3/1/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 6º pasaje, Cap 5

A los ojos del caído era como si todo en torno a él adquiriera un ritmo desenfrenado, como si dentro de cada uno de ellos un reloj de arena perdiera su mesura ante el influjo de aquel perlado y macilento rostro que con aterradora franqueza mostraba su padecer. Era como sí el alma se le abriera de par en par, exponiendo los estigmas infligidos por la traición de la dama, y junto con estos, el modo tan grotesco que eligió para profanar, con tan lóbrega dulzura, el candor que hasta ese día poseyó su espíritu. Pero muy por encima de la ostensible mezcolanza de nerviosismo y temor, imperaba en aquellas desencajadas facciones una confusión inusitada, reflejando de forma fehaciente hasta que punto había sido superado por el devenir de tan aciagos acontecimientos.
«¿Cómo pudo truncarse la idílica hermosura manifestada en nuestro fortuito encuentro?» se preguntaba para sí aquél que se había enamorado perdidamente de un contrahecho reflejo de virtud.

Aún sumido en el desconcierto suscitado por semejante barahúnda de emociones trataba de discernir, con los ojos velados por el llanto, cuanto había a su alrededor. Ojos que al igual que escrutadores focos de malquerencia vagabundearon de una figura a otra, hasta dar con el cuerpo de su agresora, la cual permanecía apoyada con languidez sobre el ingrato muro donde Sionel la dejó privada de conciencia, y a expensas de que alguien tuviera a bien recogerla.