5/1/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 7º pasaje del cap 5

Llegado a este punto, el hecho de que algo se había roto en el interior del joven resultaba indudable incluso para él. Pero aún sintiéndose sabedor de la gravedad del daño, dedicaba su exiguo vigor a tratar de paliar desde la raíz, otro sufrimiento que trascendía más allá del dolor físico. Y aún pudiendo encontrarse en el umbral de la muerte dedicó parte sus escasas fuerzas a elevar una plegaria, en la que pediría a los dioses por el alma de la que alzó contra él su mano. Intercedía humildemente para que no la privaran del espíritu, y sólo arrancaran de su cabeza el mal que le causaba esa insólita e incontrolable sed sangre.

De este modo y pese a lo loable que parecía semejante postulado, no estuvo inducido por la caridad o el perdón, puesto que no olvidaba ni habría de perdonar. Ni tan siquiera él mismo entendía que le impulsaba a actuar así. Tal vez fuese ese algo en su fragilidad, que subconscientemente inspiraba compasión e impedía a un tiempo que se tornara en el objeto de un rencor que sin duda merecía. No obstante, y aún rodeados de gente, sentimientos y emociones estaban siendo vedados, puesto que la única vía de comunicación en curso eran aquellos sentidos lamentos, que de tanto en tanto quebrantaban con rudeza la escasa quietud que le ofrecía la noche, no habiendo de faltar en más de una ocasión, esporádicos comentarios a los que podían concedérsele mayor o menor coherencia, pero que eran expresados con un fervor que llegaba a atribuirles claros tintes de realidad antes de que murieran estrangulados a manos de su propia agonía. Lamentos secundados por las comedidas palabras de un par de recatadas voces, que trataban de inculcarle algo de sosiego para evitar que los ánimos generales fueran condicionados negativamente.

AL MIRAR ATRÁS

Siguiendo infructuosamente las huellas de pisadas que al pasar en tropel por mi alma dejaron los sentimientos, se encontraron hallazgos de una ilusión que yacía sepultada tras la angustia de una existencia rota.

Tekil Zu

Efectuados los saludos de rigor, el anciano se dirigió a su tutelado con una voz quebradiza que en nada se asemejaría a la que abortó la ejecución. Y valiéndose de la contrahecha dulzura de sus embaucadores labios, comenzó a hilar los firmes cimientos sobre los que erigiría un engaño tan sutil, que en otras circunstancias resultaría imperceptible a los ojos de todos. Era como sí a pesar de lo sabido consiguiera despertar el interés en los corazones y atraerlos hacia una ilusoria promesa de compresión, para recibir aquel contrahecho calor humano que tan intensamente manaba de él, y por medio del que lograba avivar en innumerables ocasiones el póstumo recuerdo de seres queridos que sucumbieron al paso de los años.

«¡Seas mil veces maldito! Tú que nada más llegar atentas de este modo contra el prestigio y la integridad de los que aquí te acogen. ¿Es posible qué con el pasar del tiempo no remitiera tu estupidez? ¿Qué te hubieras aferrado con tanta convicción a tu patetismo, que ni tan siquiera las vicisitudes de la guerra hubieran podido dañarlo; perdurando aún hoy ese niño apocado y exento del menor atisbo de carácter?»

―Ruego al hijo de La Casa de Thárin que perdone nuestra falta de hospitalidad al no haberle concedido a tiempo la guardia que merece. Tal vez el hecho de presentaros sin ser anunciado haya retrasado dicho trámite.

»¡Cuánto ha debido tardar el séquito asignado para que decidierais moveos solo! ―terminó por exclamar en tono catastrofista. ―En cualquier caso, que no os hubiéramos encontrado hasta ahora es culpa nuestra; pese a lo difícil que nos resultaba imaginaros en un lugar que a la caída del sol está vedado.

»Me avergüenza pensar que esta muestra de confianza que habéis depositado al creer que la guardia os era innecesaria en esta casa amiga se haya podido ver traicionada sin intención. En cuanto a los heraldos, por los cuales también quiero interceder si me lo permiten, deciros que sólo cumplían con su deber. Dudo que estuvieran al tanto de vuestra identidad ―conjeturó el cortesano. Y tras una breve pausa prosiguió hablando, para no dar pie a posibles replicas por parte de nadie.

«Se aventura una fuerte polémica. Sabíamos que esto era algo que tarde o temprano tenía que pasar, aunque nadie esperaba que aconteciera tan pronto y en tales circunstancias. Aún no se han pronunciado los santos padres en lo que a casos como estos se refiere. Poco venturosa resultará esta laguna legal.

»Ahí está, mirándome sin saberse igualmente observado, el ortodoxo capitán que parece haberse autoproclamado de un tiempo a esta parte adalid de la fe. Demasiado hemos tardado en encontrarnos tú y yo; buena cuenta tengo contigo: vivaz campesino venido a más, que conseguiste, con más carácter que intelecto, doblegar la voluntad de dos pupilos míos, habiendo el último de ellos de subir al cadalso sin que esto le otorgase solemnidad alguna. De preveer una mínima parte de lo que te espera empezarías a temer. Pronto, pese a las claras ventajas que la situación te ofrece, conocerás de mi mano nuevas fronteras de dolor. Te arrastraré donde adquiriera otro significado. Y cuando termine de lacerar tu alma y te lo haya arrebatado todo, no serás más que un amasijo de dudas, una paupérrima sombra de ti mismo; vació de espíritu y carente de motivación para seguir viviendo. Si existe un ápice de verdad en esa reputación que te precede, yo levantaré un panteón con las ruinas que hubieran de quedar de ella».