12/4/09

16º pasaje, cap 7

«La sucesión de latidos empieza a amainar; el espíritu se aquieta. La presión sobre la empuñadura disminuye, y, pese a no deshacerse la presa, el forcejeo se atenúa. Comienza a dar muestra de su declive. Es el momento propicio para que vuelva a hostigarlo con comentarios que poco habrían de diferir con la sobria severidad paterna».

―¡Moderaos capitán!, ¡de sobra sabéis que la espada nunca estuvo destinada a solventar tales causas! ―interpeló el anciano. Y tras mantenerse unos instantes aferrado de forma preventiva a su brazo se desligó de él sin apartar la vista, para desandar los dos pasos que representaron el origen de las hostilidades. Sin embargo, y aun apaciguada considerablemente, la tensión se mostraba más reacia a desaparecer de lo que cabría esperar, dejando ver que aparte de los motivos evidentes había algo que el cortesano no supo apreciar. Pero aun así se mantuvo allí, mostrando, pese a lo palpable que resultaba su indefensión, la más circunspecta actitud, sin que por ello el arresto se viera desvirtuado.

―Antes, cuando jactancioso y ajeno a todo comedimiento impartisteis vuestro criterio sobre cómo habrían de castigarme, afirmasteis que sea como fuere yo ya estaba muerto. Pese a que conozco cada código, cada precepto, e incluso cada nueva acotación hecha en los textos sagrados, no pienso aseverar o desmentir ese axioma que con tanta seguridad habéis tenido a bien desvelarme. Mas supongamos por un instante que estáis en lo cierto, y que en realidad gozáis de una visión tan clara de mi destino. Y siendo así decidme: ¿qué habría de impedirme arrastraros conmigo? ―interrogó el heraldo con sorna, dando pie a que las palabras dejaran a su paso el amargo regusto de una latente amenaza. Una amenaza que se mantuvo suspendida en el aire y en todo momento ratificada por su expresión corporal, ya que éste, ahora conscientemente, se aferraba de un modo tan relajado como resuelto a la empuñadura.