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Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 21º pasaje, Cap 6

Dicha acción propició un cruce de miradas entre tutor y tutelado, momento en el que Sionel asintió, ofreciéndole un conciliador gesto de seguridad que poseía algo de disculpa. Un gesto con el que intentó que el anciano no se sintiera ofendido ante un acto tan inusual, y que con facilidad podía prestarse a confusión. No obstante la exquisitez de sus maneras no impidió que la frustración invadiera tácitamente el espíritu de Garin, cuando aquel torrente de palabras dispuesto con diligencia quedó varado en el instante más propicio para ser usado. Pero aun así, y pese a la rabia provocada por este inesperado gesto, el cortesano se resignó. Nada podía hacer si el caballero creía acertado que tan conveniente comentario fuera abortado antes del nacimiento. Tal vez para intercambiarlo por otro de cosecha propia, que jactanciosamente creyera más adecuado que el suyo, pensó para sí. Auque muy al contrario de lo que cabía esperar, no fue un despliegue de grandilocuentes palabras lo que Sionel brindó al heraldo, o al menos, dichas palabras no salieron de sus labios. Se limitó a extraer de los ropajes un pergamino, que fue tendido sin dilación al heraldo. Pergamino en el que aún se apreciaban, al mirarlo con cierto detenimiento, indicios más que suficientes para saber que estuvo lacrado con el más alto distintivo eclesiástico.