19/1/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 2º pasaje, Cap 6

Garin volvió a excluir al capitán de la guardia eclesiástica, quedando velada su presencia tras un incomodo e insultante silencio que podría haberse atribuido erróneamente al olvido, y cuyo daño se acrecentaba al prolongarse.

―Salvo que vos, claro está, no encontrarais alguna objeción para retener por más tiempo a nuestro ilustre invitado ―puntualizó Garin, aparentando cierto grado de confusión y azoramiento.

―Me temo que, “dadas las circunstancias”, será imposible complacer semejante petición ―respondió el eclesiástico, mostrando sin tapujos su acritud, al tiempo que dejaba en el aire el influjo de una creciente amenaza.

«¿Son esas las pautas que has de marcarte para esta contienda? Intenta valerte de la parquedad si lo crees conveniente, hay mil maneras para hacerte hablar».

―Disculpad mi insistencia, pero, ¿en verdad no creéis que sería más juicioso llevar este asunto con algo más de discreción? ―aconsejó el cortesano, sin que la respuesta anterior dejara marcas visibles en su aparente ánimo.

―No ha de corresponderos decidir o tan siquiera opinar sobre lo que habría o no de hacerse, puesto que, lo queráis o no, estáis por entero a merced de la Fe. El recordároslo no es más que un mero formalismo. Doy por hecho que un hombre como vos, que tiene en su haber tan remarcada veteranía, ha de saber que en este caso no hay cabida para criterios ni puntos de vista. De nada sirve ser conocedor de infinidad de leyes o mandatos, puesto que, aquí y ahora, carecerán de vigencia al entrar en conflicto con un orden mayor. Es por ello que confío en que vos y vuestros subordinados estéis dispuestos a ateneros a razones, y no pretendáis interferir u obstaculizar en esta labor que, aunque os afecta, no os corresponde resolver. De no ser así me veré obligado a recordaros que como poco os doblamos en número, y que la verdad estuvo de nuestro lado desde el momento en que pusisteis un pie en el jardín. Del mismo modo he de advertiros, que hasta el último de los que me acompaña está dispuesto a todo por hacer que se cumplan los preceptos de las Sagradas Escrituras―. Y tras dedicar a su oyente unos segundos de atención, en los que permaneció infructuosamente a la espera de poder arrancar con tan amenazadores comentarios un gesto de sumisión que nunca llegó, prosiguió hablando.

―Y ahora decidme: ¿hago bien en suponer que facilitaréis las cosas? ¿Qué no habréis de incurrir en las tediosas disertaciones que tan erróneamente tienden a sostener vuestros aprendices, motivados por esa vana esperanza que juventud otorga, que los alienta a creer que podrían, con meras palabras, imponerse a una verdad que echó poderosas raíces hace siglos? ―añadió el capitán de los heraldos, haciendo, si cabía, mayor hincapié en lo referente a dicha cuestión.

Tras la invariable e impersonal carencia de matices que denotaba su voz se manifestaba aquel cerco de auto impuesta quietud, llamado a tiranizar el sentimiento suscitado por la circunspecta marea de palabras. Pero aun así se gestaba, bajo aquella fina capa de contrahecha cortesía parcialmente velada por tan fría acritud, una creciente animadversión, que comenzó a revolverse en el interior de la veterana cárcel erigida por sus principios. Cuán espinoso resultaba tratar de paliar la desconcertante impresión que en ellos dejaba la ingrata antinaturalidad de tan cotidiano proceder cuando se entregaban al cumplimiento de lo que la fe dictaba. En estos casos, por extraño que parezca, durante el transcurso de aquellas aclaraciones tan severamente tediosas no ejecutaba el menor movimiento, ni gesto alguno con la cara o las manos, negando a su ser toda expresión ostensible. Las sobrias palabras proferidas por sus labios aparentaba emerger del interior de un caparazón vació y desocupado hace mucho, un caparazón utilizado como recipiente para las fugaces encarnaciones de un avatar que a través de él tuviera a bien transmitir advertencias. Y hasta tal punto trascendió este hecho que no faltó quien sostuviera que aquella túnica roja estaba vacía, y que en el lugar donde debiera estar la cara de su portador se había dispuesto a modo de máscara un rostro humano. Dadas las circunstancias fueron muy pocos los cortesanos que consiguieron ver lo que acontecía al asomarse a las ventanas del alma, tras ese algo recóndito que imperaba en ellas, pero para su desgracia estaba ante uno que sabía mirar más allá.