretendía reflejar con ellas, estas sonaron apagadas y ligeramente impregnadas de una agria e hiriente resignación.

―Me resulta impensable creer que, tras haber sentido en sus carnes el amargo regusto de la afrenta que años atrás mi casa le confirió, se digne tan siquiera cruzar el umbral de mi puerta ―pensó, reafirmándose en tales creencias―. Seguramente esta noticia, que a bien veníais a darme, no será más que la pérfida ocurrencia de alguien que mucho sabe de crueldades ―añadió apenado, desestimando toda posibilidad de que Sionel apareciera.

El mutismo de esta nueva pausa duró más de lo acostumbrado, y amenazaba con permanecer invariable, hasta que lo incómodo de aquella situación instó a la sombra a convertirse en el portador de las palabras que habrían de derrocar el silencio.

«Nada me queda por hacer aquí. Está claro que en tal estado todas las puertas a la esperanza que yo hubiera de abrirte serían cerradas por tu amargura. Permanece el tiempo que estimes conveniente en este rincón que elegiste para las penurias. Y entrégate a la plegaria del fuego si te place. Ojalá consigas con tan necio proceder ese amparo que no me está permitido darte».

―Si así pensáis, señor, lamento haberos importunado con esa información sin que fuera comprobada previamente su veracidad ―dijo la sombra disculpándose con parquedad, optando con resolución por cambiar de tema lo más rápido que la prudencia le permitió―. Señor, si nada más deseáis de mí y creéis que todo queda dicho, con vuestro permiso volveré de nuevo a mis obligaciones. Mañana cuando despunte el alba partiré ―dijo, lanzando una sugerencia que no encontraría respuesta de labios del señor, el cual se limitó a asentir pesadamente en señal de conformidad. En vista de esto, la sombra se despidió por segunda vez con una profunda reverencia; y cuando se disponía a abandonar el recinto, se vio una vez más detenido en el umbral de la puerta, acatando con presta fidelidad el repentino mandato.

―¡Esperad! ―solicitó el señor con una agitación carente de marcialidad; como si, armado únicamente con cobardía y recato, hubiera podido extraer de la conciencia más palabras de las que debieran ser proferidas por el decoro, mientras se ahogaba inexorablemente en una angustia que sofocaba su respiración.

―Si él apareciera…― y el mensaje cesó, dando paso a un mutismo que lo decía todo. Por más que quisiese, no habría logrado expresar su pensamiento con mayor claridad.


MÁS ALLÁ DE TODA VERDAD

Aún ahora, tras rememorar lo tristemente acontecido, habían quedado impregnados en su voz apagada y marchita los vestigios de una ilusión que, instantes antes, vio doblegarse y morir bajo el peso de una lógica aplastante; y fue la imposibilidad de darla por perdida, lo que nunca le permitiría rendirse a una palpable evidencia.

Lanaiel.

10/8/08

Preludio, (5º pasaje del Cap 3)

―Apenas os resta expresar el destino que a él le aguarda, y será mi mano la que dé fiel cumplimiento a vuestro mandato―. La falta de sensibilidad con la que aquellas palabras fueron pronunciadas las hizo sonar vacías y carentes de la motivación personal que una implicación tan directa requería. Pero, a pesar de esto, no había falsedad en ellas; el no expresar abiertamente su humanidad, no negaba la existencia de los posibles lazos que, de algún modo, lo unían al señor, otorgándole, en diversas ocasiones, muestras de una lealtad inquebrantable.

―Habiendo llegado a este punto, sólo su muerte podría atenuar la falta. No existe para él posibilidad de redención ―fundamentó el señor, tratando en vano de enmascarar su macabra satisfacción, tras lo cual se efectuó la acostumbrada pausa de rigor que precedía a la petición que, para ambos, ya era sobradamente conocida―. ¿Acudiréis, al igual que en anteriores ocasiones, a la llamada de la sangre? ―y fue así cómo se formuló la pregunta. A la cual el aludido no contestó, limitándose a asentir con solemnidad.

―¡Id pues tras él! ¡Y acallad los reproches de una virtud herida que reclama, para la restitución de su honra, la sangre de aquel traidor que ha ido a esconderse más allá de estos muros! ―exclamó con un fervor difícilmente contenido―. Únicamente he de pediros que refrenéis vuestra mano al encontraros con él. El acero no habrá de asomar a la luz hasta que, de la misma forma, lo hubiera hecho la explicación que consiguiera desvelar el motivo que lo impulsó a cometer semejante insensatez ―dijo añadiendo aquel inciso que parecía haber estado a punto de ser olvidado―. ¡Encuéntralo! Mas no te dejes ver, ¡sólo vigílalo! Es necesario saber, antes de que todo termine, si alguna de las grandes casas está detrás de esto
―apuntó, mostrándose confuso, preocupado por lo que creía que estaba a punto de descubrir, lo cual podría convertirse en preludio de nuevas intrigas que dieran paso a una posible guerra.

«¿Por qué por más que intento desentrañar la razón de su proceder no consigo una explicación que se me antoje del todo racional?» pensó el señor para sí, intentando inútilmente aliviar su tan maltrecha conciencia.

―Sólo cuando obtengas de él lo indispensable para que mi necesidad de saber se vea satisfecha habrá llegado su hora. En ese mismo instante ¡mátalo! El modo en que lo hagas no me importa ¡Simplemente hazlo! Y trae una prueba de su muerte―. Y mientras ultimaba enardecido los detalles, determinando las pautas a seguir, una socarrona sonrisa de deleite se dibujó en su cara, como si pudiera vislumbrar el deseado desenlace de todo eso.

―Es probable que, llegado el momento, algunos de mis emisarios os salgan al paso para saber de lo acontecido. Mantenedlos informados mediante el método habitual. Y si por el motivo que sea hubiera algo que pudieseis necesitar, no dudéis en hacérselo saber y ellos mismos os lo proporcionaran.

Cuando sus palabras cesaron, el señor se giró encaminando sus pasos al marco de la ventana. Y allí quedó meditabundo, contemplando un enlutado cielo carente de estrellas.

―De todas formas, pasarán algunos días antes de que pueda recibir vuestras noticias. Me veo obligado a ausentarme. Parto a la capital para comparecer frente al Gran Consejo en un próximo concilio junto a los grandes señores de las otras casas; me dirijo a él inquieto por el rumor de que posibles malas nuevas vengan a sumarse a las ya tristemente conocidas ―comenzó a decir resignado, iniciando una insólita revelación en la que rumiaba cada pensamiento en voz alta, como si tratara, para sí, de poner en orden sus ideas.

«Inmediata parece hallarse la caída de otra de las grandes casas. Y todo apunta a que, tal vez, no me encuentre en el bando correcto, mas cuando llegué te di mi palabra de servir a tu casa y velar por sus intereses, y así lo haré, mientras haya una casa e intereses a los que servir».

―¿Podría saber cuáles son esos venideros problemas de los que me habláis, señor? ―inquirió volviendo a hacer gala de su inexpresividad.

―Hasta ahora nada es del todo seguro. La escasa información que, con dificultad, mis espías han logrado recabar, no se presta más que a conjeturas; proyectos en el aire en los que, al parecer, no terminan de ponerse de acuerdo. Y entre los cuales se encuentra alguno que, si llegara a tomar forma, amenazaría seriamente nuestros intereses ―explicó escuetamente el señor, intentando quitarle peso a la posible gravedad de un problema futuro―. Olvidaos ahora de eso, ya he tomado medidas para retrasar esta desgracia si llegara a producirse y aunque en el peor de los casos únicamente demoraría lo inevitable, debéis centraros en el tema que os ocupa ―añadió, tratando de ahuyentar cualquier distracción que le impidiera dedicarse por entero a su tarea actual.

―Deberemos mantener la serenidad en este difícil periodo en el que la sucesión de penalidades podría socavar nuestro ánimo y buen hacer ―aconsejó fervientemente, como si esta petición fuese una plegaria al sentido común. ―Creo que no será necesario advertiros de la discreción con la que deberéis proceder frente a tan delicada cuestión ―señaló el gran señor, haciendo una pausa tras la cual prosiguió―. Confío en vos. Nunca me habéis fallado. Y en numerosas ocasiones demostrasteis una inquebrantable fidelidad a la casa que os acogió. ¿Comprendéis lo importante que es esto para nosotros? ¿Sabéis cómo seremos vistos ante las demás casas si esto llegara a saberse? ―dijo en un tono ligeramente paternal, sopesando las terribles consecuencias que semejante problema podría llegar a acarrearle. Como sí, de algún modo, aquel arrebato de impropia sinceridad impregnada de desesperación terminara apelando a su benevolencia y sentido del deber en una súplica inexistente.

En ningún momento de esta confesión se volvió, negándole la visión del vergonzoso desconsuelo que sabía se dibujaba en su rostro.

―Señor, no es necesario que digáis más. Me lo habéis dado todo cuando no tenía nada, después de lo que antaño me quitaron. Fuisteis vos quien respondió por mí cuando ni tan siquiera mi propio padre quiso hacerlo. Os juro, por cuanto quiero y me importa, que nada impedirá que vuestro deseo se vea realizado. Aunque para ello tenga que mancillar con estas manos cien veces mi nombre ―proclamó empeñando la palabra, con toda la solemnidad que su rigidez le permitió reflejar.

Así habló aunque, pese a su total entrega, no hubo ninguna demostración de afecto, quedando claro que apenas le importaban los asuntos antes tratados y que, del mismo modo, no le movía nada personal en dicho cometido. Su actitud sólo reflejaba la deuda. Una obediencia rebosante de marcialidad.

―¡Qué así sea! Ahora ve, y lleva a cabo el castigo ―contestó el hombre grueso que, pese a ostentar tan notable posición, en estos instantes no era más que un padre abatido implorando justicia.

Sin mediar palabra alguna, la sombra, que en todo momento había permanecido arrodillada, se irguió, y girándose cruzó el umbral de la puerta.