13/7/09

Cap 11 (7)

Durante un instante se mantuvo inmerso en la duda, temeroso de retomar la vigilia. Y aunque tratándose de él la curiosidad estaría más presente que el de temor decidió actuar con cautela. Próximo al marco de la ventana aguzó el oído, sintiéndose al hacerlo aliviado y por ende exento de todo peligro al comprobar que se mantenía la charla, o al menos alcanzaba a oir la voz del cortesano aunque considerablemente más baja. Aquello le hizo intuir que ambas comitivas se alejaban, e impelido a conocer el desenlace retomó con negligencia a su pernicioso pasatiempo. Y pese a no ser visto, lo hizo justo cuando el capitán de los Heraldos impuso el ojo al ver la sombra del muchacho.

Dándose por descubierto y conocedor de lo que la imposición representaba fue incapaz de sobrellevar el creciente desasosiego ejercido por un influjo más allá de lo humano. Influjo que arrancó un lamento. Apenas tomó conciencia de que había sido maldecido el castigo se hizo presente en su cuerpo, como una ola que se encrespa antes de golpear con avidez las rocas para librarlas de toda inmundicia, presagiándose su desenlace. Fue como si cuantas dolencias lo acompañaron en estos últimos años acometieran al unísono con un ímpetu desconocido. La rigidez se apoderó de su cuerpo al sentir como un brazo invisible se introducía por su garganta negándole el aire, ansioso de asir su corazón con la mano, de aferrarse a él con sus fornidos dedos invasores. La sudoración y el mareo precedieron al vómito, y aquel lacerante dolor del pecho se propagó hasta afectar a la espalda y el brazo izquierdo. En aquellos instantes en los que la vida se iba, parecía representar un enorme pez abotargado, arrancado del agua y arrojado a la orilla para esperar entre estertores una indigna muerte. Pero pese a lo precaria que resultaba una situación como ésa, mayor si cabe para alguien con una carencia de estoicidad tan acusada, se aferró indómitamente a la vida, siendo el mismo miedo a morir quien lo predisponía a hacerlo. Más allá del ahogo se entreoía una palabra con tendencia a morir antes de consumarse, una palabra imposible de articular mientras boqueaba nerviosamente, y no era otra que piedad.