18/11/08

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 2º pasaje, Cap 4

―¡Loados sean los dioses que se dignaron ha acceder a mi plegaria! ¿Eres tú el que envían en mi busca? ―preguntó al joven acólito de forma apremiante. ―Sea como ellos quieran. ―añadió ofreciéndose con convicción la respuesta, sabedor de que no habría de obtenerla del cohibido muchacho.

―¡Adelántate! Deja que tus pasos te traigan hasta aquí para dulcificar la agonía de unas heridas que por más que quisiera no podría mostrarte.

»¡Vamos! Da buen uso a esa espada que ahora empuñas librándome con ella de la abrumadora carga de tan miserable existencia.

»¿Por qué refrenas tu mano renegando del deber? ―inquirió al recién llegado con una contrahecha expresión de incredulidad.

»¡No dudes! Con ello solo retrasar lo inevitable. ¡Vamos, ya tardas! ―prorrumpió con marcialidad, exhortándolo a cumplir la orden que había sido dada. Pero a pesar del tesón todos los intentos resultaban infructuosos, no consiguiendo otra cosa que promover su creciente estado de duda y nerviosismo.

Entretanto la mujer visiblemente alterada, aunque algo más repuesta de semejante esconcierto, logró confinar en sus adentros cuantas muestras de temor sentía, para aventurarse a atajar el demencial monologo iniciado por el caballero, sin que por ello quedara privada del aciago sentir de que, pese a todas las pequeñas victorias con las que postergó el fatídico momento, era como si el destino se obstinara en que se perpetrase tan insustancial derramamiento de sangre.