17/07/09

Un buen momento para pronunciarse

Bueno pues tras bastante tiempo se dejó atras otra de las partes de la novela. Antes que nada dar las gracias a los que comentais por aquí, a los más discretos que lo haceis por messenger y a los que tengo la suerte de tenenos cerquita. Gracias por leerme, gracias por compartir conmigo esta experiencia tan interesante, gracias en el caso de algunos por convertirse casi en padrinos del textos y dedicar tanto tiempo a analizarlo y hacerme ver errores de todo tipo, por abrirme los ojos en tantos aspectos y hacerme ver buena parte de lo que estaba mal o era mejorable. Creo que el texto, aunque sigue necesitando algunos cuidados más mejoró bastante.

Deciros que lo más parecido a la versión más pulida la teneis en Ngc3660, por si alguno gusta de ver los posibles cambios. Hubo muchas correciones y sobre todo poda (creo que más de 30 folios).

Y todo lo que está colgado hasta aquí se dejará reposar un tiempo y ya volvere a mirarlo para lo que espero sea el pulido definitivo, al menos por mi parte.

Comentaros tambien que hay escrita parte 3 y 4(y desde ya os adelanto algo más de acción y cierto toque más oscuro, incluso con tintes de terror en algunos casos), aunque quiero mirarmelos con algo más de calma antes de volver a la carga.


Y bueno no quiero dar mucho calor con el tema, pero si alguien se mojara en hacer una critica general de esta parte 2 le quedaría muy agradecido. La verdad es que tengo serías dudas en según que aspectos y me gustaría que quedaran atras.


Un abrazo. Y gracias a todos por estar ahí

14/07/09

Cap 11 (8)

Apoyándose pesadamente en la pared y tratando de valerse de unas piernas que se negaban a responderle se giró como pudo, para buscar el auxilio de la única persona próxima, y al hacerlo lo descubrió a su lado, exponiendo una quietud que en modo alguno resultaba corriente. De entre todos los factores a tener en cuenta cabía destacar el más imperceptible, uno que nunca habría sido pasada por alto por personas más receptivas. Personas entre las que el maestro de ceremonia se habría encontrado de no ser por las circunstancias. Pese a que el joven no se hallaba tan cerca de la ventana como para verse expuesto a la luz estaba envuelto por ella, como si ésta, hubiera recorrido la estancia para acceder a él. Y bañado por su ignominioso influjo aquel cuerpo desnudo adquirió un halo antinatural. Mas en momentos en los que uno se siente tan próximo a la extinción, la muerte del sentido común precede a la propia, no habiendo cabida para otro pensamiento que no fuera el de aferrarse a la esperanza que el joven pudiera traer consigo. Fue entonces cuando el maestro de ceremonias intentó apelar a él, como si la necesidad de ayuda no resultara evidente, pero por más que quiso valerse de las palabras, éstas, ajenas a su bienestar, se negaron a cumplir su cometido, impidiendo que se expresara de un modo coherente.

―No os entiendo, señor ―le respondió el muchacho con incontestables trazas de ironía.

Sin perder su sobriedad el efebo se acercó a la agonizante figura a la que fue ofrendado, aparentando que se esforzaba por oír cuanto tuviera que decirle, siendo su fingido interés lo que alentó al maestro a volver a repetir con angustioso énfasis su petición, sin que el resultado de ésta hubiera de diferir del anterior.

―Disculpad, pero no puedo complaceros si no sé que se os ofrece ―declaró el muchacho parcamente, mientras contemplaba gozoso como el pánico campeaba por el rostro de su “anfitrión”.

La desesperación instó al maestro a precipitarse sobre el muchacho, extendiendo los brazos para asirse a él. Pero éste tomando conciencia decidió apartarse y dejarlo caer, para acto seguido arrodillarse junto a él. Lo observó y al hacerlo se encontró con su desconsolado mirar, al tiempo que de sus labios emergió un intento de palabra que bien podría haberse parecido a ayuda.

―¿Queréis que os ayude? Por su puesto. Permitidme señor ―dijo agarrándolo por debajo de los brazos. Y una vez alzado, no sin cierta dificultad, lo apoyó contra la pared, para asirlo de manera más cómoda. Apenas en los brazos del muchacho creyó que los síntomas remitían, que el dolor que tan abruptamente sobrevino lo abandonaba de forma lenta pero progresiva.

―No os preocupéis, porque estoy resuelto a hacer cuanto esté en mi mano para acabar con vuestro sufrimiento ―afirmó el muchacho mientras lo cargaba, y al pasar frente a la ventana lo arrojó por ella de un violento empellón.

13/07/09

Cap 11 (7)

Durante un instante se mantuvo inmerso en la duda, temeroso de retomar la vigilia. Y aunque tratándose de él la curiosidad estaría más presente que el de temor decidió actuar con cautela. Próximo al marco de la ventana aguzó el oído, sintiéndose al hacerlo aliviado y por ende exento de todo peligro al comprobar que se mantenía la charla, o al menos alcanzaba a oir la voz del cortesano aunque considerablemente más baja. Aquello le hizo intuir que ambas comitivas se alejaban, e impelido a conocer el desenlace retomó con negligencia a su pernicioso pasatiempo. Y pese a no ser visto, lo hizo justo cuando el capitán de los Heraldos impuso el ojo al ver la sombra del muchacho.

Dándose por descubierto y conocedor de lo que la imposición representaba fue incapaz de sobrellevar el creciente desasosiego ejercido por un influjo más allá de lo humano. Influjo que arrancó un lamento. Apenas tomó conciencia de que había sido maldecido el castigo se hizo presente en su cuerpo, como una ola que se encrespa antes de golpear con avidez las rocas para librarlas de toda inmundicia, presagiándose su desenlace. Fue como si cuantas dolencias lo acompañaron en estos últimos años acometieran al unísono con un ímpetu desconocido. La rigidez se apoderó de su cuerpo al sentir como un brazo invisible se introducía por su garganta negándole el aire, ansioso de asir su corazón con la mano, de aferrarse a él con sus fornidos dedos invasores. La sudoración y el mareo precedieron al vómito, y aquel lacerante dolor del pecho se propagó hasta afectar a la espalda y el brazo izquierdo. En aquellos instantes en los que la vida se iba, parecía representar un enorme pez abotargado, arrancado del agua y arrojado a la orilla para esperar entre estertores una indigna muerte. Pero pese a lo precaria que resultaba una situación como ésa, mayor si cabe para alguien con una carencia de estoicidad tan acusada, se aferró indómitamente a la vida, siendo el mismo miedo a morir quien lo predisponía a hacerlo. Más allá del ahogo se entreoía una palabra con tendencia a morir antes de consumarse, una palabra imposible de articular mientras boqueaba nerviosamente, y no era otra que piedad.

11/07/09

Cap 11 (6)

―¿Qué ocurre, señor? ―preguntó con una voz que casi no le salía del cuerpo. Mas no obtuvo respuesta. ―¿Señor? ―insistió, al tiempo que se levantaba para acercarse. Pero advirtiendo el maestro de ceremonias, ahora sí, una presencia que se le antojó molesta, se limitó a mandarlo callar con desprecio, siendo esto lo que fomentó que el joven sintiera curiosidad. Y sin hacer ruido se aproximó, para una vez allí asomarse con naturalidad, como si nada hubiera de temer al hacerlo.

Al tomar consciencia de ello el maestro lo derribó de un violento manotazo, y acto seguido se volvió amenazante, tratando de paliar la ira y temor que tomó posesión de sus nervios. Todo aire le resultara escaso, y ante esto se limitó, al igual que en pretéritos envites, a posar la mano sobre el pecho para aquietar su latir. Mientras el habla le estuvo vedada todo resentimiento fue expresado con su ojeroso mirar de sapo, y con su vuelta, se dirigió al muchacho con crueldad. Y éste, lejos de mostrar miedo o nerviosismo, se limitó a asentir sin apartar la mano de la parte del rostro golpeada, tras la cual, y a resulta de un labio roto, asomaron entre sus dedos un par de gotas de sangre, que se derramaron sin reservas por el dorso de ésta.

―¡Maldito seas muchacho! No sé si te habrán visto ¡Pero te juro que como esto afecte a mí persona haré que te desuellen vivo! ¿Me has oído? ―inquirió. ―¡Ahora vuelve a la cama y quédate en ella! ¡Y ay de ti si vuelves a importunarme! ―añadió amenazante, y manteniendo sobre él su mirada hasta que acató su mandato. Tras lo cual dio la espalda al que parecía ser el mensajero enviado por el destino para evitar que la exposición al pecado se prolongara.

09/07/09

Cap 11 (5)

Instantes más tarde se incorporó, apreciando un murmullo que enturbiaba la unión entre el silencio y la sombra. Y todo reducto de pereza se vio desterrado cuando sus ojos fueron testigos de una verdad que no supo asumir. Pese a lo absurda o risible que dicha visión hubiera parecido en otras circunstancias, toda sensación quedó supeditada al desconcierto. Resultaba difícil aceptar el encontrar al maestro de ceremonias en actitud tan impropia. Allí estaba acuclillado e intentando cubrir con la manta su voluminoso cuerpo, como si se tratara de un chiquillo que exento de recato se entregara a sus travesuras sin que hubiera de importarle nada más. Lo apreció agitado y como sus cambios de postura arrancaban a sus labios cuantiosas quejas, todos ellos teñidos de manifiesta amargura, al tiempo que con ambas manos se friccionaba con fuerza muslos y tobillos, intentando combatir sin resultado hormigueos y calambres. Más allá de lo que indicaba el sentido común se mantenía en aquel lugar, no importándole cumplir una penitencia que para alguien como él habría de resultar especialmente severa.

07/07/09

Cap 11 (4)

Larga fue la tregua que el destino le concedió antes de que tan prolongada charla empezara a hacer mella. Su interés por seguir allí entró en conflicto con el lacerante dolor de unas piernas que cansadas de soportar la postura y el peso exigían descanso. Los cambios de posición para evitar calambres se hicieron constantes, hasta que en uno de ellos se le mostró a Garin algo que por el momento éste habría de omitir. Encubrió al que más tarde delataría. Mientras tanto su desenfrenado apetito contribuyó a su permanencia e hizo el martirio más llevadero. Y aún hostigado todo fue bien hasta que irrumpió una corriente de aire, que además de arrancar a los ocupantes temblores desveló al que aún dormía, el cual no tardó en extrañar la manta. Y tras una breve e infructuosa búsqueda a tientas y con los ojos cerrados descubrió que con ella desapareció su anfitrión, mas la pereza salió airosa, y tras emitir un gruñido se encogió para mostrar la indiferencia propia de quien bajo el influjo del sueño trataba de encomendarse a él. Mas quiso el destino enviarle una segunda ráfaga, como si no contento con el resultado pretendiera seguir hostigándolo, hasta terminar con su reticencia e instarlo a reanudar la búsqueda de algo con lo que paliar el frío.

05/07/09

Cap 11 (3)

Aún siendo conocedor de cuanto acontecía, su interés se mantuvo, estaba maravillado por la destreza de los contendientes al blandir el verbo. Y en tanto se mantenía expectante, implorando que el espectáculo se demorara cuanto fuera posible, comenzó a cavilar, al igual que el estratega que evalúa una oposición de fuerzas para decantarse por un ganador. Cada reflexión se convirtió, a su criterio, en un triunfo de la lógica, y como tales los atesoró, jactándose de cuanto creía apreciar. Creyó advertir que entre ambos contendientes habían nacido rencores que se acrecentaron con la palabra y que alentaban su entrega, haciendo que ceder no fuera una opción. Era como si hasta los más simples comentarios se tornaran ingratos, y el fluir de estos los alejaba de un acuerdo satisfactorio.

03/07/09

Cap 11 (2)

Pese a tratarse de un ser pusilánime y sin carácter, tan escaso en virtudes como sobrado de imperfecciones, había algo en el maestro de festejos que podía confundirse con arrojo o valentía, mas nunca estas cualidades subyugaron sus miedos. Sólo la curiosidad, su mayor defecto, le infundía determinación. Y como tantas otras veces fue incapaz de desoír la sugerente dulzura que encontró en aquel reclamo.

Con pesadez se levantó del lecho y, tras cubrir su desnudez torpe y apresuradamente con la manta que compartía, encaminó sus furtivos pasos hacia lo prohibido, ansioso de agenciarse respuestas.

Durante bastante rato se mantuvo agazapado junto al quicio de la ventana, para contemplar con impunidad cuanto aconteció desde que Sionel e Iliandra discutieron. Uno tras otro continuó dando profusos sorbos al creciente manantial de imágenes y palabras sin que la necesidad mermara, alcanzando un soberano grado de curiosidad con la aparición de unos heraldos que fueron sucedidos por el séquito de los tutores. Y el entusiasmo adquirió su cenit cuando tras atar algunos cabos y aguzar la vista tomó conciencia de la relevancia de los implicados.

01/07/09

Cap 11 (1)

* Esto más que un capitulo, es como una especie de relato vinculado a la historia, un pequeño pasaje que aporta cierta luz a un suceso del jardín. Espero que os guste.




Una historia jamás contada: Ajusticiamiento



LA CLARIDAD DE LOS NECIOS




¿Cómo sopesar una acción, tratando de ser consciente de sus consecuencias, cuando se alberga a tus ojos una oportunidad tan clara de éxito?


Súlian de Edar



Pese a sentir en sus orondas carnes el cansancio acumulado por supervisar todos y cada uno de los preparativos, fue arrancado de una agradable lasitud próxima al sueño por los gritos y lamentos de un varón. Y tras concederse uno de los breves instantes que solían serle necesarios para recuperar la quietud, miró al joven que compartía su lecho en calidad de presente, mas no halló respuesta en él, gozaba de un profundo sueño. Durante este intervalo permaneció en silencio, envuelto por la desapacible negrura que la noche trae consigo y ansioso por desvelar el origen de lamentos que con la misma certidumbre podría haber traído el viento o formar parte del nutrido devenir de pesadillas con tendencia a abordarlo. Mas escasa fue la incertidumbre recolectada en tan corta espera, puesto que un nuevo lamento proveniente del jardín disipó toda duda. Un jardín que sin el amparo de la luz había permanecido mudo hasta ese día. Aún aguardándolo tras la primera escucha un escalofrió recorrió su cuerpo, mas toda intranquilidad se vio eclipsada por su necesidad de saber. Desde aquel momento sus ojos se tornaron centinelas, fijos en la ventana por la que irrumpió tan acusado penar. Y pese a saber que asomarse a horas tan intempestivas se consideraba una falta grave, no veía el modo de evitarlo. Aquel irrefrenable deseo devoraba con avidez sensatez y temor.

29/06/09

Cap 10 (integro)

Santuario: Retazos De Una Pasada Existencia

Atribulado se dejó guiar por los que preservaron su vida, ansiaba llegar a su habitación y hacia ella se dirigía con la esperanza de abstraerse. Qué no daría por alcanzar un sueño que le reportara quietud, por alejarse de un malestar que se nutría de lagrimas y rencores, de la impotencia y del firme deseo de amar. Durante el trayecto el tutelado permaneció inmerso en sus cavilaciones, incluso andar se tornó secuencial, y así se mantuvo hasta encontrarse a las puertas de su reino. Cuán desconcertante resultó hallarse ante ellas, como revivir un sueño en otro tiempo cotidiano. ¿Cómo olvidar su rostro esculpido en ellas o la inscripción sobre el umbral? (apéndice)


Dejando atrás al sequito, franqueó la puerta, y el saberse al otro lado le reportó alivio, un momento de paz que empañó el pensamiento: «Honda huella dejó mi regreso. ¿Qué acontecerá mañana?» Mas no quería, no podía pensar. Con todo, y pese a la esterilidad de sus cavilaciones la necesidad de convicción le dio fuerzas para enmudecer cuanto daño se adhería al alma. Y tras una pausa se internó en la estancia, a la búsqueda de esa familiaridad que le permitiría volver a sentirse parte de ella.


La primera sensación de remembranza que acarició sus sentidos vino con aquella fragancia, que ambientaba la sala de día y la inundaba de noche. Allí, sobre las ascuas de media docena de pebeteros de bronce repartidos por la estancia, se consumían las plantas que habrían de producirla, siendo un hecho probado que pese a no enriquecer su aroma, las setas adheridas a ellas acrecentaban su efecto tranquilizador. «Este fue el aroma que nos envolvió en buena parte de nuestras vivencias» pensó, mientras observaba como largas y profusas volutas de humo se perdían en tan abovedados techos.


Durante el día y desde numerosos puntos la habitación se inundaba de luz, mas con el caer de la noche dicha labor se encomendaba a la llama. Ésta, tan serena y tenue como enérgica cuando se hallaba a merced del viento, se manifestaba lo suficiente como para recorrer el lugar. Además de en numerosas mechas que surgían de un gran candil en forma de árbol, se la encontraba en imponentes antorchas de bruñido azabache, a las que se les dio la apariencia de aves en actitud beligerante. Y tan complacido quedó por la primera impresión, que optó por continuar impregnándose de recuerdos.


No advirtió cambios en el mobiliario o la decoración, mas al llegar donde se exponían los galardones concedidos en justas descubrió un notable aumento. Tanto era así, que aunque no se paró a contarlas, estaba seguro de que donde había algo más de una veintena, se exhibían casi un centenar. Eran muchas, muchísimas, una cantidad impensable para caballero tan cargado de años. [1]


Otra de las cosas que llamó poderosamente su atención fueron aquellos objetos que parecían haber menguado, objetos tales como la armadura dorada cuyo yelmo representaba su semblante de niño en expresión combativa, el suntuoso trono tallado en mármol o el centro que sobre él descansaba. Se aproximó, y tras apartar el cetro se arrellanó en él, para permanecer largo rato, recordando que en otro tiempo, al sentarse, le colgaban las piernas.


Hallándose, ahora si, más cerca, advirtió el rumor del agua. Al igual que en los grandes salones, venía desde las alturas, aunque en este caso terminaba en un imponente arriate que se engalanaba con salvinias y jacintos del agua, del que brotaban pródigamente plantas trepadoras de diversas especies que, manipuladas, cortadas e injertadas a su vez en puntos estratégicos, conformaban la parte viviente de aquel mural, que rememoraba el día en que el señor de Bánum le hizo entrega del reino.


Al otro extremo de la sala, cercado por maderos, se dispuso un espacio de tierra batida, provisto de un generoso armero, un testaferro, y en derredor, como mudos testigos de pasadas justas, se exhibían armaduras de infantes. Jóvenes señores de lejanos reinos que lo desafiaron exponiendo mil y un motivos, desde la mera alusión a una mayor bravura, hasta la resolución de afrentas, pasando por peticiones de amor a Iliandra, en las cuales se aludía a su falta de merecimiento para desposarla en un futuro. Y tras vencer a todos y cada uno, dichas armaduras se convirtieron en trofeos.[2] El amor por ella y el miedo a que se la arrebatasen no solo disipó su repulsa a toda actividad marcial, sino que hizo que se entregase a éstas con fruición.


Y entre tantos pensamientos y visiones recordó algo inconcluso. Fue entonces cuando extrajo un pergamino ya escrito, y añadió lo siguiente: “Mi buen amigo, como quisiera estar cuando comience la cacería, mas mis quehaceres me retienen. Confió en que tus lebreles levanten la presa”. Y una vez sellada la depositó sobre una bandeja para estos fines y marchó a dormir.


Apéndice

“Viajero que hasta aquí encaminaste tus pasos, ante ti se levanta el insigne reino de Sionel. Sea lo que fuere lo que hasta él te trajo de seguro habrás de hallarlo. En igual medida habremos de ser dadivosos, ya sea dando al amigo hospitalidad, como al enemigo acero”.




[1] N. del autor: Aquel caballero que hacía las veces de paladín, instructor, consejero, y regente en su ausencia, le fue cedido por su padre. Y cuando no se hallaba en su compañía o cumpliendo cualquier mandato residía junto a los suyos en una casona en las afueras, circundada por las viviendas de los campesinos y éstas a su vez por el terruño dedicado al cultivo.


[2] N. del autor: Estas, al igual que otras muchas apariciones, fueron fomentadas por el señor de Bánum. De este modo se pretendió aleccionar al joven para cuantos envites le deparara el futuro.

26/06/09

Cap 9 (integro)

El dulzor de una mentira: Historia del Joven heraldo

INGRATA REALIDAD

Exigua fue la existencia de un esperado brote,
que apenas en contacto con la realidad murió.


Lanaiel

Al día siguiente salieron en busca de aquellos que por sus dotes de declamación y la expresividad de sus adiestradas voces ejercían de oradores, para encomendarles una importante labor. Haciendo alarde de una consumada organización se diseminaron con premura por las prefecturas de Bánum, con el precepto no solo de informar, sino de acallar y desacreditar habladurías. De esta forma se difundió la historia de lo acontecido aquella noche. Fueron sus privilegiadas voces las encargadas de adornar y convertir tan dramático suceso en un hermoso y apasionado cantar de gesta. Las que lo entonaron a modo de plegaria para enternecer el corazón del pueblo. Y juntos lloraron la pérdida del joven heraldo, muerto la pasada víspera cuando trataba de impedir que un ladrón que había franqueado los muros accediera a las estancias de los señores. Y juntos alabaron el valor y la entrega al dedicar su último aliento para alertar a sus hermanos, los cuales dieron caza al que derramó su sangre, siendo el mismo capitán de la guardia quien ajustició al criminal.

Bien acogido sea por los dioses aquel cuya lealtad le llevó a sacrificar su vida en pos de nuestra prosperidad.

Epitafio dirigido a integrantes de La Orden que dieron su vida por una causa que se estimó justa.

Así fue como esta fábula tomó cuerpo, no faltando quién tristemente embaucado se tornaba, cuando la situación era propicia, en improvisado mensajero. Un mensajero que sin gracia pero con pasión relataba tan conmovedora mentira a cuantos tuvieran a bien escucharla. Y tan prospera fue su propagación que aquel cuento llegó a traspasar las fronteras de Bánum antes de que el tiempo lo erosionara hasta matar su recuerdo. Y como cabía esperar no faltaron por parte de La Casa de Bánum alabanzas y donaciones para agradecer a La Orden que uno de sus hijos hubiera ofrecido su sangre para evitar que la de uno ellos fuese derramada.


BASTARÁ UN MOTIVO

Soy uno de los hijos desheredados que alcanzan a entrever el holocausto de una decrépita civilización en la que los valores humanos son moneda en desuso, y en la que el ser humano predica el canibalismo de la virtud. Cada día contemplo entristecido como una parte de ella perece, y la inocencia perdida adolece de realidad.

Corrompidos por la envidia los paganos adoradores del dinero cubren sus caras con grotescas mascaras de falsedad, y en mi impotencia no puedo más que odiar vuestra superficialidad y renegar de todo lo plenamente establecido, como orgulloso ateo de vuestra doctrina enferma.

Y ahora, desde donde me hallo condenado al ostracismo, me entristece confesarlo pero sé que sois el futuro, siendo esta certeza la que amargamente me hace peregrinar a la búsqueda de esa virtud, con la esperanza de encontrar entre las sobras, con que alimentar un espíritu que trata con desesperación de aferrarse a argumentos convincentes para que el mero hecho de vivir tenga sentido.


Ólonam

24/06/09

13º pasaje, Cap 8

Al amanecer, antes de que el jardín se abriera a los invitados, el capitán de Bánun se personó con media docena de hombres de ambos colectivos, los cuales tras envolver con dedicación sendos cadáveres los izaron, para encaminar sus pasos al interior. Entretanto, y pese ha haber concluido con sus deberes, el capitán de los heraldos permaneció allí, contemplando como un grupo de aprendices del gremio de historiadores trataban, ajenos a la revelación, de borrar con presteza los restos de uno sangre que no hacía mucho que se había secado.

PRISIONERO CIRCUNSTANCIAL


Allí, confinado sordamente en el pecho, habitaba un corazón que discreta y profusamente se entregó al llanto, al tiempo que la viveza de su latir se acrecentó hasta quedar sumido en la opresiva y convulsa agitación que la impotencia le hacía sentir a su portador. De esta forma, se vio sometido por el influjo que sobre él ejercía la palabra dada a mantenerse parco y esquivo en ellas, en tanto que las verdades que le quemaban en la boca morían en silencio. Negando así justo descanso a un condiscípulo próximo a perecer.

Uno de tantos poemas que nacieron del corazón, y que, debido a las circunstancias que condicionaron su creación quedaron confinados en el alma.

22/06/09

12º pasaje, Cap 8

Horas más tarde tras repetidas genuflexiones el penitente se puso en pie para contemplar el exánime cuerpo, al igual que cuanta de su esencia se había derramado en el indigno suelo. Mucha sangre lo abandonó antes de que la hemorragia fuera detenida, sangre que liberada de su prisión de carne optó por abrirse camino entre las junturas de la roca formando diversos ramales, como si hubiera huido deliberadamente de él al tiempo que lo vaciaba de vida. Pero aunque aquella sangre que parecía no haberse secado del todo no aparentaba ser más que eso: la sangre derramada de un hombre, lo que allí se expuso al condicionado y metódico mirar del capitán distaba de estar sujeto a convencionalismos o casualidades. Tanto era así que lo que allí se manifestaba cambió su vida para siempre.

Numerosos factores debieron reunirse para hacer posible tan insólita representación, que de no ser por su crueldad hubiera podido tratarse como algo artístico. El caído, cubierto con lo que fue su habito rojo fuego, parecía conformar la figura de un árbol de ramas carmesí cuyo tronco hubiera empezado a secarse.[1] Tal visión para espectadores tan devotos como iletrados habría sido acogida con temor, al dar la impresión de que los dioses le arrancaran la vida movidos por un incontrolable arrebato de creatividad, mas para alguien como el capitán era una señal, una hermosa manera de glorificar al que yacía y tal vez, sólo tal vez, una reprimenda, en la que pretendían hacerle saber cuán descontentos estaban con el trato a uno de sus hijos y, en definitiva, de como terminaron las cosas.

[1] N. del autor: El árbol, además de ser el distintivo de los portadores del ojo de dioses, es uno de los más representativos símbolos sagrados.

20/06/09

11º pasaje, Cap 8

―Gracia…madre ―dijo con voz queda al sentir el agua en sus labios. Y tras intentar vislumbrar su entorno continuó hablando. ―Está oscuro,…aún es pronto…para salir a los campos…con el padre,…dormiré un poco más…Dame una manta, madre,…tengo frió ―solicitó este, mostrando cierta placidez cuando sintió como su cuerpo fue arropado por la misma túnica de la que le desposeyeron para atender la herida.

«Su vida se apaga. Le estoy perdiendo. Se va. Dioses no permitáis que se lleve verdades que podrían cambiarlo todo».

―Óyeme bien. Contesta a mi requerimiento y podrás descansaras cuanto quieras. ¿Él dijo que la mataría? ―preguntó el capitán apremiante, como si el pasar de cada latido contara, y con él creciera su desazón. ―Aún en tu estado te está permitiendo servir a los dioses. ¿Te das cuenta?
―Los dioses…debo ofrendarme…a ellos ―indicó turbado, como si aquella fuera la única palabra con cabida en su conciencia. Ante la proximidad de la muerte debía elevar a los dioses “La última plegaria”, para que tuvieran a bien acoger su alma.

―Guiad mi plegaria,…hermano mayor,…no quiero errar… ―demandó suplicante, como si temiera perecer sin ella más que a la misma muerte, mientras a tientas conseguía aferrarse al brazo del capitán para reforzar su requerimiento. Dicho esto toda posibilidad de continuar con el interrogatorio se esfumó. No podía, por más que lo hubiese querido, negarse a compartir la última plegaria con un hermano moribundo.

Entre sus manos tomó las del joven y comenzó una oración lenta y pausada, a veces recitada a la par, a veces repitiéndose lo manifestado previamente. Y así, de forma lenta y tortuosa, prosiguieron, hasta que la segunda voz se extinguió, dejado huérfana a la que habría de subsistir hasta concluir la plegaria. Sólo entonces el capitán posó su mano en uno de los lugares donde el pasar de la sangre se mostraba al tacto, para descubrir el débil palpitar.

Dada las restricciones a las que lo condicionaba el acuerdo poco más podría hacer, y es por ello que se arrodilló junto a su cuerpo, para empezar una nueva plegaria que no finalizó hasta despuntar las primeras luces del alba.

Seguiré manteniendo la esperanza, hasta que la imposibilidad termine por abatirla del todo.[1]

[1] N. del autor: Comentario hecho por Súlian de Edar, poeta y guerrero, durante la defensa del último bastión de los Thurshálian, el cual hubo de defender con apenas un puñado de supervivientes de los constantes asedios de los ejércitos de las seis casas.

Lo que estaba destinado a ser el extermino de una civilización tomó tintes de esperanza cuando tras una prolongada y exitosa defensa se les planteó la anexión al imperio mediante un tratado de paz en el que no se habló de rendición, sino de compartir los privilegios y deberes que del resto de las casas, formándose así la séptima de ellas, La Casa de Úrman.

18/06/09

10º pasaje, Cap 8

―¿Matarla? ¿A qué te refieres? ―exclamó el capitán, el cual, pese a su más que aparente desconcierto, lo conminó a responder .

―Quieran los dioses perdonarme… ¿Quién soy yo… para dudar… de sus designios?

Como si él mismo fuera desconocedor de sus comentarios permaneció sumido en aquel acentuado trance, y cargado de un sopor tan contiguo a la inconsciencia que mantenía fuera de su alcance los requerimientos dirigidos a su persona.

«¿Hasta qué punto puede ser licito otorgar credibilidad a los desvaríos de un moribundo? ¿Pero acaso este testimonio no es tan inverosímil como para no descartarlo a la ligera?»

―¿Dijo que la mataría? ―inquirió el capitán. ―¡Vamos! No es momento de silencios. ¡Contesta! ¡Es La Fe quién te lo pide! ―. Y así, pese a la carencia de seguridad, persistió en instigar a cuanto perduraba en aquella carcasa privada de raciocinio. Sin embargo tan hostigadores requerimientos en nada condicionaron su actitud, tanto es así que sus ojos se cerraron con aparentes trazas de no volver a abrirse.

La desesperación se apoderó del capitán, y ante la imposibilidad de permanecer impertérrito asió del brazo al acólito y lo zarandeo, sin excesiva rudeza, pero con más brusquedad de la aconsejable en su estado. Acción que provocó que la apertura de sus ojos viniera coreada por lamentos que se ahogaban en su debilidad. Y tras el lastimoso resurgimiento ladeó la cabeza con la mirada perdida hacia la voz que le hablaba, sin identificar al que permanecía expectante al ver que sus labios se entregaban a la ardua labor de articular palabras.

―Tengo sed ―se limitó a decir.

Aniquiladas las esperanzas de una respuesta satisfactoria, la paciencia del capitán se vio condicionada al desbordamiento hasta tal punto, que llegó a sentir vivos deseos de golpearle. Mas en el último momento refrenó su mano consciente de lo absurdo e inadecuado de semejante acción. Y carente de más opciones se entregó a cumplir sus requerimientos, sabedor de que sería absurdo mantener por más tiempo la farsa.

16/06/09

9º pasaje, Cap 8

―Dirigían…nuestros actos. Sin saberlo…cumplíamos…su mandato. Tal vez ella…no me odiara, ni él…tuviera en…realidad…intención de matarla ―aseveró radiante, inmerso en una certidumbre enturbiada por el tono de su voz y el halo de delirio que acompañaba las expresiones de su macilento rostro. Mas a causa de la inesperada confesión la angustia se relegó a un segundo plano. Quiso el destino que la conciencia de aquel portador sintiera la punzada de un deber, que silenció todo el reducto de lástima que en su inquisidor corazón se albergaba.


IMPUREZAS DE TODO SER


La condición humana es lo más sucio e infame que tenemos. Una lacra que resulta tan indigna como necesaria, porqué ésta, de algún modo, impide que olvidemos nuestra insignificancia; la completa imposibilidad de una perfección que siempre nos estará negada. Este estigma que nos limita y en ocasiones nos condena representa los largos tentáculos de los que se vale el instinto para conduciros a la perdición. Toda ella no es más que un cúmulo de mediocridades y defectos, con los que habremos de lidiar hasta el fin de nuestros días para evitar que emerja lo execrable de nuestra mera mortalidad.

Extraído de una charla que Lábir Slohiun, uno de los alistadores eclesiásticos encargados de recolectar a los niños para La Orden, daba a un grupo de futuros acólitos al completar el primer semestre de aprendizaje.

14/06/09

8º pasaje, Cap 8

«¿Dónde encontrar palabras que calmen tu curiosidad sin faltar la confianza que me otorgas?»
―¿Qué podría importar? ―preguntó parco y displicente, para que su azoramiento fuera menos ostensible.

―A mí…me importa.

Su mera imagen resultaba hiriente, atribulaba la conciencia hasta hacer que el corazón diera un vuelco, mas sea cual fuere el rumbo que aquella injusticia tomara o cuán insoportable se volviera debía aguantar. Estaba obligado a continuar con tan insufrible papel por mucho que se prolongara, aunque por ello tuviera que hacer de la ruindad y la mentira su dogma.

«¿Tendrá a bien en su estado aceptar la ambigüedad por respuesta?»

―Nos sometemos, con o sin saberlo, a constantes pruebas impuestas por hombres y dioses, estando la mano de estos últimos detrás de todas por extraño que pudiera parecernos ―argumentó, tratando de insuflar a convencimiento.

―¿Y por qué…pese a ello…no logro encontrarle…sentido? ―volvió a preguntar, al tiempo que de su perdido mirar manó la inquietud y desesperación ungidas en un incesante mar de lágrimas.
«Te ruego que aceptes cuanto te ofrezco. No me fuerces a añadir una nueva falsedad a tus miserias y mi pecado».

―Todo en esta vida lo tiene aun cuando en su complejidad no lo hallemos. Tal vez hoy entregues la tuya, mas dicha entrega no habrá de verse exenta de valor. Y creo poder asegurar que si así ocurriera, formaría parte de intereses ya dictados que escaparían a la comprensión de muchos.

»Sólo puedo decirte que no está en mi mano contestar con mayor claridad. Reconfórtate pensando que en cierta manera te convertirías en un instrumento que fue útil a los propósitos de la Fe, y eso habrá de reportarte orgullo. Éste podría ser el momento para el que has nacido, y de ser así habrías cumplido y morirías en paz.

Pese a lo que cabría esperar del comentario, algo más sutil pero tan enfermo de vacuidad como el que lo precedió, obtuvo mayor resultado. Su juvenil rostro, como si de una bendición se tratara, se inundó de tranquilidad, algo que causó al capitán gran dolor. Y fue entonces cuando surcó el suyo con la mano, para advertir con desconcierto que ésta quedaba bañada en llanto. Era aquella una sensación perdida, olvidada tiempo atrás, apenas el vestigio de una niñez que ni tan siquiera pertenecía a esta vida. Es por ello que tan desapacible sensación representó la más clara muestra de su caída. A cuenta de dicha revelación sintió que, pese a sus años, nunca antes había estado tan unido a la mezquindad, y hasta tal punto se vio condicionado que, desde ese instante y para siempre, murió toda sensación de pureza. En lo sucesivo, y pese de seguir honrándola, jamás volvió a sentirse digno de pertenecer a La Orden, aun cuando hubo de ser la última vez que omitió la verdad.

12/06/09

7º pasaje, Cap 8

Cuando además de la negación se expresó el motivo, el joven cayó en la cuenta de cuán inadecuada era la petición y vergonzoso que tuviera que recordársele algo tan primario, mas se tragó el amargor. Y así, tras respuesta, concienciación, y un silencio tan breve como ingrato habló. La proximidad de la muerte hizo que dejara de lado todo comedimiento, para buscar la respuesta de una pregunta que le quemaba en la boca.

―Señor,…aliviad al menos mi sed de conocimiento. ¿Soy… víctima de una prueba que… no supe pasar? ―preguntó sin eludir la culpa y mostrando un desconcierto cercano a la obsesión. Llegado a este punto apenas le quedaba apelar a la lógica, aferrarse desesperadamente a ella como si se tratara de un solitario madero a la deriva en un mar de dudas. Unos de los exiguos restos a los que le era licito asirse después de aquel naufragio social.

Nunca hubo entre ellos ningún lazo emocional, mas verlo en aquel estado le partía el alma. Y ante aquello se sintió indigno, como nunca antes, indigno por el trato que le dispensó y el que habría de dispensarle e indigno por tener miedo, porque aunque le costara asumirlo, de entre todas las razones que le llevó a aconsejarle el descanso primó la más deshonesta, puesto que sabía que si la conversación seguía por estos derroteros aflorarían comentarios o preguntas destinados a airear tan indecoroso convenio. Y fue por ello que hubo de hostigar su conciencia, forzándola a engendrar mentiras que ofrecer al que yacía.


BAJO EL PESO DE LO QUE SE HA DE AMAR


Tan inusitado es el precio que pagan los hombres por mantenerse irreprochables, como exacerbados los remordimientos y la culpa que ellos mismos se infligen cuando han de faltar al honor.

Si pretendéis ocasionar el mayor de los daños volved dicho honor en contra de aquello que más hubiera de amar, y ellos mismo no cejará en provocarse un sufrimiento que difícilmente estaría en vuestra mano.

Garin

10/06/09

6º pasaje, Cap 8

―No lo vi venir ―confesó, expresando, con cada una de las formas que su persona tenía de hacerlo, hasta que punto se veía condicionado por la amargura, y como enfermo de desesperación se entregaba a la búsqueda de una redención que necesitaba más que el vivir. Es por ello que su mortificación aumentó cuando el capitán derramó indulgencia sobre sus heridas.

―Tengo sed… ―confesó en mitad del incomodo silencio, al tiempo que ladeaba la cabeza, ya no por encubrir la obviedad del llanto, si no porque le avergonzaba encontrarse con la mirada de su preceptor. ―¿Tuvieseis a bien…darme agua? ―solicitó con palabras carentes de aire, como si éstas se vieran cada vez más estranguladas.

«¡Te daría a beber mi sangre si pudiera! ¿Mas cómo hacerlo sin que se supiera que estamos viviendo una farsa?»

―Sabes que no puedo darte agua. Estás en mitad de un juicio de dioses. El mero hecho de hablarte ya roza lo prohibitivo.

»Déjate llevar por el sueño y descansa que pronto llegará la mañana. Con el sol en el cielo se ven las cosas de otra manera ―le indicó escuetamente. Y al igual que en anteriores ocasiones dejó que su severidad se diluyera hasta casi dulcificarse .


POR CUANTO HUBIERA DE DAROS


Pero aunque no brotara más que amor de vuestros labios, y los gestos de amistad se sucedieran en una interminable espiral de cordialidad, ¿cómo debería sentirme cuando renegáis de las palabras conductoras de mi pensamiento, no deseando de mí más que la armonía y el cariño de una silenciosa sonrisa?


Sunainen

07/06/09

5º pasaje Cap 8

―Nunca habría imaginado…el día en que os tuviera ante mí,…aguardando…que me llegara la muerte. Mas guardad cuidado,…sé…que tengo lo que merezco. Yo…yo…he deshonrado la orden ―indicó el joven con voz queda y visible abatimiento.

«¿Dioses por qué le permitisteis despertar? ¿Acaso no ha sufrido bastante?»

―Ahorra el aliento, hermano, y abstente de emitir juicios de valor ―respondió prestamente. Mas apenas proferir el comentario sintió que se había expresado con demasiada aspereza. Y no se le ocurrió otra cosa para tratar de suavizar la situación que seguir hablando. ―Dejarte llevar por las cavilaciones que no te hará bien. Relájate e intenta dormir un poco ―aconsejó el capitán, a medio camino entre consuelo y displicencia.

―¡No!…No lo entendéis. ¡No deseo!…vivir. Tengan los dioses a bien…darme una pronta muerte ―replicó alterado. ―De no ser así…os correspondería a vos…imponerla…Sois…al que más he desairado…y por ello…el adecuado para librar de mí…a La Orden ―reclamó, con una seguridad que de ninguna manera parecía condicionada por las circunstancias.

«¡No sigas por ahí! ¿Forman tus palabras parte de mi condena? ¿Acaso es éste el modo elegido por los dioses para hacerme ver que erre en mi decisión?»

―No seré yo quien se muestre incapaz de perdonar una falta. Y mucho menos permitir que ésta, por más que hubiera de desairarme, me lleve a pretender buscar justicia más allá de la que los dioses dictaran―. Con esta rotundidad le contestó, una rotundidad destinada a erradicar todo compromiso moral con él, a liberarlo de represalias al tiempo que le permitía distanciarse emocionalmente. Pero pese al cuidado al elegir los términos y el modo en que fueron expresados, apenas salió de sus labios aquel sentencioso comentario volvió a acrecentarse el caudal de lágrimas.

05/06/09

4º pasaje Cap. 8

Cuanto habría dado el capitán por poder hacer honor a lo que en verdad hubo de suceder. Cuanto por tomarlo de la mano y decirle que en modo alguno debía de sentirse causante de lo ocurrido. Que en realidad no era más que un infeliz usado como cabeza de turco. Un infeliz con el que comerciaron. Compraron con la reputación de ambos el silencio que traería tranquilidad a La Orden, siendo del todo irrelevante que hubiera o no de morir para que el acuerdo llegara a buen termino.

Sórdida y dolorosa habría sido la confesión y grande el daño. No obstante la dureza de esta realidad resultaría infinitamente más piadosa que el hecho de atribuirle la culpa, ya que al menos se le expondría como algo prescindible aunque de cierta utilidad. La historia urdida en cambio, lo presentaba como un completo estorbo, un ser cuya negligencia causó serios problemas. Y creyéndose responsable no concebía más deseo que el de morir con prontitud. Así la exposición a la vergüenza sería lo más breve posible. Cualquier opción se hubiera mostrado más decente y piadosa que la de permitir que tras aquella tortura cruzara las puertas de la muerte llevándose consigo esa mentira.

LA MENTIRA TIENE MIL CARAS, A CUAL MÁS HERMOSA

Difícilmente hallaréis ocasiones en las que la verdad resulte provechosa, puesto que ésta a de converger por un camino único e invariable. La mentira en cambio puede ser adornada como hubiera de convenir a cada ocasión, siendo esto lo que le da ese singular atractivo más acorde con nuestros anhelos; permitidnos componer en base a ilusiones pesares y miedos. De este modo el ingenio es capaz de doblegar la autenticidad dando paso a una verdad alternativa que, una vez concebida, puede llegar a asumir con tiempo y cuidados tintes de realidad.


Garin

02/06/09

3 pasaje Cap. 8

Muchas hubieron de ser las palabras que allí se dijeron, muchas las pausas para tomar aliento, y prolongadas las esperas que a éstas vinieron a sumarse debido a las continuas arremetidas de una tos que, desconocedora de recato, se extendía con exasperante dilación hasta remitir de un modo temporal. A aflicciones y achaques habría de añadirse el nerviosismo, que lo predisponía a expresarse, cuando podía, atropelladamente y con poca claridad, confiriéndole, pese al fervor y la entrega, cierto aire de irresoluta insensatez. Y entre tanto el capitán permanecía allí, tratando de soportar la implacable dureza de un castigo que recaía sobre su conciencia, la cual, debido a su condición, no dejaba de verse aguijoneada por hirientes mensajes impregnados desde un principio en el engaño, viéndose acrecentado el daño por la inocencia de su interlocutor.

PARA NO HERIRLOS


No hay peor veneno para el alma, ni que pudiera prestarse mejor a este fin, que el que extraemos del dolor, de un dolor que, con mentiras, infligimos a los que han de importarnos para evitarles un daño mayor.

Ulben Iknuar

30/05/09

2º pasaje, Cap. 8

A causa de las circunstancias se convirtió en un náufrago que aún a merced de la oscilante marea de dolor logró subsistir. No obstante, este suplicio distaba de ser el mayor de sus problemas. Por extraño que parezca se hallaba tan lejos de verse arrastrado por los condicionamientos propios de una situación como ésta, que ni tan siquiera la posibilidad de sucumbir le suponía algo a tener en cuenta. Todo mal se vio eclipsado por padecimientos que transcendía más allá de cualquier dolencia física. Saberse observado por la impasible mirada del capitán y desconocer que la aparente falta de piedad no era más que un rictus cotidiano lo que precipitó a las cimas de la desesperación. De este modo, y sin que hubiera ningún tipo de barrera moral que diera pie a que el comedimiento se mantuviera incólume, los sentimientos camparon con libertad. Esto dio lugar a un acusado mar de lágrimas que contribuyó a recrudecer aún más las suplicas y llamamientos que, con voz trémula y entrecortada, afloraron como el fiel reflejo de unos estigmas que tras ensañarse con su alma adoptaron la forma de lamentos. Así su padecer fue exteriorizado. Y sería la necesidad de hacer valer sus palabras en un cuerpo que apenas podía llevar a buen término los más simples dictados lo que espoleó al espíritu, hasta conseguir, poniendo en ello la más conmovedora entrega, sacar fuerzas de donde no cabía que las hubiera, y con las que lejos de pretender alcanzar el perdón se entregó desesperadamente a la búsqueda de un ápice de comprensión, del calor humano que aliviara su alma en los que podrían ser los últimos reductos de su existencia.

27/05/09

1º pasaje, Cap. 8

La desesperanza de los caídos: Revelación


CON CADA NUEVA HERIDA



No eres la primera ni serás la última, y sobreviviré a tenerte. No serás más que una nueva herida, una de tantas. El dolor se torna llevadero cuando en la consecución del sufrimiento uno se acostumbra a él.
Ya no espero la felicidad, ni tan siquiera la deseo; no se hizo para mí. A veces la veo como una pasajera errante que acrecienta mi angustia cuando, tras paladearla, se aleja con burlona apatía. Y tras recaer en uno de estos encuentro, sólo me consuela saber que la desesperación apenas dura un instante.


Lanaiel


Tras mancillar la honestidad y ofrecer una somera despedida, Garin fue escoltado al interior por el resto del contingente. Y allí, abandonado al juicio de dioses, quedó el caído y junto a este el capitán, aquél que expuso su vida y sacrificó, en pos de un bien mayor la integridad de ambos. Un capitán que se mantuvo inerte y rumiando lo ocurrido, en tanto su mirada se posaba sobre quien se debatía entre la inconsciencia y la muerte. En momentos como aquél apreciar que su respiración ya representaba un consuelo, al que vino a sumarse la quietud de su inconsciencia. Sería el silencio y la contemplación del cuerpo lo que lo predispuso a recluirse donde razón y conciencia discrepaban sobre lo ocurrido. Mas dicha introspección no duró, junto a la esporádica ceguera quedó abolida al quebrantarse los intangibles lazos que lo retenían en aquel estado de subconsciencia por uno de los más angustiosos lamentos que habría de oir jamás, el cual, no sin cierta dificultad, tratará de definirse, aunque de seguro su semejanza con la veracidad para todo él que no fue testigo estará condenada a revelarse más remota y menos trágica de lo en verdad fue: aquella voz que anduvo sorda y desvaída, huérfana de matices y carente de fluidez, emergió con aflicción de su garganta, como si hubiera trepado con afán por ella sin más ayuda que la de un hilo que en todo momento mostró su predisposición a romperse. Ésta estuvo precedida e inconvenientemente acompañada a intervalos por una tos hiriente, que acrecentó con saña el ingrato padecer de la herida.

24/05/09

30º pasaje, Cap 7

―Heraldo que ahí yaces, oye cuanto he de decirte y responde si es que tus fuerzas te lo permiten. ¿Sabes que dimensiones habría podido alcanzar una acción tan irreflexiva como la tuya? ¡Mínimo es el castigo que el destino ha tenido a bien imponerte! ¡Sólo tú eres el causante y quién cargará con la culpa! ―increpó el cortesano, aún sin ser capaz de precisar si le oía. Y dicho esto negó con la cabeza, e hizo un ademán en el que pretendía reflejar que hacía cierto esfuerzo por calmarse. A partir de ahí todo en él se suavizó considerablemente. ―¿Pero quién soy yo para reprobar el castigo que los dioses han resuelto imponerte? ―se dijo Garin en voz alta, como si el mismo se sorprendiese. ―Disculpa mi acritud, joven heraldo ―solicitó Garin, al tiempo que se inclinaba hasta ponerse de rodillas junto al muchacho.―Esto ya no está en manos de los hombres. Los dioses deciran tu destino ―tales palabras fueron expresadas a viva voz, para que quedara constancia de que el veredicto se tomó de mutuo acuerdo, tras lo cual volvió a dirigirse a él. ―Que vivas o mueras dependerá de que ellos puedan perdonarte.

»―Aunque tu culpabilidad está clara, sabemos que no hubo malicia, y es por ello que rogaremos para que, de un modo u otro, encuentres la paz―. Dicho esto se inclinó algo más y posó los dedos en la herida para, con la sangre que quedó adherida en ellos, dibujar en la palma de la otra mano un rudimentario símbolo de carácter religioso. Acto seguido extrajo de una bolsa colgada del cinto un alfiler de oro labrado, con el que hizo sucesivas incisiones en zonas puntuales de dicho símbolo. Hecho esto, colocó su mano a un palmo de la herida y cerrando el puño la mantuvo allí, para que las gotas de sangre que de ésta manaban se mezclaran con la del muchacho. ―Que la providencia sea contigo y te traiga el perdón ―pidió Garin para él, y asiéndolo con cuidado de la cabeza selló aquel “emotivo” encuentro con un beso en la frente a modo de bendición.

Cada uno de los pasos de este escueto ritual se efectuó fluidez, condicionado por el desconcierto y la lasitud, el mutismo y la mansedumbre propia de todo el que como él hubiera perdido una cantidad de sangre tan significativa.

21/05/09

29º pasaje, Cap. 7

Instantes más tarde los que se ocupaban del hermano caído vieron surgir de un recodo del camino a un par de figuras, que de no estar iluminadas parcialmente por la luz que la llama del báculo desprendía habrían pasado a formar parte de aquel desvaído e impersonal mar de siluetas y sombras que poblaban el jardín.

Expectación contenida se dibujaba en los escrutadores ojos de los subordinados, los cuales, a causa de su condición, sufrían con mansedumbre la dilatada espera de un veredicto que solía extraerse de la expresión sus superiores; la única explicación que no les era negada. No obstante, antes incluso de que se reunieran, despuntó un acusado brote de cólera llamado a sacudir los cimientos de la razón de cuantos allí permanecían. Así fue como de pronto y sin motivo aparente el rostro de Garin se endureció, pasó de la más aparente calma a adquirir una sobrecogedora aptitud inquisitorial, blandida con impávida decisión al tiempo que se avivaba su marcha. En apenas un instante dejó atrás al capitán, y sin oposición alguna rebasó la maltrecha línea que frente al caído esperaba. Y tras ellos, postrado y semi- inconsciente, el motivo de su avance.
Cuando creyó estar lo bastante cerca como para ser advertido se detuvo, y contempló al exánime y convulso muchacho cuya piel palideció, adquiriendo el tono ceniciento que en ocasiones precedía a la muerte.

Pese a su malestar advirtió que alguien se acercaba y al alzar la vista se topó con quien además de su sombra le imponía una mirada que estaba lejos de mostrarse afable.

17/05/09

28º pasaje, Cap 7

Innumerables insinuaciones y puntos de vista fueron expuestos por Garin, ahora sí de forma afable y despreocupada, los cuales eran desdeñados por el heraldo, hasta que muy a su pesar aceptó el que creyó menos descabellado.

Con todo acordado retornaron sobre sus pasos sin prisas, juntos y en silencio, para reunirse con los que allí quedaban. De esta forma se le otorgó al perdedor, sin necesidad de convenio, un breve intervalo durante el cual habría de reponerse de la derrota y restaurar ese halo de digna respetabilidad enturbiado en la charla.

HIJOS DEL INFORTUNIO


Pido al destino que se apiade de aquellos que, desheredados de la cordura, vagan mendigando momentos de lucidez.

Lanaiel

14/05/09

27º pasaje, Cap 7

Con cruel realismo y notoria minuciosidad era exhibido un profuso compendio de las visiones más catastrofistas que la mente del anciano fue capaz de concebir. Con cada comentario el remanente de estoicismo que el capitán atesoraba se perdía inexorablemente, y cuando la barrera burocrática que los separaba fue incapaz de mantener por más tiempo tales condicionamientos se rompió. Fue entonces cuando el cortesano, sabedor de tan ostensible padecimiento, se abrió camino con resuelta naturalidad para desbrozar a su paso cada brizna de convencimiento adherida al sentir. Y despojado el terreno de su lozano verdor sembró con generosa inquina en la aridez de su alma semillas de aflicción que no tardaron en germinar, y como malas hierbas dotadas de profundas raíces lograron erosionar los pilares de unos principios hasta la presente inamovibles.

Por más que el heraldo lo intentaba, le era imposible, sin faltar a la honestidad, hallar el modo de menoscabar o desmentir la disertación de su antagonista. Y sumido en la constricción y lejos de ofrecer una réplica, acogió, no sin sentirse por ello acusado de traición por su propia consciencia, las admoniciones del cortesano.

Todo fue bien para el oficial en tanto que no pasó de ser una exposición de conceptos, en la que cada uno trataba de hacer valer sus ideas para alcanzar un acuerdo lo más ventajoso posible. ¿Mas como defenderse cuando el mismo comenzaba a creer en ese inherente mal que, fomentado por la indiscreción, atentaría contra la hegemonía de La Orden? Y desconcertado, inmerso en el fatalismo de una onírica visión adoptada por un subconsciente con tendencia a atribuir tintes de realidad a elucubradas desgracias, sucumbió el último reducto de convicción. Vagamente, en señal de conformidad, el capitán se limitó asentir, y a falta de algunos por menores la cuestión principal quedado zanjada para siempre.

POR LOS SENDEROS DEL MIEDO

Hasta de los más arraigados ideales podemos deshacernos si conducimos a su portador por los senderos del miedo.

Dejad que se confíen hasta hacerles creer que la balanza se inclina a su favor.

Dejadles hablar, porqué sus palabras descubrirán la debilidad de su alma. Únicamente apoyándoos en ellas podréis franquear a placer las puertas de su voluntad. Valeos entonces de esa recién adquirida familiaridad para aguijonear una conciencia que, llegado a este punto, debería encontrarse maltrecha. Tras esto sólo quedara esperar hasta ver como germina la simiente de discordia.

Es un hecho que todos terminaran por doblegarse al aferrarse a ese algo que interiormente resulta prioritario, y que temen perder más que su propia alma.

Garin

11/05/09

26º pasaje, Cap 7

»Salir indemnes de lo ocurrido no evitará que vuelvan a desviarse, y todo esto sin tener en cuenta que la noticia de que se les han visto juntos habrá de correr por si sola.

»Dejad que las cosas sigan su curso y no permitáis que La Orden se vea implicada en asunto de amoríos, ya que por ende el futuro Señor de Bánum se enterará de todos modos, y es mejor que no hubiera de tildarse a La Orden de indiscreción o de formar parte, en mayor o menor grado, de tan ignominioso suceso. De seguro no habréis de desconocer que al airearse casos como este, la vergüenza tiende a salpicarnos a todos. Pero olvidémonos del resto y hablemos de la parte que os toca.

»Algunos cortos de miras afirman con desatino que la hegemonía de La Orden reside en su mayor potencial bélico. Otros en cambio, lo atribuyen únicamente al hecho de que se vean amparados por los dioses, y pese a que dichos factores no habrán de verse desmerecidos o cuestionados, no son la principal causa de su poder. Es la cohesión y la marcialidad que impera en su sistema lo que la hace fuerte y predispone a todo enemigo al miedo. ¿Quién no temería arremeter contra un muro compacto carente de fallos y fisuras? Y como comprenderéis no ha de permitirse que de cuando en cuando estas irregularidades sean apreciadas. Es por ello que el desprestigio antes citado alentaría los corazones de rebeldes y sediciosos que, agazapados y sin más sustento que el odio, esperan una oportunidad como ésta para levantarse en armas contra una fe que intuirían en detrimento. Y todo esto sin que hubieran de descartarse otras posibles repercusiones fruto de un destino que podría no tener a bien el mostrarse favorable.

»Por descontado quiero pensar que supondréis que cuanto vengo a referiros no son más que meras especulaciones, mas os aconsejaría que las tuvierais en cuenta y valorarais en su justa medida. Que se diera a conocer la implicación de la orden en la muerte de los herederos de ambas casas haría que la situación se pusiera cuando menos desfavorable. Y aunque está claro que no podemos intuir el proceder de sus regentes, ¿quién os dice que el hecho de que ambas queden privadas de sucesores no se torne en el motivo de una fuerte controversia que, no con demasiada dificultad, desemboque en una nueva guerra civil? ¡Una guerra civil!, ahora que perdemos terreno frente a las islas del sur. Sólo bastaría que nuestros enemigos vieran como nos masacramos en una guerra fratricida.

»¿No creéis que al mostrar una debilidad tan aparente a contrarios tan resueltos los alentamos a que adopten la firme determinación de invadir nuestras costas? ―preguntó exaltado, como si se viera condicionado por la visión de sucesos tan horribles.

―Creo nuestro deber encontrar la forma de que esto provoque el menor daño posible ―añadió, exponiendo aún tiempo con palabras y gestos una extraña pero convincente muestra de firmeza y resignación.

08/05/09

25º pasaje, Cap 7

―Porque un juramento me une a ellos. El mismo que ha estado apunto de costarme la vida.

»¿Creéis que habría merecido la pena que hubiéramos muerto por ellos? No vos por vuestra fe y yo por mi promesa, sino por una acción burdamente irreflexiva que propició hechos que no supieron atajarse a tiempo. ¿O es qué acaso en este instante no albergáis, al igual que yo, un inconfesable desprecio hacia ellos?

»No habré de negaros que con mis palabras trato de obtener vuestro silencio, me veo condicionado a ello, pero de la misma manera os digo con sinceridad que me desagradaría, al igual que debería desagradaros a vos, ver como una reputación durante años forjada se envilece, salpicada por la falta de madurez de dos jóvenes irrespetuosos.

De este modo lo que comenzó como un consabido desdén se tornó en un insólito alarde de abrumadora franqueza, y la ausencia de negación del heraldo se interpretó como una discreta afirmación.

―Sea como fuere la decisión os corresponde a vos. El destino, o los propios Dioses, han querido que sobre vuestras manos descansen las semillas de un mal que, liberado, crecería sin conocer mesura.

»Ahora debéis ser fiel a vuestro criterio y consciente de pros y contras, y valeros o no de ellas para que arraiguen en el conocimiento o sean mantenidas a buen recaudo para evitar que se propague tan nociva simiente. Porque aunque sabemos que estaría mal no plantarlas, no desconocemos que el hacerlo sería aún peor.

»Como veis no se trata de dilucidar que es bueno o malo, correcto o no, si no de calcular el daño que habrá de provocar, teniendo siempre en cuenta que más allá de los merecedores de castigo, existen inocentes que se verán dañados. Y como podéis comprobar, el número de los que sin merecerlo sufrirán las consecuencias es demasiado cuantioso para que tal verdad resulte viable.
»Consolaos como yo hice en casos que no diferían mucho de este, pensando que, como dicen las sagradas escrituras: “No habrán de perdurar virtudes ni alegrías en la vida de los que tiende a conducirse por mal camino”.

05/05/09

24º pasaje, cap 7

―Duro será para el prestigio de vuestra Orden encajar el golpe que vos mismo pretendéis asestarle ―añadió el cortesano tras una breve pausa, instante en el cual llegó incluso a tomarse la libertad de apoyar una mano en su hombro. Y el capitán reconoció para sus adentros que el anciano decía verdad.

«Aquieta tu espíritu, aceptando de buen grado los ponzoñosos motivos que te tiendo para que alcances consuelo».

―Vos perderéis vuestro puesto y él, si sobrevive, será condenado a muerte o enviado al frente ―pronosticó mientras señalaba hacía donde habría de yacer el herido. ―¿Y qué habréis conseguido?, ni siquiera el consuelo de arrastrarlos en la caída. Sólo enturbiaréis algo más un prestigio ya enturbiado, puesto que es por todos sabido que ambos atesoran faltas y vergüenzas mayores que las aquí cometidas―. Tras la última observación volvió el silencio, y con él una leve quietud que permitió al capitán comenzar a poner en orden sus ideas.

―Si ha de ocurrir como decís, ¿por qué os afanáis en que no salga a la luz? ¿En qué modo vuestro tutelado o vos mismo os veríais perjudicados? ―dijo interrogando al cortesano, en un último y desesperado intento de evitar el fracaso.

«Aún siendo sabedor de tu derrota te obstinas absurdamente en prevalecer, como el pez que arrancado del mar coletea hasta morir sin importarle cuán lejos pudiera hallarse de la orilla».

02/05/09

23º pasaje, cap 7

«Abrázate con fervor al consejo que he de brindarte, en el que encontraras, además de respuestas, cuanto dolor me sea permitido infligirte».

―Creo que tenéis razón, “capitán”, por muy sórdido que este asunto pudiera parecer debería darse parte, que prevalezca esa verdad que proclaman las sagradas escrituras.

El hecho de que con ello disgustaseis a los señores de dos grandes Casas y que la eficiencia de la guardia eclesiástica quedara en entredicho no debe influir en vuestra inamovible decisión ―afirmó Garin con fluidez, y una resolución enturbiada de sarcasmo.

«Desconcierto. Aún no alcanza a ver lo que se le viene encima».

―Mas decidme, ¿no creéis qué por convincentes que fueran las explicaciones al respecto, no habrá quien no alcance a entender que uno de “vuestros” hombres, tan deferentemente entrenado para ocupar un puesto de responsabilidad, haya sido reducido por una cortesana joven y menuda que apenas llega a la mayoría de edad sin más ayuda que la de un puñal? ¿Qué palabras empleareis para exponer que ese enemigo a abatir, ese agresor con ínfulas de asesino, no es más que una cría remilgada que condicionada por su desgracia juega a ser señora, y que apenas ha de considérasela mujer por el desagravio que sufrió siendo aún más niña? ¿No creéis que al airear esa verdad el nombre de vuestra orden y el de vos mismo quedaría en entredicho? ¿Realmente ignoráis qué habrá buitres acechando, agazapados a la sombra de vuestro cargo, qué esperan una ocasión como ésta para pedir vuestra cabeza, y deseosos de ocupar, tras vuestra caída, el puesto por el que tanto habéis luchado? ¿No os dais cuenta de qué la sinceridad nos perjudicaría a todos más que el silencio?―. Una tras otra se sucedían hostigadoras preguntas. Preguntas que caían sobre él como un incesante aguacero, y apenas el capitán se rehacía, disponiéndose a refutarlas, una cuestión tan hiriente como la anterior era planteada, que de igual modo moría sin obtener respuesta. Por más que quiso, no ofreció más que mutismo y desconcierto.

«¿Dónde está ahora tu gallardía, heraldo del sol? ¿Dónde tu insultante expresión de jactancia? Casi me parece verte menguar a cada aseveración mía. No eres más que un peón insensato que se sostiene de pretensiones.
»¿Dónde están esos omniscientes dioses que rigen vuestros pasos al tiempo que os amparan tiernamente? Si no fuera porqué en un momento como éste es tan poco propicio para ti saberlo como para mi decírtelo te confesaría que yacen próximos a tu voluntad, junto a las almas de todos los que antes que tú cayeron subyugados bajo el peso de mi verbo».

29/04/09

22º pasaje, cap 7

―Mas es nada en comparación con lo que a la dama le espera, puesto que sobre ella caerá a un tiempo la ira de un marido, el dolor de un padre, la vergüenza y desmedro de todo un pueblo y el peso que La Orden tuviera a bien ejercer en relación a sus faltas. Ante delitos mayores que los de él no tendrá más que desamparo.

»Por lo que puedo intuir la situación está próxima a agravarse, y de ser así, tal vez no tarden en seguir mis pasos, convirtiéndose ambos en un recuerdo ―añadió con gravosa malignidad, como si se regocijara de ser precursor y participe de que hubiera de serles infligido aquel futuro padecimiento.

Fue entonces cuando, aprovechando el intervalo aquella prolífica exposición se vio interrumpida cortésmente con un gesto del cortesano, haciendo valer el permiso que se le confirió, siendo dicha petición concedida con otro gesto de idéntica cortesía.

―Temo no haberos comprendido. ¿Tendríais la gentileza de explicarme en que modo podría ella agravar dichas faltas? ―preguntó Garin, al tiempo que creía dilucidar una realidad destinada a cambiarlo todo.

―En el modo en que difiere la agresión al asesinato ―respondió el heraldo raudo y con aquietada firmeza.

«¿Podría residir algo de certidumbre en lo que alcanzo a intuir?»

―Lamento tener que confesaros que pese a lo clarificadora que pudiera resultar tal aseveración, sigo sin saber a qué os referís ―indicó el anciano, fingiendo total desconocimiento. Algo que le hacía sentir que lo que habría de serle revelado influiría en los acontecimientos.

―Tal vez el hecho de que os personarais posteriormente a la circunstancia de la que se hace alusión os ha predispuesto a defender una causa que desconocéis ―apuntó el heraldo con sarcasmo.

―Permitidme que os prive del desconocimiento si como tal existe, poniéndoos al tanto de que fue la dama, y no vuestro tutelado, la que agredió al que se halla postrado. Es por ello que aún no puede conocerse la sentencia ―argumentó gozoso.

ABANDONAR EL NIDO

¿Qué cuando estaréis preparados?
Cuando la verdad en sí misma deje de tener sentido,
y no sea más que aquello que queráis que sea.

Garin

Y fue así como el eclesiástico le proporcionó, sin tomar conciencia, el instrumento con que someterlo. Cuanto Garin argumentó hasta entonces carecía de esa solidez que el conocimiento otorga. De esta forma, predispuso el destino que el heraldo fuera derrotado por su jactancia cuando más próximo estaba de la victoria. Ebrio de seguridad blandió razonamientos que desvirtuaron la esperanza, una esperanza a la que se aferró con tal firmeza que murió por su mano. Mas privado de tal conocimiento siguió sosteniéndola. Orgullosamente mostraba su cadáver al cortesano, lejos de suponer que su indiscreción le había dado muerte.

Sin que aún se hubiese consumado, Garin pudo sentir las mieles del éxito. Debido a su veteranía, le bastaba una mirada para saber cuán cerca estaba un enemigo de ser doblegado. Y pese a que la contienda había tocado a su fin, la conversación habría de verse dilatada el tiempo que Garin creyó adecuado.

Antes de asestar el golpe definitivo, el cortesano tuvo a bien prolongar el martirio de su adversario hasta que la satisfacción que con ello sintiera, mitigara con creces los trastornos que fueron ocasionados por este encuentro.


ANTE LOS HERMANOS DE LA ORDEN


Libraos de todo obstáculo antes de recorrer el camino. Desconfiad de todo aquél cuyos pasos se vean regidos por la fe, porque un hombre que no piensa por sí mismo puede ser más peligroso que el peor conjurador.

Aunque de algún modo parecen predecibles, son conocedores de lo que de ellos espera, y capaces de relegar cualquier sentimiento en pos de causas lidiadas en su nombre.

Corromped si podéis a aquellos fanáticos, hasta que mueran ahogados por la misma justicia que proclaman.

Garin

26/04/09

21º pasaje, cap 7

―Si tenemos en cuenta que la falta está clara, y que la disparidad de rango no ha de ser lo suficientemente grande entre el Señor de Thárin y el marido de la dama como para que pudiera verse eximido de ofrecer una compensación personal; y siendo un hecho que ambos caballeros son hombres de armas, no se podría dar pie ha que ningún paladín interceda sin que esto se interpretara como un claro gesto de cobardía o debilidad.[1] El heredero de La Casa de Bánum querrá hacer valer su derecho en un duelo que de seguro no será pactado a primera sangre. Y aunque con esto no pretendo desmerecer la validez de vuestro tutelado en el manejo de la espada, éste está muy lejos de llegar a ser tal que pudiera medirse con uno de los héroes vivos de nuestro tiempo. Tal vez el más grande de los paladines que la Fe haya conocido, por mucho que se hubiera acomodado. Es por ello que sólo se pospondrá su muerte. Habrá de ser la misma mano que en otro tiempo tuvo la entereza y el furor para librar a La Orden de su mayor enemigo la que dé raudo cumplimiento, restituyendo indirectamente la sentencia que el edicto ha de negarnos.

»¿No os parece qué una vez más los dioses se prestan ha enmendar errores humanos con una notoria muestra de justicia poética? ―preguntó jactancioso, convencido de que el peso de su planteamiento era tal, que no habría de existir la forma de que se viera recusado, siendo el cortesano el que permaneció en silencio en aquella ocasión.

La prolongación de aquella charla unida al constreñido mutismo que Garin adoptó, fue acogido por el capitán como el preludio de un alzamiento que al precio de su vida le conduciría a la victoria. Una nueva aseveración que venía a proclamar que su alegato era irrecusable. Con cada replica ganaba en confianza, y la bruna sombra de temor que aquel gigante protocolario ejercía sobre él comenzó a desmitificarse, al quedar expuesta de una manera tan perentoria a la luz de lo que le resultaba un razonamiento lógico.«Sigue hablando, que sean tus propias palabras las que me pongan al tanto y tu mera indiscreción lo que termine de condenarte» pensó el cortesano, manteniendo su mutismo.

[1] N. del autor: Pese a la importancia de la ofensa, resulta impropio que alguien de más alto linaje se bata en duelo con caballeros que estén por debajo de su condición, en casos como estos se nombra a un paladín.

23/04/09

20º pasaje, cap 7

―No ha de faltaros razón en buena parte de aseveraciones. Como bien habéis dicho, el breve remanente de vida que os alumbra no vale el llevar a cabo en detrimento suyo, un acto que en verdad os condenaría en exceso. Y tan verdad como esto ha de ser que el que intercedierais movido por el deber os hace participe, pero no responsable.

Después de todo, como referisteis, no sois más que un peón con escasas implicaciones; tan carente de culpa como de mérito alguno.

»Por otro lado y aunque resulte irrefutable que vuestro tutelado obtendrá la inmunidad por lo acaecido en lo que a La Orden respecta no terminan ahí sus faltas. Sólo habrá de quedar exonerado hasta que finalice el Concilio. Cuando esto ocurra se abrirá la veda, y aunque mi tiempo de cazador hubiera expirado, el Señor de Thárin no se verá favorecido por el cambio, puesto que él designado a ocupar mi lugar traerá idénticas intenciones, y una motivación mayor que la que me estaría permitido albergar.

»Sabed que aunque el castigo que sobre él se avecina no diferirá del que La Orden le hubiera impuesto, si lo harán los motivos que lo condicionen a ello, ya que estos serán más vergonzosos, y la muerte que ha de aguardarle menos piadosa que la que yo le habría otorgado.

»¿Quién desconoce que el daño infligido al que se pretende ajusticiar suele ser más remiso y acerbo cuando el deber de dar muerte viene ligado a la necesidad moral de hacerlo? Bien es sabido que todo marido tiene derecho a salvaguardar el honor si intuye que éste pudiera estar viéndose dañado o quedando su reputación en entredicho, mas si su esposa es vista de noche y a escondidas con otro caballero este derecho ha de tornarse deber, y todo hombre que se precie de serlo se hace valedor de los medios a su alcance para limpiar tal afrenta. Y como bien habréis podido apreciar nos encontramos ante uno de estos casos en el que se reúnen diversas particularidades, haciéndolo para vuestro tutelado tan insólito como contraproducente.»Pese a considerarme bastante ducho en cuanto se refiere a este tipo de leyes vos habréis de saber de ellas más que yo, por ende no os privéis de corregirme si en algo creéis que errara ―puntualizó el capitán en mitad de la charla, antes de entrar a profundizar con más firmeza.

20/04/09

19º pasaje, cap 7

»De todas formas si queréis que con un poco de sangre lave esta ofensa me ofrezco a dárosla, y si no, decid el lugar y la hora y que las espadas de nuestros paladines busquen la verdad en un encuentro a primera sangre ―se lanzó a decir el cortesano, restándole toda la importancia posible a los planteamientos que el mismo aportaba para dirimir la contienda, como si todo lo demás hubiera quedado atrás zanjado con firmeza.


SÓLO UN CAMINO CARECE DE GLORIA


Poca diferencia puede hallarse entre dos contendientes entregados por entero a sus respectivas causas.

No sólo la victoria es digna de alabanzas. Si se luchó con coraje, la derrota como tal no existe.
La vergüenza, sin embargo, sólo está reservada para los que sucumben al miedo, que retroceden o se rinden, eligiendo dicha vergüenza como una lastimera alternativa a la muerte.

Súlian de Edar


Y fue así como la animadversión que lo predispuso a dar muerte al anciano sucumbió bajo un interminable cúmulo de razonamientos, razonamientos que aunque lo condicionaron a desistir, no le hicieron doblegarse o mostrar cordialidad. Y lejos de lo que podía esperar, tras sopesar las palabras de Garín, el heraldo se vio amparado por cuantiosas verdades de cosecha propia, y que no sólo secundaban los criterios del cortesano, puesto que de igual modo trajeron consigo nuevas perspectivas que, por otros caminos, podrían desembocar en el cumplimiento de sendas sentencias. Ante semejante posibilidad cuanto derrotismo sentía quedó atrás, y henchido de esperanza, con el espíritu renovado, se valió de ellas para presentar batalla.

Abiertamente se mostró altanero. Se autoproclamó caudillo de conceptos, y tal fue su fervor, que sólo la arrogancia tuvo cabida en sus maneras; haciendo gala de uno de los preceptos iniciales del libro sagrado “Los Senderos de la Fe”: “Por numerosos que fueran los obstáculos en su camino, la justicia siempre habrá de remontarlos sin perder su cauce”.

17/04/09

18º pasaje, cap 7

»Si lo pensamos bien ni tan siquiera en la venganza podríais escudaros, porque nada hice para merecerla. No ha de atribuírsele a mi persona el mérito de haberos derrotado, puesto que correspondió desde siempre a esa misiva que tanto veneráis. Y que sería vuestra si decidierais vivir.

»Sea como fuere, creo que podréis regocijaros, pese a todo, ya que supongo que no habría de serme difícil convencer al Señor de Thárin para que, aún después de muerto, os la cediera a tiempo para que fuera quemada junto con vuestros restos ―explicó Garin sirviéndose de venenosos criterios que, pesar de su crudeza, no pudieron ser censurados al hallarse amparados por la verdad. Y todo ocurría sin que en ningún momento se quebrantase el vínculo que, de un tiempo a esta parte, se creó entre sus miradas.

―¿Tan seguro estáis de la carencia de motivos por los que debería privaros de la sangre? ―interrogó el capitán rebosarte de acritud.

―Tanto que si me dais una sola razón amparable en las leyes por la que habría de dárseme muerte, a causa del modo o maneras que para con vos he demostrado, yo mismo evitaré, aquí y ahora, que tengáis que ensuciar con mi sangre las manos de aquél que hasta este día ha contado con una inmaculada reputación ―se apresuró a responder Garin con total convicción. ―Nada podríais achacarme que hubiera de ir más lejos que una satisfacción de sangre, por haberme atrevido a tocaros para evitar que os deshonrarais.

14/04/09

17º pasaje, cap 7

«Queda claro que tu fanatismo te exonera de todo miedo a morir, y que la vida de los demás te importa menos que la tuya propia. Ya conozco tus virtudes y defectos. Quieran éstos seguir conduciéndome de la mano, ahora que me hallo a las puertas del recóndito lugar donde se esconde tu debilidad.

»¿Quieres argumentos?, pues yo te daré tantos y tan convincentes que no habrás de existir para ti nada más verosímil que las razones que habré de ofrecerte»―Todo religioso, incluso antes de ser ordenado, sabe de que la vida no es el bien más preciado que puede perder. Recordad que pese a vuestras faltas aún sois paradigma de virtud. Un heraldo que mostró tal rectitud que se hizo merecedor de portar el ojo de dioses. Es por ello que no debéis olvidar que por breve e insignificante que la vida de este hombre que tenéis ante vos pueda pareceros, tan cargada de años y exenta de virtud, tan flemática o ajena a las emociones, una vida que al fin y al cabo habría de estar tan carente de valor que, a nadie, ni tan siquiera a él mismo le importaría que le sobreviniera o no la muerte, es este hombre, pese a su insignificancia, el que habrá de arrastraros a vos si levantáis vuestra mano contra él. Si os entregáis a la sencilla labor de ejecutarlo sin contar con un “por qué” que lo justifique, estaréis escupiendo con bellaquería sobre los ideales por los que habéis vivido, y todo el sentido que hasta ese momento hubisteis de dar a la justicia moriría con él. Y dado que sabéis también como yo que ese “por qué” no existe, y que ni aún uniendo todas mis faltas tendríais una que me hiciera merecer que mi sangre fuera derramada en tal grado, creo que puedo estar tranquilo, y sentirme sabedor de que no habrá de ser el heraldo que tengo ante mí el que hoy ponga fin a mis días; aunque me resulta imposible aventurarme a ofrecer un criterio similar en lo que a vuestro “yo” primitivo se refiere.

12/04/09

16º pasaje, cap 7

«La sucesión de latidos empieza a amainar; el espíritu se aquieta. La presión sobre la empuñadura disminuye, y, pese a no deshacerse la presa, el forcejeo se atenúa. Comienza a dar muestra de su declive. Es el momento propicio para que vuelva a hostigarlo con comentarios que poco habrían de diferir con la sobria severidad paterna».

―¡Moderaos capitán!, ¡de sobra sabéis que la espada nunca estuvo destinada a solventar tales causas! ―interpeló el anciano. Y tras mantenerse unos instantes aferrado de forma preventiva a su brazo se desligó de él sin apartar la vista, para desandar los dos pasos que representaron el origen de las hostilidades. Sin embargo, y aun apaciguada considerablemente, la tensión se mostraba más reacia a desaparecer de lo que cabría esperar, dejando ver que aparte de los motivos evidentes había algo que el cortesano no supo apreciar. Pero aun así se mantuvo allí, mostrando, pese a lo palpable que resultaba su indefensión, la más circunspecta actitud, sin que por ello el arresto se viera desvirtuado.

―Antes, cuando jactancioso y ajeno a todo comedimiento impartisteis vuestro criterio sobre cómo habrían de castigarme, afirmasteis que sea como fuere yo ya estaba muerto. Pese a que conozco cada código, cada precepto, e incluso cada nueva acotación hecha en los textos sagrados, no pienso aseverar o desmentir ese axioma que con tanta seguridad habéis tenido a bien desvelarme. Mas supongamos por un instante que estáis en lo cierto, y que en realidad gozáis de una visión tan clara de mi destino. Y siendo así decidme: ¿qué habría de impedirme arrastraros conmigo? ―interrogó el heraldo con sorna, dando pie a que las palabras dejaran a su paso el amargo regusto de una latente amenaza. Una amenaza que se mantuvo suspendida en el aire y en todo momento ratificada por su expresión corporal, ya que éste, ahora conscientemente, se aferraba de un modo tan relajado como resuelto a la empuñadura.

10/04/09

15º pasaje, cap 7

«Deja que el rencor fluya más y más hasta alcanzar su cenit, puesto que habrá de bastarme sobrevivir al arrojo del primer envite. Una vez conseguido, sólo me restará instarte, con comentarios que se tornaran en pernicioso remedio, para que el plazo de desgobierno se vea considerablemente acortado, estando la vuelta de la razón tan teñida de culpa y remordimiento por el agravio que tus acciones infligieron a preceptos propios y ajenos, que aquejado de estos males tu voluntad sucumbirá con docilidad ante ellos».

―¿Desde cuándo habéis dispuesto, La Orden o vos mismo, tomar como precepto el castigar verdades? ―inquirió Garin sin demostrar más agitación que la que pudiera atribuirle el forcejeo. Y aunque al igual que en ocasiones anteriores toda réplica le estuvo negada, logró, al entrar en contacto con una razón que trataba de reconquistar un territorio que momentos antes cedido, que el reducto de inquina que se exponía en sus ojos se diluyera paulatinamente. La situación se mantuvo, y en tanto que el heraldo intentaba dirimir aquella contienda personal, entregado a ahuyentar, pese al dulzor de su llamada, los dictados concebidos por el instinto, Garin conservó trabada la mano que sostenía el arma, al tiempo que permanecía expectante, llevando un control preciso y exhaustivo de cómo oscilaban las emociones en el rostro de su adversario. Y aunque el sentimiento de animadversión se imponía, mostrándose como la nota dominante, descubrió que no perduraría al carecer de sustento. Era bien sabido por el anciano que en todo proceso de transición emocional es la duda la que impera si está implícita en él. Aquejado el individuo de tan ominosa sensación termina por perder el arrojo, al tiempo que atormentado por la vergüenza de haber llevado a cabo actos tan irreflexivos, adquiere un desmedido sentido de la sensatez que, en ocasiones, los predispone a mostrar una mayor mansedumbre.

08/04/09

14º pasaje, cap 7

―Cuidaos del influjo que la ira ejercer sobre vos. Haced acopio de estoicidad y confinadla en el lugar más recóndito que hallarais en vuestro interior, ya que apartándola imposibilitaréis que os humille campando a su antojo. Así solo le seria posible recorrer el angosto camino que la conduciría al exterior, cuando la voluntad no hubiera de ponerle impedimento alguno o, los dioses no lo quieran, tuvierais que valeros de ella para dirimir una verdadera afrenta ―expuso Garin, pese a las advertencias y sin el menor comedimiento. Fue esta perentoria conjugación de criterios y maneras, tan impregnados adrede en ominosa ironía, lo que propició que el heraldo se dejara guiar por el impulso que habría de condicionarlo a dar fiel cumplimiento a la llamada que su lado primitivo hizo a la sangre. Y con cuanta determinación se vio predispuesto se entregó a privar, de un rápido y enérgico tirón, la espada de su vaina. Mas cuando la hoja se hallaba próxima a ser liberada el intento se vio frustrado por el cortesano, el cual, con ambas manos y echando el cuerpo, la restituyó a su lugar de origen. Sin embargo, y pese al desconcierto, el capitán no cejó en su empeño, e infructuosamente trató de zafarse de su oponente. Y fue durante el breve intervalo, en el que ambos se debatieron por hacer valer sus propósitos en tan impropia pugna, cuando el cortesano tuvo a bien dirigirse a su contendiente sin apartar la mirada, y con palabras en las que imperaba un apremio carente de temor.

06/04/09

13º pasaje, cap 7

Pese a dar la firme impresión de que a Garin se le iba la contienda de las manos innecesariamente, o que desconocía lo cerca que estaba de convertirse en la inminente víctima de uno de aquellos repentinos brotes de irracionalidad que amedrentaron a algunos y privaron de existencia a otros, no era así. Hasta tal punto creyó tener, desde que se perfilaron los primeros indicios del rencor, plena conciencia del modo en que debía de llevarse esta situación, que no sólo optó por mantenerse al tanto, siguiendo encarecidamente su progresión, sino que se entregó con metódica determinación a contribuir en su desarrollo. Y así fue como valiéndose apenas de un puñado de alusiones, encausó sus formas e instigó al inherente mal que en él moraba, para que en ningún momento se viera truncado tan prospero crecimiento.

Lejos de amilanarse y fiel a la aplicación de unos procedimientos tan eficaces como poco ortodoxos, el viejo cortesano hizo desaparecer, en apenas un par de pasos y sin perder el contacto visual, la distancia que los separaba. Con aquel gesto, primero de otros que habrían de sucederlo, se ponía de manifiesto todo un alarde de la más calmosa sobriedad. Y fue cuando el trayecto difícilmente hubiera podido ser más corto, que dejó que sus fríos y huesudos dedos descansaran con convicción sobre el anverso la mano que sostenía la espada.

Un gesto que no estaría exento de contrariedad, pese a que dicha contrariedad guardó más relación con el descubrimiento que hizo por medio de él, que con la repulsa sentida por tan inapropiada toma de contacto. Y mientras se bandeaba a merced del desconcierto en mitad de aquel alubión de dudas descollaron varias ideas, condenadas a mantenerse a la espera de saber cual acogería como valida, siendo una de las que más se perfilaba para ello, la que afirmaba que aquella acción involuntaria no era más que una sutil arenga de los dioses para librar a la Fe de tan pernicioso elemento.

«Esto ya dura demasiado, y es mi paciencia la que empieza a agotarse. Me obligas a adoptar medidas drásticas ante situaciones que debieron caer por su peso.
»Acabemos de una vez».

04/04/09

12º pasaje, cap 7

«Apenas un paso y terminará tu angosto camino. Y cuando estés al borde del abismo yo estaré allí para ofrecerte un incentivo que no hallaras en ti mismo».

―Sabed que sí por el motivo que fuese lo considerarais adecuado, ni tan siquiera tendríais que hacer referencia de ello, con un simple adiós salido de vuestros labios haríais que cada segundo de esta aciaga noche se tornará en un mal sueño, que con el devenir del tiempo dejaría de tener cabida en la memoria ―expuso Garin, brindándole una salida relativamente digna. Y pese a que fue su propio interés lo que motivó la búsqueda de un acuerdo que no se hallara exento de sensatez, no hizo más que inducir al heraldo a abjurar aún más de perentoria anexión de criterios. Hasta tal punto fue así, que cada una de las insinuaciones que conformaban esta propuesta lapidaron salvajemente el ánimo y la quietud de aquel irascible instinto, acrecentado su ira cuando se hallaba próxima a tomar una forma definida.

―Tal vez, al igual que en ocasiones anteriores, queráis achacar las ofensivas incoherencias diseminadas a lo largo de vuestra amplia exposición a otro de esos repentinos ataques de ancianidad de los que antes os lamentabais con viveza. De ser así, y por consideración a tan desapacibles trastornos que tan molestamente vienen y van, me mostraré para con vos más paciente, aunque también más claro.

Debido a las circunstancias, quiero hacer especial hincapié en un punto que se ha de considerar vital. No deseo, ni estoy dispuesto a consentir, que sigáis dándome vuestra opinión en lo que respecta a mi persona. Y es por ello que quiero pediros encarecidamente que hagáis cuanto vuestras insuficiencias os permitan para recordar esta petición como si de un precepto se tratara.

»Sabed que, pese a lo arduo que pudiera pareceros llevar a cabo semejante ejercicio de concienciación, seria muy acertado por vuestra parte que os entregarais a él respetando mi voluntad, ya que con esto no sólo daréis pie a que las negociaciones lleguen a buen término, sino que además se impedirá que, consciente o inconscientemente, sigáis tratando de escudar o empequeñecer las faltas de vuestro tutelado o de la dama al compararlas con las mías. Tenéis que entender que me sería muy difícil contenerme si proseguís con la exposición de conceptos y criterio que, a mi modo de ver, resultan tan mezquinos como inconsecuentes ―aclaró el capitán, al tiempo que dejaba entrever que, tras la ominosa quietud de su acusado cinismo, no existía más sustento que el de unos ánimos enervados por el pernicioso efecto que sobre ellos ejercía la furia, furia que al no hallar acomodo en su cuerpo lo hacia estremecer.

02/04/09

La clausula de lo portadores del ojo de dioses (Apéndice)

Pese a ello, y lejos de que les fuera ofrecida algún tipo de inmunidad, debían cumplir castigo por las faltas que sobre estos hubieran de pesar. La única diferencia es que en según que casos se purgaban de otra forma. En éste en concreto podría serle aplicada la mayor de las penas que se le infringía a uno de los escogidos, la cual no era otra que la muerte social.
Durante un ritual que ha de allbergar cierta similitud con el que se le realiza a los enemigos de la Fe en el que se procede a la excomunión antes de darles muerte ; estos son desposeídos del don, previa amputación del brazo que posee la marca, de este modo, le es restituida parcialmente su humanidad. Y a excepción de dicha fe, se les obliga a dejar atrás todo aquello que de alguna manera estuviera ligado a cualquiera de sus vidas pasadas.*
A cambio del cumplimiento de estos requisitos se les ofrece un nuevo comienzo privado de dignidad, en el que habrán de dedicarse íntegramente a la redención.

A pesar de su escaso numero, pueden hallarse en alguna de las colonias más alejadas del continente, algún que otro sacerdote que, lisiado y relegado de cargo, deambula cumpliendo sus muchos quehaceres. De este modo la indirecta exposición de su vergüenza es menor y habrá de estar mejor avenida, debido al hecho de que sólo habrá de hacerse extensible a los escasos desconocidos que compartan con él este recóndito lugar por motivos similares. Y si por algún casual alguien cometiera la indiscreción de preguntar por él, al tomar conciencia de su prolongada ausencia o incluso sabiendo de su paradero, o hubiera de aludir a su persona, se haría referencia con visible severidad que aquel que portó del ojo de dioses ha muerto.

*(2) N. del autor: Cuando un aprendiz toma los votos pierde todo vínculo con sus orígenes y familiares empezando desde cero una nueva vida; y del mismo modo ocurre con los que son desbeatificados.

31/03/09

11º pasaje, cap 7

»En estos momentos tendréis la cabeza atestada de preguntas. Preguntas que con facilidad contestaríais si vuestro temperamento no os obligara a abdicar de la razón, para convertir algo tan simple en un notable dilema moral. Preguntas tales como: ¿Tiene algún sentido que dirimamos un caso que podría zanjarse con sencillez? ¿En verdad este error merece tal castigo? ¿Qué después de una vida de abnegada dedicación, vuestra existencia a quedar supeditada a la crueldad que el destino quiso mostrar contra vos esta noche? ―inquirió Garin en una brevísima pausa, que apenas duro el tiempo de percatarse de que no recibiría respuesta alguna.

«Pese a su insólito aguante los signos se acentúan. Bastará con que la presión se mantenga».

―No seáis necio, capitán, y daos la oportunidad de lidiar causas que se presten a ser defendidas. Evitar el castigo posibilitará nuevas victorias, y éstas, junto con el pasar del tiempo, os ofrecerán oportuno consuelo.

»Creedme cuando os digo que por exacerbada os parezca la impotencia ligada a vuestra alma, es un sentimiento pasajero. Un sentimiento destinado a desaparecer o cuando menos a atenuarse, al asumir que la derrota fue desde siempre un hecho. Nunca estuvo condicionada a que obrarais de un modo u otro. La mera existencia del documento hacía que la contienda estuviera perdida de antemano; y nadie que como vos se hubiera regido por lo que está dictado, habría salido indemne ―aclaró el cortesano, expresando, de un modo tan distendido como conciliador, criterios que, veraces o no, se prestarían a desavenencias.Mas en esta ocasión, el hecho de que Garin estuviera versado en cuanto tenía que ver con las leyes, fueran o no eclesiásticas, no lo proveía del conocimiento adecuado. En cualquier caso, resultaba más que improbable que supiera de la existencia de una cláusula que, por la carencia de su aplicación y la privacidad con la que se llevaba a cabo, era poco conocida incluso dentro de La Orden. Dicha cláusula eximía de la muerte física a los que alguna vez portaron el ojo de dioses, debido a la implicación que en vida tuvieron con lo divino.(Apéndice)

29/03/09

10º pasaje, cap 7

«La respiración se agita, el rostro se vuelve rígido, su atención se pierde al mirar sin ver nada. Pese a su reticencia, está inmerso en los mensajes ofrecidos por sendas conciencias, y acumula ingentes cantidades de rencor. ¡Reacciona maldito seas!»

―Mas aun así, y pese a ser conciente de cuanto os he referido, estimáis acertado obviar mis palabras ―constató Garin manifiestamente atribulado.

»Puesto que no me da la impresión de que lo hagáis por eludir el enfrentamiento, tal vez sea más correcto pensar que estáis llamado a creer erróneamente que la estoicidad que tratáis de adoptar habrá de engrandeceros, mostrándoos como un ser virtuoso y sin tacha, víctima de adversas circunstancias. Más si así fuera, poco influiría ante ellos o ante mí. Por mucho que aguantéis el temple o mantengáis esa mirada de escepticismo, la ley está escrita. De hecho, y teniendo en cuenta la inmunidad que el caballero Sionel posee a día de hoy, creo que más que probable que lo eximan de sus faltas para atenuar de algún modo la afrenta que vuestro desconocimiento le confirió. Sin embargo esto no habrás de exoneraros, apenas corroborará ante los que serán vuestros verdugos que dicho gesto carecía de premeditación. No obstante, pese a la ausencia de intención, el agravio permanece y os declararan culpable.

»Creo poder aseguraros, remitiéndome a mis conocimientos, que las más altas cotas a las que aspirareis en el supuesto de que asuman la falta de premeditación, no serán otras que las de redimiros de cuanta indignidad precedería a la consumación de tan perentoria sentencia. Y si tenemos en cuenta que la muerte no es algo que suela resultar grato o cuando menos indiferente, doy por hecho que nadie que no tuviera por costumbre contar la vehemencia entre sus virtudes, afrontaría tan aciago destino con total indolencia. Es por ello que me inclino a pensar que sabéis interiorizar magistralmente la inquietud, al tiempo que os valéis de tan silencioso desdén para prestar mayor atención al cúmulo de pensamientos que estaréis tratando de poner en orden.

27/03/09

9º pasaje, cap 7

―Agradezco la atención prestada a mis circunstancias, mas no olvidéis que estáis aquí para defender a vuestro tutelado. Es por ello que os recomiendo que os limitéis a cumplir con dicha labor, y obviéis lo que yo hiciera o dejara de hacer. Me basto y me sobro para entender y asumir mis faltas, y cuando llegue el momento no tendré reparo en responder ante quién deba hacerlo.

»¿Me he expresado con suficiente claridad? ―inquirió el heraldo, desplegando cuanta arrogancia se vio condicionado a exteriorizar. De esta forma le negó el proferir palabras que, pese a lo hiriente de su influjo, no traían más que sinceridad, siendo su incesante exposición a ellas lo que propició que volviera a aflorar aquel instinto adormecido. Un instinto que estuvo condenado a asentarse sobre los cimientos de aquella irremisible sensación de impotencia. Y sin que se percatara de ello, el rencor guió subconscientemente la mano que hubo cernirse sobre la empuñadura de la espada con una firmeza del todo impropia.

«¡Me amenaza! ¿En verdad vas a sucumbir tan pronto? Ni tan siquiera eres consciente de lo próxima que está tu voluntad de romperse. La siguiente embestida habrá de decirme con relativa certeza cuán cercano te hallas del abismo».

―Viendo que me habláis de ese modo, no puedo evitar preguntarme si en realidad sois consciente de las repercusiones que podrían haberle sido atribuidas a la consecución de unos actos que gracias a mí providencial intervención no fueron llevados a cabo, ya que, por varias razones que no habré de enumeraros, no sólo habría imperado la carecía de sentido común, sino que como tal atentaría contra él directamente. Vos mismo, sin pretenderlo, habéis estado a punto de atentar, con una gravedad difícil emular, contra esa misma fe que con viveza defendéis. ¿Os habéis parado a pensar en cuantas veces mayor habría sido el pecado de dar muerte al portador de un edicto, que el de que éste, por las razones que fueran, se hallara en un lugar indebido? ―preguntó el anciano, con palabras que se disiparon en un silencio que trajo consigo una acompasada negación. Y siguió hablando, aun sabiendo que no encontraría respuesta alguna.

25/03/09

8º pasaje, cap 7

«¿Tratas de eludir mis requerimientos?»

―Estos factores no os son ajenos, ¿verdad? ―inquirió con una sobriedad carente de matices. Pero lejos de ofrecer respuesta a tan capciosa pregunta, el heraldo se limitó a mirarlo con relativo desdén antes de apartar el rostro y proseguir la marcha.

«¿Realmente crees que escudándote en la aridez del silencio eludirás mis envites? No preciso de tus palabras para seguir hiriéndote, sé de ti lo suficiente como para hacer, con tu aportación o si ella, que tu padecer se haga interminable».

―No contestéis si no lo estimáis adecuado, en casos como este tendréis el respaldo de un silencio que podrá hacerlo con diligencia por vos ―aclaró Garin, complacido por la irreverente tosquedad con la que se expresó una repulsa tan impropia como verosímil.

«¿Tratas de omitir a regañadientes la realidad?, ¿o es que en verdad deseas inmolarte junto con ellos y tus principios? ¿Es posible que el fanatismo expuesto no sea, como pensé, fruto del artificio, y esté fundamentado en sólidos valores morales que han de importarte más que la propia existencia? Sea como fuere adquiriré adecuados tintes de conciencia. Me anexionaré, al tiempo que busco el lugar más propicio donde aceptarte el golpe, a esa voz interior que te niegas a oír».

―Como os decía, dudo que se os pasara por alto el que, pese a ser vuestros hermanos quienes sopesen las faltas y evalúen el castigo, no sólo no quedareis exento de su imparcialidad, sino que esto acrecentará, si cabe, el veredicto por el mero hecho de ser uno de ellos ―explicó sosegado a modo de advertencia, imbuyendo cierta dosis de realismo a la conversación, al tiempo que se escudaba en lo que podría parecer deferencia para arremeter contra él, para blandir con maestría el intangible dedo acusador que lo señalaba como el principal responsable: pero al igual que la vez anterior, explicaciones y consejos estuvieron destinados a caer en saco roto.

23/03/09

7º pasaje, cap 7

En apenas un instante se vio mortificado por un significativo número de especulaciones que terminaron por convertirlo en la víctima de su propia desazón. Instante en que la ausencia de seguridad disfrazó la duda de realismo, y arrastrado por esa sensación contempló con ojos derrotistas las escasas posibilidades de salir airoso. Mas aún al corriente de cuantos impedimentos, justificados o no, se amparaban en dicho realismo, era una batalla que no podía eludir. Y es por ello que acunados los temores de tan maltrecha conciencia se entregó a su deber, a retomar los pasos que habrían de llevarlo a recorrer la senda, siendo lo más insólito del retorno el encontrar en la adversidad un poderoso aliado. Sólo la aprensión al ridículo y el odio que le profesaba por lo que le hizo sentir, le insuflaron las fuerzas para mantenerse firme en tan desfavorable circunstancia. Circunstancia ante la que optó por acogerse a los dictados de la fe, juzgándolos una verdad incuestionable.

―En las sagradas escrituras, como supongo sabréis, nos es revelado que, exceptuando a los ilustres padres de nuestra Fe, todos somos iguales ante los dioses ―respondió, obligándose a mostrar la tranquilidad del que posee una total convicción.

Garin encajó la impersonalidad de aquella cita costumbrista con una socarrona sonrisa, sonrisa que, al tiempo que reflejaba su desacuerdo, exponía un mudo reproche.

Tras de aquello, Garin lo invitó a apartarse del resto. Dado el cariz que el asunto empezaba a tomar, optó por otorgarle la privacidad que como tal requería.

«La pobreza de tu alocución no hace más que corroborar cuán próximo estas de la caída. Estoy cerca. Apenas derribar unas cuantas barreras y tu voluntad quedará supeditada a la mía».

―Sobradamente conozco y respeto lo escrito en los sagrados textos, mas supongo que coincidiréis conmigo en que al igual que lo que nuestra doctrina nos dicta, existe una jerarquía que va unida a la ley de los hombres, y que también estamos obligados a acatar. Vos, al igual que yo, conocéis dichas leyes, y es por ello que confió en que entendáis lo que voy a deciros sin que creáis ver en mis palabras el más leve indicio de herejía: Sería conveniente que os pararais a pensar que no serán los dioses, ni los santos padres los que habrán de juzgaros. Os digo esto porqué a lo largo de la conversación he podido recolectar evidencias más que suficientes para confirmar, sin temor a errar en mi criterio, el grado de conocimientos con el que contáis en lo que se refiere a los parámetros a seguir a la hora de dictar las leyes. El cual ha demostrado ser lo bastante amplio como para que no supierais cuán contraproducente sería exponer íntegramente el caso. La escasez de dudas en lo que a este asunto se refiere me impide, valiéndome del raciocinio, concebir el enfoque que le queréis dar ―dicho esto, el cortesano hizo un alto en el paseo que fue secundado por su acompañante; y pese a ser inducido por distintas razones, este hecho propició que ambos se buscaran con la mirada, y cuando esto tuvo lugar el anciano volvió a dirigirse a él.

21/03/09

6º pasaje, cap 7

Pese a llevar a cabo su cometido de un modo tan parco, no era por hallarse falto de sentido común o carecer de retórica para validar sus acciones, sólo lo creía fuera de lugar. Para él la validez de los hechos hacía que el verbo dejara de tener cabida. Es por ello que, manteniéndose fiel a la rudeza que este criterio exigía, se dedicó a exterminar a todo furtivo que cayó en sus manos; y aunque en principio la toma de medidas tan drásticas fue acogida favorablemente, no tardó en levantar subsiguientes polémicas cuando, para sorpresa de muchos, empezaron a engrosar en el memorial personajes que gozaban de relativa importancia. Aun así, el capitán se las arregló para hacer ver que su intervención se hizo necesaria en cada caso. Desmitificó dichas muertes escudándolas en argumentos o pruebas que no siempre fueron fidedignas.[1]

El que se hallara lejos de prever el inherente potencial que el cortesano tuvo a bien mantener soterrado, no hizo más que propiciar la crecida de un desconcierto que lo sumió en un estado de aturdimiento transitorio, estado en el que, sabiéndose preso de las circunstancias, se limitó a contemplar como era eclipsado por la temible sombra que sobre él proyectó con su despertar aquel gigante protocolario. Tan desalentadora fue la primera toma de contacto con aquella evocadora soberbia que, junto a la parca agudeza y el relativo comedimiento del decrépito álter ego que el anciano dejó atrás, se marchitó la validez de cuantos preceptos se establecieron en la charla anterior.
EL PESO DE LA EXISTENCIA

Sintió como una a una se cerraban las puertas al desandar lo andado.
Sintió el deseo de respuestas, pese a que con cada pregunta no hacía más que evocar la necesidad de plantear una docena de nuevas cuestiones.
Sintió que se encontraba ante un principió más escabroso y desalentador que el peor de los finales que hubiera podido imaginar.


Lanaiel

[1] N. del autor: Pese a que dicha medida estaba tipificada de un modo un tanto genérico a criterio de muchos, se había presentado recientemente al respecto, por parte de los nobles, una moción de censura a la espera de saber si había sido acogida, debido a la carencia de víctimas ilustres que con su muerte o absolución pudieran corroborarlo.

19/03/09

5º pasaje, cap 7

Veteranía y una firmeza nada común, atemperó las consecuencias de quedar expuesto al influjo de un hombre que con su mera presencia subyugaba voluntades. Su estoicidad impidió que sucumbiera, mas se resintió ante tal acometida. Al llegar a este punto, no le quedaba otra opción que procurar que aquel menoscabo, pese a producirse, no se diera a conocer. Sin embargo, por más encomio que puso, no consiguió reprimir esa huella de indefensión, una huella que antes de ser abatida logró arrancarle traidoramente un escalofrió que, pese a su levedad, no pasó desapercibido. Cuán difícil resultaba para el capitán asimilar tal brote de indefensión, y más cuando era impuesto por un hombre desarmado y próximo a doblarle la edad. Debido a la homogeneidad social de su adversario, y que el asunto se viera condicionado por un cúmulo de factores adversos, la situación se complicaba, imposibilitando que se dirimiera ejerciendo sobre él el peso de una autoridad que por costumbre impartía con el filo de la espada.

PIEDAD

¿Qué habría de importar lo que dijéramos o pudieran decirnos si el hecho de encontrarse en el jardín los condena? ¿No te das cuenta de que al oír sus suplicas les concedes la falsa esperanza de que podrán vivir? Has de saber que todo lo que no implique darles muerte en el acto de la forma más indolora posible, representa para con ellos un gesto de crueldad.

Reprimenda que el capitán dio a uno de los acólitos tras ajusticiar a un infiltrado.

17/03/09

4º pasaje, cap 7

―Palabras, muchas y muy bien expresadas en diversos aspectos, mas no por ello os figuréis que se antepondrán a la realidad, la cual no es otra que la de que ambos han cometido una falta cuya gravedad tiende a penarse con la muerte ―indicó el capitán sin amedrentarse, aunque no dejaba de ser cierto que el cambio en el anciano, que seguía mirando la partida de su tutelado ofreciéndole indecorosamente la espalda, despertó cierta desazón.

MALHADADO INFLUJO

Y quiso el infortunio que las palabras se convirtieran en un desatinado soplo de viento, que lejos de extinguir la llama de su interior la alentó a crecer, a revolverse embravecida contra todo lo que no gozaba de su aprobación.


Súlian de Edar


―¡¿Insinuáis que la heredera de Bánum y el Señor de Thárin merecen ser ajusticiados como vulgares rateros?! ―exclamó el anciano, volviéndose para recriminar con vehemencia un comentario que consideró demasiado a la ligera. Fue entonces cuando la hostilidad hizo su aparición en la salvaje mirada del cortesano. Hostilidad que evidenció de un modo categórico su sentimiento de supremacía. Aquel adversario aparentaba, pese a sus años, la entereza de un inquebrantable muro. Un muro en el que a simple vista no se apercibían las fisuras comúnmente producidas por debilidades humanas. Por más que se le escrutara no hallarían en él indicios de duda o miedo, ni tan siquiera la inquietud propia de todo el que estuviera en proceso de dirimir un encuentro como éste. Mas la transfiguración de su rostro no sólo aseveró la inherente sobriedad de sus maneras, expuso odio, un desmesurado odio que, sin llegar a pronunciarse, se dejaba ver más allá de unos reproches endulzados por la ejemplaridad de sus maneras.

15/03/09

3º pasaje, cap7

«Contrariamente a lo que quieras pensar, y pese a tu rabia, eres presa del desconcierto, muestra inequívoca de que mis coacciones surten efecto. Es el momento idóneo para sentar las bases, y que más de un concepto te quede claro».

―Hasta cierto punto es comprensible que mis palabras os hagan reaccionar de ese modo; que no me conocéis es un hecho que vuestras acciones aseveran por sí mismas. Tal vez sea lo que os predispone a pensar que intento importunaros, mas debéis creerme cuando os digo que me limito a constatar lo fehaciente. Nada en este instante está más lejos de mi intención.

Debéis relajaros, evitar que el hecho de que estemos aquí para litigar coarte vuestra quietud o violente el espíritu. En cualquier caso, dudo que el encuentro se prolongué lo suficiente como para que deje de ser llevadero. Asumo que sois un hombre inteligente, de los que no buscan lo que no desean encontrar; algo que nos beneficia a ambos. Y en lo que a mis actos se refiere, sabed que no suelen prestarse a confusión. Si en algún momento mi intención fuera molestar o dañar, la acción que emprendería seria tal, que los lamentos no daría pie a equivoco.

»¡Pero qué barbaridades digo!, seguro que nos entendemos bien. Aun así, y en pos de un mayor entendimiento, convendría que supierais algo de mí, algo que de seguro no os agradará, mas no por ello tendría que condenarse a la omisión.

Deploro comunicaros que no poseo esa humilde bondad que tan alegremente ha querido derramar sobre vos mi tutelado. Mis virtudes, como apreciaréis muy pronto, son otras. Y de ningún modo tengo por costumbre aferrarme a la corrección hasta el punto de que ésta me impida desestimar verdades que favorezcan mis causas.

»Como bien sabéis soy su tutor, y no me debo a criterios sino a deberes. Es por ello que estimo conveniente el pediros disculpas de antemano, por si se da el caso de que mi carácter, o esa sinceridad impropia que a veces tiendo a adoptar os incomodara ―expuso el cortesano, haciendo que las palabras que conformaban tan sofisticada telaraña de coacción se enlazara con parsimoniosa laboriosidad en torno a la víctima que el destino le proporcionaba.

13/03/09

2 pasaje, cap 7

«Libre del negativo condicionante que por sus pasos se aleja nada te ampara. Pronto descubrirás que, lejos de ser un contendiente digno, apenas aspiras a pieza interesante de cobrar».

―Que sea uno de los más importantes invitados de mí señor tal vez os traiga sin cuidado, mas decidme; ahora que sabéis a ciencia cierta quién es, que tomasteis conciencia de la mención de los santos padres, y sois testigo, a la vez que beneficiario, de un gesto tan hermoso como desinteresado, ¿creéis correcto el trato dispensado? ―preguntó dándole aún la espalda mientras dedicaba una última reverencia a su tutelado.

Pese a que los términos poseyeron en apariencia idéntica cordialidad, el modo de exponerlos varió considerablemente. Algo difícil de determinar nació en ellos, algo corrupto y malsano que parecía tomar cuerpo con cada comentario. De las exiguas y perecederas cenizas de una voz cascada que en ocasiones perdía el aliento emergió un enérgico torrente, hasta entonces soterrado, capaz de mostrar a un tiempo directa firmeza y vigorosa altivez. Virtudes que otorgaban tal propiedad al que se supiera servir de ellas, que hasta la mayor mentira se hubiera cuestionado apadrinada por semejantes auspicios. Así mismo, y sin que se disipara la despótica aridez recién adquirida, el cortesano hizo alarde de virtuosismo, controlando con donaire la modulación de una voz que comenzó a oscilar, a ofrecer matices destinados a robustecer la naturaleza de cada expresión.

―En ningún momento fue cuestión de lo que yo creyera o dejara de creer. Mis hermanos y yo, no ceñimos a órdenes establecidas: Dar caza a los que transiten el jardín al amparo de la noche ―manifestó escueto y marcial, apenas tras un breve instante de desconcierto producido por tan notable cambio en su antagonista.

―Y en lo que a dicho presente se refiere, si el caballero Sionel afirmó que no se serviría de él, ¿creéis que sería correcto que lo hicierais vos? ―inquirió con mordacidad, molesto ante un comentario de lo más impropio. ―Si es vuestra intención importunarme… ―añadió con cierto aire de amenaza, ante de verse interrumpido en la manera que el decoro le permitía.

11/03/09

1º pasaje, cap 7

Con el caer de la máscara: El cazador y su presa




LA PALABRA


Sabed que cada palabra puede blandirse, convertirse en un instrumento eficaz. Y no olvidéis que pocas llegan a ser tan mortíferas como aquellas que siendo propias son adoptadas por otros, doblegadas y deformadas hasta adquirir su impronta antes de sernos devueltas, mientras apreciamos como parte de nuestro veneno perdura en ellas.



Garin


Alejándose Sionel junto a sendas comitivas, se brindó a los contendientes la intimidad adecuada. Desvincularse de la presión ejercida por una treintena de hombres armados permitía proseguir de un modo más sereno. No obstante la perspectiva de Garin estuvo destinada a diferir de lo que cabria esperar. Con la ausencia del sequito no sólo se descartaba la posibilidad de un conflicto armado, puesto que de la misma forma desaparecieron cuantos factores subyacentes le obligaban a mostrar comedimiento. Aquel entorno se presentaba propicio para desposeerse de su recatado disfraz; en vista de lo cual el avezado demonio que durante la charla aguardaba, emergió de ajada carcasa.

09/03/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 25º pasaje, Cap 6

Debido a su acusada falta de fervor tanto artístico como religioso, y el hecho de que recibiera o hubiera visto recibir correspondencia de esta índole con asiduidad, el caballero le restó importancia. Para unos ojos tan profanos como los suyos no era más que una simple carta, sin más valor que el del mensaje que portaba, siendo la singular llaneza con la que llevó acabo aquella acción, a su criterio intrascendente, lo que fue considerado por el heraldo como un acto de suprema humildad. Y tan abrumado quedo que necesitaba agradecérselo, aunque en verdad no supiera cómo hacerlo. [1]

―Que todos, salvo los que se ocupan del hermano caído, escolten al Señor de La Casa de Thárin y a su guardia al exterior; y cuando halláis terminado retomad vuestros quehaceres ―ordenó el capitán, al tiempo que comunicaba de un modo tan poco protocolario la noticia de que el nombramiento había tenido lugar.

En el más respetuoso de los silencios, Garin y el capitán se despidieron del que debía partir. Pero apenas se inició la marcha, se vería interrumpida.

―¡Señor! ―exclamó el capitán de los heraldos, alzando la voz lo estrictamente necesario para hacerse oír.

Pese a la ambigüedad del llamamiento la comitiva se detuvo, y al volverse, Sionel mostró desconcierto al saberse aludido.

―Os agradezco que me creyerais digno de compartirlo― se limitó a decir.

A pesar de la aparente inquietud que su acusado azoramiento mostraba, las palabras consiguieron desembocar en sus labios, al no poder soportar la presión que sobre su espíritu ejercía una conciencia necesitada de hacer valer para con él su deuda.

En ese momento todo adquirió para Sionel suma transparencia, por lo que acogió con gratitud el que tuviera a bien mostrarle, mediante el gesto de fervor que por el escrito sentía, parte de una humanidad confinada.

Y conmovido por ello, pese a las circunstancias, no pudo evitar sorprenderse al pensar en lo fácil que fue colmarlo de alegría con un mero gesto, y como, con la misma sencillez, podía hacer que ese regusto perdurara.

―Cómo bien sabéis preciso de él. Me acredita y da vigencia allí donde voy, mas cuando expíe el plazo y pierda su oficialidad, su valor o interés se verá supeditado al criterio que sobre él se tuviera desde un punto de vista religioso o artístico.

Sea como fuere he notado vuestra admiración por él, y es por ello que me sería grato cedéroslo; si en verdad tal admiración existe y no encontráis inconveniente.

Pese a expresarse de un modo tan poco coloquial, obligado por el refinamiento, dicho ofrecimiento representó la más sincera humildad. Ofrecimiento que tuvo de matizar al advertir que producía en el heraldo cierta desazón.

―No toméis a mal mi obsequio, puesto que junto con él os doy mi palabra de que no trato de apelar a vuestra indulgencia. Si os lo brindo es por el interés y la pasión que hacía él profesáis. La cual os honra, y demuestra, lejos de toda duda, que vos lo merecéis más que yo. Os ruego que lo aceptéis sin que ello deba obligaros en nada para conmigo, a cambio de él recibo el saber de vuestra dicha. [2] Poseerlo os reportará una felicidad que a mí habría de estarme negada. Tras un breve instante de silencio que acentuó un tono de amargura poco adecuado, Sionel optó por encauzar con más palabras su aparente rumbo.

―¿Y quién sabe?, tal vez los dioses tengan a bien concederme, algún día, aquello que habrá de darme esa felicidad que hasta hoy me ha sido negada y desde mí nacimiento añoró ―aludió con media sonrisa que, pese a tratar de atenuar el sinsabor de su anterior comentario, no hizo más que agravar el ingrato reflejo de su profunda aflicción.

―Si mereciéndola la buscáis, terminaréis hallándola ―afirmó el heraldo con total convicción―. Rezaré por vos ―añadió, dedicándole una profusa reverencia, al tiempo que su mano derecha se posaba sobre el corazón, dejando ver con este gesto que su agradecimiento era sincero y trascendía más allá de las palabras.

[1] N. del autor: El portador de uno de aquellos edictos no está obligado a mostrar o rebelar su contenido, puesto que en este sentido las leyes habrán de ampararlo, siempre y cuando le hubiera sido enviado directamente y pueda demostrarse su titularidad.

Todo el que tratara de rebatir su credibilidad, en cuestiones que tuvieran que ver con el documento, incurrirían en una falta grave.

[2] N. del autor: Pese a que no puede obligarse, las normas de cortesía dictan que cuando alguien hace un regalo, y más aún si es de envergadura, debe ser correspondido con algo cuyo valor fuera equiparable desde un punto de vista monetario o sentimental.

07/03/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 24º pasaje, Cap 6

Pese a tratarse de ordenes tan concisas como ineludibles, la composición del escrito carecía de la sobriedad marcial propia de un líder. De esa propensión a jactarse de los que gozan del privilegio de no tener que rendir cuentas, y libre al mismo tiempo de la ambigua circunspección que suele mostrar el que remite ordenes sin tener por ello que dar explicación alguna. Aquel compendió de evocadoras palabras hacía que trascendiera más allá del mensaje una calidez inusitada, predisponiéndolas a atender con presteza tan sugestivo reclamo. Y esto, unido a la inusual omisión de tan ingratos factores, hacia que se hallara más similitud con la carta de un abnegado padre forzado por las circunstancias a realizar un afectuoso llamamiento, que de lo que en realidad era; un ineludible mandato directo.

Leído y agotado el tiempo impuesto por la cortesía el heraldo se vio forzado a devolver muy a su pesar el venerado pergamino, y fue justo en el instante en el que sus manos comenzaron a enrollarlo cuando Sionel se prestó a responder. Ahora que su opositor tenía constancia del edicto las palabras postergadas adquirieron razón de ser, y como tales fueron expresadas.

―Si vuestro requerimiento no contraviene lo dictado, la tenéis ―dijo Sionel con honestidad, y sin el menor asomo de presunción.

Tras descargar, pese a su ignorancia, semejante varapalo sobre el capitán de los heraldos, propios y ajenos vaticinaron el grado de irritabilidad podría alcanzar. Aún sabiendo que no perdería las formas ante tan nefasta noticia, no descartaban que se viera forzado por el rencor a mostrar una actitud sumisa pero hostil, o al menos un más que aparente desagrado y la acritud propia de ver como sus planes quedaban frustrados aunque sólo fuese de un modo temporal. Pero en lugar de eso, y para sorpresa de todos, se limitó a asentir con lacónica sobriedad, sin tan siquiera dignarse a dirigirle la mirada, como si fuera un gesto a evitar. Salvo por este hecho, no hubo nada destinado a mostrar su derrota. Mas aun así, algo fluctuaba tras aquella bien avenida sumisión, algo anómalo que incluso mostrándose claro en su comportamiento, resultaba difícil de concretar. Empero a los cuantiosos testigos, ninguno vio más allá de lo que podía considerarse cierta perturbación. Sólo Garin mostró vivo interés, alentado por la posibilidad de que resultara provechoso utilizar cuanta información surgió de éste. Y con la frialdad de un consumado depredador aguardó, atento a cuanto su lenguaje corporal tuviera a bien revelarle.

Pese a su empeño para que ningún sentimiento fuera más allá del tosco muro de apática insensibilidad que levantó ante ellos, fue traicionado por cada uno de los síntomas que conformaban su padecer. Actos que se desgranaron como las piezas de un rompecabezas que Garin se molestó en recoger. Piezas que terminaron componiendo una insólita verdad.

Su desazón nada tenía que ver con que el pergamino coartara el cumplimiento de su deber, ni tan siquiera con el pergamino en sí mismo, sino con el hecho de que Sionel se dignara a compartirlo con él.

05/03/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 23º pasaje, Cap 6

Víctima de una impaciencia que pudo ser reprimida lo desenrolló con sumo cuidado, como si se hallara ante una inestimable reliquia, digna, a su criterio, de que se depositara sobre ella todo interés y admiración. Que se tratara de un documento meramente protocolario, sin otra función que referir a su destinatario requerimientos concretos, no le restaba valor artístico. Una vez extendido no tuvo más que entregarse a tan placentero acto, siendo así como sus ojos, cortejados por la serena hermosura de cada uno de los trazos que conformaban el texto, lo surcaron hasta el final con diligente devoción. Descubriendo, a medida que su lectura avanzaba, que tan exquisita caligrafía no era más que uno de tantos dones que en él coexistían, estando la unión de todos ellos llamada a representar una muestra inequívoca de las altas cotas de virtuosismo que podían alcanzarse cuando el padre de tales palabras entraba en comunión con su escriba particular.[1]

[1] N. del autor: En la mayoría de los casos los más altos cargos, pese a tener por su educación ciertas dotes para la caligrafía, adoptan a un escriba, llamado a representar su voz más allá de las fronteras impuestas por la distancia. Dada la ponderada importancia que se le otorga a tal cometido, la búsqueda de escribas se torna en una tarea minuciosamente ardua, puesto que el trazo y la impresión que su mera visión evoca, ha de estar en consonancia con el carácter y la personalidad que poseen o creen poseer aquellos a los que han de servir.

Debido a la calidad artística que tales documentos han llegado a alcanzar, empiezan a contarse como autenticas obras de arte, llamadas a formar parte de las colecciones privadas de aquellos que las reciben, algunas de las cuales obteniendo un denotado valor tanto artístico como monetario.

03/03/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 22º pasaje, Cap 6

Éste llevado por la inercia lo tomó, mostrando ciertos aires de apática altivez, ajeno a lo trascendental del documento que sostenía en sus manos. Pero con apenas posar los ojos adquirió plena conciencia de ello. Y hasta tal punto se sintió sobrecogido por las circunstancias, que le fue imposible dominar el inusitado desconcierto de verse enfrentado, sin esperarlo, a tan inclemente sorpresa, ya que, pese a su veteranía, sólo había tenido ocasión de contemplar dicho sello en oportunidades muy señaladas. Hecho que propició que durante algunos instantes se mantuviera con él en la mano, sin saber exactamente que hacer.

―Podéis leerla si os place. No hallaréis en ella nada que hubiera de serle negado a un hombre de vuestra condición ―dijo instándolo con amabilidad a que lo hiciera, al tiempo que le ofrecía una pauta a seguir que lo sacó de tan aparente trance.

Que el caballero se dignara a compartir con él tal honor fue concebido por el heraldo como un gesto más que loable. Un gesto llamado a calar tan hondo, que consiguió que aquél que se impuso la estoicidad como norma se sintiera conmovido a la vez que halagado por tan inesperado detalle. Y tras una solemne mirada, que bien podía interpretarse como una prueba de agradecimiento, se entregó resuelto a leerlo.

01/03/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 21º pasaje, Cap 6

Dicha acción propició un cruce de miradas entre tutor y tutelado, momento en el que Sionel asintió, ofreciéndole un conciliador gesto de seguridad que poseía algo de disculpa. Un gesto con el que intentó que el anciano no se sintiera ofendido ante un acto tan inusual, y que con facilidad podía prestarse a confusión. No obstante la exquisitez de sus maneras no impidió que la frustración invadiera tácitamente el espíritu de Garin, cuando aquel torrente de palabras dispuesto con diligencia quedó varado en el instante más propicio para ser usado. Pero aun así, y pese a la rabia provocada por este inesperado gesto, el cortesano se resignó. Nada podía hacer si el caballero creía acertado que tan conveniente comentario fuera abortado antes del nacimiento. Tal vez para intercambiarlo por otro de cosecha propia, que jactanciosamente creyera más adecuado que el suyo, pensó para sí. Auque muy al contrario de lo que cabía esperar, no fue un despliegue de grandilocuentes palabras lo que Sionel brindó al heraldo, o al menos, dichas palabras no salieron de sus labios. Se limitó a extraer de los ropajes un pergamino, que fue tendido sin dilación al heraldo. Pergamino en el que aún se apreciaban, al mirarlo con cierto detenimiento, indicios más que suficientes para saber que estuvo lacrado con el más alto distintivo eclesiástico.

27/02/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 20º pasaje, Cap 6

―Sea ―respondió el heraldo a regañadientes, sin dejar de mostrar el desagrado por tener que tomar semejante decisión―. Tendré a bien concederos vuestra petición. El bloqueo que pesa sobre su persona se levantará en el momento en que vuestro tutelado, como es costumbre, empeñe su palabra de no ausentarse hasta que dicho tema quede zanjado.

«La primera parte está hecha. Mas no conviene mostrarse condescendiente, podría tomarlo como un signo de sometimiento».

―¿No creéis que resulta ofensivo el pedir la palabra de aquél… ―comenzó a decir Garin, antes de verse interrumpido por su airado antagonista.

―¡Nadie pretende ofender poniendo en tela de juicio la honradez de su palabra! ¡Ni he de ser quién, para cuestionarlo sin que hubiera para ello un motivo probable! Me ciñó a los parámetros establecidos para estos casos ―declaró tajante, aviniéndose con resolución a las leyes, para que esta decisión no suscitara malentendidos que dieran pie a un posible agravio. Y antes de que el cortesano pudiera hacer frente a la adusta firmeza contenida en las últimas palabras de aquel formidable envite, la mano de Sionel se posó con afecto en su hombro, eximiéndolo, con cuanto tacto le fue posible exteriorizar, de su deber para con él mientras ésta permaneciera allí.

25/02/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 19º pasaje, Cap 6

Y tras el obligado silencio en honor de la improvisada plegaria que los relegó al papel de mudos espectadores, el heraldo restableció la conversación con sobriedad.

―¿De cuántos hombres podéis prescindir? ―preguntó el capitán, sin acogerse al protocolo y con cierto aire circunspecto y amargo producido en parte por la extenuación.

«Parece que pese a todo entresijo la situación termina, previo pago de una vida, prestándose a mis propósitos. En cualquier caso, una ofrenda tan pequeña siempre resulta viable».

―De todos. ¿De qué habrían de servirme aquí? No estoy expuesto a ningún mal. Y de estarlo, ¿no os correspondería a vos y vuestros hombres velar por mi seguridad? ―se apresuró a responder, mostrándose tan seguro de la respuesta, como sorprendido por la pregunta.

Pese ha no hallarse carente de lógica, el modo de contestar no agradó al heraldo. A su criterio la espontaneidad y el tono parecían atribuir a la consulta claros tintes de absurdez. Y aunque la primera intención fue reaccionar con hostilidad se contuvo, no apreciando al escrutarle el rostro el más leve vestigio de que esa arrogancia pasiva se blandiera adrede.

EL PESO DE LO IRREPROCHABLE

A veces llega a causarnos más daño la verdad en boca de un enemigo, que el ser objeto de sus ofensas, puesto que éstas siempre han podido ser solventadas con sangre o palabras, mas huelga decir que ante una verdad incuestionable, solemos quedar condenados al peor de los silencios.

Tekil Zu

23/02/09

Al despertar la llama de un sentimiento dormido, 18º pasaje, Capitulo 6

«Estaba de los dioses que ocurriera, y me es imposible desoír el requerimiento si alguien como él me lo pide de esta manera. Negarme, ante algo que pudiera parecer tan simple, constituiría un agravio directo».


―Aun a riego de importunar, he de pediros que prestéis oídos a la solicitud que he de haceros y de igual forma os concierne, ya que tan importante como nombrar a un nuevo maestro de ceremonias, es que desalojemos al que lo fue antes que el jardín vuelva a ser transitable ―advirtió con una afabilidad que hacía que, tras aquella protocolaria petición, asomaran los aparentes trazos de una súplica comedida.


―Sabéis que nada puede hacerse al respecto. El cuerpo ha de permanecer hasta el alba. Con su llegada se desalojar los restos y que pueda ser visto o no habrá de quedar en manos del destino ―respondió tajante.


«¡Vuélvete, maldito seas! No soy quién te lo pide».


―Disculpad mi insistencia, ¿pero no existe el modo de que os mostréis más indulgente en honor a quién os lo pide, y la forma en que se presta ha hacerlo? ―preguntó, tratando de captar la atención del que aún le daba la espalda.


―Cómo ya os he dicho... ―comenzó a responder el capitán, visiblemente importunado mientras se volvía; mas al hacerlo, toda acritud expuesta en sus palabras murió junto con éstas en su boca, al tomar conciencia de hasta que punto la solicitud era importante.


Por más que intentó mantenerse impasible, se vio desbordado por emociones tan poco comunes en él como la sorpresa y la admiración. Hondamente caló en su persona semejante visión, tanto que, pese a que los ojos llorosos e irritados eran un síntoma subsiguiente de todo el que entrara en comunión con los dioses, no faltó, hallándose éstos tan propensos a ello, el que alguna de las fugaces lágrimas fuese vertida en honor al grado de implicación de un caballero que, ostentando un cargo equivalente al suyo, denotaba en la petición conmovedora humildad.


―Es decisión mía que cuanto tenga que hacerse con el cuerpo delegue al alba en aquél que por vuestra boca lo pide.


»Haced saber a vuestro señor que, salvo para el que venga con el caballero, la apertura del jardín se demorará ―estableció el capitán de los heraldos, con la suficiente displicencia como para que la inherente pesadumbre de aquella situación se viera convenientemente atenuada.


«No lo hace por mostrar condescendencia. Percibo honestidad, y como reprime la emoción producida por la nobleza del gesto. La bestia tiene alma y un corazón aprensivo. Bien hiciste al esconder tras tus maneras una debilidad tan grande».


―Pese a lo contrariado que el Señor de Bánum habrá de quedar, no dudo que se hará cargo y tendrá en cuenta vuestra deferencia. Permitid, hasta que el momento hubiera de llegar, que sea este humilde siervo el que os lo agradezca en su nombre ―dijo el anciano, que ofreció, junto con las palabras de reconocimiento, una profusa reverencia.


Dado el consentimiento el caballero se puso en pie con su capa extendida sobre el antebrazo, para, acto seguido, desprenderse del broche que la sostenía. De este modo exponía a los fortuitos testigos lo que improvisadamente sería usado como sudario para atenuar la vergüenza del cuerpo caído, y cobijarlo, en la medida de lo posible, de las inclementes miradas e ingratos comentarios de los que junto a él tendrían que pasar la noche. Tras este significativo gesto y a una señal de capitán uno de los heraldos salió de las filas, para iniciar, exento de toda ceremonia, el camino hacía la salida, sin condicionamientos a adoptar actitud alguna; y a cierta distancia el caballero le siguió. Sólo al encontrarse próximos al cadáver se vió el grado de compromiso por parte del escolta, que tras haber pasado junto a éste sin tan siquiera mirarlo, tuvo a bien detenerse a unos diez pasos de él, para que el caballero diera cumplimiento a tan improvisadas exequias. Dadas las circunstancias, no dispuso del tiempo para honrarlo como era menester, y es por ello que se limitó a salvaguardar los restos, a la vez que era salmodiada en su honor una brevísima plegaria, en la que pidió con humildad que se tuviera en cuenta el modo en que entregó la vida para purgar su pecado, para que parte de su virtud le fuera restituida. Y al término se reanudó la marcha sin más, dejando atrás al difunto a cada paso, pasos que se sucedieron con amargura más allá de los muros que delimitaban el jardín.

21/02/09

Premio Symbelminë


Via Entendimiento de sangre llega el premio Symbelminë

http://entendimientodesangre.blogspot.com/2009/02/premio-symbelmine.html?showComment=1234266780000]Entendiiento

“Este premio es otorgado en agradecimiento a los blogs, premiando su trabajo y como un motivo más para estrechar lazos existentes, para que así no nos olvidemos de esos blogs que hacen que cada día queramos seguir haciendo lo que hacemos”.


Mis elegidos son:
Blognovelas: http://blognovelas.es/ y para Ángel J. Blanco, por su dedicación y la entrega que pone en difundir todas las blognovelas.


Cotidiano apocalipsis: http://cotidianoapocalipsis.wordpress.com/ POr un blog lleno de pequeños canapes literarios para todos los gustos, y donde casi se puede decir que se foró una comunidad de amigos de lo más sana.


Ngc3660 http://www.ngc3660.es/ Por su labor de difusión, por su entusiasmo, y por su amabilidad y simpatia infinita.


Informe de las horas que vendrán http://generacionblog.es/informedelashorasquevendran/ a mi novela blog favorita, aunque la tenga algo abandonada. Una historia que atrapa, y con una prosa estupenda.


Blanca Miosi y su mundo http://blancamiosiysumundo.blogspot.com/ Para Blanca, por un montón de razones: por amiga, por lectora y consejera, por su entrega para con los demás, por su amor a la literatura, y por tantas y tantas cosas.


Engelke http://engelpie.blogspot.com/ por la manera tan original y personal de presentarnos sus creaciones, con esos videos acompañados por esa voz tan cautivadora.


Ociozero http://www.ociozero.com/ o más concretamente a Akhul, Pedro, Ftemplar, Darthz y el resto de compañeros que impidieron que el sueño de ocio joven muriera.




La tarea es:1. “Elegir 7 blogs o sitios de Internet que por su calidad, su afinidad o cualquier razón hayan conseguido establecer un vínculo que desees reforzar y premiar; y enlazarlos en el post escrito”2. “Escribir un post mostrando el premio, citar el nombre del blog o web que te lo regala y notificar a tus elegidos con un comentario”3. “Opcional: Exhibir el Premio en tu blog”

20/02/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 17º pasaje, Cap 6

»En consideración a tu estado te daré el beneficio de la duda. Transigiré sólo por esta vez».

―Al igual que ha sido responsabilidad de los dioses quitarle la vida a través de vos, es responsabilidad del hombre que el vacío dejado en sus deberes sea cuanto antes cubierto; que la armonía se restablezca y la existencia del resto siga convenientemente su curso.

»Cómo bien sabéis es tiempo de importantes festejos, y esa sanguinolenta masa de carne, tan ajena a vuestro interés, se encargaba de coordinar tales eventos. No dudo que apreciaréis que la necesidad de un nuevo nombramiento resulta imperiosa, sin que sea preciso, por el momento, hacer mención del motivo que a ello nos lleva. Si dicha petición se efectuara sin demora, un sucesor ocupará su lugar con las primeras luces del alba ―expuso el anciano con sobriedad, otorgando al asunto la trascendencia que precisaba.

―Que sea como decís. Tenéis mi permiso ―indicó el heraldo algo más restablecido, pero aún obligado por el decoro a dar la espalda.

Nada había que impidiera el cumplimiento de la orden, más el caballero no marchó en pos de su realización; en lugar de eso se arrodilló, en dirección al heraldo y con la cabeza gacha, al tiempo que con la mano derecha asió el filo de las vestiduras de Garin.

18/02/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 16º pasaje, Cap 6

Ante lo ocurrido no solo retornó un perdido silencio, propiciándose junto con el que los presentes se sumieran en un perturbador paréntesis temporal. Por diversas razones, todos esperaban el restablecimiento de un capitán encorvado y jadeante, aferrado con ambas manos al báculo para no caer.

Pese a la inquietud que su mera visión despertaba el cuerpo permanecía allí, quebrantado, en una postura imposible, al igual que un execrable despojo indigno de atención. Una desvencijada carcasa de la que se derramaba con avidez, por las abundantes hendiduras en su blancuzca y oronda carne, el ahora innecesario flujo de vida; quedaba claro que una vez impartida justicia, tanto el hecho, como los restos del impío carecieron de interés para los heraldos. Y en vista de tal iniquidad y la indolencia reinante, el cortesano se negó a aguardar por más tiempo. Y a una seña muy precisa acudió con presteza uno de los integrantes de la guardia armada, el cual lo saludó con un gesto que hacía extensible su predisposición a cumplir cualquier mandato.

«Ese mal nacido lo ha echado todo a perder. Siempre fue un ser estúpido y asustadizo. Ha debido ser el miedo lo que le indujo al suicidio; no cabe otra explicación posible…

»¡Qué más ha de darme eso ahora! Lo importante es que lo llamado a inhibir al heraldo, no ha hecho más que afianzar su confianza. Ha obtenido con esta prueba de poder un éxito que está más allá de cuanto cabía espera.

»Pese ha serme impedido por el decoro contemplar en este momento su rostro, sé a ciencia cierta que esto ha servido para alimentar un ego de por si saciado antes de nuestro encuentro».
―Puesto que de sobra sabéis quien es, no hará falta que os diga que hacer ―expuso Garin con escueta circunspección. Pero aún habiendo recibido la orden, el caballero se limitó a asentir, y permaneció allí, entregado a subyugar tras aquel rictus marcial la amarga vergüenza que dicho suceso habría de provocarle.

―¿Dais vuestro permiso? ―preguntó Garin a un capitán próximo a salir de tan lacónico trance.
―Sí, si me ofrecéis un razonamiento lógico de porqué habría de dároslos ―afirmó con voz queda, aún reponiéndose.

«¡¿Un razonamiento lógico?! En modo alguno lo necesitas para algo tan obvio. ¿Tratas de eclipsarme? ¿De que me rebaje a pedir por lo que ha de ser concedido? Tendré a bien soportar que intentes herir mi alma con cuanto odio seas capaz de manifestar por defender tu causa, o que utilices cuantos ardides te sean posibles para conducirme a la derrota, mas si me menosprecias o tratas de humillarme conviertes esto en algo personal. No lo hagas, o tal dolor habré de infligirte, que te será imposible recordar este día sin que los ojos se te llenen de lágrimas.»

16/02/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 15º pasaje, cap 6

―Eneshin diranp deried edgyren ansyon elaiem. (“Desde este día quedas maldito”)―. Una tras otra fueron salmodiadas con voz grave y cavernosa las palabras que conformaron tan lapidaria frase en una lengua olvidada, quedando la última de ellas sostenida en una nota que fue acogida escalonadamente por el resto de acólitos; encarnado un rumor destinado a medrar sobre el silencioso manto de armonía que asiste las noches. Mas tan tenue fue la austera cadencia de sus templadas voces, que no llegó a soterrar, pese a la distancia, el profuso y delirante lamento que emergió del indigno ser de la ventana. Un lamento secundado a intervalos por ese característico sonido que nos anuncia que quien lo emite sucumbe a la asfixia.


Numerosos factores hacían ostensible su extinción, sin que hubiera entre los acólitos uno cuyo convencimiento no lo decantara a pensar que ocurría porque los dioses lo querían así. Y allí, en mitad de lo que a grandes rasgos se mostraba como un ajusticiamiento publico, y tras un breve intervalo en el que perdió el contacto con el condenado, este resurgió resuelto, para entregarse al vacío en un sacro silencio profanado con rotundidad al precipitarse contra uno de los delfines diseminados por el jardín, siendo el ruido de las piedra al quebrarse lo que en enmascaró hasta la imperceptibilidad el que produjeron sus huesos al romperse. Lo más insólito de ésta muerte es que se llevó a cabo con total convencimiento, sin que se incurriera en ningún acto que enturbiara, en contraposición con su falta, tan plausible firmeza. A los ojos de unos fue inducido al exterminio, a los de otros, sintiendo el preso de una desesperación que no podía ser por más tiempo contenida, se precipitó en busca de esa quietud que la muerte a de traer consigo. Sea como fuere, la salmodia cesó en el instante de encontrarla.

14/02/09

El ojo de dioses

Cuando un acólito alcanza el grado de espiritualidad necesario para convertirse en paradigma de virtud, cambia no sólo el concepto que se ha de tener de él, sino que se amplían sus obligaciones para con La Orden al poder ser utilizado por los dioses como un instrumento que, tras ser afinado con los años, hubiera llegado a adquirir una mayor fiabilidad y precisión. Es por ello que además de estar llamados, como el resto de los acólitos, a establecer donde quiera que el destino hubiera de encaminarlos, La Palabra, (una Palabra que era predicada o impuesta, dependiendo de lo propicias que las circunstancias se mostrasen, para una u otra labor) han de consagrarse, durante el resto de su existencia, a ejercer de mediadores, ministros de causas y encargados de designar aquello que habría de ser conveniente que los dioses observaran con especial atención a través de ellos.

A estos ortodoxos sacerdotes se los marcaba con un llameante sol negro preñado de ojos. Cada uno de ellos estaba destinado a representar una deidad, y diferían en tamaño a razón de la importancia que como tal tuvieran dentro de la jerarquía de divinidades. El símbolo que los acogía estaba engarzado entre ramas sin hojas que se extendían hasta la punta de sus dedos, nacidas de un fornido tronco que bajaba por su muñeca hasta un antebrazo donde surgían gruesas y nudosas raíces que desde el exterior horadaban la tierra, aferrándose a ella para así obtener el sustento y la firmeza necesaria.

Pese a ser tratarse de un distintivo inusual, podría encontrarse tras algunos de aquellos guantes que cubrían la palma izquierda de varios mandatarios y altos cargos eclesiásticos, siendo éste un signo que había de representar a los ojos del hombre la más estrecha comunión que pudiera existir con los dioses. Una vía directa usada para apelar a ellos y poder mostrarles, desde el ojo de dioses, cuanto de malo hubiera de acontecer en presencia de uno de estos custodios de la Fe.
El hecho de que un ojo de dioses fuera impuesto tras haberse llevado a cabo previamente el ritual de llamada, indicaba que sea lo que fuere lo que hiciera el infractor, era contemplado con especial interés por alguna de las muchas deidades conjuradas a través de aquel singular estigma de la Fe.

12/02/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 14º pasaje, cap 6

De repente la tensión se tornó lasitud. Una lasitud tan acusada que casi lo hizo caer. En ese instante parecía encarnar a un títere del que hubieran dispuesto con iniquidad, y al que ahora, después de haberse cansado de procurarle un mal uso, se optaba por desatender.

Del que arrojaron con apático desdén los hilos que atenazaban su voluntad. Y al término de tan patente agonía, Sionel descubrió con estupor que el heraldo había desaparecido tras la túnica color sangre, y que el ser que lo suplantaba, carente de todo vestigio de humanidad, sólo compartía su forma. Un ser que ante propios y ajenos se alzó desafiante, escrutando, con el blanco vacío de su ciego mirar, el abismo de sombras tras la ventana de la torre, lugar donde volvió a percibirse una leve oscilación. De forma precisa extendió la mano, hasta situarla entre las prominentes astas del báculo impuesto entre él y la torre, con la palma abierta a escasa distancia de donde oscilaba incansable la llama, sin exteriorizar el dolor infringido por ella, puesto que ésta, ajena a intenciones e ideales, había comenzado a lacerar su carne. Pero pese a ello allí la mantuvo, sin otro propósito que el de tan impío observador tomara conciencia de que estaba siendo escrutado por el implacable mirar de los dioses. (Apéndices, el ojo de dioses).

10/02/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 13º pasaje, cap 6

Lejos reconquistar la quietud perdida y preso de un desenfreno carente de artificio, el capitán comenzó a musitar atropelladas e inteligibles letanías, que una y otra vez volvían a caer en una inquietante cíclico. El grado de agitación aumentaba, al tiempo que su cuerpo era surcado por turbadores espasmos. Y cuando estos llegaron a su punto más álgido empezó a erguirse, como si en el peor momento se dispusiera a luchar por recuperar el control.

Aún a merced de las convulsiones consiguió levantar el brazo que sostenía con vehemencia el báculo, y, una vez alzado, golpeó el suelo con la base para afianzarlo. Justo en el instante en que dicha acción tuvo lugar remitieron los temblores, arqueándose su cuerpo hasta exponer una rigidez que por la expresión de su rostro traía consigo un dolor inenarrable. Era como si un ilusorio agresor lo hubiera atravesado de parte aparte, y, alentado caprichosamente por la crueldad de un instinto exento del menor indicio de misericordia, se obstinara en mantenerlo en tan vejatoria situación.

Durante una breve eternidad su cuerpo se mantuvo expuesto a tan pernicioso estado, con el cuello torcido y ejerciendo tal grado de tensión, que algunos empezaron a creer que de seguir así éste terminaría por romperse. En apariencia era como si al tiempo que trataba por todos los medios de proferir un desapacible lamento condenado a morir en su garganta, su desencajado rostro se afanara en quedar expuesto al cielo nocturno, para arrancar al firmamento, con una expectante mirada que había perdido la pupila y el iris, secretos que se escondían más allá de las estrellas.

08/02/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 12º pasaje, cap 6

A pesar de lo sencillo que habría resultado responder a una cuestión del todo irrefutable, sucedió algo que sentenciaría la pregunta a no ser contestada, puesto que de pronto, y sin motivo aparente, le sobrevino al capitán de la guardia eclesiástica algo que podía interpretarse como un inesperado desfallecimiento. Malestar que se apoderó de él y lo mantuvo encorvado, con la cabeza gacha durante un breve instante, la mano izquierda en el rostro y la derecha aferrada al báculo, como si precisara afianzarse para no caer. Mas expresándose la precariedad de su estado, nadie optó por ayudarlo. Sólo Sionel mostró preocupación por él. Y cuando por fin se dispuso a auxiliarlo, tras un breve interludio preso del desconcierto por la actitud general, fue oportunamente frenado, antes de que tan descabellada acción, motivada por la bondad y el desconocimiento, se llevara a cabo en detrimento de todos. Con una presteza y vitalidad impensable el anciano se aferró a su antebrazo, para con desacostumbrada brusquedad inhibir su movimiento antes de ser manifestado. Sobrecogido ante tal acción el joven posó sus ojos sobre Garin, y al hacerlo percibió tras su mirada reprobatoria una sincera expresión de desasosiego, a la que siguió al saberse atendido una leve negación.

El grado de frialdad adoptado de forma unánime inducía a pensar que salvo Sionel, todos fueron conscientes de lo que en realidad acontecía. Y de hecho así era. Ser testigo de “un llamamiento” no era para nada usual. Hasta tal punto se desconocía, que adquirió todos los tintes de una leyenda. Leyenda destinada a ir de boca en boca entre un reducido número, y a la que basándose en su grado de fe, le conferían mayor o menor credibilidad. No faltando quien, desde el anonimato, quisiera dejar constancia de ello.

TESTIMONIO


A pesar de su brevedad, el desasosiego que infundía tan truculenta visión solía otorgar cierta atemporalidad a los ojos neófitos que contemplaban por primera vez los diversos ciclos que conforman el ritual de llamada, ya que aún viéndose finalizado, el amargo regusto quedaba impregnado ingratamente en el alma.

06/02/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 11º pasaje, cap 6

―Ruego disculpéis estos lapsos que de tanto en tanto vienen a empañar el ocaso de mi existencia. No era mi intención herir o violentar tan manifiesto orgullo. Es esta condenada vejez, que me ofusca hasta perturbar el criterio. Ella y nadie más es causante de que me olvidara de lo lejos que estáis de precisar de mis observaciones en lo que a dicho tema se refiere. ¿De qué serviría que os refiriera esto cuando de sobra sabéis de lo que os hablo? ¿O es que acaso no es necesario para llegar a obtener cargos como los que ostentamos, haber tomado plena conciencia de los entresijos que conforman la condición humana?― Pero a pesar de su intachable exposición aquella disculpa pasó sin pena ni gloria. Tal apatía mostró ante ella, que ni tan siquiera hizo el menor gesto para hacer ver que al menos le prestaba atención.

Consciente al fin de un posible indicio de herejía y aprovechando que se hallaba de espaldas a ellos, el capitán despojó su mano izquierda del guante que la cubría para evitar que lo que en ella se albergaba fuera expuesto tanto a impurezas, como a consabidas miradas de curiosidad o temor.

―No soy más que un viejo inútil, que se presta a servir, con la diligencia que a sus años le es permitida, a una causa que comienza a venirle grande. En verdad el que yo esté aquí haciéndoos perder vuestro tiempo resulta imperdonable, puesto que acabo de caer en la cuenta de la probabilidad que existe de que me convierta, sin pretenderlo, en la herramienta usada por el destinto para perpetrar una nueva falta; y tal magnitud podría alcanzar su repercusión, que haría que lo que nos ocupa se mostrase como el menor de los males en una noche tan anárquica como ésta ―auguró el anciano, tras imponerse con aparente dureza una crítica usada únicamente para tender un puente entre ambos, por el que hacerle llegar un nuevo impedimento de la manera menos brusca posible.

―¿El menor decís? ―interrogó el capitán, sin tan siquiera volverse, aderezando con cierto sarcasmo la escueta notoriedad de su apatía.―¿No se os ha ocurrido pensar que el hecho de que vuestra guardia se halle aquí íntegramente os imposibilita la adecuada protección de un jardín tan extenso? ―inquirió Garin con fingida sorpresa.

04/02/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 10º pasaje, cap 6

Su espíritu se aquietó, hasta el punto de lograr eludir los comentarios preliminares con relativa serenidad, mas se negó a permitir que el último y más hiriente de ellos cayera en saco roto; y abandonando una vigilancia hasta ahora infructuosa se encaró a su instigador, clavándole con remarcada severidad la mirada.

―Pese a que podáis o no tener razón en esas estudiadas previsiones que hacían referencia a lo aciago que resultaría para nosotros un enfrentamiento, he de advertiros que si volvéis a proferir una sola insolencia que aluda a vuestra supremacía, por muy sutil que esta fuera, sin importarme en modo alguno el desenlace de la contienda daré orden de matar; y el caer de vuestro cuerpo muerto representará el inicio de las hostilidades.

Tal ha de ser mi determinación, que juro, aquí y ahora, por cuanta sangre eclesiástica se derramó en el pasado, que daré fiel cumplimiento a mi palabra; y que los dioses me condenen al olvido si me muestro incapaz de castigar vuestras faltas con la resolución que éstas merecieran―. Y dicho esto se giró dando la espalda a ambos, sin aguardar por parte del cortesano el menor comentario, para retomar lo interrumpido. Y allí permaneció, a la espera de que aquel furtivo individuo fuera traicionado por las sombras.

«Como cabía esperar es un fanático. Un exaltado al que inculcaron razón. Un animal impulsivo que por vestir piel humana creyeron poder domesticar. Mientras esté delante el tutelado seguiré endulzando palabras y castigaré tu espíritu con guante de seda, mas cuando deje de estar a tu alcance habrás de conocer a otro Garin, que no mostrará el menor reparo a la hora de lidiar con el corazón de esa bestia que encontró en la fe un placido acomodo, la misma que con relativa claridad comienza a exponer su agitación».

02/02/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 9º pasaje, cap 6

Mas cuando aquellos categóricos razonamientos expresados con aparente ligereza llegaron a oídos del capitán, algo que desde hace mucho dormitaba dentro de él comenzó a agitarse, como si se encontrara próximo al despertar. Al volver a sentir la familiaridad de una sensación en desuso un estremecimiento recorrió su cuerpo. Sabía que si aquello no se atajaba a tiempo, podría no ser más que el preludio de retorno de una desterrada inquina, que en su juventud resultó tan odiosa y cotidiana como difícil de paliar. El mal de la ira despertaba en él, para prorrumpir en un sordo clamor que sólo en el alma se mostró ostensible, amenazándolo, y más que dispuesto a pugnar en pos del resurgimiento. Y del mismo modo que hiciere antaño, antes de verse desposeído de todo vestigio de mancebía, se aferró en cuerpo y alma a la consabida oración que le afloró en los labios: “Este es mi cuerpo; y en él soy señor de cada palabra y cada gesto. Único dueño de la sangre y el alma que en él se albergan. Mía es la fuerza que proporciona la Fe, y la voluntad que me permite ser fiel a ella.

Al igual que todo precepto representa la verdad, y toda verdad un camino, los sentimientos carecen de guía, y su amparo conduce a un final improbable.

Cada una de mis acciones estarán, ahora y siempre, supeditadas a la razón, porque dicha razón representa la luz necesaria para transitar la senda”.[1]


[1] N. del autor: Plegaria de autosugestión empleada por los integrantes del clero para alcanzar la catarsis.

31/01/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 8º pasaje, cap 6

―Contemplad cuán torpemente intenta eludir vuestro mirar al abrigo de una oscuridad que le está vedada ―puntualizó el cortesano, como si se tratara de un espontáneo narrador que se atreviera, alentado por un inusitado impulso de mezquindad, a batallar incluso con la mismísima verdad con tal de recrudecer aún más si cabía hechos que giraban entorno a una grave violación del protocolo. Algo que permanecería ajeno si Garin no hubiera tenido a bien ejercer de delator. No mostrando ningún reparo en utilizar como carnaza la vida y reputación de aquel conocido furtivo, si con ello podía ofrecer mayor propiedad a su alegato.
«Un poco más».
―¿Qué creéis que estará preguntándose? ―inquirió el cortesano, dejando un vacío que no tardó en llenarse de silencio; de un silencio que, en casos como éste, resultaba propicio para que el veneno segregado por cada comentario se impregnara con mayor perjuicio en el alma.

CUIDAOS DE VUESTRO PROPIO MAL

Rezad a los dioses para que os iluminen la senda; y temed, porque más allá de ella, en el interior de cada uno de nosotros, existe un ser primitivo y salvaje que responde al nombre de ira. Un ser taimado que se limita a esperar una ocasión propicia para ocupar vuestro lugar. Os suplantará si la voluntad flaquea. Y tal magnitud puede alcanzar su influjo, que llega a destruir, en apenas un instante, cuanto hasta ese momento hayáis conseguido construir.

Extraído del libro sagrado “Los Senderos de la Fe”.

29/01/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 7º pasaje, cap 6

Sin mediar palabra y mostrando una impetuosa descortesía, el capitán eclesiástico dio la espalda a su interlocutor y, con cuanta discreción le fue posible manifestar, escrutó de soslayo la ventana de dicha torre; a la espera de obtener indicios de que tan herética situación tuviera lugar. Pero por más que aguzaba los sentidos, nada parecía indicar que la negrura estuviera habitada. Aun así optó por mantenerse a la espera de apercibir, en la difusa impersonalidad de aquel inmutable mar de sombras, la más mínima oscilación. Mas no sería esa quietud, siempre deseada, la que lo acompañaría en tan infructuosa vigilia, puesto que el anciano, en pos de su causa, estimó conveniente seguir poniéndolo a prueba, hasta calibrar con relativa precisión el grado de estoicidad que tan singular adversario poseía. Es por ello que durante el tiempo que la situación se mantuvo inmutable, Garin no cejó en su empeño de lapidar al capitán con aleatorias puyas que, al igual que las antes proferidas, no se hallaron exentas de verosimilitud, y destinadas a conformar los cimientos de una inamovible realidad.

―Nada puede importar que sea el primero de los insomnes o el único que mis viejos ojos lograron percibir, puesto que, sea como fuere, se está dando, aquí y ahora, una visión negativa de la cuál, ni que decir tiene, os lleváis sin merecerlo la peor parte. Nadie pensará que estamos siendo retenidos. La interpretación más probable sería, por triste que pareciera, la de que cuestionamos vuestra autoridad, sin que vos os dignéis a hacer nada por impedírnoslo.

Un fluido cúmulo de malsanas palabras emergió de adiestrados labios. Palabras que se enlazaron hasta conformar un hiriente manifiesto de caos. Todas ellas gestadas en el recóndito jardín de ideas de esta prolífica mente con tendencia a mostrarse pronta en cuanto concierne a mentira y artificio. Lugar donde habría de recolectar con inusitado talento los ingredientes para elaborar las más cuidadas conjuras.

«Un poco más».

27/01/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 6º pasaje, Cap 6

«No es estúpido y sabe que digo verdad, pero aun así se muestra soliviantado por ella. Tales aseveraciones producen en él un contraproducente hermetismo. Está visto que tendré que endulzarle más de un comentario».

―Y en lo que a las preguntas se refiere ―continuó diciendo Garin sin ceder el turno de palabra, ―cuestionar vuestra autoridad es algo que no se encuentra entre mis pretensiones o deberes.

»Por otro lado, el haber aludido como lo hice a tratar este asunto con más discreción, responde en parte a que, por mucho que intentara evitarse, una treintena de personas, concurridas como estamos, en un lugar donde por cuenta de los heraldos ha de imperar el silencio no me parecía adecuado. Podríamos perturbar, sin pretenderlo, sueño y quietud de cuantos descansan en el interior de los muros. ¿Y qué necesidad tenemos de que se vean forzados por las circunstancias a pensar, erróneamente, que los Heraldos del Sol no cumplen con la misión encomendada? ―añadio el anciano, sin abandonar esa analítica y taimada actitud.

―¿Quién, qué no hubiera de añorar la muerte, tendría el valor de proclamar una mentira de tal envergadura? ―espetó el capitán, desafiante.

«Ha de ser ahora, dudo que hubiera un momento más adecuado para valerme de la venturosa aparición de este nuevo exponente. Este será el primero de los reveses que habrás de encajar».

―Tal vez si os dignarais a dirigir vuestro mirar a la última ventana de aquella torre, alcanzaríais a ver al desinhibido espectador que ha tenido a bien permanecer expectante desde antes de mí llegada ―indicó Garin escuetamente, como si el tema estuviera tan carente de peso que mereciera tratarse con trivialidad.

25/01/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 5º pasaje, Cap 6

―No tengo inconveniente en proveeros de las respuestas a esas preguntas que con tanta ansia pretendéis imponerme, mas he de negarme a transigir en lo que a dicha imposición se refiere. Debéis creerme cuando os digo que detesto tener que adoptar una actitud que pudiera tildarse de irreverente, pero dado que os obstináis en mantener una conducta que niegan toda posibilidad de acuerdo, no me queda otra alternativa que aventar verdades que estaban destinadas a permanecer vedadas por el decoro. Recordad que habéis sido vos y no yo, quien propició que tan indecorosos testimonios salgan a la luz.

»Por alguna razón que desconozco os aferráis con firmeza a vuestra obcecación, adoptando una visión que difiere de la realidad.

»¿Incluso cuando se muestra tan clara ante vos, sois incapaz de tomar conciencia de lo que ella os exponer? Tal vez que nos dobléis en número sea el motivo que tiende a otorgaros esa sensación de seguridad, y la falsa impresión de que sólo por ello habréis de tener la situación controlada. Eso ha de ser lo que os lleva a creer que podéis permitiros ciertas maneras, maneras que podrían ser tildadas de abusos a criterio de personas cuya susceptibilidad sea algo mayor que la vuestra. Pero del mismo modo que no se os ha pasado por alto la cantidad de vuestros efectivos y su encomiable entrega, intuyo que habéis olvidado que no sois más que sacerdotes armados.

»Os rogaría que no interpretarais mis palabras como un signo de ofensa o menoscabo, puesto que nada está más lejos de mi intención que el dar a valer nuestra condición por encima de la vuestra. Simple y llanamente trato de constatar un hecho que resulta incuestionable.

»No han de faltarme pruebas del valor y la entrega de los Heraldos del Sol. Y tantas y tan abundantes han de ser, que para acceder a alguna de ellas tendría que remontarme en el recuerdo a varios años antes de que vos mismo fuerais concebido. Sin embargo, a estos efectos no cambia nada. Incluso la más ferviente devoción debe, en ocasiones, doblegarse ante la razón o perecer. ¿Qué posibilidades albergaríais contra la elite de los caballeros de Bánum?

»Sabed que entre estos honorables que me acompañan se encuentran capitanes y maestros de armas, todos tan bien pertrechados como si se dispusieran a entrar en batalla.

»¿Qué deshonra no caería sobre nosotros si aprovecháramos tan manifiesta ventaja para perpetrar una matanza que no podría ser justificada en modo alguno?

»Dicho esto sólo me resta reiteraros mi intención de colaborar en cuanto fuese menester, siempre y cuando vuestro proceder no atente contra mi persona o lo que como tal representa. Hasta la presente un enfrentamiento era algo incierto; mas recordad que todo puede hacerse posible cuando se rebasan con reiterada deliberación los limites de una conducta que ha de ser moneda de cambio entre personas de nuestra condición. De vuestra disposición dependerá que esa quimera adquiera tintes de realidad.

Pese al tono conciliador, más allá de la docilidad y buenas formas dulcificadas por su ancianidad, asomaba la grosera ingratitud de una verdad, que aún desposeída de jactancia resultaba hiriente. Ante tal observación el capitán estimó más juicioso volver a escudarse en el silencio. Truncar la indignación contenida y transformarla en arrogante estoicidad, siendo lo más parecido a una negativa que fue capaz de ofrecer en un momento como este. Fue así como se vería acrecentado un rencor ya existente, así como el anciano, valiéndose de tan buenas maneras, le obligaba a tragarse cada una de aquellas aseveraciones que por su veracidad tanto le repugnaban.

LA VERDAD

La verdad suele carecer de versatilidad cuando es usada como arma; mas si el que la blande es hábil, puede conseguir con ella una contundencia irreprochable.

Con esto no quiero condicionaros a que os aferréis a ella, limitaos a usarla como una más de las herramientas de las que habréis de valeros para llevar a cabo los quehaceres de vuestra profesión.



Garin

23/01/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 4º pasaje, Cap 6

―No obstante, y pese a lo que pudierais pensar, es la razón, y no el temor, lo que me ha conducido a tal discernimiento ―añadió Garin, en respuesta a tan impertinente sonrisa, y como si se mostrara divertido ante la desfachatez de aquel gesto, que a su criterio denotaba una insólita ingenuidad.

«A ver con un poco más».

―No imagináis cuán desconcertante me resulta descubrir que con los años que tenéis en vuestro haber, y el cargo que ostentáis, se os pase por alto la más importante lección que todo hombre debe conocer.

»¿O es que nadie se dignó a advertiros lo arriesgado que resulta confiar en obtener victorias escudándose en ventajas que no se tienen? ―inquirió el viejo cortesano, añadiendo a este contrahecho halo de familiaridad, un leve matiz de provocación que fluyó junto aquel gesto de divertido asombro.



GIGANTES DE HUMO

Quien confía en una fuerza que no tiene, o se otorga dones que no posee, no es más que un estúpido que se engaña a sí mismo.




Sunainen


«Silencio, para calibrar el envite y encajar efecto; tiempo, para mostrar displicencia y aquietar el ánimo».
Ambos, agotado el momento que el desconcierto confería a esta pausa, se dispusieron a intervenir, pero antes de que uno de los dos tomara las riendas de una conversación tan delicada como irritante, se vieron interrumpidos por un profuso lamento, llamado a arrastrar consigo un puñado de incoherentes y lastimeras palabras que terminaron por sucumbir, ahogadas en la sórdida dualidad de un copioso dolor. Lamento que consiguió que los ánimos se crispasen, llegando a levantar, sin pretenderlo, latentes ampollas de animadversión.

―Pese a lo loable que en otras circunstancias me hubiera parecido tal propuesta, hemos de admitir que la que se presenta imposibilita el adoptar una actitud más positiva. ¿En realidad creíais que habría de dar valor a las palabras que tan diestramente os habíais dignado a tejer, hasta el punto de dejarme embaucar por ellas? Tal vez no lo hayáis advertido, pero esa hipotética sangre a la que aludís ya ha sido derramada ―puntualizó el heraldo con remarcada acritud, al tiempo que señalaba al compañero caído.

«Escabroso es ese terreno y los lamentos no ayudan. La sincera preocupación que siente por el herido dificulta las cosas. Aquietemos la situación un poco».

―Nadie trata de menoscabar la gravedad de lo ocurrido. Me limito a mediar para que el influjo de negatividad que dicha acción nos impone, no termine arrastrándonos a compartir con él tan desdichada situación ―respondió Garin, adoptando la sobriedad que esta citación requería.

―Qué fácil ha de resultaros abogar por la quietud cuando no es uno de vuestros hombres el abatido. Con dificultad podrían alcanzar equidad nuestros criterios, no habiéndola en la forma de sentir lo acontecido ―aludió el heraldo, adjuntando a la dureza de sus palabras unas fugaces pinceladas de sardónico desdén.

«Valora la lealtad, ejerciéndola sobremanera, y deja entrever sólidos principios morales. Eso entorpece considerablemente mis pasos. Sería conveniente mostrar respeto».

―Sabed que nunca, por muy ajeno que hubiera de resultarme, pude permanecer impasible ante el padecimiento de un ser humano ―respondió el anciano, con una rotundidad aderezada con la cantidad exacta de sorpresa e indignación. Pero todo lo que aquella categórica afirmación recibió, pese a su solemnidad, fue un ceño fruncido, y la ingratitud de un silencio que tuvo su origen en el convencimiento de un impetuoso corazón que no podía ser eclipsado por el peso de las palabras.

―Os rogaría que dejarais de exponernos vuestro criterio sobre lo acontecido o lo que debería de acontecer, y os limitarais a responder a mis requerimientos en la forma en que debiera hacerse ―inquirió el heraldo con marcialidad, tratando de subyugar al anciano sin otro respaldo que el que habría de proporcionarle su aridez inquisitorial.

«No ceja en su empeño. Testarudo. Bueno eso sólo implica que me llevará algo más de tiempo. Hasta la bestia más indómita se torna dócil cuando quebrantas su voluntad».

21/01/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 3º pasaje, Cap 6

«Imposición por la fuerza y amenazas sistemáticas en las que no has querido dejarte nada por exponer. Percibo la premeditación en cada una de esas tajantes advertencias que salieron de ti con una fluidez que no ha de ser común ni tan siquiera para los que como tú han nacido puros[1]. Se ve que sabedor de la llegada de este momento te has tomado la molestia de prepararme un recibimiento adecuado. No dudes que recompensaré ese interés que te tomaste por hacer de este encuentro algo interesante».


―Pues yo quiero pensar que haríais bien en comenzar a dar criterio a cuanto hubiera de deciros ―aconsejó el anciano, al tiempo que su afabilidad se truncaba, permitiendo que se desprendiera de su rostro un fugaz vestigio de la inquietante malquerencia que mantuvo agazapada tras la cordialidad y buenas formas que adoptó para tratar con tan abrupto ser. Mas todo aquel fehaciente ímpetu de alzamiento expuesto durante la lucha de voluntades, terminó diluyéndose tras la amplitud de una contrahecha sonrisa.


«Comenzaré este juego intentando conocer tus impulsos y emociones.Tanteemos, por empezar por algo, tu grado de petulancia».


―No es necesario que os respaldéis en la fuerza para intentar doblegar voluntades que no os están siendo hostiles. También creo que no estaría de más que sopesarais con quien tratáis, y actuarais en consecuencia.


»No seré yo quien os niegue que esta actitud resultaría acertada a la hora de conseguir la adhesión de campesinos o malhechores, pero obviamente no es el caso. Tal vez penséis que hablo sin conocimiento de causa, mas creo poder asegurar que por muy drásticas que se manifestaran vuestras advertencias, carecieron desde su nacimiento de la necesidad de ser expresadas; debido a la imposibilidad de que semejante hecho termine llevándose a cabo. »Sabed que esa seguridad que yo albergo y tanto parece contrariaros, radica en la más elemental de las razones: Nunca os daríamos un motivo para ello. ¿Qué habríamos de solucionar vos o yo, si optásemos por tomar el más angosto de los caminos? Es por ello que me permito sugeriros que compartáis conmigo esa tranquilidad, conferida por unos pensamientos alentados por un firme impulso de razón. ¿O es qué no sería absurdo por mi parte esperar un gesto de fanatismo de los nacidos para abogar por la virtud y buenas formas?


»No me cabe la menor duda de que si optarais por abandonar una actitud tan belicista lograríamos con prontitud un acuerdo favorable. Sería tan fácil. Apenas bastaría con que dejásemos de contemplar el derramamiento de sangre como una posible alternativa―. Pese a la llaneza ofrecida en aquel llamamiento al diálogo, ésta sería interpretada por el capitán como un leve gesto de honrosa sumisión; y tales cotas alcanzó su sensación de triunfo, que sin el menor comedimiento se atrevió a enarbolar una sonrisa que fue creciendo hasta quedar colmada de presunción.


«Perfecto. Mejor de lo esperado. A continuación un correctivo para medir su aguante».


[1] N. del autor: Los nacidos puros, a diferencia de los que son alistado en su preadolescencia, son el fruto de integrantes de La Orden, (una sacerdotisa y un hermano de cualquiera de las congregaciones que la conforman) estos son educados desde su nacimiento, y, por regla general, suele estar llamados a ocupar cargos importantes.

19/01/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 2º pasaje, Cap 6

Garin volvió a excluir al capitán de la guardia eclesiástica, quedando velada su presencia tras un incomodo e insultante silencio que podría haberse atribuido erróneamente al olvido, y cuyo daño se acrecentaba al prolongarse.

―Salvo que vos, claro está, no encontrarais alguna objeción para retener por más tiempo a nuestro ilustre invitado ―puntualizó Garin, aparentando cierto grado de confusión y azoramiento.

―Me temo que, “dadas las circunstancias”, será imposible complacer semejante petición ―respondió el eclesiástico, mostrando sin tapujos su acritud, al tiempo que dejaba en el aire el influjo de una creciente amenaza.

«¿Son esas las pautas que has de marcarte para esta contienda? Intenta valerte de la parquedad si lo crees conveniente, hay mil maneras para hacerte hablar».

―Disculpad mi insistencia, pero, ¿en verdad no creéis que sería más juicioso llevar este asunto con algo más de discreción? ―aconsejó el cortesano, sin que la respuesta anterior dejara marcas visibles en su aparente ánimo.

―No ha de corresponderos decidir o tan siquiera opinar sobre lo que habría o no de hacerse, puesto que, lo queráis o no, estáis por entero a merced de la Fe. El recordároslo no es más que un mero formalismo. Doy por hecho que un hombre como vos, que tiene en su haber tan remarcada veteranía, ha de saber que en este caso no hay cabida para criterios ni puntos de vista. De nada sirve ser conocedor de infinidad de leyes o mandatos, puesto que, aquí y ahora, carecerán de vigencia al entrar en conflicto con un orden mayor. Es por ello que confío en que vos y vuestros subordinados estéis dispuestos a ateneros a razones, y no pretendáis interferir u obstaculizar en esta labor que, aunque os afecta, no os corresponde resolver. De no ser así me veré obligado a recordaros que como poco os doblamos en número, y que la verdad estuvo de nuestro lado desde el momento en que pusisteis un pie en el jardín. Del mismo modo he de advertiros, que hasta el último de los que me acompaña está dispuesto a todo por hacer que se cumplan los preceptos de las Sagradas Escrituras―. Y tras dedicar a su oyente unos segundos de atención, en los que permaneció infructuosamente a la espera de poder arrancar con tan amenazadores comentarios un gesto de sumisión que nunca llegó, prosiguió hablando.

―Y ahora decidme: ¿hago bien en suponer que facilitaréis las cosas? ¿Qué no habréis de incurrir en las tediosas disertaciones que tan erróneamente tienden a sostener vuestros aprendices, motivados por esa vana esperanza que juventud otorga, que los alienta a creer que podrían, con meras palabras, imponerse a una verdad que echó poderosas raíces hace siglos? ―añadió el capitán de los heraldos, haciendo, si cabía, mayor hincapié en lo referente a dicha cuestión.

Tras la invariable e impersonal carencia de matices que denotaba su voz se manifestaba aquel cerco de auto impuesta quietud, llamado a tiranizar el sentimiento suscitado por la circunspecta marea de palabras. Pero aun así se gestaba, bajo aquella fina capa de contrahecha cortesía parcialmente velada por tan fría acritud, una creciente animadversión, que comenzó a revolverse en el interior de la veterana cárcel erigida por sus principios. Cuán espinoso resultaba tratar de paliar la desconcertante impresión que en ellos dejaba la ingrata antinaturalidad de tan cotidiano proceder cuando se entregaban al cumplimiento de lo que la fe dictaba. En estos casos, por extraño que parezca, durante el transcurso de aquellas aclaraciones tan severamente tediosas no ejecutaba el menor movimiento, ni gesto alguno con la cara o las manos, negando a su ser toda expresión ostensible. Las sobrias palabras proferidas por sus labios aparentaba emerger del interior de un caparazón vació y desocupado hace mucho, un caparazón utilizado como recipiente para las fugaces encarnaciones de un avatar que a través de él tuviera a bien transmitir advertencias. Y hasta tal punto trascendió este hecho que no faltó quien sostuviera que aquella túnica roja estaba vacía, y que en el lugar donde debiera estar la cara de su portador se había dispuesto a modo de máscara un rostro humano. Dadas las circunstancias fueron muy pocos los cortesanos que consiguieron ver lo que acontecía al asomarse a las ventanas del alma, tras ese algo recóndito que imperaba en ellas, pero para su desgracia estaba ante uno que sabía mirar más allá.

17/01/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 1º pasaje, Cap 6

Choque de criterios: Primer envite

Atenuada la tensión del primer momento, y tras permitir que se dilatara la quietud que manó de aquella acción que caló en los allí congregados, se acrecentó la voluntad de dialogo entre ambas facciones. Y cuando el anciano creyó que el silencio se había nutrido de ellos lo como para allanar el camino que habría de posibilitar aún más su victoria, volvió a tomar la palabra.

―Supongo que estarán de acuerdo conmigo en que prolongar por más tiempo nuestra estancia en el jardín no sólo carece de sentido, sino que resulta tan indiscreto como contraproducente Es por ello que me atrevería a sugerir, como la opción más viable, el abandono inmediato de un número más que considerable de las almas que ahora lo ocupan; pudiendo proseguir aquí o en otro lugar convenido, aquellos cuya presencia sea ineludible para dirimir la cuestión ―planteó el viejo cortesano con una amenidad impropia en tales circunstancias; y negándose todo respiro continuó en el uso de la palabra, impidiendo que manifestaran su opinión.

«Lo primero es sacarlos de aquí. Alejar el motivo de sus desvelos suavizará bastante las cosas».

―Espero, señor, que podáis excusarme por el inadecuado gesto de descortesía que me dispongo a perpetrar contra vos, impuesto por ese mismo deber que para con vos me obliga. Aunque no dudo, dada vuestra condición, que comprenderéis en la situación que me hallo, y tendréis a bien dispensar a este viejo que con humildad os pide permiso para que, sólo en esta ocasión, prescindáis de él en lo que a acompañaros al aposento se refiere. Debo tratar con el capitán sobre lo ocurrido―. Como respuesta, Sionel se limitó a asentir distraídamente, en tanto que permanecía con la mirada perdida en aquel capitán que se alejaba con Iliandra en los brazos, sin poder evitar preguntarse hasta que punto fue el causante de todo.

PARA QUE NO ME HIERA

Dentro de cada uno de nosotros existe un lugar donde confluyen vergüenzas y miedos, donde momentos de sinsabor son condenados al olvido en pos de una plenitud que es sinónimo de alegría. De la mano de cada uno de ellos nos alejaríamos de nosotros mismos por sinuosos caminos donde las serpientes toman la forma del dolor y la duda. Y ese deseo de alejarnos de una amarga verdad nos conduciré a la sinrazón. Privados de sentido común, habrá de ser la locura quien decida hacia donde encaminar nuestros pasos.


Sunainen

15/01/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 11º pasaje, Cap 5

En su pétreo rostro se dibujaban los rasgos de un carácter airado, la seca hostilidad de un temperamento que tras varios años consiguió someter a la responsabilidad de su cargo, marcándose las pautas de alguien que tenía el oficio bien aprendido. Incluso el tono se exponía conciliador, tanto al interponerse en la conversación, como al aceptar las disculpas de ambos. Mas sus ojos, fieles al sentir, renegaron de él y de su pactada hipocresía; viva llama de una discordia que parecía que quisiera, sólo con estos, consumirlos en el fuego de su creciente odio; que clamaban, al igual que un lobo hambriento, por la sangre del caballero. Incapaz de sostener por más tiempo tan sardónico mirar, Sionel apartó la vista, en tanto que el anciano aparentaba no percibir nada anómalo.


AL SENTIRTE COMO A MÍ MISMO

Es el hecho de saber qué hay más allá de tus secretos y miedos,
lo que me impide concebir sin ti una existencia dichosa.



Dalial



Mientras se llevaba a cabo este cruce de palabras un escolta, que con anterioridad abandonó la columna a una discreta señal del cortesano, se adentró con solícita imperturbabilidad a través de los encarnados arrecifes de fe que el destino tuvo a bien emplazar en su camino. Arrecifes que, sin romper el mutismo que tras esa parca sobriedad solían esbozar sus rostros, representaban una latente amenaza dirigida a cuantos profanadores imposibilitaron con su irrupción el cumplimiento del deber.

Cuando el exánime cuerpo de la dama fue alzado, los presentes lo advirtieron envuelto con improvisada torpeza en una tupida capa de un añil intenso con ribetes dorados. Una capa que distinguía a su portador como un capitán de Bánum, y que además de preservarla del frío, otorgó a la situación un matiz más próximo a lo exigido por la corrección. Sobre los brazos del que tuvo a bien acogerla se inició con la misma solemnidad , el viaje de vuelta, siendo su solícita aptitud la que habría de enaltecer su acción, confiriéndole al cumplimiento de tan adusta orden la calidez de un hermoso gesto, más inspirado en una intrínseca caballerosidad, que en cualquier acto de devoción o servilismo inducido por la posición que ella ostentaba.

Por extraño que pudiera parecer la tierna sencillez manifestada en dicho gesto contribuyó a templar la creciente crispación, medrando los ánimos cuando se hallaban prestos a quedar a merced de una irreflexión que los habría hecho precipitarse, hasta que en el ardor del último de ellos se viera consumido por la cólera. Tal vez fuese el contraste de ambos, esa insólita mezcolanza de arrojo e indefensión proyectada conjuntamente, lo que intensificó el influjo de unas emociones que nada más nacer se arrojaron con ímpetu sobre corazones de propios y ajenos.

13/01/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 10º pasaje, Cap 5

Llegado a este punto se hacía ostensible que la conversación se prolongaba durante más tiempo del adecuado sin que se tuviera en cuenta al capitán eclesiástico, el cual no sólo estaba siendo rebajado al grado de espectador, sino que se obviaba un tema que le concernía tan directamente. Es por ello que emergió de las filas molesto, avanzando hasta quedar lo bastante cerca como para que tuviera que ser atendido.

Pese a que el atuendo no difería del de sus congéneres, empuñaba un símbolo de distinción que, sin ofrecer datos del cargo en la jerarquía religiosa, lo señalaba como el caudillo de aquella facción. Se trataba de un insólito báculo bicéfalo que se curvaba hacia atrás en lo más alto, emulando las poderosas astas de un prominente carnero; y tras ellas, en la oquedad formada en el interior, se hallaba un pequeño recipiente que a modo de palmatoria habría de descansar sobre cuatro cadenas menudas, y del que emergía con viveza la llama. Anciano y joven se volvieron hacia él, mostrándose sorprendidos, azorados por la falta de cortesía que consciente e inconscientemente demostraron hacia su persona. Sólo entonces se toparon con la fría expresión de su semblante, el cual se manifestaba como un cuadro de remarcados trazos, a través del que se vislumbraba un imperceptible acceso que conduciría al lugar donde tomaban forma sus pensamientos.


AL EXENTO DE TEMPLANZA

¿De qué habrían de servir virtudes, poseyendo la agresividad y rebeldía de un espíritu frágil?

Dalial

11/01/09

Apéndice

UN INSÓLITO PRESENTE

Yo, Áldebar, Señor de La Casa de Bánum, te saludo a ti, Sionel, y te doy la bienvenida a este tu reino.

»Desde este día serás el señor más joven que jamás se vio en estas tierras.

»Todo lo que contemplan tus ojos no pertenece a nadie más que a ti. Aprende entre estos muros a tomar responsabilidades. Consigue el respeto y la admiración de los que te han de servir. Sé justo, pero implacable: y jamás te doblegues ante la adversidad. Vive para mejorar, y conviértete en un compendio de virtudes. Porque en el futuro, si los dioses así lo quieren, al menos la mitad de estas tierras habrán de ser regidas por tu mano.

Comentario que el Señor de Bánum hizo a Sionel, el día que le entregó el enorme salón que habría de constituir su reino.

09/01/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 9º pasaje, Cap5

―Lamento que no sea el mismo Señor quién os dé la bienvenida, pero el cansancio por sus muchos quehaceres, y el ser desconocedor de vuestra llegada, hizo que se retirase a sus aposentos en busca de un merecido descanso. En su defecto, se me ha concedido el honor de daros la bienvenida en su nombre. Deciros que, al igual que en anteriores ocasiones, mi señor os desea que vuestra estancia aquí sea tan grata como duradera. También me ha encomendado que os diga que podéis disponer a vuestro antojo de cuanto se encuentre bajo su techo. Bastará una palabra, y todo aquello que deseéis será vuestro[1]―añadió el anciano, dejando ver hasta que punto era respetado por el Señor de la casa.

―Dadle las gracias en mi nombre, y decidle: “que sólo en su casa podría sentirme como en la mía”. Es por ello que el único regalo que me cabría esperar por su parte, es que durante mi estancia me permita gozar del mayor tiempo posible en su compañía ―respondió Sionel algo más repuesto con honesta solemnidad.

«Noto la inquietud representada en cada uno de tus movimientos. Cuán ansioso estás porque quede formalizado el encuentro y poder intervenir. Pongamos a prueba tu paciencia prolongando algo más la espera».

―Debido a lo avanzada que estaba la noche, di por hecho que pernoctaríais aquí; y es por ello que me he tomado la libertad de avisar a los que os sirven para que acondicionen vuestro feudo, el cual ha sido protectorado por mi señor en vuestra ausencia ―comunicó el viejo cortesano en un tono ceremonial, con una contrahecha sonrisa que consiguió dulcificar el momento.

Semejante descubrimiento llenó a Sionel de asombro. Siempre tomó lo de la estancia cedida a su persona como una broma pasajera dirigida a un niño que jugaba a ser señor, al que entregaron lo que por aquel entonces llegó a parecerle un pequeño reino, reino en el que disponía de súbditos, un ayuda de cámara, y los hijos de algunos esclavos; lugar en el que el mismo Señor de Bánum debía pedir audiencia para verlo. Y rebosante de regocijo sólo alcanzó a asentir, en tanto acudían recuerdos de tiempos pretéritos que arrancaron la sonrisa a un rostro que por un instante mostró cierta ausencia. Y fue al salir de su estado de semi-letargo cuando la sorpresa se tornó desconcierto, al advertir como el anciano lo miraba con más fijeza de lo que el protocolo permitía, con un semblante gozoso en el que asomaban las lágrimas de una emoción contenida.

―¿Os encontráis bien? ―preguntó sin tapujos el joven.

«He ahí el pie que requería para dar naturalidad a esta improvisada farsa. Veamos hasta donde puede verse dilatada por la aprensión de su candidez».

―S... sí estoy bien, señor ―dijo el anciano apresurándose a contestar al oír aquella pregunta que fingió encajar como algo inesperado. ―Disculpad el sentimentalismo de este pobre viejo, que a sus años no puede evitar dejarse llevar por la emoción al ver convertido en todo un hombre a aquel niño inquieto que desde su trono aprendiera a ser señor―. Tras una breve pausa presentó sus excusas, las cuales, iban asistidas de la explicación pertinente, como si se sintiera avergonzado por aquel arrebato de emoción, en tanto se enjugaba el nacimiento de unas lágrimas tan vacías como carentes de sinceridad. La dulce sencillez representada por este consumado actor enterneció con facilidad un corazón privado de afecto, que acabó idealizando movido por la necesidad sus ponzoñosas palabras, tornándose para sus adentros en un hermoso e inesperado regalo de bienvenida. Y hasta tal punto se vio conmovido, que sólo las indiscretas miradas de los que junto a ellos se encontraban lograron contener el ferviente deseo de corresponder a actitud tan paternalista con un tierno y honesto abrazo.

―No debéis disculparos, ni renegar de los dictados de vuestro corazón, porqué gracias a ellos me habéis ofrecido un hermoso recibimiento ―contestó Sionel, conmovido.

«Te muestras confiado. Crees que tu férreo control de las emociones me impedirá leer en ti; y pese a que no habré de negar que hay lugares a los que aún no consigo acceder, he vislumbrado lo suficiente como para saber cuán propenso eres a segregar cantidades de ira que tu espíritu es incapaz de albergar. Te esfuerzas como pocos que haya visto en disfrazar tras esa parca sobriedad el influjo de una naturaleza que no supiste abolir. Eres una bestia que con los años aprendió a controlar sus instintos. Debo hacer que retorne el animal desterrado sin soliviantarlo en exceso, porque próximo a él, hallaré los fallos y fisuras que tu voluntad esconde» pensó mientras observaba al capitán de soslayo.

―Gracias por vuestra indulgencia, señor, me hacéis sentir que aún sirvo para algo ―respondió el anciano mostrando humildad. (Apéndice)



[1] N. del autor: Este ofrecimiento se hace extensible a toda figura de renombre invitada a una de las grandes casas. Aunque es una mera formalidad, y sería considerado de mal gusto pedir algo abiertamente. A lo más que se llega, es a insinuar de forma muy discreta al anfitrión aquello que pudiera gozar de su interés, quedando a criterio de este hacerle el obsequio el día que dicho invitado desee abandonar sus tierras.

07/01/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 8º pasaje, cap 5

―Aun así espero que llegáramos en buen momento, y que en este intervalo no ocurriera nada que tengamos que lamentar―. Fue así como el enviado del Señor de Bánum presentó sus disculpas, dentro de las cuales podían encontrarse reproches, halagos y acusaciones, bajo un mismo halo de irónica cordialidad, haciendo caso omiso tanto de la joven desmayada, como del centinela herido que permanecía en el suelo.

―En buena hora aparecisteis... Y no…no oiréis de mis labios queja alguna. Tuve mi escolta cuando me vi necesitado de ella. Os eximo junto a vuestros hombres de toda culpa, esperando que vos hagáis lo mismo en vista de mi desacostumbrado proceder ―dijo Sionel apresurándose a contestar, al tiempo que trataba de tomar las riendas de la situación como correspondería a alguien de su ascendencia. Ante dicha propuesta el anciano no se aventuró a responder, sólo una afirmación a modo de reverencia expresó su conformidad, y entre ellos el asunto quedó zanjado.

Aunque Sionel hizo cuanto estuvo en su mano, no logró ocultar a los vestigios de su azoramiento. El tono de su voz le falló en un par de ocasiones, y las palabras, carentes de la firmeza necesaria, sonaron temblorosas, como si recordara una lección mal aprendida; y no era para menos, puesto que aquel cúmulo de circunstancias lo habían colocado en el epicentro de lo que podía convertirse en una improvisada carnicería.

Ambas facciones fueron ofendidas e igualmente ambas se encontraban, según las leyes, en su derecho de impartir justicia. Aquello dejaba la veda abierta para que dos falanges armadas, que quisieran castigar junto con ésta todas las ofensas pasadas, optaran por dar rienda suelta a sus más primarios instintos.

Muchos eran los cargos que pesaban sobre la infeliz pareja, y por ello la cierta inmunidad de su posición, no les otorgaba en estos instantes la menor seguridad. El hecho de hallarse en un lugar prohibido, en compañía de la mujer de otro hombre de la misma condición social, y que la sangre de un eclesiástico fuera vertida, parecía, a criterio de muchos, algo determinante y condenable en mayor o menor grado. Mas a pesar de sus convicciones nadie hizo nada, ambos bandos quedaron a la espera de una señal que no llegaba.

«Al menos es consciente de cuán delicada resulta la situación que sobre ellos pesa; cualquier muestra de altanería habría dificultado considerablemente mi labor. Es una pena que ella perdiera la conciencia, podría haberme dicho, sin palabras,[1] cuanto aconteció. Sería más fácil llevar a cabo la defensa siendo sabedor de lo de sucedido. La situación me obliga a mantenerme circunspecto en hechos, y sólo podré rebatir aquello a lo que se le atribuya veracidad».



[1] N. del autor: “Hablar sin palabras”, es un lenguaje de signos sutiles, que asociados a ciertas palabras, de un modo concreto, permite a los cortesanos de esta casa intercambiar mensaje o mantener una conversación privada que coincidiera con otra a todas luces trivial.

05/01/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 7º pasaje del cap 5

Llegado a este punto, el hecho de que algo se había roto en el interior del joven resultaba indudable incluso para él. Pero aún sintiéndose sabedor de la gravedad del daño, dedicaba su exiguo vigor a tratar de paliar desde la raíz, otro sufrimiento que trascendía más allá del dolor físico. Y aún pudiendo encontrarse en el umbral de la muerte dedicó parte sus escasas fuerzas a elevar una plegaria, en la que pediría a los dioses por el alma de la que alzó contra él su mano. Intercedía humildemente para que no la privaran del espíritu, y sólo arrancaran de su cabeza el mal que le causaba esa insólita e incontrolable sed sangre.

De este modo y pese a lo loable que parecía semejante postulado, no estuvo inducido por la caridad o el perdón, puesto que no olvidaba ni habría de perdonar. Ni tan siquiera él mismo entendía que le impulsaba a actuar así. Tal vez fuese ese algo en su fragilidad, que subconscientemente inspiraba compasión e impedía a un tiempo que se tornara en el objeto de un rencor que sin duda merecía. No obstante, y aún rodeados de gente, sentimientos y emociones estaban siendo vedados, puesto que la única vía de comunicación en curso eran aquellos sentidos lamentos, que de tanto en tanto quebrantaban con rudeza la escasa quietud que le ofrecía la noche, no habiendo de faltar en más de una ocasión, esporádicos comentarios a los que podían concedérsele mayor o menor coherencia, pero que eran expresados con un fervor que llegaba a atribuirles claros tintes de realidad antes de que murieran estrangulados a manos de su propia agonía. Lamentos secundados por las comedidas palabras de un par de recatadas voces, que trataban de inculcarle algo de sosiego para evitar que los ánimos generales fueran condicionados negativamente.

AL MIRAR ATRÁS

Siguiendo infructuosamente las huellas de pisadas que al pasar en tropel por mi alma dejaron los sentimientos, se encontraron hallazgos de una ilusión que yacía sepultada tras la angustia de una existencia rota.

Tekil Zu

Efectuados los saludos de rigor, el anciano se dirigió a su tutelado con una voz quebradiza que en nada se asemejaría a la que abortó la ejecución. Y valiéndose de la contrahecha dulzura de sus embaucadores labios, comenzó a hilar los firmes cimientos sobre los que erigiría un engaño tan sutil, que en otras circunstancias resultaría imperceptible a los ojos de todos. Era como sí a pesar de lo sabido consiguiera despertar el interés en los corazones y atraerlos hacia una ilusoria promesa de compresión, para recibir aquel contrahecho calor humano que tan intensamente manaba de él, y por medio del que lograba avivar en innumerables ocasiones el póstumo recuerdo de seres queridos que sucumbieron al paso de los años.

«¡Seas mil veces maldito! Tú que nada más llegar atentas de este modo contra el prestigio y la integridad de los que aquí te acogen. ¿Es posible qué con el pasar del tiempo no remitiera tu estupidez? ¿Qué te hubieras aferrado con tanta convicción a tu patetismo, que ni tan siquiera las vicisitudes de la guerra hubieran podido dañarlo; perdurando aún hoy ese niño apocado y exento del menor atisbo de carácter?»

―Ruego al hijo de La Casa de Thárin que perdone nuestra falta de hospitalidad al no haberle concedido a tiempo la guardia que merece. Tal vez el hecho de presentaros sin ser anunciado haya retrasado dicho trámite.

»¡Cuánto ha debido tardar el séquito asignado para que decidierais moveos solo! ―terminó por exclamar en tono catastrofista. ―En cualquier caso, que no os hubiéramos encontrado hasta ahora es culpa nuestra; pese a lo difícil que nos resultaba imaginaros en un lugar que a la caída del sol está vedado.

»Me avergüenza pensar que esta muestra de confianza que habéis depositado al creer que la guardia os era innecesaria en esta casa amiga se haya podido ver traicionada sin intención. En cuanto a los heraldos, por los cuales también quiero interceder si me lo permiten, deciros que sólo cumplían con su deber. Dudo que estuvieran al tanto de vuestra identidad ―conjeturó el cortesano. Y tras una breve pausa prosiguió hablando, para no dar pie a posibles replicas por parte de nadie.

«Se aventura una fuerte polémica. Sabíamos que esto era algo que tarde o temprano tenía que pasar, aunque nadie esperaba que aconteciera tan pronto y en tales circunstancias. Aún no se han pronunciado los santos padres en lo que a casos como estos se refiere. Poco venturosa resultará esta laguna legal.

»Ahí está, mirándome sin saberse igualmente observado, el ortodoxo capitán que parece haberse autoproclamado de un tiempo a esta parte adalid de la fe. Demasiado hemos tardado en encontrarnos tú y yo; buena cuenta tengo contigo: vivaz campesino venido a más, que conseguiste, con más carácter que intelecto, doblegar la voluntad de dos pupilos míos, habiendo el último de ellos de subir al cadalso sin que esto le otorgase solemnidad alguna. De preveer una mínima parte de lo que te espera empezarías a temer. Pronto, pese a las claras ventajas que la situación te ofrece, conocerás de mi mano nuevas fronteras de dolor. Te arrastraré donde adquiriera otro significado. Y cuando termine de lacerar tu alma y te lo haya arrebatado todo, no serás más que un amasijo de dudas, una paupérrima sombra de ti mismo; vació de espíritu y carente de motivación para seguir viviendo. Si existe un ápice de verdad en esa reputación que te precede, yo levantaré un panteón con las ruinas que hubieran de quedar de ella».

03/01/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 6º pasaje, Cap 5

A los ojos del caído era como si todo en torno a él adquiriera un ritmo desenfrenado, como si dentro de cada uno de ellos un reloj de arena perdiera su mesura ante el influjo de aquel perlado y macilento rostro que con aterradora franqueza mostraba su padecer. Era como sí el alma se le abriera de par en par, exponiendo los estigmas infligidos por la traición de la dama, y junto con estos, el modo tan grotesco que eligió para profanar, con tan lóbrega dulzura, el candor que hasta ese día poseyó su espíritu. Pero muy por encima de la ostensible mezcolanza de nerviosismo y temor, imperaba en aquellas desencajadas facciones una confusión inusitada, reflejando de forma fehaciente hasta que punto había sido superado por el devenir de tan aciagos acontecimientos.
«¿Cómo pudo truncarse la idílica hermosura manifestada en nuestro fortuito encuentro?» se preguntaba para sí aquél que se había enamorado perdidamente de un contrahecho reflejo de virtud.

Aún sumido en el desconcierto suscitado por semejante barahúnda de emociones trataba de discernir, con los ojos velados por el llanto, cuanto había a su alrededor. Ojos que al igual que escrutadores focos de malquerencia vagabundearon de una figura a otra, hasta dar con el cuerpo de su agresora, la cual permanecía apoyada con languidez sobre el ingrato muro donde Sionel la dejó privada de conciencia, y a expensas de que alguien tuviera a bien recogerla.

01/01/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 5º pasaje, Cap 5

Antes aún de que el grueso de los heraldos elevaran sus voces en un llamamiento a la sangre, se precipitaron sobre el convulso cuerpo del compañero caído un par de acólitos, que, ajenos a toda circunstancia exterior, intentaron cuanto estuvo en su mano para atajar la hemorragia y preservar el exiguo remanente de vida. Y aunque en sus inicios todo resultó infructuoso prosiguieron, negándose a sucumbir al creciente estado de impotencia al que les condenaba cada tentativa. Una y otra vez volvían sobre él, mas era como sí, pese a su total entrega, nos les quedara más que contemplar como aquel hermano del espíritu continuaba secándose.

Inmune a padecimientos el tiempo transcurría implacable, y tal precariedad alcanzó su estado, que no se podía descartar que la muerte lo rondara, que anduviera inmediata y taimada por sí se extinguía su luz; al igual que una invisible amenaza que residiera en ese mismo aire que con acusada dificultad trataba de respirar.

30/12/08

Retrato que Ólonam presentó de Garin

Considerables eran las particularidades que caracterizaban a aquel hombre marchito, que pese a su carencia de achaques se precipitaba inexorablemente hacia el umbral de una segunda madurez. Bajo la amplitud de su regia túnica podía encontrarse a una criatura huesuda, de aspecto apocado y decrépito, un árbol torcido y nudoso que en todo momento amenazara con quebrarse debido a la rigidez producida por su mortecina esterilidad. La acentuada lividez de aquel anguloso rostro, consumido y caduco, parecía exponerlo con crueldad como el desafortunado superviviente de una violenta erosión. Sólo en la fría dureza de sus pequeños y escrutadores ojos de comadreja se asentaba imperecedero, el último reducto consagrado a su tiránica supremacía. Lugar desde donde proclamaba abiertamente el desprecio y resentimiento que hacia el resto del mundo sentía. Cualquiera que ávido de curiosidad se hubiera atrevido a asomarse a ellos, habría advertido en la fijeza de su mirar una seguridad manifiestamente insólita, surgida de la nada para alimentar un ego insaciable que no tardó en adoptar forma definida. Y así fue como a lo largo de los años creció, hasta concebirse en la infranqueable coraza interior que con orgullo portaba.



Constantes y encarnizadas fueron las batallas de salón en las que habría de lidiar para cosechar victorias. Conduciéndose con la firmeza de un general siempre dispuesto para acaudillar con singular maestría profusos y compactos ejércitos de palabras difíciles de acallar, con las que este antiguo bastión protocolario era capaz de despedazar, sutilmente y a la vista de todos, al más encomiable adversario.



Sus reiterados triunfos lo hicieron merecedor de esta consabida gloria, que iba dejando a su paso una acentuada estela de temor y admiración, induciendo a los huéspedes enviados a esta casa a solicitar fervientemente ser tutelados por él. Sin haber llegado aún al término de sus días, aquel verdugo de voluntades ya se había hecho merecedor de que su nombre fuera evocado por propios y ajenos; no habiendo de faltar en tiempos venideros valedores de su memoria, llamados a narrar como improvisados trovadores un interminable cúmulo de gestas dejadas a su paso, en las que el grado de admiración o desprecio atribuido dependerá únicamente de la procedencia del historiador.



En cualquier caso no cabe el extenderse mucho más, puesto que por pocas que fueran, demasiadas serían las palabras empleadas para este fin. Dedicadas a un hombre que se entregó en vida a enmudecer a los demás. Es por ello que trataré de abreviar en lo que resta, sin entrar en más detalles que los necesarios.

Dadas las circunstancias, habría de ser el prolífero eco otorgado por su renombre, quien se encargó con diligencia de que su reputación no estuviera exenta de presas.

De todas partes acudieron al ineludible reclamo de su supremacía enjambres de codiciosos diplomáticos, que privados de sensatez venían a gallear ante él. Estando cada uno de estos neófitos cazadores furtivos dotados de un arrojo absurdo; y amparándose ciegamente en él se precipitaban con vehemencia al enfrentamiento, para inmolar de este modo la escasa reputación que hasta entonces hubieran podido adquirir en un vano intento de cobrar una pieza con la que ansiaban conseguir el reconocimiento de sus respectivas casas. Solo el que hoy regenta La Casa de Alerna consiguió, además de resistir, llevándose consigo su dignidad intacta, salir airoso de un reCursivañido encuentro, siendo de entre todas las confrontaciones que públicamente se hubieron celebrado, la que perdura en el recuerdo de los que la presenciaron como la más encarnizada.







Extraído del libro: “Algunas verdades palpables que nadie se atrevió a decir”, del capítulo titulado “Engendros de luz”, en el que acomete abiertamente contra algunas de las más celebres figuras del panorama político. (Este libro fue silenciado al igual que su autor).

28/12/08

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 4º pasaje, Cap 5

Durante su avance, antes de que se topara con la luz que delataría sus emociones, se efectuó el cambio. Sin esfuerzo y de forma maquinal todo en él se transfiguró de pronto, como si alguien accionara un resorte, y dichos cambios resultaran tan naturales como el mero hecho de respirar. Sólo aquellos que lo acompañaron en la precipitada búsqueda de Sionel fueron testigos de tan camaleónica maniobra, algo que incluso llegó a desconcertar a los conocedores de tan insólito don.

Su paso solemne perdió firmeza, como sí al acordarse de envejecer cayeran sobre él varias décadas, encorvándolo y haciendo que los movimientos se tornasen lentos e inseguros. A su vez las consabidas artes del engaño proveyeron a este demonio social de una sonrisa nostálgica y cansada, que parecía haberle pertenecido desde siempre. Y el cambio prosiguió, hasta que no quedó nada que lo relacionara con aquel ser que hacía escasos instantes venteaba en la frenética búsqueda de tan furtiva carga, en tanto que lanzaba entre dientes continúas maldiciones que el resto de la escolta prefirió desoír. La vitalidad demostrada entonces resultaba tan impropia de sus años, que a todos se rebeló sobrenatural, como si en sus entrañas se hallara la inagotable fuente de la que provenía la ira y el rencor que con firmeza lo sustentaban. De esta forma, víctima de su auto impuesto amansamiento, mostró a los heraldos un engañoso reflejo de decadencia, un apocado anciano con el que pretendió inspirar la quietud que aplacara la tormenta de intranquilidades desatada con su intervención. Pero a pesar de ello, su ardid conciliador no consiguió alcanzar el efecto deseado, puesto que tan brillante papel quedó eclipsado por una reputación que terminó por convertirse en una segunda sombra vinculada a su nombre, siendo sinónimo de un temor y desconfianza que acabó por asesinar dentro de cada uno de ellos toda posible sensación de seguridad. Sólo el capitán de la guardia eclesiástica, valiéndose de su veteranía, logró aguantar el tipo, aunque a causa de semejante aparición, tan conocida como inesperada, su mirada se llenó de un comprensible escepticismo. (Apéndice Retrato de Garin)

26/12/08

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 3º pasaje, Cap 5

Al igual que en circunstancias anteriores, cada vez que había un altercado, sea cual fuere el motivo, quedaba de manifiesto la rivalidad de ambos grupos, levantándose antiguas ampollas de un rencor asumido con dificultad. En aquellos instantes, todos luchaban por contener el desenfrenado latir de corazones rebosantes de acritud. El rápido fluir de la sangre les aceleró la respiración, propiciando que todo aire resultara insuficiente, como si la misma tensión que los envolvía lo hiciera cada vez más y más denso. Y fue cuando el enfrentamiento comenzó a perfilarse como algo próximo, que surgió de la escolta aquel hombre de distinguidos ropajes que avanzó hacia Sionel, mostrando una altiva severidad tras la que arduamente logró contener una rabia interior que ardía en deseos de manifestarse, para exigir la vida de cuantos frente a él se encontraban, puesto que esta estupidez colectiva podía haberle costado la suya propia. Pese al sentir median escrupulosamente las palabras, sabedores de las consecuencias que dichas disputas podrían acarrear.

Avivándose en muchos de los recién llegados las palabras que componían el juramento vigente desde el primer concilio de la segunda era, al que se consagraron para reafirmar su convicción: “Salvaguardaré con mi honor la integridad del invitado, haciéndome tan valedor de ella como si la ajena fuera propia. Todo el que incurra en falta alguna para con mi tutelado, me convierte en campeón de su causa. Y juro, aquí y ahora, dar muerte si fuere necesario a todo el que atente contra lo que hubo de ser dictado, mientras este vínculo mantenga su vigencia”.

24/12/08

Apéndice Part 2 Cap 5 (1)

LEYES DE LA HOSPITALIDAD

Dictan las leyes de hospitalidad que todo anfitrión debe consagrase a la seguridad de su huésped. Y para velar por ella, éstos se verán rodeados en cada momento por aquellos cuya lealtad hacia su casa natal estuviera libre de tacha, quedando para servir eventualmente a los distinguidos miembros de una casa vecina. En el caso de que dicho huésped se viera dañado en modo algún durante la estancia, los encargados de velar por su seguridad serían castigados en consecuencia. De esta forma se acallaría el posible rumor popular que indudablemente habría de despertarse, al tiempo que evitaría que el nombre de la casa o sus intenciones pudieran quedar en entredicho. Del mismo modo, y para reforzar el compromiso y alejar toda duda es costumbre que tales cargos sean ostentados en relación a la importancia del huésped, por lo que ha llegado a darse el caso de que las escoltas estuvieran conformadas por capitanes de la guardia, hijos de éstos, o inclusive por herederos de la casa anfitriona.

22/12/08

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 2º pasaje, Cap 5

SED DE SANGRE

¿Cómo negar al cazador que se cobre una pieza prácticamente abatida, cuando se probó con anterioridad el sabor de su sangre?



Súlian de Edar


Desde su aparición, la noche concedió total anonimato a aquel conjunto de sombras que avanzaban decididas, mostrando en su apresurado paso una remarcada actitud castrense. Avanzaron, y a medida que eran alcanzadas por la macilenta luz de las antorchas, iban adquiriendo forma definida. De este modo prosiguieron su acercamiento, hasta que la escasa distancia que los separaba permitió apercibir los colores y signos de unas armaduras que por si solas proclamaban su procedencia; encontrándose este grupo de caballeros, de expresión y atuendo tan belicista, acaudillado por un anciano de elegantes ropajes.

Aún perteneciendo a La Casa de Bánum, esta comitiva llevaba un acentuado distintivo de Thárin, que los acreditaba como la guardia personal asignada por el tiempo que se prolongara su estancia en el interior de estos muros. Así estaba escrito. (Apéndices)

20/12/08

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 1º pasaje, Cap 5

Choque de criterios: El tanteo


SIN EL CONSUELO DEL DESPERTAR

No resulta fácil para nadie asimilar el hecho de que, más allá de ese negro mar de pesadilla preñado de miedos e inseguridades que se alberga en cada subconsciente, existe una abrupta realidad con tendencia a permanecer velada hasta formar parte de nuestra existencia; y entonces, sólo entonces, comienza a dar cuenta de nosotros el verdadero dolor. Un dolor que únicamente puede compartir nombre con el que antaño conocimos. Demasiado real. Demasiado terrible para ser concebido por el alma humana.

Las pesadillas, después de todo, no son más que sueños ingratos en los que su efímero padecer apenas es proporcional al consuelo liberador que trae consigo el despertar. Pero sé que cuando dicho dolor es producido por una verdad inamovible, llega perdurar tanto como el que está destinado a sufrirlo.

Lanaiel, con el seudónimo de Nidonae

Una vez que tan macabra ceremonia fue abortada varios de sus integrantes se volvieron presa del rencor, para buscar en la penumbra de la noche al que con su irrupción los había privado de consumar lo que para algunos era considerado una secreta dependencia. El álgido instante en el que aplacar las ansias de matar producidas por una constante e irreprimible sed de sangre. Fue por ello que esta orden se hizo más difícil de acatar para los que en momentos como estos veían perecer su voluntad víctima de dicho frenesí. Y tras apelar a ella, llevados por el sentido común, consiguieron con soberano esfuerzo refrenar, junto al deseo de matar, el de manifestar abiertamente la maldición que en su interior impusieron al desconocido portador de aquellas palabras.

18/12/08

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 14º pasaje, Cap 4

Tan ciego estaba de amor que casi llegó a temer que la mujer despertara, que lo privara así del consuelo de ver endulzada la muerte con el beso que pretendía robar impunemente de su boca. Mas fue entonces cuando una voz solitaria y preñada de autoridad irrumpió sentenciosa desde el exterior, para arremeter con rotundidad contra aquellos tendenciosos cánticos, sin más amparo que el que podía ofrecerle el desconcierto producido por su inesperada presencia. La sorpresa causada por la interrupción aniquiló la pretendida solemnidad que trataban de imprimir a ese momento, sumiéndolos en un irremisible caos que terminó por someter la exaltación de un réquiem que se tornó agonizante, y comenzó a extinguirse de cada una de aquellas gargantas que involuntariamente lo condenaron a la ingratitud del silencio cuando tan próximo estaba de consumarse.

―¡Deponed las armas, caballeros de la Fe! ¡Yo así lo exijo en nombre del señor de esta Casa! ―exclamó una voz que a todos pareció salida de la nada.

16/12/08

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 13º pasaje, Cap 4

Donde solo tenía cabida un lamento aguardaban dos almas, ya que el mismo acto que habría de condenar a la mujer, abriría para el caballero las puertas de una ansiada liberación. De esta forma, y aún en la llegada de tan inclemente desenlace se le concedía una gracia, morirían juntos mientras la estrechaba entre sus brazos.

Y pese a que sus ansias de posesión no se vieron mermadas en ningún momento estaba cansado, cansado de ver como aquel furtivo amor, huérfano de toda esperanza, se alimentaba como podía de los exiguos despojos que de cuando en cuando se desprendían de una imaginación incipiente, cuya razón de existir no era otra que brindarle, como único auspicio, aquel contrahecho teatro de sueños en el que la realidad se disfrazaba con grotesco idealismo para lograr inconscientemente que una antigua herida se mantuviera abierta, impidiendo así que se ejerciera, con la sutileza acostumbrada, el favorable influjo que sobre los hombres suele producir el pasar del tiempo. Mas sería este mismo amor el encargado de distorsionar dicha realidad, hasta el punto de conseguir que la muerte quedara subyugada, que perdiera ese usual halo de importancia que solía conferírsele, llegando a convertirse en algo tan superfluo e insustancial que fue relegado del pensamiento. Y mientras aguardaba placidamente, en mitad de un insondable océano de tranquila irracionalidad, el advenimiento del fatídico instante en el que sus cuerpos serían privarlos de sangre al ser atravesados por una veintena de espadas, se limitó a posar sus ojos en ella, y al hacerlo descubrió sorprendido cuán propicia resultaba para él su indefensión, la accesibilidad de unos labios que, aún en su pasividad, parecían implorar con fervor atención y ternura.


SUPEDITADOS A MENTIR


No somos más que recipientes, llamados a albergar sentimientos que van y vienen. Podemos aprender a ocultarlos, mas no evitar que afloren en nosotros.
De nada sirve renegar de ellos, porque cuando se es esclavo de una pasión, la voluntad siempre terminará sucumbiendo al deseo.

Pensamiento enviado a los dioses en un ritual de purificación por Ólonam

14/12/08

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 12º pasaje, Cap 4

Al verse desposeído del sustento que proporciona el alma el cuerpo fue ofrendado con rudeza a la tierra, convirtiéndose en un desvencijado títere enfermo de lasitud, y condenado a un transitorio letargo que en poco habría de diferir con la muerte hasta el momento en que su espíritu le fuese restituido por los dioses, siempre y cuando esto resultara conveniente a sus ojos. Sin embargo no le faltó en la privación de conciencia, la lealtad de unos brazos que renunciando a la espada impidieron la caída. Y allí quedó ausente de sí misma, y sin más parapeto que el brindado por el cuerpo del que la acogió para fundirse con ella en el silencio de un sentido abrazo. Un abrazo del que se desprendió, junto con la muestra del más puro amor, el pérfido sedimento de esa amarga hiel que siempre nos acompaña para ensombrecer nuestra existencia desde el momento en que tomamos consciencia de que nos hallamos más próximos a la extinción de lo que cabría imaginar. Y pese a lo adversa que la situación se presentaba, y por extraño que pudiera parecer, sólo cuando se desató sobre el pecho del caballero el incesante y embravecido latir del corazón ajeno, logró el suyo recuperar parte de esa quietud de la que fue despojado por el repentino desvanecimiento de la dama; aunque exiguo se a de exponer todo consuelo ante un final que se auguraba tan próximo.

12/12/08

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 11º pasaje, Cap 4


Avanzaban. Y tal fue la sistemática sobriedad impresa en los movimientos de tan lúgubres matarifes, que consiguieron desconcertar al caballero. Avanzaban, pero aun así se mantuvo en guardia dispuesto ha hacer frente a la lluvia de acero que se les venía encima. Avanzaban, siendo la prolongada exposición de unas condiciones tan abruptas lo que sumió a la dama en un estado de nerviosismo y temor hasta esa noche vedado; y tal envergadura llegó a alcanzar la negatividad de este influjo, que terminó por despojarla transitoriamente de su maltrecha razón. Con inhumana violencia se le impuso el destierro. Un destierro que propició que junto con ésta se desprendiese del alma un grito, que expresaría con aterradora claridad la impotencia de sentir como su mutilado espíritu sucumbía ante el incesante martirio de vislumbrar la promesa de muerte en el rostro de cada heraldo. Y quiso el destino que se prolongase el daño, hasta que esta misma imposibilidad de asumir la cruenta e inesperada muestra de una justicia futura la empujara por caridad a la inconsciencia, antes de quedar sin remisión vinculada a la locura.

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