21/5/09

29º pasaje, Cap. 7

Instantes más tarde los que se ocupaban del hermano caído vieron surgir de un recodo del camino a un par de figuras, que de no estar iluminadas parcialmente por la luz que la llama del báculo desprendía habrían pasado a formar parte de aquel desvaído e impersonal mar de siluetas y sombras que poblaban el jardín.

Expectación contenida se dibujaba en los escrutadores ojos de los subordinados, los cuales, a causa de su condición, sufrían con mansedumbre la dilatada espera de un veredicto que solía extraerse de la expresión sus superiores; la única explicación que no les era negada. No obstante, antes incluso de que se reunieran, despuntó un acusado brote de cólera llamado a sacudir los cimientos de la razón de cuantos allí permanecían. Así fue como de pronto y sin motivo aparente el rostro de Garin se endureció, pasó de la más aparente calma a adquirir una sobrecogedora aptitud inquisitorial, blandida con impávida decisión al tiempo que se avivaba su marcha. En apenas un instante dejó atrás al capitán, y sin oposición alguna rebasó la maltrecha línea que frente al caído esperaba. Y tras ellos, postrado y semi- inconsciente, el motivo de su avance.
Cuando creyó estar lo bastante cerca como para ser advertido se detuvo, y contempló al exánime y convulso muchacho cuya piel palideció, adquiriendo el tono ceniciento que en ocasiones precedía a la muerte.

Pese a su malestar advirtió que alguien se acercaba y al alzar la vista se topó con quien además de su sombra le imponía una mirada que estaba lejos de mostrarse afable.