8/2/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 12º pasaje, cap 6

A pesar de lo sencillo que habría resultado responder a una cuestión del todo irrefutable, sucedió algo que sentenciaría la pregunta a no ser contestada, puesto que de pronto, y sin motivo aparente, le sobrevino al capitán de la guardia eclesiástica algo que podía interpretarse como un inesperado desfallecimiento. Malestar que se apoderó de él y lo mantuvo encorvado, con la cabeza gacha durante un breve instante, la mano izquierda en el rostro y la derecha aferrada al báculo, como si precisara afianzarse para no caer. Mas expresándose la precariedad de su estado, nadie optó por ayudarlo. Sólo Sionel mostró preocupación por él. Y cuando por fin se dispuso a auxiliarlo, tras un breve interludio preso del desconcierto por la actitud general, fue oportunamente frenado, antes de que tan descabellada acción, motivada por la bondad y el desconocimiento, se llevara a cabo en detrimento de todos. Con una presteza y vitalidad impensable el anciano se aferró a su antebrazo, para con desacostumbrada brusquedad inhibir su movimiento antes de ser manifestado. Sobrecogido ante tal acción el joven posó sus ojos sobre Garin, y al hacerlo percibió tras su mirada reprobatoria una sincera expresión de desasosiego, a la que siguió al saberse atendido una leve negación.

El grado de frialdad adoptado de forma unánime inducía a pensar que salvo Sionel, todos fueron conscientes de lo que en realidad acontecía. Y de hecho así era. Ser testigo de “un llamamiento” no era para nada usual. Hasta tal punto se desconocía, que adquirió todos los tintes de una leyenda. Leyenda destinada a ir de boca en boca entre un reducido número, y a la que basándose en su grado de fe, le conferían mayor o menor credibilidad. No faltando quien, desde el anonimato, quisiera dejar constancia de ello.

TESTIMONIO


A pesar de su brevedad, el desasosiego que infundía tan truculenta visión solía otorgar cierta atemporalidad a los ojos neófitos que contemplaban por primera vez los diversos ciclos que conforman el ritual de llamada, ya que aún viéndose finalizado, el amargo regusto quedaba impregnado ingratamente en el alma.