18/6/09

10º pasaje, Cap 8

―¿Matarla? ¿A qué te refieres? ―exclamó el capitán, el cual, pese a su más que aparente desconcierto, lo conminó a responder .

―Quieran los dioses perdonarme… ¿Quién soy yo… para dudar… de sus designios?

Como si él mismo fuera desconocedor de sus comentarios permaneció sumido en aquel acentuado trance, y cargado de un sopor tan contiguo a la inconsciencia que mantenía fuera de su alcance los requerimientos dirigidos a su persona.

«¿Hasta qué punto puede ser licito otorgar credibilidad a los desvaríos de un moribundo? ¿Pero acaso este testimonio no es tan inverosímil como para no descartarlo a la ligera?»

―¿Dijo que la mataría? ―inquirió el capitán. ―¡Vamos! No es momento de silencios. ¡Contesta! ¡Es La Fe quién te lo pide! ―. Y así, pese a la carencia de seguridad, persistió en instigar a cuanto perduraba en aquella carcasa privada de raciocinio. Sin embargo tan hostigadores requerimientos en nada condicionaron su actitud, tanto es así que sus ojos se cerraron con aparentes trazas de no volver a abrirse.

La desesperación se apoderó del capitán, y ante la imposibilidad de permanecer impertérrito asió del brazo al acólito y lo zarandeo, sin excesiva rudeza, pero con más brusquedad de la aconsejable en su estado. Acción que provocó que la apertura de sus ojos viniera coreada por lamentos que se ahogaban en su debilidad. Y tras el lastimoso resurgimiento ladeó la cabeza con la mirada perdida hacia la voz que le hablaba, sin identificar al que permanecía expectante al ver que sus labios se entregaban a la ardua labor de articular palabras.

―Tengo sed ―se limitó a decir.

Aniquiladas las esperanzas de una respuesta satisfactoria, la paciencia del capitán se vio condicionada al desbordamiento hasta tal punto, que llegó a sentir vivos deseos de golpearle. Mas en el último momento refrenó su mano consciente de lo absurdo e inadecuado de semejante acción. Y carente de más opciones se entregó a cumplir sus requerimientos, sabedor de que sería absurdo mantener por más tiempo la farsa.