5/10/08

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 12º pasaje, Cap 2

Así fue como “El príncipe mercader”, como era conocido por los comerciantes comunes, uno de los mayores estadistas de las grandes casas, tuvo que hacer frente a la ardua tarea de explicar a una cría lejos aún de abandonar su primera niñez, el porqué de unos dictados que, a pesar de estar al alcance de todos, se asumía sin entenderlos, no faltando quien maldijera para sus adentros la ambigüedad de una respuesta que habría de obligarlos a pasar por la vida a la sombra de una fe que resultaba incomprensible.

Coartado por la tierna fragilidad de aquel joven espíritu, trató de evitarle, en la medida de lo posible, la crudeza del camino recto, optando por conducir tan difusa explicación por largos y sinuosos senderos de los que, con toda seguridad, su candidez saliera indemne. Pero por más que se esforzaba en explicar, de un sinfín de formas diferentes, los motivos por los que acceder al jardín de noche era un privilegio que habría de serle negado, no llegaban estos a poseer la solidez necesaria para que dicha cuestión quedara zanjada. Y aunque en este caso concreto la razón se presentaba burdamente como exigua portadora de una inconsistencia estéril e incapaz de expresar veracidad a los ojos de nadie, nada hubiera cambiado de no haber sido así. Poco podían importar las palabras o el modo en que fueran dichas, ya que, incluso antes de que la primera de ellas llegara a nacer de labios del padre, estaría condenada, junto con aquellas que la sucedieran, al más inexorable ostracismo.