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30/12/08

Retrato que Ólonam presentó de Garin

Considerables eran las particularidades que caracterizaban a aquel hombre marchito, que pese a su carencia de achaques se precipitaba inexorablemente hacia el umbral de una segunda madurez. Bajo la amplitud de su regia túnica podía encontrarse a una criatura huesuda, de aspecto apocado y decrépito, un árbol torcido y nudoso que en todo momento amenazara con quebrarse debido a la rigidez producida por su mortecina esterilidad. La acentuada lividez de aquel anguloso rostro, consumido y caduco, parecía exponerlo con crueldad como el desafortunado superviviente de una violenta erosión. Sólo en la fría dureza de sus pequeños y escrutadores ojos de comadreja se asentaba imperecedero, el último reducto consagrado a su tiránica supremacía. Lugar desde donde proclamaba abiertamente el desprecio y resentimiento que hacia el resto del mundo sentía. Cualquiera que ávido de curiosidad se hubiera atrevido a asomarse a ellos, habría advertido en la fijeza de su mirar una seguridad manifiestamente insólita, surgida de la nada para alimentar un ego insaciable que no tardó en adoptar forma definida. Y así fue como a lo largo de los años creció, hasta concebirse en la infranqueable coraza interior que con orgullo portaba.



Constantes y encarnizadas fueron las batallas de salón en las que habría de lidiar para cosechar victorias. Conduciéndose con la firmeza de un general siempre dispuesto para acaudillar con singular maestría profusos y compactos ejércitos de palabras difíciles de acallar, con las que este antiguo bastión protocolario era capaz de despedazar, sutilmente y a la vista de todos, al más encomiable adversario.



Sus reiterados triunfos lo hicieron merecedor de esta consabida gloria, que iba dejando a su paso una acentuada estela de temor y admiración, induciendo a los huéspedes enviados a esta casa a solicitar fervientemente ser tutelados por él. Sin haber llegado aún al término de sus días, aquel verdugo de voluntades ya se había hecho merecedor de que su nombre fuera evocado por propios y ajenos; no habiendo de faltar en tiempos venideros valedores de su memoria, llamados a narrar como improvisados trovadores un interminable cúmulo de gestas dejadas a su paso, en las que el grado de admiración o desprecio atribuido dependerá únicamente de la procedencia del historiador.



En cualquier caso no cabe el extenderse mucho más, puesto que por pocas que fueran, demasiadas serían las palabras empleadas para este fin. Dedicadas a un hombre que se entregó en vida a enmudecer a los demás. Es por ello que trataré de abreviar en lo que resta, sin entrar en más detalles que los necesarios.

Dadas las circunstancias, habría de ser el prolífero eco otorgado por su renombre, quien se encargó con diligencia de que su reputación no estuviera exenta de presas.

De todas partes acudieron al ineludible reclamo de su supremacía enjambres de codiciosos diplomáticos, que privados de sensatez venían a gallear ante él. Estando cada uno de estos neófitos cazadores furtivos dotados de un arrojo absurdo; y amparándose ciegamente en él se precipitaban con vehemencia al enfrentamiento, para inmolar de este modo la escasa reputación que hasta entonces hubieran podido adquirir en un vano intento de cobrar una pieza con la que ansiaban conseguir el reconocimiento de sus respectivas casas. Solo el que hoy regenta La Casa de Alerna consiguió, además de resistir, llevándose consigo su dignidad intacta, salir airoso de un reCursivañido encuentro, siendo de entre todas las confrontaciones que públicamente se hubieron celebrado, la que perdura en el recuerdo de los que la presenciaron como la más encarnizada.







Extraído del libro: “Algunas verdades palpables que nadie se atrevió a decir”, del capítulo titulado “Engendros de luz”, en el que acomete abiertamente contra algunas de las más celebres figuras del panorama político. (Este libro fue silenciado al igual que su autor).

29/7/08

Retrato que Ólonam presentó de Áldebar


Muchos son los llamados a formar parte de este compendio de indignos; y pese a estar muy lejos de ser el peor de cuantos en él se exponen, os diré que es el que más grima hubo de darme. El más banal, y el menos honroso. Un erial de principios, entregado por entero a mostrarse como una antología de mediocridades impropias de todo regente.

¡Poned atención!

¡Leed cuanto aquí esta escrito!

Porque esta es mi oda para, Áldebar “Príncipe Mercader”, actual Señor de La Casa de Bánum.

Quieran los dioses que disponga al menos de un momento para desatender su comercio o acuñar moneda, y se digne posar su mirada en este humilde homenaje. Una singular oda que con convencimiento creo merece.

¡Salve!


A ti que, comerciando con la honra de tu linaje, has tornado en circo un feudo para llenar aún más tan abultada bolsa; a ti, príncipe de mercaderes y esclavo de tu propia codicia, que muestras sin pudor la violencia de tu devoción, pese a no conocer más dios que el dinero.

¡Salve!

A ti que, lejos de toda vergüenza, expones un cuerpo templo de excesos; a ti que proclamas, con apenas una imagen, la falta de mesura y comedimiento, la escasez de voluntad y la total entrega a una opulencia con la que escupes sin miramientos en la cara de los menesterosos.

Llegado a este punto he hecho un alto, para descubrir, tras leer cuanto yo mismo hube escrito, que pese a no haber dicho poco, no dije cuanto debiere. A los dioses doy gracias de estar aún a tiempo de continuar hasta encontrarme más próximo a haceros justicia, y que el recuerdo dejado albergue cierta fidelidad.

Entre el resto de “virtudes” que cabría destacar, por empezar por alguna, está su voz; herramienta bien calibrada de la que, aún a día de hoy, se sabe valer; y con la que ofrece los matices necesarios para conseguir en cada ocasión cuanto hubiera de proponerse.

Tal vez en otras circunstancias hubiera llegado a ser un mandatario muy válido. Pero tener que hacerse cargo de la regencia tan pronto empobreció su espíritu, condicionando a un tiempo el acrecentamiento de su soberbia y la cotidianidad de su despotismo.

Es por eso que, de entre toda la gama de aquel amplio registro, fue la más áspera y desabrida vertiente la que se impuso; aunque eso es algo que ahora poco importa. Dejando atrás las posibles causas, bastará con saber que el suyo ha sido siempre un lenguaje soez e ingrato para cuantos le sirven; hombres y mujeres a los que rara vez se dirige si no es para imponerles labor o injuriarlos a cuenta de ella, sin importarle, o no, el encontrarse en presencia de propios y ajenos.

Carente del menor recato acostumbra a aplicar sobre sus subordinados el acuoso verdor de unos escrutadores ojos que entorna levemente para mirar con fijeza, como si de esta forma pudiera intensificar el inquisidor influjo que sobre los demás ejerce.

En este caso concreto, la peculiaridad que lo ha hecho diferir del resto de los que imponen el absolutismo, es que en poco varía el trato dispensado a esclavos del que ofrece a consejeros o regentes, puesto que por igual los increpa. Sin concesiones se dirige a ambos, y, elevando el tono más allá de lo permitido por el decoro, vomita sobre ellos cuanta acritud hubiera de contener. Y al tiempo que deja de manifiesto la carencia de respeto a cuantos le sirven, se entrega a hacer reiterado hincapié de su supremacía.

Pese a saber cuanto debía decir, y aquello que la gente quería o no escuchar, nunca fue buen conversador, puesto que, a tenor de su naturaleza, despreciaba también a sus iguales. Creo firmemente que en su caso nunca ha sido cuestión de jerarquías, sino el impulso de una condición cruel, a medio camino entre la insensibilidad y la necesidad de zaherir a cuantos se encontraran a su alcance la razón de que utiliza este ingrato sistema para conseguir, al precio del dolor ajeno, liberarse de mucho de lo malo que se ha ido albergando en su interior.

Cuantos hubieron de conocerlo y se han prestado a hablar de ello, coinciden en que siempre ha sido reacio a mostrar sus sentimientos, incluso más allá de lo meramente prohibitivo. Incluso cuando estos eran requeridos o necesarios. Se desconoce el motivo, pero hay quien afirma que el último reducto de humanidad expiró al enviudar, y que el pétreo corazón que mora en su pecho en ocasiones resurge y vuelve a latir cuando se halla frente al fruto de aquella unión.

Tal vez por esta o alguna otra cuestión, el rico más pobre de esta isla ha permanecido y permanece ajeno al mundo, siempre huraño y esquivo. Atribulado para sus adentros. Enfrascado en mil y una empresas gobernadas con mano de hierro; con mano de hierro pero solo, hasta el punto de que el consejo y el resto de nobles, preparados y dispuestos para acatar sus órdenes, se limitan a desempeñar tareas menores. Nada salvo lo más superfluo les es encomendado.

Desconfía, por sistema, de cuantos le rodean. Solo unos pocos, los para él más notables, gozan de una confianza que no ha de estar exenta de reservas. Y en lo que a respeto se refiere, únicamente lo siente sin concederlo por aquellos que en cierto modo comparten sus mismos dones. Y sabedor de lo que podía acarrear la cercanía de tales espíritus, tiene a bien mantenerlos lo más alejado posible.

En definitiva, y para concluir, decir que es este un hombre despierto. Un diplomático que sabe, como pocos, hacer buen uso de su mano izquierda. Un cortesano que, dados los tiempos que corren, ha caído en la cuenta de que la discreción está llamada a ser un poderoso aliado, un preciado salvoconducto al que aferrase mientras discretamente crecen sus recursos sin despertar sospechas o incomodidades.

He aquí mi retrato de un gigante que crece sin detenerse, ajeno a nuestro conocimiento, y junto a él la advertencia que muchos conocen pero todos ignoran:
“Llegará el día que salga a la luz cuanto se incuba en silencio. Y ese día, vasallos, señores y la misma Orden, conocerán el temor".

N. autor:Extraído de “Algunas verdades palpables que nadie se atrevió a decir”, del capítulo titulado, “Engendros de luz”, en el que acomete abiertamente contra algunas de las más célebres figuras del panorama político.