12/2/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 14º pasaje, cap 6

De repente la tensión se tornó lasitud. Una lasitud tan acusada que casi lo hizo caer. En ese instante parecía encarnar a un títere del que hubieran dispuesto con iniquidad, y al que ahora, después de haberse cansado de procurarle un mal uso, se optaba por desatender.

Del que arrojaron con apático desdén los hilos que atenazaban su voluntad. Y al término de tan patente agonía, Sionel descubrió con estupor que el heraldo había desaparecido tras la túnica color sangre, y que el ser que lo suplantaba, carente de todo vestigio de humanidad, sólo compartía su forma. Un ser que ante propios y ajenos se alzó desafiante, escrutando, con el blanco vacío de su ciego mirar, el abismo de sombras tras la ventana de la torre, lugar donde volvió a percibirse una leve oscilación. De forma precisa extendió la mano, hasta situarla entre las prominentes astas del báculo impuesto entre él y la torre, con la palma abierta a escasa distancia de donde oscilaba incansable la llama, sin exteriorizar el dolor infringido por ella, puesto que ésta, ajena a intenciones e ideales, había comenzado a lacerar su carne. Pero pese a ello allí la mantuvo, sin otro propósito que el de tan impío observador tomara conciencia de que estaba siendo escrutado por el implacable mirar de los dioses. (Apéndices, el ojo de dioses).