7/3/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 24º pasaje, Cap 6

Pese a tratarse de ordenes tan concisas como ineludibles, la composición del escrito carecía de la sobriedad marcial propia de un líder. De esa propensión a jactarse de los que gozan del privilegio de no tener que rendir cuentas, y libre al mismo tiempo de la ambigua circunspección que suele mostrar el que remite ordenes sin tener por ello que dar explicación alguna. Aquel compendió de evocadoras palabras hacía que trascendiera más allá del mensaje una calidez inusitada, predisponiéndolas a atender con presteza tan sugestivo reclamo. Y esto, unido a la inusual omisión de tan ingratos factores, hacia que se hallara más similitud con la carta de un abnegado padre forzado por las circunstancias a realizar un afectuoso llamamiento, que de lo que en realidad era; un ineludible mandato directo.

Leído y agotado el tiempo impuesto por la cortesía el heraldo se vio forzado a devolver muy a su pesar el venerado pergamino, y fue justo en el instante en el que sus manos comenzaron a enrollarlo cuando Sionel se prestó a responder. Ahora que su opositor tenía constancia del edicto las palabras postergadas adquirieron razón de ser, y como tales fueron expresadas.

―Si vuestro requerimiento no contraviene lo dictado, la tenéis ―dijo Sionel con honestidad, y sin el menor asomo de presunción.

Tras descargar, pese a su ignorancia, semejante varapalo sobre el capitán de los heraldos, propios y ajenos vaticinaron el grado de irritabilidad podría alcanzar. Aún sabiendo que no perdería las formas ante tan nefasta noticia, no descartaban que se viera forzado por el rencor a mostrar una actitud sumisa pero hostil, o al menos un más que aparente desagrado y la acritud propia de ver como sus planes quedaban frustrados aunque sólo fuese de un modo temporal. Pero en lugar de eso, y para sorpresa de todos, se limitó a asentir con lacónica sobriedad, sin tan siquiera dignarse a dirigirle la mirada, como si fuera un gesto a evitar. Salvo por este hecho, no hubo nada destinado a mostrar su derrota. Mas aun así, algo fluctuaba tras aquella bien avenida sumisión, algo anómalo que incluso mostrándose claro en su comportamiento, resultaba difícil de concretar. Empero a los cuantiosos testigos, ninguno vio más allá de lo que podía considerarse cierta perturbación. Sólo Garin mostró vivo interés, alentado por la posibilidad de que resultara provechoso utilizar cuanta información surgió de éste. Y con la frialdad de un consumado depredador aguardó, atento a cuanto su lenguaje corporal tuviera a bien revelarle.

Pese a su empeño para que ningún sentimiento fuera más allá del tosco muro de apática insensibilidad que levantó ante ellos, fue traicionado por cada uno de los síntomas que conformaban su padecer. Actos que se desgranaron como las piezas de un rompecabezas que Garin se molestó en recoger. Piezas que terminaron componiendo una insólita verdad.

Su desazón nada tenía que ver con que el pergamino coartara el cumplimiento de su deber, ni tan siquiera con el pergamino en sí mismo, sino con el hecho de que Sionel se dignara a compartirlo con él.