3/12/08

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 7º pasaje, Cap 4

Tras haber sido expresadas a viva voz aquellas lapidarias palabras cargadas de herética deslealtad, el joven se volvió fuera de sí, para contemplar, dominado por una indignación que le hacía temblar de ira, cómo el blasfemo se incorporaba veloz y presto a cumplir la palabra dada. Ante esto el heraldo, movido por el incontenible impulso de preservar cuanto gozaba de su admiración, se lanzó contra la sombra; mal sin rostro que encarnaba la maldad del mundo. Y así, amparándose en el arranque de un odio hasta ahora desconocido, consiguió reunir la entereza necesaria para eludir los consabidos sentimientos de temor y duda que desde siempre habían mostrado por él un apego no deseado. Y de esta forma afrontó, libre del influjo de ambos, lo que interpretó como una esperada prueba de fe.

Cuál no sería su sorpresa, cuando al salir en defensa de la dama se vio frenado por ella. La que otrora se mostrara delicada y gentil se le encaró presa de un rencor demencial, blandiendo una daga que clavó en su hombro con tan salvaje determinación, que pareció que mil vidas dependían de la consecución de su ataque. Sólo entonces reparó en como la traidora mano de la mujer lo había despojado a un tiempo de la fuerza y arrojo que hacía un instante lo engrandecieron, para quedar degradado, hasta el punto de convertirse en el títere de una inexistente causa. Una causa en la que se volcó ciegamente para descubrir que como tal, solo existió en su enturbiada cabeza. Fue el cautivador influjo de tan engañosa gentileza, unido al lapidario manifiesto del caballero, lo que le instó a llevar acabo tan irreflexiva acción. Tras abandonar toda prudencia en aquel arrebato de resuelta insensatez, la pureza que lo produjo fue mancillada, reducida a un irracional acto de servilismo que sería castigado por ella con dureza. En esta forma se truncaron, apenas acontecer, las ensoñaciones provocadas por tan ardiente espejismo, ensoñaciones que dejaron una sensación de mediocridad e insignificancia mayor de la que habría podido soportar un espíritu tan candido.