29/4/09

22º pasaje, cap 7

―Mas es nada en comparación con lo que a la dama le espera, puesto que sobre ella caerá a un tiempo la ira de un marido, el dolor de un padre, la vergüenza y desmedro de todo un pueblo y el peso que La Orden tuviera a bien ejercer en relación a sus faltas. Ante delitos mayores que los de él no tendrá más que desamparo.

»Por lo que puedo intuir la situación está próxima a agravarse, y de ser así, tal vez no tarden en seguir mis pasos, convirtiéndose ambos en un recuerdo ―añadió con gravosa malignidad, como si se regocijara de ser precursor y participe de que hubiera de serles infligido aquel futuro padecimiento.

Fue entonces cuando, aprovechando el intervalo aquella prolífica exposición se vio interrumpida cortésmente con un gesto del cortesano, haciendo valer el permiso que se le confirió, siendo dicha petición concedida con otro gesto de idéntica cortesía.

―Temo no haberos comprendido. ¿Tendríais la gentileza de explicarme en que modo podría ella agravar dichas faltas? ―preguntó Garin, al tiempo que creía dilucidar una realidad destinada a cambiarlo todo.

―En el modo en que difiere la agresión al asesinato ―respondió el heraldo raudo y con aquietada firmeza.

«¿Podría residir algo de certidumbre en lo que alcanzo a intuir?»

―Lamento tener que confesaros que pese a lo clarificadora que pudiera resultar tal aseveración, sigo sin saber a qué os referís ―indicó el anciano, fingiendo total desconocimiento. Algo que le hacía sentir que lo que habría de serle revelado influiría en los acontecimientos.

―Tal vez el hecho de que os personarais posteriormente a la circunstancia de la que se hace alusión os ha predispuesto a defender una causa que desconocéis ―apuntó el heraldo con sarcasmo.

―Permitidme que os prive del desconocimiento si como tal existe, poniéndoos al tanto de que fue la dama, y no vuestro tutelado, la que agredió al que se halla postrado. Es por ello que aún no puede conocerse la sentencia ―argumentó gozoso.

ABANDONAR EL NIDO

¿Qué cuando estaréis preparados?
Cuando la verdad en sí misma deje de tener sentido,
y no sea más que aquello que queráis que sea.

Garin

Y fue así como el eclesiástico le proporcionó, sin tomar conciencia, el instrumento con que someterlo. Cuanto Garin argumentó hasta entonces carecía de esa solidez que el conocimiento otorga. De esta forma, predispuso el destino que el heraldo fuera derrotado por su jactancia cuando más próximo estaba de la victoria. Ebrio de seguridad blandió razonamientos que desvirtuaron la esperanza, una esperanza a la que se aferró con tal firmeza que murió por su mano. Mas privado de tal conocimiento siguió sosteniéndola. Orgullosamente mostraba su cadáver al cortesano, lejos de suponer que su indiscreción le había dado muerte.

Sin que aún se hubiese consumado, Garin pudo sentir las mieles del éxito. Debido a su veteranía, le bastaba una mirada para saber cuán cerca estaba un enemigo de ser doblegado. Y pese a que la contienda había tocado a su fin, la conversación habría de verse dilatada el tiempo que Garin creyó adecuado.

Antes de asestar el golpe definitivo, el cortesano tuvo a bien prolongar el martirio de su adversario hasta que la satisfacción que con ello sintiera, mitigara con creces los trastornos que fueron ocasionados por este encuentro.


ANTE LOS HERMANOS DE LA ORDEN


Libraos de todo obstáculo antes de recorrer el camino. Desconfiad de todo aquél cuyos pasos se vean regidos por la fe, porque un hombre que no piensa por sí mismo puede ser más peligroso que el peor conjurador.

Aunque de algún modo parecen predecibles, son conocedores de lo que de ellos espera, y capaces de relegar cualquier sentimiento en pos de causas lidiadas en su nombre.

Corromped si podéis a aquellos fanáticos, hasta que mueran ahogados por la misma justicia que proclaman.

Garin

26/4/09

21º pasaje, cap 7

―Si tenemos en cuenta que la falta está clara, y que la disparidad de rango no ha de ser lo suficientemente grande entre el Señor de Thárin y el marido de la dama como para que pudiera verse eximido de ofrecer una compensación personal; y siendo un hecho que ambos caballeros son hombres de armas, no se podría dar pie ha que ningún paladín interceda sin que esto se interpretara como un claro gesto de cobardía o debilidad.[1] El heredero de La Casa de Bánum querrá hacer valer su derecho en un duelo que de seguro no será pactado a primera sangre. Y aunque con esto no pretendo desmerecer la validez de vuestro tutelado en el manejo de la espada, éste está muy lejos de llegar a ser tal que pudiera medirse con uno de los héroes vivos de nuestro tiempo. Tal vez el más grande de los paladines que la Fe haya conocido, por mucho que se hubiera acomodado. Es por ello que sólo se pospondrá su muerte. Habrá de ser la misma mano que en otro tiempo tuvo la entereza y el furor para librar a La Orden de su mayor enemigo la que dé raudo cumplimiento, restituyendo indirectamente la sentencia que el edicto ha de negarnos.

»¿No os parece qué una vez más los dioses se prestan ha enmendar errores humanos con una notoria muestra de justicia poética? ―preguntó jactancioso, convencido de que el peso de su planteamiento era tal, que no habría de existir la forma de que se viera recusado, siendo el cortesano el que permaneció en silencio en aquella ocasión.

La prolongación de aquella charla unida al constreñido mutismo que Garin adoptó, fue acogido por el capitán como el preludio de un alzamiento que al precio de su vida le conduciría a la victoria. Una nueva aseveración que venía a proclamar que su alegato era irrecusable. Con cada replica ganaba en confianza, y la bruna sombra de temor que aquel gigante protocolario ejercía sobre él comenzó a desmitificarse, al quedar expuesta de una manera tan perentoria a la luz de lo que le resultaba un razonamiento lógico.«Sigue hablando, que sean tus propias palabras las que me pongan al tanto y tu mera indiscreción lo que termine de condenarte» pensó el cortesano, manteniendo su mutismo.

[1] N. del autor: Pese a la importancia de la ofensa, resulta impropio que alguien de más alto linaje se bata en duelo con caballeros que estén por debajo de su condición, en casos como estos se nombra a un paladín.

23/4/09

20º pasaje, cap 7

―No ha de faltaros razón en buena parte de aseveraciones. Como bien habéis dicho, el breve remanente de vida que os alumbra no vale el llevar a cabo en detrimento suyo, un acto que en verdad os condenaría en exceso. Y tan verdad como esto ha de ser que el que intercedierais movido por el deber os hace participe, pero no responsable.

Después de todo, como referisteis, no sois más que un peón con escasas implicaciones; tan carente de culpa como de mérito alguno.

»Por otro lado y aunque resulte irrefutable que vuestro tutelado obtendrá la inmunidad por lo acaecido en lo que a La Orden respecta no terminan ahí sus faltas. Sólo habrá de quedar exonerado hasta que finalice el Concilio. Cuando esto ocurra se abrirá la veda, y aunque mi tiempo de cazador hubiera expirado, el Señor de Thárin no se verá favorecido por el cambio, puesto que él designado a ocupar mi lugar traerá idénticas intenciones, y una motivación mayor que la que me estaría permitido albergar.

»Sabed que aunque el castigo que sobre él se avecina no diferirá del que La Orden le hubiera impuesto, si lo harán los motivos que lo condicionen a ello, ya que estos serán más vergonzosos, y la muerte que ha de aguardarle menos piadosa que la que yo le habría otorgado.

»¿Quién desconoce que el daño infligido al que se pretende ajusticiar suele ser más remiso y acerbo cuando el deber de dar muerte viene ligado a la necesidad moral de hacerlo? Bien es sabido que todo marido tiene derecho a salvaguardar el honor si intuye que éste pudiera estar viéndose dañado o quedando su reputación en entredicho, mas si su esposa es vista de noche y a escondidas con otro caballero este derecho ha de tornarse deber, y todo hombre que se precie de serlo se hace valedor de los medios a su alcance para limpiar tal afrenta. Y como bien habréis podido apreciar nos encontramos ante uno de estos casos en el que se reúnen diversas particularidades, haciéndolo para vuestro tutelado tan insólito como contraproducente.»Pese a considerarme bastante ducho en cuanto se refiere a este tipo de leyes vos habréis de saber de ellas más que yo, por ende no os privéis de corregirme si en algo creéis que errara ―puntualizó el capitán en mitad de la charla, antes de entrar a profundizar con más firmeza.

20/4/09

19º pasaje, cap 7

»De todas formas si queréis que con un poco de sangre lave esta ofensa me ofrezco a dárosla, y si no, decid el lugar y la hora y que las espadas de nuestros paladines busquen la verdad en un encuentro a primera sangre ―se lanzó a decir el cortesano, restándole toda la importancia posible a los planteamientos que el mismo aportaba para dirimir la contienda, como si todo lo demás hubiera quedado atrás zanjado con firmeza.


SÓLO UN CAMINO CARECE DE GLORIA


Poca diferencia puede hallarse entre dos contendientes entregados por entero a sus respectivas causas.

No sólo la victoria es digna de alabanzas. Si se luchó con coraje, la derrota como tal no existe.
La vergüenza, sin embargo, sólo está reservada para los que sucumben al miedo, que retroceden o se rinden, eligiendo dicha vergüenza como una lastimera alternativa a la muerte.

Súlian de Edar


Y fue así como la animadversión que lo predispuso a dar muerte al anciano sucumbió bajo un interminable cúmulo de razonamientos, razonamientos que aunque lo condicionaron a desistir, no le hicieron doblegarse o mostrar cordialidad. Y lejos de lo que podía esperar, tras sopesar las palabras de Garín, el heraldo se vio amparado por cuantiosas verdades de cosecha propia, y que no sólo secundaban los criterios del cortesano, puesto que de igual modo trajeron consigo nuevas perspectivas que, por otros caminos, podrían desembocar en el cumplimiento de sendas sentencias. Ante semejante posibilidad cuanto derrotismo sentía quedó atrás, y henchido de esperanza, con el espíritu renovado, se valió de ellas para presentar batalla.

Abiertamente se mostró altanero. Se autoproclamó caudillo de conceptos, y tal fue su fervor, que sólo la arrogancia tuvo cabida en sus maneras; haciendo gala de uno de los preceptos iniciales del libro sagrado “Los Senderos de la Fe”: “Por numerosos que fueran los obstáculos en su camino, la justicia siempre habrá de remontarlos sin perder su cauce”.

17/4/09

18º pasaje, cap 7

»Si lo pensamos bien ni tan siquiera en la venganza podríais escudaros, porque nada hice para merecerla. No ha de atribuírsele a mi persona el mérito de haberos derrotado, puesto que correspondió desde siempre a esa misiva que tanto veneráis. Y que sería vuestra si decidierais vivir.

»Sea como fuere, creo que podréis regocijaros, pese a todo, ya que supongo que no habría de serme difícil convencer al Señor de Thárin para que, aún después de muerto, os la cediera a tiempo para que fuera quemada junto con vuestros restos ―explicó Garin sirviéndose de venenosos criterios que, pesar de su crudeza, no pudieron ser censurados al hallarse amparados por la verdad. Y todo ocurría sin que en ningún momento se quebrantase el vínculo que, de un tiempo a esta parte, se creó entre sus miradas.

―¿Tan seguro estáis de la carencia de motivos por los que debería privaros de la sangre? ―interrogó el capitán rebosarte de acritud.

―Tanto que si me dais una sola razón amparable en las leyes por la que habría de dárseme muerte, a causa del modo o maneras que para con vos he demostrado, yo mismo evitaré, aquí y ahora, que tengáis que ensuciar con mi sangre las manos de aquél que hasta este día ha contado con una inmaculada reputación ―se apresuró a responder Garin con total convicción. ―Nada podríais achacarme que hubiera de ir más lejos que una satisfacción de sangre, por haberme atrevido a tocaros para evitar que os deshonrarais.

14/4/09

17º pasaje, cap 7

«Queda claro que tu fanatismo te exonera de todo miedo a morir, y que la vida de los demás te importa menos que la tuya propia. Ya conozco tus virtudes y defectos. Quieran éstos seguir conduciéndome de la mano, ahora que me hallo a las puertas del recóndito lugar donde se esconde tu debilidad.

»¿Quieres argumentos?, pues yo te daré tantos y tan convincentes que no habrás de existir para ti nada más verosímil que las razones que habré de ofrecerte»―Todo religioso, incluso antes de ser ordenado, sabe de que la vida no es el bien más preciado que puede perder. Recordad que pese a vuestras faltas aún sois paradigma de virtud. Un heraldo que mostró tal rectitud que se hizo merecedor de portar el ojo de dioses. Es por ello que no debéis olvidar que por breve e insignificante que la vida de este hombre que tenéis ante vos pueda pareceros, tan cargada de años y exenta de virtud, tan flemática o ajena a las emociones, una vida que al fin y al cabo habría de estar tan carente de valor que, a nadie, ni tan siquiera a él mismo le importaría que le sobreviniera o no la muerte, es este hombre, pese a su insignificancia, el que habrá de arrastraros a vos si levantáis vuestra mano contra él. Si os entregáis a la sencilla labor de ejecutarlo sin contar con un “por qué” que lo justifique, estaréis escupiendo con bellaquería sobre los ideales por los que habéis vivido, y todo el sentido que hasta ese momento hubisteis de dar a la justicia moriría con él. Y dado que sabéis también como yo que ese “por qué” no existe, y que ni aún uniendo todas mis faltas tendríais una que me hiciera merecer que mi sangre fuera derramada en tal grado, creo que puedo estar tranquilo, y sentirme sabedor de que no habrá de ser el heraldo que tengo ante mí el que hoy ponga fin a mis días; aunque me resulta imposible aventurarme a ofrecer un criterio similar en lo que a vuestro “yo” primitivo se refiere.

12/4/09

16º pasaje, cap 7

«La sucesión de latidos empieza a amainar; el espíritu se aquieta. La presión sobre la empuñadura disminuye, y, pese a no deshacerse la presa, el forcejeo se atenúa. Comienza a dar muestra de su declive. Es el momento propicio para que vuelva a hostigarlo con comentarios que poco habrían de diferir con la sobria severidad paterna».

―¡Moderaos capitán!, ¡de sobra sabéis que la espada nunca estuvo destinada a solventar tales causas! ―interpeló el anciano. Y tras mantenerse unos instantes aferrado de forma preventiva a su brazo se desligó de él sin apartar la vista, para desandar los dos pasos que representaron el origen de las hostilidades. Sin embargo, y aun apaciguada considerablemente, la tensión se mostraba más reacia a desaparecer de lo que cabría esperar, dejando ver que aparte de los motivos evidentes había algo que el cortesano no supo apreciar. Pero aun así se mantuvo allí, mostrando, pese a lo palpable que resultaba su indefensión, la más circunspecta actitud, sin que por ello el arresto se viera desvirtuado.

―Antes, cuando jactancioso y ajeno a todo comedimiento impartisteis vuestro criterio sobre cómo habrían de castigarme, afirmasteis que sea como fuere yo ya estaba muerto. Pese a que conozco cada código, cada precepto, e incluso cada nueva acotación hecha en los textos sagrados, no pienso aseverar o desmentir ese axioma que con tanta seguridad habéis tenido a bien desvelarme. Mas supongamos por un instante que estáis en lo cierto, y que en realidad gozáis de una visión tan clara de mi destino. Y siendo así decidme: ¿qué habría de impedirme arrastraros conmigo? ―interrogó el heraldo con sorna, dando pie a que las palabras dejaran a su paso el amargo regusto de una latente amenaza. Una amenaza que se mantuvo suspendida en el aire y en todo momento ratificada por su expresión corporal, ya que éste, ahora conscientemente, se aferraba de un modo tan relajado como resuelto a la empuñadura.

10/4/09

15º pasaje, cap 7

«Deja que el rencor fluya más y más hasta alcanzar su cenit, puesto que habrá de bastarme sobrevivir al arrojo del primer envite. Una vez conseguido, sólo me restará instarte, con comentarios que se tornaran en pernicioso remedio, para que el plazo de desgobierno se vea considerablemente acortado, estando la vuelta de la razón tan teñida de culpa y remordimiento por el agravio que tus acciones infligieron a preceptos propios y ajenos, que aquejado de estos males tu voluntad sucumbirá con docilidad ante ellos».

―¿Desde cuándo habéis dispuesto, La Orden o vos mismo, tomar como precepto el castigar verdades? ―inquirió Garin sin demostrar más agitación que la que pudiera atribuirle el forcejeo. Y aunque al igual que en ocasiones anteriores toda réplica le estuvo negada, logró, al entrar en contacto con una razón que trataba de reconquistar un territorio que momentos antes cedido, que el reducto de inquina que se exponía en sus ojos se diluyera paulatinamente. La situación se mantuvo, y en tanto que el heraldo intentaba dirimir aquella contienda personal, entregado a ahuyentar, pese al dulzor de su llamada, los dictados concebidos por el instinto, Garin conservó trabada la mano que sostenía el arma, al tiempo que permanecía expectante, llevando un control preciso y exhaustivo de cómo oscilaban las emociones en el rostro de su adversario. Y aunque el sentimiento de animadversión se imponía, mostrándose como la nota dominante, descubrió que no perduraría al carecer de sustento. Era bien sabido por el anciano que en todo proceso de transición emocional es la duda la que impera si está implícita en él. Aquejado el individuo de tan ominosa sensación termina por perder el arrojo, al tiempo que atormentado por la vergüenza de haber llevado a cabo actos tan irreflexivos, adquiere un desmedido sentido de la sensatez que, en ocasiones, los predispone a mostrar una mayor mansedumbre.

8/4/09

14º pasaje, cap 7

―Cuidaos del influjo que la ira ejercer sobre vos. Haced acopio de estoicidad y confinadla en el lugar más recóndito que hallarais en vuestro interior, ya que apartándola imposibilitaréis que os humille campando a su antojo. Así solo le seria posible recorrer el angosto camino que la conduciría al exterior, cuando la voluntad no hubiera de ponerle impedimento alguno o, los dioses no lo quieran, tuvierais que valeros de ella para dirimir una verdadera afrenta ―expuso Garin, pese a las advertencias y sin el menor comedimiento. Fue esta perentoria conjugación de criterios y maneras, tan impregnados adrede en ominosa ironía, lo que propició que el heraldo se dejara guiar por el impulso que habría de condicionarlo a dar fiel cumplimiento a la llamada que su lado primitivo hizo a la sangre. Y con cuanta determinación se vio predispuesto se entregó a privar, de un rápido y enérgico tirón, la espada de su vaina. Mas cuando la hoja se hallaba próxima a ser liberada el intento se vio frustrado por el cortesano, el cual, con ambas manos y echando el cuerpo, la restituyó a su lugar de origen. Sin embargo, y pese al desconcierto, el capitán no cejó en su empeño, e infructuosamente trató de zafarse de su oponente. Y fue durante el breve intervalo, en el que ambos se debatieron por hacer valer sus propósitos en tan impropia pugna, cuando el cortesano tuvo a bien dirigirse a su contendiente sin apartar la mirada, y con palabras en las que imperaba un apremio carente de temor.

6/4/09

13º pasaje, cap 7

Pese a dar la firme impresión de que a Garin se le iba la contienda de las manos innecesariamente, o que desconocía lo cerca que estaba de convertirse en la inminente víctima de uno de aquellos repentinos brotes de irracionalidad que amedrentaron a algunos y privaron de existencia a otros, no era así. Hasta tal punto creyó tener, desde que se perfilaron los primeros indicios del rencor, plena conciencia del modo en que debía de llevarse esta situación, que no sólo optó por mantenerse al tanto, siguiendo encarecidamente su progresión, sino que se entregó con metódica determinación a contribuir en su desarrollo. Y así fue como valiéndose apenas de un puñado de alusiones, encausó sus formas e instigó al inherente mal que en él moraba, para que en ningún momento se viera truncado tan prospero crecimiento.

Lejos de amilanarse y fiel a la aplicación de unos procedimientos tan eficaces como poco ortodoxos, el viejo cortesano hizo desaparecer, en apenas un par de pasos y sin perder el contacto visual, la distancia que los separaba. Con aquel gesto, primero de otros que habrían de sucederlo, se ponía de manifiesto todo un alarde de la más calmosa sobriedad. Y fue cuando el trayecto difícilmente hubiera podido ser más corto, que dejó que sus fríos y huesudos dedos descansaran con convicción sobre el anverso la mano que sostenía la espada.

Un gesto que no estaría exento de contrariedad, pese a que dicha contrariedad guardó más relación con el descubrimiento que hizo por medio de él, que con la repulsa sentida por tan inapropiada toma de contacto. Y mientras se bandeaba a merced del desconcierto en mitad de aquel alubión de dudas descollaron varias ideas, condenadas a mantenerse a la espera de saber cual acogería como valida, siendo una de las que más se perfilaba para ello, la que afirmaba que aquella acción involuntaria no era más que una sutil arenga de los dioses para librar a la Fe de tan pernicioso elemento.

«Esto ya dura demasiado, y es mi paciencia la que empieza a agotarse. Me obligas a adoptar medidas drásticas ante situaciones que debieron caer por su peso.
»Acabemos de una vez».

4/4/09

12º pasaje, cap 7

«Apenas un paso y terminará tu angosto camino. Y cuando estés al borde del abismo yo estaré allí para ofrecerte un incentivo que no hallaras en ti mismo».

―Sabed que sí por el motivo que fuese lo considerarais adecuado, ni tan siquiera tendríais que hacer referencia de ello, con un simple adiós salido de vuestros labios haríais que cada segundo de esta aciaga noche se tornará en un mal sueño, que con el devenir del tiempo dejaría de tener cabida en la memoria ―expuso Garin, brindándole una salida relativamente digna. Y pese a que fue su propio interés lo que motivó la búsqueda de un acuerdo que no se hallara exento de sensatez, no hizo más que inducir al heraldo a abjurar aún más de perentoria anexión de criterios. Hasta tal punto fue así, que cada una de las insinuaciones que conformaban esta propuesta lapidaron salvajemente el ánimo y la quietud de aquel irascible instinto, acrecentado su ira cuando se hallaba próxima a tomar una forma definida.

―Tal vez, al igual que en ocasiones anteriores, queráis achacar las ofensivas incoherencias diseminadas a lo largo de vuestra amplia exposición a otro de esos repentinos ataques de ancianidad de los que antes os lamentabais con viveza. De ser así, y por consideración a tan desapacibles trastornos que tan molestamente vienen y van, me mostraré para con vos más paciente, aunque también más claro.

Debido a las circunstancias, quiero hacer especial hincapié en un punto que se ha de considerar vital. No deseo, ni estoy dispuesto a consentir, que sigáis dándome vuestra opinión en lo que respecta a mi persona. Y es por ello que quiero pediros encarecidamente que hagáis cuanto vuestras insuficiencias os permitan para recordar esta petición como si de un precepto se tratara.

»Sabed que, pese a lo arduo que pudiera pareceros llevar a cabo semejante ejercicio de concienciación, seria muy acertado por vuestra parte que os entregarais a él respetando mi voluntad, ya que con esto no sólo daréis pie a que las negociaciones lleguen a buen término, sino que además se impedirá que, consciente o inconscientemente, sigáis tratando de escudar o empequeñecer las faltas de vuestro tutelado o de la dama al compararlas con las mías. Tenéis que entender que me sería muy difícil contenerme si proseguís con la exposición de conceptos y criterio que, a mi modo de ver, resultan tan mezquinos como inconsecuentes ―aclaró el capitán, al tiempo que dejaba entrever que, tras la ominosa quietud de su acusado cinismo, no existía más sustento que el de unos ánimos enervados por el pernicioso efecto que sobre ellos ejercía la furia, furia que al no hallar acomodo en su cuerpo lo hacia estremecer.

2/4/09

La clausula de lo portadores del ojo de dioses (Apéndice)

Pese a ello, y lejos de que les fuera ofrecida algún tipo de inmunidad, debían cumplir castigo por las faltas que sobre estos hubieran de pesar. La única diferencia es que en según que casos se purgaban de otra forma. En éste en concreto podría serle aplicada la mayor de las penas que se le infringía a uno de los escogidos, la cual no era otra que la muerte social.
Durante un ritual que ha de allbergar cierta similitud con el que se le realiza a los enemigos de la Fe en el que se procede a la excomunión antes de darles muerte ; estos son desposeídos del don, previa amputación del brazo que posee la marca, de este modo, le es restituida parcialmente su humanidad. Y a excepción de dicha fe, se les obliga a dejar atrás todo aquello que de alguna manera estuviera ligado a cualquiera de sus vidas pasadas.*
A cambio del cumplimiento de estos requisitos se les ofrece un nuevo comienzo privado de dignidad, en el que habrán de dedicarse íntegramente a la redención.

A pesar de su escaso numero, pueden hallarse en alguna de las colonias más alejadas del continente, algún que otro sacerdote que, lisiado y relegado de cargo, deambula cumpliendo sus muchos quehaceres. De este modo la indirecta exposición de su vergüenza es menor y habrá de estar mejor avenida, debido al hecho de que sólo habrá de hacerse extensible a los escasos desconocidos que compartan con él este recóndito lugar por motivos similares. Y si por algún casual alguien cometiera la indiscreción de preguntar por él, al tomar conciencia de su prolongada ausencia o incluso sabiendo de su paradero, o hubiera de aludir a su persona, se haría referencia con visible severidad que aquel que portó del ojo de dioses ha muerto.

*(2) N. del autor: Cuando un aprendiz toma los votos pierde todo vínculo con sus orígenes y familiares empezando desde cero una nueva vida; y del mismo modo ocurre con los que son desbeatificados.

31/3/09

11º pasaje, cap 7

»En estos momentos tendréis la cabeza atestada de preguntas. Preguntas que con facilidad contestaríais si vuestro temperamento no os obligara a abdicar de la razón, para convertir algo tan simple en un notable dilema moral. Preguntas tales como: ¿Tiene algún sentido que dirimamos un caso que podría zanjarse con sencillez? ¿En verdad este error merece tal castigo? ¿Qué después de una vida de abnegada dedicación, vuestra existencia a quedar supeditada a la crueldad que el destino quiso mostrar contra vos esta noche? ―inquirió Garin en una brevísima pausa, que apenas duro el tiempo de percatarse de que no recibiría respuesta alguna.

«Pese a su insólito aguante los signos se acentúan. Bastará con que la presión se mantenga».

―No seáis necio, capitán, y daos la oportunidad de lidiar causas que se presten a ser defendidas. Evitar el castigo posibilitará nuevas victorias, y éstas, junto con el pasar del tiempo, os ofrecerán oportuno consuelo.

»Creedme cuando os digo que por exacerbada os parezca la impotencia ligada a vuestra alma, es un sentimiento pasajero. Un sentimiento destinado a desaparecer o cuando menos a atenuarse, al asumir que la derrota fue desde siempre un hecho. Nunca estuvo condicionada a que obrarais de un modo u otro. La mera existencia del documento hacía que la contienda estuviera perdida de antemano; y nadie que como vos se hubiera regido por lo que está dictado, habría salido indemne ―aclaró el cortesano, expresando, de un modo tan distendido como conciliador, criterios que, veraces o no, se prestarían a desavenencias.Mas en esta ocasión, el hecho de que Garin estuviera versado en cuanto tenía que ver con las leyes, fueran o no eclesiásticas, no lo proveía del conocimiento adecuado. En cualquier caso, resultaba más que improbable que supiera de la existencia de una cláusula que, por la carencia de su aplicación y la privacidad con la que se llevaba a cabo, era poco conocida incluso dentro de La Orden. Dicha cláusula eximía de la muerte física a los que alguna vez portaron el ojo de dioses, debido a la implicación que en vida tuvieron con lo divino.(Apéndice)

29/3/09

10º pasaje, cap 7

«La respiración se agita, el rostro se vuelve rígido, su atención se pierde al mirar sin ver nada. Pese a su reticencia, está inmerso en los mensajes ofrecidos por sendas conciencias, y acumula ingentes cantidades de rencor. ¡Reacciona maldito seas!»

―Mas aun así, y pese a ser conciente de cuanto os he referido, estimáis acertado obviar mis palabras ―constató Garin manifiestamente atribulado.

»Puesto que no me da la impresión de que lo hagáis por eludir el enfrentamiento, tal vez sea más correcto pensar que estáis llamado a creer erróneamente que la estoicidad que tratáis de adoptar habrá de engrandeceros, mostrándoos como un ser virtuoso y sin tacha, víctima de adversas circunstancias. Más si así fuera, poco influiría ante ellos o ante mí. Por mucho que aguantéis el temple o mantengáis esa mirada de escepticismo, la ley está escrita. De hecho, y teniendo en cuenta la inmunidad que el caballero Sionel posee a día de hoy, creo que más que probable que lo eximan de sus faltas para atenuar de algún modo la afrenta que vuestro desconocimiento le confirió. Sin embargo esto no habrás de exoneraros, apenas corroborará ante los que serán vuestros verdugos que dicho gesto carecía de premeditación. No obstante, pese a la ausencia de intención, el agravio permanece y os declararan culpable.

»Creo poder aseguraros, remitiéndome a mis conocimientos, que las más altas cotas a las que aspirareis en el supuesto de que asuman la falta de premeditación, no serán otras que las de redimiros de cuanta indignidad precedería a la consumación de tan perentoria sentencia. Y si tenemos en cuenta que la muerte no es algo que suela resultar grato o cuando menos indiferente, doy por hecho que nadie que no tuviera por costumbre contar la vehemencia entre sus virtudes, afrontaría tan aciago destino con total indolencia. Es por ello que me inclino a pensar que sabéis interiorizar magistralmente la inquietud, al tiempo que os valéis de tan silencioso desdén para prestar mayor atención al cúmulo de pensamientos que estaréis tratando de poner en orden.

27/3/09

9º pasaje, cap 7

―Agradezco la atención prestada a mis circunstancias, mas no olvidéis que estáis aquí para defender a vuestro tutelado. Es por ello que os recomiendo que os limitéis a cumplir con dicha labor, y obviéis lo que yo hiciera o dejara de hacer. Me basto y me sobro para entender y asumir mis faltas, y cuando llegue el momento no tendré reparo en responder ante quién deba hacerlo.

»¿Me he expresado con suficiente claridad? ―inquirió el heraldo, desplegando cuanta arrogancia se vio condicionado a exteriorizar. De esta forma le negó el proferir palabras que, pese a lo hiriente de su influjo, no traían más que sinceridad, siendo su incesante exposición a ellas lo que propició que volviera a aflorar aquel instinto adormecido. Un instinto que estuvo condenado a asentarse sobre los cimientos de aquella irremisible sensación de impotencia. Y sin que se percatara de ello, el rencor guió subconscientemente la mano que hubo cernirse sobre la empuñadura de la espada con una firmeza del todo impropia.

«¡Me amenaza! ¿En verdad vas a sucumbir tan pronto? Ni tan siquiera eres consciente de lo próxima que está tu voluntad de romperse. La siguiente embestida habrá de decirme con relativa certeza cuán cercano te hallas del abismo».

―Viendo que me habláis de ese modo, no puedo evitar preguntarme si en realidad sois consciente de las repercusiones que podrían haberle sido atribuidas a la consecución de unos actos que gracias a mí providencial intervención no fueron llevados a cabo, ya que, por varias razones que no habré de enumeraros, no sólo habría imperado la carecía de sentido común, sino que como tal atentaría contra él directamente. Vos mismo, sin pretenderlo, habéis estado a punto de atentar, con una gravedad difícil emular, contra esa misma fe que con viveza defendéis. ¿Os habéis parado a pensar en cuantas veces mayor habría sido el pecado de dar muerte al portador de un edicto, que el de que éste, por las razones que fueran, se hallara en un lugar indebido? ―preguntó el anciano, con palabras que se disiparon en un silencio que trajo consigo una acompasada negación. Y siguió hablando, aun sabiendo que no encontraría respuesta alguna.

25/3/09

8º pasaje, cap 7

«¿Tratas de eludir mis requerimientos?»

―Estos factores no os son ajenos, ¿verdad? ―inquirió con una sobriedad carente de matices. Pero lejos de ofrecer respuesta a tan capciosa pregunta, el heraldo se limitó a mirarlo con relativo desdén antes de apartar el rostro y proseguir la marcha.

«¿Realmente crees que escudándote en la aridez del silencio eludirás mis envites? No preciso de tus palabras para seguir hiriéndote, sé de ti lo suficiente como para hacer, con tu aportación o si ella, que tu padecer se haga interminable».

―No contestéis si no lo estimáis adecuado, en casos como este tendréis el respaldo de un silencio que podrá hacerlo con diligencia por vos ―aclaró Garin, complacido por la irreverente tosquedad con la que se expresó una repulsa tan impropia como verosímil.

«¿Tratas de omitir a regañadientes la realidad?, ¿o es que en verdad deseas inmolarte junto con ellos y tus principios? ¿Es posible que el fanatismo expuesto no sea, como pensé, fruto del artificio, y esté fundamentado en sólidos valores morales que han de importarte más que la propia existencia? Sea como fuere adquiriré adecuados tintes de conciencia. Me anexionaré, al tiempo que busco el lugar más propicio donde aceptarte el golpe, a esa voz interior que te niegas a oír».

―Como os decía, dudo que se os pasara por alto el que, pese a ser vuestros hermanos quienes sopesen las faltas y evalúen el castigo, no sólo no quedareis exento de su imparcialidad, sino que esto acrecentará, si cabe, el veredicto por el mero hecho de ser uno de ellos ―explicó sosegado a modo de advertencia, imbuyendo cierta dosis de realismo a la conversación, al tiempo que se escudaba en lo que podría parecer deferencia para arremeter contra él, para blandir con maestría el intangible dedo acusador que lo señalaba como el principal responsable: pero al igual que la vez anterior, explicaciones y consejos estuvieron destinados a caer en saco roto.

23/3/09

7º pasaje, cap 7

En apenas un instante se vio mortificado por un significativo número de especulaciones que terminaron por convertirlo en la víctima de su propia desazón. Instante en que la ausencia de seguridad disfrazó la duda de realismo, y arrastrado por esa sensación contempló con ojos derrotistas las escasas posibilidades de salir airoso. Mas aún al corriente de cuantos impedimentos, justificados o no, se amparaban en dicho realismo, era una batalla que no podía eludir. Y es por ello que acunados los temores de tan maltrecha conciencia se entregó a su deber, a retomar los pasos que habrían de llevarlo a recorrer la senda, siendo lo más insólito del retorno el encontrar en la adversidad un poderoso aliado. Sólo la aprensión al ridículo y el odio que le profesaba por lo que le hizo sentir, le insuflaron las fuerzas para mantenerse firme en tan desfavorable circunstancia. Circunstancia ante la que optó por acogerse a los dictados de la fe, juzgándolos una verdad incuestionable.

―En las sagradas escrituras, como supongo sabréis, nos es revelado que, exceptuando a los ilustres padres de nuestra Fe, todos somos iguales ante los dioses ―respondió, obligándose a mostrar la tranquilidad del que posee una total convicción.

Garin encajó la impersonalidad de aquella cita costumbrista con una socarrona sonrisa, sonrisa que, al tiempo que reflejaba su desacuerdo, exponía un mudo reproche.

Tras de aquello, Garin lo invitó a apartarse del resto. Dado el cariz que el asunto empezaba a tomar, optó por otorgarle la privacidad que como tal requería.

«La pobreza de tu alocución no hace más que corroborar cuán próximo estas de la caída. Estoy cerca. Apenas derribar unas cuantas barreras y tu voluntad quedará supeditada a la mía».

―Sobradamente conozco y respeto lo escrito en los sagrados textos, mas supongo que coincidiréis conmigo en que al igual que lo que nuestra doctrina nos dicta, existe una jerarquía que va unida a la ley de los hombres, y que también estamos obligados a acatar. Vos, al igual que yo, conocéis dichas leyes, y es por ello que confió en que entendáis lo que voy a deciros sin que creáis ver en mis palabras el más leve indicio de herejía: Sería conveniente que os pararais a pensar que no serán los dioses, ni los santos padres los que habrán de juzgaros. Os digo esto porqué a lo largo de la conversación he podido recolectar evidencias más que suficientes para confirmar, sin temor a errar en mi criterio, el grado de conocimientos con el que contáis en lo que se refiere a los parámetros a seguir a la hora de dictar las leyes. El cual ha demostrado ser lo bastante amplio como para que no supierais cuán contraproducente sería exponer íntegramente el caso. La escasez de dudas en lo que a este asunto se refiere me impide, valiéndome del raciocinio, concebir el enfoque que le queréis dar ―dicho esto, el cortesano hizo un alto en el paseo que fue secundado por su acompañante; y pese a ser inducido por distintas razones, este hecho propició que ambos se buscaran con la mirada, y cuando esto tuvo lugar el anciano volvió a dirigirse a él.

21/3/09

6º pasaje, cap 7

Pese a llevar a cabo su cometido de un modo tan parco, no era por hallarse falto de sentido común o carecer de retórica para validar sus acciones, sólo lo creía fuera de lugar. Para él la validez de los hechos hacía que el verbo dejara de tener cabida. Es por ello que, manteniéndose fiel a la rudeza que este criterio exigía, se dedicó a exterminar a todo furtivo que cayó en sus manos; y aunque en principio la toma de medidas tan drásticas fue acogida favorablemente, no tardó en levantar subsiguientes polémicas cuando, para sorpresa de muchos, empezaron a engrosar en el memorial personajes que gozaban de relativa importancia. Aun así, el capitán se las arregló para hacer ver que su intervención se hizo necesaria en cada caso. Desmitificó dichas muertes escudándolas en argumentos o pruebas que no siempre fueron fidedignas.[1]

El que se hallara lejos de prever el inherente potencial que el cortesano tuvo a bien mantener soterrado, no hizo más que propiciar la crecida de un desconcierto que lo sumió en un estado de aturdimiento transitorio, estado en el que, sabiéndose preso de las circunstancias, se limitó a contemplar como era eclipsado por la temible sombra que sobre él proyectó con su despertar aquel gigante protocolario. Tan desalentadora fue la primera toma de contacto con aquella evocadora soberbia que, junto a la parca agudeza y el relativo comedimiento del decrépito álter ego que el anciano dejó atrás, se marchitó la validez de cuantos preceptos se establecieron en la charla anterior.
EL PESO DE LA EXISTENCIA

Sintió como una a una se cerraban las puertas al desandar lo andado.
Sintió el deseo de respuestas, pese a que con cada pregunta no hacía más que evocar la necesidad de plantear una docena de nuevas cuestiones.
Sintió que se encontraba ante un principió más escabroso y desalentador que el peor de los finales que hubiera podido imaginar.


Lanaiel

[1] N. del autor: Pese a que dicha medida estaba tipificada de un modo un tanto genérico a criterio de muchos, se había presentado recientemente al respecto, por parte de los nobles, una moción de censura a la espera de saber si había sido acogida, debido a la carencia de víctimas ilustres que con su muerte o absolución pudieran corroborarlo.

19/3/09

5º pasaje, cap 7

Veteranía y una firmeza nada común, atemperó las consecuencias de quedar expuesto al influjo de un hombre que con su mera presencia subyugaba voluntades. Su estoicidad impidió que sucumbiera, mas se resintió ante tal acometida. Al llegar a este punto, no le quedaba otra opción que procurar que aquel menoscabo, pese a producirse, no se diera a conocer. Sin embargo, por más encomio que puso, no consiguió reprimir esa huella de indefensión, una huella que antes de ser abatida logró arrancarle traidoramente un escalofrió que, pese a su levedad, no pasó desapercibido. Cuán difícil resultaba para el capitán asimilar tal brote de indefensión, y más cuando era impuesto por un hombre desarmado y próximo a doblarle la edad. Debido a la homogeneidad social de su adversario, y que el asunto se viera condicionado por un cúmulo de factores adversos, la situación se complicaba, imposibilitando que se dirimiera ejerciendo sobre él el peso de una autoridad que por costumbre impartía con el filo de la espada.

PIEDAD

¿Qué habría de importar lo que dijéramos o pudieran decirnos si el hecho de encontrarse en el jardín los condena? ¿No te das cuenta de que al oír sus suplicas les concedes la falsa esperanza de que podrán vivir? Has de saber que todo lo que no implique darles muerte en el acto de la forma más indolora posible, representa para con ellos un gesto de crueldad.

Reprimenda que el capitán dio a uno de los acólitos tras ajusticiar a un infiltrado.

17/3/09

4º pasaje, cap 7

―Palabras, muchas y muy bien expresadas en diversos aspectos, mas no por ello os figuréis que se antepondrán a la realidad, la cual no es otra que la de que ambos han cometido una falta cuya gravedad tiende a penarse con la muerte ―indicó el capitán sin amedrentarse, aunque no dejaba de ser cierto que el cambio en el anciano, que seguía mirando la partida de su tutelado ofreciéndole indecorosamente la espalda, despertó cierta desazón.

MALHADADO INFLUJO

Y quiso el infortunio que las palabras se convirtieran en un desatinado soplo de viento, que lejos de extinguir la llama de su interior la alentó a crecer, a revolverse embravecida contra todo lo que no gozaba de su aprobación.


Súlian de Edar


―¡¿Insinuáis que la heredera de Bánum y el Señor de Thárin merecen ser ajusticiados como vulgares rateros?! ―exclamó el anciano, volviéndose para recriminar con vehemencia un comentario que consideró demasiado a la ligera. Fue entonces cuando la hostilidad hizo su aparición en la salvaje mirada del cortesano. Hostilidad que evidenció de un modo categórico su sentimiento de supremacía. Aquel adversario aparentaba, pese a sus años, la entereza de un inquebrantable muro. Un muro en el que a simple vista no se apercibían las fisuras comúnmente producidas por debilidades humanas. Por más que se le escrutara no hallarían en él indicios de duda o miedo, ni tan siquiera la inquietud propia de todo el que estuviera en proceso de dirimir un encuentro como éste. Mas la transfiguración de su rostro no sólo aseveró la inherente sobriedad de sus maneras, expuso odio, un desmesurado odio que, sin llegar a pronunciarse, se dejaba ver más allá de unos reproches endulzados por la ejemplaridad de sus maneras.

15/3/09

3º pasaje, cap7

«Contrariamente a lo que quieras pensar, y pese a tu rabia, eres presa del desconcierto, muestra inequívoca de que mis coacciones surten efecto. Es el momento idóneo para sentar las bases, y que más de un concepto te quede claro».

―Hasta cierto punto es comprensible que mis palabras os hagan reaccionar de ese modo; que no me conocéis es un hecho que vuestras acciones aseveran por sí mismas. Tal vez sea lo que os predispone a pensar que intento importunaros, mas debéis creerme cuando os digo que me limito a constatar lo fehaciente. Nada en este instante está más lejos de mi intención.

Debéis relajaros, evitar que el hecho de que estemos aquí para litigar coarte vuestra quietud o violente el espíritu. En cualquier caso, dudo que el encuentro se prolongué lo suficiente como para que deje de ser llevadero. Asumo que sois un hombre inteligente, de los que no buscan lo que no desean encontrar; algo que nos beneficia a ambos. Y en lo que a mis actos se refiere, sabed que no suelen prestarse a confusión. Si en algún momento mi intención fuera molestar o dañar, la acción que emprendería seria tal, que los lamentos no daría pie a equivoco.

»¡Pero qué barbaridades digo!, seguro que nos entendemos bien. Aun así, y en pos de un mayor entendimiento, convendría que supierais algo de mí, algo que de seguro no os agradará, mas no por ello tendría que condenarse a la omisión.

Deploro comunicaros que no poseo esa humilde bondad que tan alegremente ha querido derramar sobre vos mi tutelado. Mis virtudes, como apreciaréis muy pronto, son otras. Y de ningún modo tengo por costumbre aferrarme a la corrección hasta el punto de que ésta me impida desestimar verdades que favorezcan mis causas.

»Como bien sabéis soy su tutor, y no me debo a criterios sino a deberes. Es por ello que estimo conveniente el pediros disculpas de antemano, por si se da el caso de que mi carácter, o esa sinceridad impropia que a veces tiendo a adoptar os incomodara ―expuso el cortesano, haciendo que las palabras que conformaban tan sofisticada telaraña de coacción se enlazara con parsimoniosa laboriosidad en torno a la víctima que el destino le proporcionaba.

13/3/09

2 pasaje, cap 7

«Libre del negativo condicionante que por sus pasos se aleja nada te ampara. Pronto descubrirás que, lejos de ser un contendiente digno, apenas aspiras a pieza interesante de cobrar».

―Que sea uno de los más importantes invitados de mí señor tal vez os traiga sin cuidado, mas decidme; ahora que sabéis a ciencia cierta quién es, que tomasteis conciencia de la mención de los santos padres, y sois testigo, a la vez que beneficiario, de un gesto tan hermoso como desinteresado, ¿creéis correcto el trato dispensado? ―preguntó dándole aún la espalda mientras dedicaba una última reverencia a su tutelado.

Pese a que los términos poseyeron en apariencia idéntica cordialidad, el modo de exponerlos varió considerablemente. Algo difícil de determinar nació en ellos, algo corrupto y malsano que parecía tomar cuerpo con cada comentario. De las exiguas y perecederas cenizas de una voz cascada que en ocasiones perdía el aliento emergió un enérgico torrente, hasta entonces soterrado, capaz de mostrar a un tiempo directa firmeza y vigorosa altivez. Virtudes que otorgaban tal propiedad al que se supiera servir de ellas, que hasta la mayor mentira se hubiera cuestionado apadrinada por semejantes auspicios. Así mismo, y sin que se disipara la despótica aridez recién adquirida, el cortesano hizo alarde de virtuosismo, controlando con donaire la modulación de una voz que comenzó a oscilar, a ofrecer matices destinados a robustecer la naturaleza de cada expresión.

―En ningún momento fue cuestión de lo que yo creyera o dejara de creer. Mis hermanos y yo, no ceñimos a órdenes establecidas: Dar caza a los que transiten el jardín al amparo de la noche ―manifestó escueto y marcial, apenas tras un breve instante de desconcierto producido por tan notable cambio en su antagonista.

―Y en lo que a dicho presente se refiere, si el caballero Sionel afirmó que no se serviría de él, ¿creéis que sería correcto que lo hicierais vos? ―inquirió con mordacidad, molesto ante un comentario de lo más impropio. ―Si es vuestra intención importunarme… ―añadió con cierto aire de amenaza, ante de verse interrumpido en la manera que el decoro le permitía.

11/3/09

1º pasaje, cap 7

Con el caer de la máscara: El cazador y su presa




LA PALABRA


Sabed que cada palabra puede blandirse, convertirse en un instrumento eficaz. Y no olvidéis que pocas llegan a ser tan mortíferas como aquellas que siendo propias son adoptadas por otros, doblegadas y deformadas hasta adquirir su impronta antes de sernos devueltas, mientras apreciamos como parte de nuestro veneno perdura en ellas.



Garin


Alejándose Sionel junto a sendas comitivas, se brindó a los contendientes la intimidad adecuada. Desvincularse de la presión ejercida por una treintena de hombres armados permitía proseguir de un modo más sereno. No obstante la perspectiva de Garin estuvo destinada a diferir de lo que cabria esperar. Con la ausencia del sequito no sólo se descartaba la posibilidad de un conflicto armado, puesto que de la misma forma desaparecieron cuantos factores subyacentes le obligaban a mostrar comedimiento. Aquel entorno se presentaba propicio para desposeerse de su recatado disfraz; en vista de lo cual el avezado demonio que durante la charla aguardaba, emergió de ajada carcasa.

9/3/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 25º pasaje, Cap 6

Debido a su acusada falta de fervor tanto artístico como religioso, y el hecho de que recibiera o hubiera visto recibir correspondencia de esta índole con asiduidad, el caballero le restó importancia. Para unos ojos tan profanos como los suyos no era más que una simple carta, sin más valor que el del mensaje que portaba, siendo la singular llaneza con la que llevó acabo aquella acción, a su criterio intrascendente, lo que fue considerado por el heraldo como un acto de suprema humildad. Y tan abrumado quedo que necesitaba agradecérselo, aunque en verdad no supiera cómo hacerlo. [1]

―Que todos, salvo los que se ocupan del hermano caído, escolten al Señor de La Casa de Thárin y a su guardia al exterior; y cuando halláis terminado retomad vuestros quehaceres ―ordenó el capitán, al tiempo que comunicaba de un modo tan poco protocolario la noticia de que el nombramiento había tenido lugar.

En el más respetuoso de los silencios, Garin y el capitán se despidieron del que debía partir. Pero apenas se inició la marcha, se vería interrumpida.

―¡Señor! ―exclamó el capitán de los heraldos, alzando la voz lo estrictamente necesario para hacerse oír.

Pese a la ambigüedad del llamamiento la comitiva se detuvo, y al volverse, Sionel mostró desconcierto al saberse aludido.

―Os agradezco que me creyerais digno de compartirlo― se limitó a decir.

A pesar de la aparente inquietud que su acusado azoramiento mostraba, las palabras consiguieron desembocar en sus labios, al no poder soportar la presión que sobre su espíritu ejercía una conciencia necesitada de hacer valer para con él su deuda.

En ese momento todo adquirió para Sionel suma transparencia, por lo que acogió con gratitud el que tuviera a bien mostrarle, mediante el gesto de fervor que por el escrito sentía, parte de una humanidad confinada.

Y conmovido por ello, pese a las circunstancias, no pudo evitar sorprenderse al pensar en lo fácil que fue colmarlo de alegría con un mero gesto, y como, con la misma sencillez, podía hacer que ese regusto perdurara.

―Cómo bien sabéis preciso de él. Me acredita y da vigencia allí donde voy, mas cuando expíe el plazo y pierda su oficialidad, su valor o interés se verá supeditado al criterio que sobre él se tuviera desde un punto de vista religioso o artístico.

Sea como fuere he notado vuestra admiración por él, y es por ello que me sería grato cedéroslo; si en verdad tal admiración existe y no encontráis inconveniente.

Pese a expresarse de un modo tan poco coloquial, obligado por el refinamiento, dicho ofrecimiento representó la más sincera humildad. Ofrecimiento que tuvo de matizar al advertir que producía en el heraldo cierta desazón.

―No toméis a mal mi obsequio, puesto que junto con él os doy mi palabra de que no trato de apelar a vuestra indulgencia. Si os lo brindo es por el interés y la pasión que hacía él profesáis. La cual os honra, y demuestra, lejos de toda duda, que vos lo merecéis más que yo. Os ruego que lo aceptéis sin que ello deba obligaros en nada para conmigo, a cambio de él recibo el saber de vuestra dicha. [2] Poseerlo os reportará una felicidad que a mí habría de estarme negada. Tras un breve instante de silencio que acentuó un tono de amargura poco adecuado, Sionel optó por encauzar con más palabras su aparente rumbo.

―¿Y quién sabe?, tal vez los dioses tengan a bien concederme, algún día, aquello que habrá de darme esa felicidad que hasta hoy me ha sido negada y desde mí nacimiento añoró ―aludió con media sonrisa que, pese a tratar de atenuar el sinsabor de su anterior comentario, no hizo más que agravar el ingrato reflejo de su profunda aflicción.

―Si mereciéndola la buscáis, terminaréis hallándola ―afirmó el heraldo con total convicción―. Rezaré por vos ―añadió, dedicándole una profusa reverencia, al tiempo que su mano derecha se posaba sobre el corazón, dejando ver con este gesto que su agradecimiento era sincero y trascendía más allá de las palabras.

[1] N. del autor: El portador de uno de aquellos edictos no está obligado a mostrar o rebelar su contenido, puesto que en este sentido las leyes habrán de ampararlo, siempre y cuando le hubiera sido enviado directamente y pueda demostrarse su titularidad.

Todo el que tratara de rebatir su credibilidad, en cuestiones que tuvieran que ver con el documento, incurrirían en una falta grave.

[2] N. del autor: Pese a que no puede obligarse, las normas de cortesía dictan que cuando alguien hace un regalo, y más aún si es de envergadura, debe ser correspondido con algo cuyo valor fuera equiparable desde un punto de vista monetario o sentimental.

7/3/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 24º pasaje, Cap 6

Pese a tratarse de ordenes tan concisas como ineludibles, la composición del escrito carecía de la sobriedad marcial propia de un líder. De esa propensión a jactarse de los que gozan del privilegio de no tener que rendir cuentas, y libre al mismo tiempo de la ambigua circunspección que suele mostrar el que remite ordenes sin tener por ello que dar explicación alguna. Aquel compendió de evocadoras palabras hacía que trascendiera más allá del mensaje una calidez inusitada, predisponiéndolas a atender con presteza tan sugestivo reclamo. Y esto, unido a la inusual omisión de tan ingratos factores, hacia que se hallara más similitud con la carta de un abnegado padre forzado por las circunstancias a realizar un afectuoso llamamiento, que de lo que en realidad era; un ineludible mandato directo.

Leído y agotado el tiempo impuesto por la cortesía el heraldo se vio forzado a devolver muy a su pesar el venerado pergamino, y fue justo en el instante en el que sus manos comenzaron a enrollarlo cuando Sionel se prestó a responder. Ahora que su opositor tenía constancia del edicto las palabras postergadas adquirieron razón de ser, y como tales fueron expresadas.

―Si vuestro requerimiento no contraviene lo dictado, la tenéis ―dijo Sionel con honestidad, y sin el menor asomo de presunción.

Tras descargar, pese a su ignorancia, semejante varapalo sobre el capitán de los heraldos, propios y ajenos vaticinaron el grado de irritabilidad podría alcanzar. Aún sabiendo que no perdería las formas ante tan nefasta noticia, no descartaban que se viera forzado por el rencor a mostrar una actitud sumisa pero hostil, o al menos un más que aparente desagrado y la acritud propia de ver como sus planes quedaban frustrados aunque sólo fuese de un modo temporal. Pero en lugar de eso, y para sorpresa de todos, se limitó a asentir con lacónica sobriedad, sin tan siquiera dignarse a dirigirle la mirada, como si fuera un gesto a evitar. Salvo por este hecho, no hubo nada destinado a mostrar su derrota. Mas aun así, algo fluctuaba tras aquella bien avenida sumisión, algo anómalo que incluso mostrándose claro en su comportamiento, resultaba difícil de concretar. Empero a los cuantiosos testigos, ninguno vio más allá de lo que podía considerarse cierta perturbación. Sólo Garin mostró vivo interés, alentado por la posibilidad de que resultara provechoso utilizar cuanta información surgió de éste. Y con la frialdad de un consumado depredador aguardó, atento a cuanto su lenguaje corporal tuviera a bien revelarle.

Pese a su empeño para que ningún sentimiento fuera más allá del tosco muro de apática insensibilidad que levantó ante ellos, fue traicionado por cada uno de los síntomas que conformaban su padecer. Actos que se desgranaron como las piezas de un rompecabezas que Garin se molestó en recoger. Piezas que terminaron componiendo una insólita verdad.

Su desazón nada tenía que ver con que el pergamino coartara el cumplimiento de su deber, ni tan siquiera con el pergamino en sí mismo, sino con el hecho de que Sionel se dignara a compartirlo con él.

5/3/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 23º pasaje, Cap 6

Víctima de una impaciencia que pudo ser reprimida lo desenrolló con sumo cuidado, como si se hallara ante una inestimable reliquia, digna, a su criterio, de que se depositara sobre ella todo interés y admiración. Que se tratara de un documento meramente protocolario, sin otra función que referir a su destinatario requerimientos concretos, no le restaba valor artístico. Una vez extendido no tuvo más que entregarse a tan placentero acto, siendo así como sus ojos, cortejados por la serena hermosura de cada uno de los trazos que conformaban el texto, lo surcaron hasta el final con diligente devoción. Descubriendo, a medida que su lectura avanzaba, que tan exquisita caligrafía no era más que uno de tantos dones que en él coexistían, estando la unión de todos ellos llamada a representar una muestra inequívoca de las altas cotas de virtuosismo que podían alcanzarse cuando el padre de tales palabras entraba en comunión con su escriba particular.[1]

[1] N. del autor: En la mayoría de los casos los más altos cargos, pese a tener por su educación ciertas dotes para la caligrafía, adoptan a un escriba, llamado a representar su voz más allá de las fronteras impuestas por la distancia. Dada la ponderada importancia que se le otorga a tal cometido, la búsqueda de escribas se torna en una tarea minuciosamente ardua, puesto que el trazo y la impresión que su mera visión evoca, ha de estar en consonancia con el carácter y la personalidad que poseen o creen poseer aquellos a los que han de servir.

Debido a la calidad artística que tales documentos han llegado a alcanzar, empiezan a contarse como autenticas obras de arte, llamadas a formar parte de las colecciones privadas de aquellos que las reciben, algunas de las cuales obteniendo un denotado valor tanto artístico como monetario.

3/3/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 22º pasaje, Cap 6

Éste llevado por la inercia lo tomó, mostrando ciertos aires de apática altivez, ajeno a lo trascendental del documento que sostenía en sus manos. Pero con apenas posar los ojos adquirió plena conciencia de ello. Y hasta tal punto se sintió sobrecogido por las circunstancias, que le fue imposible dominar el inusitado desconcierto de verse enfrentado, sin esperarlo, a tan inclemente sorpresa, ya que, pese a su veteranía, sólo había tenido ocasión de contemplar dicho sello en oportunidades muy señaladas. Hecho que propició que durante algunos instantes se mantuviera con él en la mano, sin saber exactamente que hacer.

―Podéis leerla si os place. No hallaréis en ella nada que hubiera de serle negado a un hombre de vuestra condición ―dijo instándolo con amabilidad a que lo hiciera, al tiempo que le ofrecía una pauta a seguir que lo sacó de tan aparente trance.

Que el caballero se dignara a compartir con él tal honor fue concebido por el heraldo como un gesto más que loable. Un gesto llamado a calar tan hondo, que consiguió que aquél que se impuso la estoicidad como norma se sintiera conmovido a la vez que halagado por tan inesperado detalle. Y tras una solemne mirada, que bien podía interpretarse como una prueba de agradecimiento, se entregó resuelto a leerlo.

1/3/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 21º pasaje, Cap 6

Dicha acción propició un cruce de miradas entre tutor y tutelado, momento en el que Sionel asintió, ofreciéndole un conciliador gesto de seguridad que poseía algo de disculpa. Un gesto con el que intentó que el anciano no se sintiera ofendido ante un acto tan inusual, y que con facilidad podía prestarse a confusión. No obstante la exquisitez de sus maneras no impidió que la frustración invadiera tácitamente el espíritu de Garin, cuando aquel torrente de palabras dispuesto con diligencia quedó varado en el instante más propicio para ser usado. Pero aun así, y pese a la rabia provocada por este inesperado gesto, el cortesano se resignó. Nada podía hacer si el caballero creía acertado que tan conveniente comentario fuera abortado antes del nacimiento. Tal vez para intercambiarlo por otro de cosecha propia, que jactanciosamente creyera más adecuado que el suyo, pensó para sí. Auque muy al contrario de lo que cabía esperar, no fue un despliegue de grandilocuentes palabras lo que Sionel brindó al heraldo, o al menos, dichas palabras no salieron de sus labios. Se limitó a extraer de los ropajes un pergamino, que fue tendido sin dilación al heraldo. Pergamino en el que aún se apreciaban, al mirarlo con cierto detenimiento, indicios más que suficientes para saber que estuvo lacrado con el más alto distintivo eclesiástico.

27/2/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 20º pasaje, Cap 6

―Sea ―respondió el heraldo a regañadientes, sin dejar de mostrar el desagrado por tener que tomar semejante decisión―. Tendré a bien concederos vuestra petición. El bloqueo que pesa sobre su persona se levantará en el momento en que vuestro tutelado, como es costumbre, empeñe su palabra de no ausentarse hasta que dicho tema quede zanjado.

«La primera parte está hecha. Mas no conviene mostrarse condescendiente, podría tomarlo como un signo de sometimiento».

―¿No creéis que resulta ofensivo el pedir la palabra de aquél… ―comenzó a decir Garin, antes de verse interrumpido por su airado antagonista.

―¡Nadie pretende ofender poniendo en tela de juicio la honradez de su palabra! ¡Ni he de ser quién, para cuestionarlo sin que hubiera para ello un motivo probable! Me ciñó a los parámetros establecidos para estos casos ―declaró tajante, aviniéndose con resolución a las leyes, para que esta decisión no suscitara malentendidos que dieran pie a un posible agravio. Y antes de que el cortesano pudiera hacer frente a la adusta firmeza contenida en las últimas palabras de aquel formidable envite, la mano de Sionel se posó con afecto en su hombro, eximiéndolo, con cuanto tacto le fue posible exteriorizar, de su deber para con él mientras ésta permaneciera allí.

25/2/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 19º pasaje, Cap 6

Y tras el obligado silencio en honor de la improvisada plegaria que los relegó al papel de mudos espectadores, el heraldo restableció la conversación con sobriedad.

―¿De cuántos hombres podéis prescindir? ―preguntó el capitán, sin acogerse al protocolo y con cierto aire circunspecto y amargo producido en parte por la extenuación.

«Parece que pese a todo entresijo la situación termina, previo pago de una vida, prestándose a mis propósitos. En cualquier caso, una ofrenda tan pequeña siempre resulta viable».

―De todos. ¿De qué habrían de servirme aquí? No estoy expuesto a ningún mal. Y de estarlo, ¿no os correspondería a vos y vuestros hombres velar por mi seguridad? ―se apresuró a responder, mostrándose tan seguro de la respuesta, como sorprendido por la pregunta.

Pese ha no hallarse carente de lógica, el modo de contestar no agradó al heraldo. A su criterio la espontaneidad y el tono parecían atribuir a la consulta claros tintes de absurdez. Y aunque la primera intención fue reaccionar con hostilidad se contuvo, no apreciando al escrutarle el rostro el más leve vestigio de que esa arrogancia pasiva se blandiera adrede.

EL PESO DE LO IRREPROCHABLE

A veces llega a causarnos más daño la verdad en boca de un enemigo, que el ser objeto de sus ofensas, puesto que éstas siempre han podido ser solventadas con sangre o palabras, mas huelga decir que ante una verdad incuestionable, solemos quedar condenados al peor de los silencios.

Tekil Zu

23/2/09

Al despertar la llama de un sentimiento dormido, 18º pasaje, Capitulo 6

«Estaba de los dioses que ocurriera, y me es imposible desoír el requerimiento si alguien como él me lo pide de esta manera. Negarme, ante algo que pudiera parecer tan simple, constituiría un agravio directo».


―Aun a riego de importunar, he de pediros que prestéis oídos a la solicitud que he de haceros y de igual forma os concierne, ya que tan importante como nombrar a un nuevo maestro de ceremonias, es que desalojemos al que lo fue antes que el jardín vuelva a ser transitable ―advirtió con una afabilidad que hacía que, tras aquella protocolaria petición, asomaran los aparentes trazos de una súplica comedida.


―Sabéis que nada puede hacerse al respecto. El cuerpo ha de permanecer hasta el alba. Con su llegada se desalojar los restos y que pueda ser visto o no habrá de quedar en manos del destino ―respondió tajante.


«¡Vuélvete, maldito seas! No soy quién te lo pide».


―Disculpad mi insistencia, ¿pero no existe el modo de que os mostréis más indulgente en honor a quién os lo pide, y la forma en que se presta ha hacerlo? ―preguntó, tratando de captar la atención del que aún le daba la espalda.


―Cómo ya os he dicho... ―comenzó a responder el capitán, visiblemente importunado mientras se volvía; mas al hacerlo, toda acritud expuesta en sus palabras murió junto con éstas en su boca, al tomar conciencia de hasta que punto la solicitud era importante.


Por más que intentó mantenerse impasible, se vio desbordado por emociones tan poco comunes en él como la sorpresa y la admiración. Hondamente caló en su persona semejante visión, tanto que, pese a que los ojos llorosos e irritados eran un síntoma subsiguiente de todo el que entrara en comunión con los dioses, no faltó, hallándose éstos tan propensos a ello, el que alguna de las fugaces lágrimas fuese vertida en honor al grado de implicación de un caballero que, ostentando un cargo equivalente al suyo, denotaba en la petición conmovedora humildad.


―Es decisión mía que cuanto tenga que hacerse con el cuerpo delegue al alba en aquél que por vuestra boca lo pide.


»Haced saber a vuestro señor que, salvo para el que venga con el caballero, la apertura del jardín se demorará ―estableció el capitán de los heraldos, con la suficiente displicencia como para que la inherente pesadumbre de aquella situación se viera convenientemente atenuada.


«No lo hace por mostrar condescendencia. Percibo honestidad, y como reprime la emoción producida por la nobleza del gesto. La bestia tiene alma y un corazón aprensivo. Bien hiciste al esconder tras tus maneras una debilidad tan grande».


―Pese a lo contrariado que el Señor de Bánum habrá de quedar, no dudo que se hará cargo y tendrá en cuenta vuestra deferencia. Permitid, hasta que el momento hubiera de llegar, que sea este humilde siervo el que os lo agradezca en su nombre ―dijo el anciano, que ofreció, junto con las palabras de reconocimiento, una profusa reverencia.


Dado el consentimiento el caballero se puso en pie con su capa extendida sobre el antebrazo, para, acto seguido, desprenderse del broche que la sostenía. De este modo exponía a los fortuitos testigos lo que improvisadamente sería usado como sudario para atenuar la vergüenza del cuerpo caído, y cobijarlo, en la medida de lo posible, de las inclementes miradas e ingratos comentarios de los que junto a él tendrían que pasar la noche. Tras este significativo gesto y a una señal de capitán uno de los heraldos salió de las filas, para iniciar, exento de toda ceremonia, el camino hacía la salida, sin condicionamientos a adoptar actitud alguna; y a cierta distancia el caballero le siguió. Sólo al encontrarse próximos al cadáver se vió el grado de compromiso por parte del escolta, que tras haber pasado junto a éste sin tan siquiera mirarlo, tuvo a bien detenerse a unos diez pasos de él, para que el caballero diera cumplimiento a tan improvisadas exequias. Dadas las circunstancias, no dispuso del tiempo para honrarlo como era menester, y es por ello que se limitó a salvaguardar los restos, a la vez que era salmodiada en su honor una brevísima plegaria, en la que pidió con humildad que se tuviera en cuenta el modo en que entregó la vida para purgar su pecado, para que parte de su virtud le fuera restituida. Y al término se reanudó la marcha sin más, dejando atrás al difunto a cada paso, pasos que se sucedieron con amargura más allá de los muros que delimitaban el jardín.

21/2/09

Premio Symbelminë


Via Entendimiento de sangre llega el premio Symbelminë

http://entendimientodesangre.blogspot.com/2009/02/premio-symbelmine.html?showComment=1234266780000]Entendiiento

“Este premio es otorgado en agradecimiento a los blogs, premiando su trabajo y como un motivo más para estrechar lazos existentes, para que así no nos olvidemos de esos blogs que hacen que cada día queramos seguir haciendo lo que hacemos”.


Mis elegidos son:
Blognovelas: http://blognovelas.es/ y para Ángel J. Blanco, por su dedicación y la entrega que pone en difundir todas las blognovelas.


Cotidiano apocalipsis: http://cotidianoapocalipsis.wordpress.com/ POr un blog lleno de pequeños canapes literarios para todos los gustos, y donde casi se puede decir que se foró una comunidad de amigos de lo más sana.


Ngc3660 http://www.ngc3660.es/ Por su labor de difusión, por su entusiasmo, y por su amabilidad y simpatia infinita.


Informe de las horas que vendrán http://generacionblog.es/informedelashorasquevendran/ a mi novela blog favorita, aunque la tenga algo abandonada. Una historia que atrapa, y con una prosa estupenda.


Blanca Miosi y su mundo http://blancamiosiysumundo.blogspot.com/ Para Blanca, por un montón de razones: por amiga, por lectora y consejera, por su entrega para con los demás, por su amor a la literatura, y por tantas y tantas cosas.


Engelke http://engelpie.blogspot.com/ por la manera tan original y personal de presentarnos sus creaciones, con esos videos acompañados por esa voz tan cautivadora.


Ociozero http://www.ociozero.com/ o más concretamente a Akhul, Pedro, Ftemplar, Darthz y el resto de compañeros que impidieron que el sueño de ocio joven muriera.




La tarea es:1. “Elegir 7 blogs o sitios de Internet que por su calidad, su afinidad o cualquier razón hayan conseguido establecer un vínculo que desees reforzar y premiar; y enlazarlos en el post escrito”2. “Escribir un post mostrando el premio, citar el nombre del blog o web que te lo regala y notificar a tus elegidos con un comentario”3. “Opcional: Exhibir el Premio en tu blog”

20/2/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 17º pasaje, Cap 6

»En consideración a tu estado te daré el beneficio de la duda. Transigiré sólo por esta vez».

―Al igual que ha sido responsabilidad de los dioses quitarle la vida a través de vos, es responsabilidad del hombre que el vacío dejado en sus deberes sea cuanto antes cubierto; que la armonía se restablezca y la existencia del resto siga convenientemente su curso.

»Cómo bien sabéis es tiempo de importantes festejos, y esa sanguinolenta masa de carne, tan ajena a vuestro interés, se encargaba de coordinar tales eventos. No dudo que apreciaréis que la necesidad de un nuevo nombramiento resulta imperiosa, sin que sea preciso, por el momento, hacer mención del motivo que a ello nos lleva. Si dicha petición se efectuara sin demora, un sucesor ocupará su lugar con las primeras luces del alba ―expuso el anciano con sobriedad, otorgando al asunto la trascendencia que precisaba.

―Que sea como decís. Tenéis mi permiso ―indicó el heraldo algo más restablecido, pero aún obligado por el decoro a dar la espalda.

Nada había que impidiera el cumplimiento de la orden, más el caballero no marchó en pos de su realización; en lugar de eso se arrodilló, en dirección al heraldo y con la cabeza gacha, al tiempo que con la mano derecha asió el filo de las vestiduras de Garin.

18/2/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 16º pasaje, Cap 6

Ante lo ocurrido no solo retornó un perdido silencio, propiciándose junto con el que los presentes se sumieran en un perturbador paréntesis temporal. Por diversas razones, todos esperaban el restablecimiento de un capitán encorvado y jadeante, aferrado con ambas manos al báculo para no caer.

Pese a la inquietud que su mera visión despertaba el cuerpo permanecía allí, quebrantado, en una postura imposible, al igual que un execrable despojo indigno de atención. Una desvencijada carcasa de la que se derramaba con avidez, por las abundantes hendiduras en su blancuzca y oronda carne, el ahora innecesario flujo de vida; quedaba claro que una vez impartida justicia, tanto el hecho, como los restos del impío carecieron de interés para los heraldos. Y en vista de tal iniquidad y la indolencia reinante, el cortesano se negó a aguardar por más tiempo. Y a una seña muy precisa acudió con presteza uno de los integrantes de la guardia armada, el cual lo saludó con un gesto que hacía extensible su predisposición a cumplir cualquier mandato.

«Ese mal nacido lo ha echado todo a perder. Siempre fue un ser estúpido y asustadizo. Ha debido ser el miedo lo que le indujo al suicidio; no cabe otra explicación posible…

»¡Qué más ha de darme eso ahora! Lo importante es que lo llamado a inhibir al heraldo, no ha hecho más que afianzar su confianza. Ha obtenido con esta prueba de poder un éxito que está más allá de cuanto cabía espera.

»Pese ha serme impedido por el decoro contemplar en este momento su rostro, sé a ciencia cierta que esto ha servido para alimentar un ego de por si saciado antes de nuestro encuentro».
―Puesto que de sobra sabéis quien es, no hará falta que os diga que hacer ―expuso Garin con escueta circunspección. Pero aún habiendo recibido la orden, el caballero se limitó a asentir, y permaneció allí, entregado a subyugar tras aquel rictus marcial la amarga vergüenza que dicho suceso habría de provocarle.

―¿Dais vuestro permiso? ―preguntó Garin a un capitán próximo a salir de tan lacónico trance.
―Sí, si me ofrecéis un razonamiento lógico de porqué habría de dároslos ―afirmó con voz queda, aún reponiéndose.

«¡¿Un razonamiento lógico?! En modo alguno lo necesitas para algo tan obvio. ¿Tratas de eclipsarme? ¿De que me rebaje a pedir por lo que ha de ser concedido? Tendré a bien soportar que intentes herir mi alma con cuanto odio seas capaz de manifestar por defender tu causa, o que utilices cuantos ardides te sean posibles para conducirme a la derrota, mas si me menosprecias o tratas de humillarme conviertes esto en algo personal. No lo hagas, o tal dolor habré de infligirte, que te será imposible recordar este día sin que los ojos se te llenen de lágrimas.»

16/2/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 15º pasaje, cap 6

―Eneshin diranp deried edgyren ansyon elaiem. (“Desde este día quedas maldito”)―. Una tras otra fueron salmodiadas con voz grave y cavernosa las palabras que conformaron tan lapidaria frase en una lengua olvidada, quedando la última de ellas sostenida en una nota que fue acogida escalonadamente por el resto de acólitos; encarnado un rumor destinado a medrar sobre el silencioso manto de armonía que asiste las noches. Mas tan tenue fue la austera cadencia de sus templadas voces, que no llegó a soterrar, pese a la distancia, el profuso y delirante lamento que emergió del indigno ser de la ventana. Un lamento secundado a intervalos por ese característico sonido que nos anuncia que quien lo emite sucumbe a la asfixia.


Numerosos factores hacían ostensible su extinción, sin que hubiera entre los acólitos uno cuyo convencimiento no lo decantara a pensar que ocurría porque los dioses lo querían así. Y allí, en mitad de lo que a grandes rasgos se mostraba como un ajusticiamiento publico, y tras un breve intervalo en el que perdió el contacto con el condenado, este resurgió resuelto, para entregarse al vacío en un sacro silencio profanado con rotundidad al precipitarse contra uno de los delfines diseminados por el jardín, siendo el ruido de las piedra al quebrarse lo que en enmascaró hasta la imperceptibilidad el que produjeron sus huesos al romperse. Lo más insólito de ésta muerte es que se llevó a cabo con total convencimiento, sin que se incurriera en ningún acto que enturbiara, en contraposición con su falta, tan plausible firmeza. A los ojos de unos fue inducido al exterminio, a los de otros, sintiendo el preso de una desesperación que no podía ser por más tiempo contenida, se precipitó en busca de esa quietud que la muerte a de traer consigo. Sea como fuere, la salmodia cesó en el instante de encontrarla.

14/2/09

El ojo de dioses

Cuando un acólito alcanza el grado de espiritualidad necesario para convertirse en paradigma de virtud, cambia no sólo el concepto que se ha de tener de él, sino que se amplían sus obligaciones para con La Orden al poder ser utilizado por los dioses como un instrumento que, tras ser afinado con los años, hubiera llegado a adquirir una mayor fiabilidad y precisión. Es por ello que además de estar llamados, como el resto de los acólitos, a establecer donde quiera que el destino hubiera de encaminarlos, La Palabra, (una Palabra que era predicada o impuesta, dependiendo de lo propicias que las circunstancias se mostrasen, para una u otra labor) han de consagrarse, durante el resto de su existencia, a ejercer de mediadores, ministros de causas y encargados de designar aquello que habría de ser conveniente que los dioses observaran con especial atención a través de ellos.

A estos ortodoxos sacerdotes se los marcaba con un llameante sol negro preñado de ojos. Cada uno de ellos estaba destinado a representar una deidad, y diferían en tamaño a razón de la importancia que como tal tuvieran dentro de la jerarquía de divinidades. El símbolo que los acogía estaba engarzado entre ramas sin hojas que se extendían hasta la punta de sus dedos, nacidas de un fornido tronco que bajaba por su muñeca hasta un antebrazo donde surgían gruesas y nudosas raíces que desde el exterior horadaban la tierra, aferrándose a ella para así obtener el sustento y la firmeza necesaria.

Pese a ser tratarse de un distintivo inusual, podría encontrarse tras algunos de aquellos guantes que cubrían la palma izquierda de varios mandatarios y altos cargos eclesiásticos, siendo éste un signo que había de representar a los ojos del hombre la más estrecha comunión que pudiera existir con los dioses. Una vía directa usada para apelar a ellos y poder mostrarles, desde el ojo de dioses, cuanto de malo hubiera de acontecer en presencia de uno de estos custodios de la Fe.
El hecho de que un ojo de dioses fuera impuesto tras haberse llevado a cabo previamente el ritual de llamada, indicaba que sea lo que fuere lo que hiciera el infractor, era contemplado con especial interés por alguna de las muchas deidades conjuradas a través de aquel singular estigma de la Fe.

12/2/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 14º pasaje, cap 6

De repente la tensión se tornó lasitud. Una lasitud tan acusada que casi lo hizo caer. En ese instante parecía encarnar a un títere del que hubieran dispuesto con iniquidad, y al que ahora, después de haberse cansado de procurarle un mal uso, se optaba por desatender.

Del que arrojaron con apático desdén los hilos que atenazaban su voluntad. Y al término de tan patente agonía, Sionel descubrió con estupor que el heraldo había desaparecido tras la túnica color sangre, y que el ser que lo suplantaba, carente de todo vestigio de humanidad, sólo compartía su forma. Un ser que ante propios y ajenos se alzó desafiante, escrutando, con el blanco vacío de su ciego mirar, el abismo de sombras tras la ventana de la torre, lugar donde volvió a percibirse una leve oscilación. De forma precisa extendió la mano, hasta situarla entre las prominentes astas del báculo impuesto entre él y la torre, con la palma abierta a escasa distancia de donde oscilaba incansable la llama, sin exteriorizar el dolor infringido por ella, puesto que ésta, ajena a intenciones e ideales, había comenzado a lacerar su carne. Pero pese a ello allí la mantuvo, sin otro propósito que el de tan impío observador tomara conciencia de que estaba siendo escrutado por el implacable mirar de los dioses. (Apéndices, el ojo de dioses).

10/2/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 13º pasaje, cap 6

Lejos reconquistar la quietud perdida y preso de un desenfreno carente de artificio, el capitán comenzó a musitar atropelladas e inteligibles letanías, que una y otra vez volvían a caer en una inquietante cíclico. El grado de agitación aumentaba, al tiempo que su cuerpo era surcado por turbadores espasmos. Y cuando estos llegaron a su punto más álgido empezó a erguirse, como si en el peor momento se dispusiera a luchar por recuperar el control.

Aún a merced de las convulsiones consiguió levantar el brazo que sostenía con vehemencia el báculo, y, una vez alzado, golpeó el suelo con la base para afianzarlo. Justo en el instante en que dicha acción tuvo lugar remitieron los temblores, arqueándose su cuerpo hasta exponer una rigidez que por la expresión de su rostro traía consigo un dolor inenarrable. Era como si un ilusorio agresor lo hubiera atravesado de parte aparte, y, alentado caprichosamente por la crueldad de un instinto exento del menor indicio de misericordia, se obstinara en mantenerlo en tan vejatoria situación.

Durante una breve eternidad su cuerpo se mantuvo expuesto a tan pernicioso estado, con el cuello torcido y ejerciendo tal grado de tensión, que algunos empezaron a creer que de seguir así éste terminaría por romperse. En apariencia era como si al tiempo que trataba por todos los medios de proferir un desapacible lamento condenado a morir en su garganta, su desencajado rostro se afanara en quedar expuesto al cielo nocturno, para arrancar al firmamento, con una expectante mirada que había perdido la pupila y el iris, secretos que se escondían más allá de las estrellas.

8/2/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 12º pasaje, cap 6

A pesar de lo sencillo que habría resultado responder a una cuestión del todo irrefutable, sucedió algo que sentenciaría la pregunta a no ser contestada, puesto que de pronto, y sin motivo aparente, le sobrevino al capitán de la guardia eclesiástica algo que podía interpretarse como un inesperado desfallecimiento. Malestar que se apoderó de él y lo mantuvo encorvado, con la cabeza gacha durante un breve instante, la mano izquierda en el rostro y la derecha aferrada al báculo, como si precisara afianzarse para no caer. Mas expresándose la precariedad de su estado, nadie optó por ayudarlo. Sólo Sionel mostró preocupación por él. Y cuando por fin se dispuso a auxiliarlo, tras un breve interludio preso del desconcierto por la actitud general, fue oportunamente frenado, antes de que tan descabellada acción, motivada por la bondad y el desconocimiento, se llevara a cabo en detrimento de todos. Con una presteza y vitalidad impensable el anciano se aferró a su antebrazo, para con desacostumbrada brusquedad inhibir su movimiento antes de ser manifestado. Sobrecogido ante tal acción el joven posó sus ojos sobre Garin, y al hacerlo percibió tras su mirada reprobatoria una sincera expresión de desasosiego, a la que siguió al saberse atendido una leve negación.

El grado de frialdad adoptado de forma unánime inducía a pensar que salvo Sionel, todos fueron conscientes de lo que en realidad acontecía. Y de hecho así era. Ser testigo de “un llamamiento” no era para nada usual. Hasta tal punto se desconocía, que adquirió todos los tintes de una leyenda. Leyenda destinada a ir de boca en boca entre un reducido número, y a la que basándose en su grado de fe, le conferían mayor o menor credibilidad. No faltando quien, desde el anonimato, quisiera dejar constancia de ello.

TESTIMONIO


A pesar de su brevedad, el desasosiego que infundía tan truculenta visión solía otorgar cierta atemporalidad a los ojos neófitos que contemplaban por primera vez los diversos ciclos que conforman el ritual de llamada, ya que aún viéndose finalizado, el amargo regusto quedaba impregnado ingratamente en el alma.

6/2/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 11º pasaje, cap 6

―Ruego disculpéis estos lapsos que de tanto en tanto vienen a empañar el ocaso de mi existencia. No era mi intención herir o violentar tan manifiesto orgullo. Es esta condenada vejez, que me ofusca hasta perturbar el criterio. Ella y nadie más es causante de que me olvidara de lo lejos que estáis de precisar de mis observaciones en lo que a dicho tema se refiere. ¿De qué serviría que os refiriera esto cuando de sobra sabéis de lo que os hablo? ¿O es que acaso no es necesario para llegar a obtener cargos como los que ostentamos, haber tomado plena conciencia de los entresijos que conforman la condición humana?― Pero a pesar de su intachable exposición aquella disculpa pasó sin pena ni gloria. Tal apatía mostró ante ella, que ni tan siquiera hizo el menor gesto para hacer ver que al menos le prestaba atención.

Consciente al fin de un posible indicio de herejía y aprovechando que se hallaba de espaldas a ellos, el capitán despojó su mano izquierda del guante que la cubría para evitar que lo que en ella se albergaba fuera expuesto tanto a impurezas, como a consabidas miradas de curiosidad o temor.

―No soy más que un viejo inútil, que se presta a servir, con la diligencia que a sus años le es permitida, a una causa que comienza a venirle grande. En verdad el que yo esté aquí haciéndoos perder vuestro tiempo resulta imperdonable, puesto que acabo de caer en la cuenta de la probabilidad que existe de que me convierta, sin pretenderlo, en la herramienta usada por el destinto para perpetrar una nueva falta; y tal magnitud podría alcanzar su repercusión, que haría que lo que nos ocupa se mostrase como el menor de los males en una noche tan anárquica como ésta ―auguró el anciano, tras imponerse con aparente dureza una crítica usada únicamente para tender un puente entre ambos, por el que hacerle llegar un nuevo impedimento de la manera menos brusca posible.

―¿El menor decís? ―interrogó el capitán, sin tan siquiera volverse, aderezando con cierto sarcasmo la escueta notoriedad de su apatía.―¿No se os ha ocurrido pensar que el hecho de que vuestra guardia se halle aquí íntegramente os imposibilita la adecuada protección de un jardín tan extenso? ―inquirió Garin con fingida sorpresa.

4/2/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 10º pasaje, cap 6

Su espíritu se aquietó, hasta el punto de lograr eludir los comentarios preliminares con relativa serenidad, mas se negó a permitir que el último y más hiriente de ellos cayera en saco roto; y abandonando una vigilancia hasta ahora infructuosa se encaró a su instigador, clavándole con remarcada severidad la mirada.

―Pese a que podáis o no tener razón en esas estudiadas previsiones que hacían referencia a lo aciago que resultaría para nosotros un enfrentamiento, he de advertiros que si volvéis a proferir una sola insolencia que aluda a vuestra supremacía, por muy sutil que esta fuera, sin importarme en modo alguno el desenlace de la contienda daré orden de matar; y el caer de vuestro cuerpo muerto representará el inicio de las hostilidades.

Tal ha de ser mi determinación, que juro, aquí y ahora, por cuanta sangre eclesiástica se derramó en el pasado, que daré fiel cumplimiento a mi palabra; y que los dioses me condenen al olvido si me muestro incapaz de castigar vuestras faltas con la resolución que éstas merecieran―. Y dicho esto se giró dando la espalda a ambos, sin aguardar por parte del cortesano el menor comentario, para retomar lo interrumpido. Y allí permaneció, a la espera de que aquel furtivo individuo fuera traicionado por las sombras.

«Como cabía esperar es un fanático. Un exaltado al que inculcaron razón. Un animal impulsivo que por vestir piel humana creyeron poder domesticar. Mientras esté delante el tutelado seguiré endulzando palabras y castigaré tu espíritu con guante de seda, mas cuando deje de estar a tu alcance habrás de conocer a otro Garin, que no mostrará el menor reparo a la hora de lidiar con el corazón de esa bestia que encontró en la fe un placido acomodo, la misma que con relativa claridad comienza a exponer su agitación».

2/2/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 9º pasaje, cap 6

Mas cuando aquellos categóricos razonamientos expresados con aparente ligereza llegaron a oídos del capitán, algo que desde hace mucho dormitaba dentro de él comenzó a agitarse, como si se encontrara próximo al despertar. Al volver a sentir la familiaridad de una sensación en desuso un estremecimiento recorrió su cuerpo. Sabía que si aquello no se atajaba a tiempo, podría no ser más que el preludio de retorno de una desterrada inquina, que en su juventud resultó tan odiosa y cotidiana como difícil de paliar. El mal de la ira despertaba en él, para prorrumpir en un sordo clamor que sólo en el alma se mostró ostensible, amenazándolo, y más que dispuesto a pugnar en pos del resurgimiento. Y del mismo modo que hiciere antaño, antes de verse desposeído de todo vestigio de mancebía, se aferró en cuerpo y alma a la consabida oración que le afloró en los labios: “Este es mi cuerpo; y en él soy señor de cada palabra y cada gesto. Único dueño de la sangre y el alma que en él se albergan. Mía es la fuerza que proporciona la Fe, y la voluntad que me permite ser fiel a ella.

Al igual que todo precepto representa la verdad, y toda verdad un camino, los sentimientos carecen de guía, y su amparo conduce a un final improbable.

Cada una de mis acciones estarán, ahora y siempre, supeditadas a la razón, porque dicha razón representa la luz necesaria para transitar la senda”.[1]


[1] N. del autor: Plegaria de autosugestión empleada por los integrantes del clero para alcanzar la catarsis.

31/1/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 8º pasaje, cap 6

―Contemplad cuán torpemente intenta eludir vuestro mirar al abrigo de una oscuridad que le está vedada ―puntualizó el cortesano, como si se tratara de un espontáneo narrador que se atreviera, alentado por un inusitado impulso de mezquindad, a batallar incluso con la mismísima verdad con tal de recrudecer aún más si cabía hechos que giraban entorno a una grave violación del protocolo. Algo que permanecería ajeno si Garin no hubiera tenido a bien ejercer de delator. No mostrando ningún reparo en utilizar como carnaza la vida y reputación de aquel conocido furtivo, si con ello podía ofrecer mayor propiedad a su alegato.
«Un poco más».
―¿Qué creéis que estará preguntándose? ―inquirió el cortesano, dejando un vacío que no tardó en llenarse de silencio; de un silencio que, en casos como éste, resultaba propicio para que el veneno segregado por cada comentario se impregnara con mayor perjuicio en el alma.

CUIDAOS DE VUESTRO PROPIO MAL

Rezad a los dioses para que os iluminen la senda; y temed, porque más allá de ella, en el interior de cada uno de nosotros, existe un ser primitivo y salvaje que responde al nombre de ira. Un ser taimado que se limita a esperar una ocasión propicia para ocupar vuestro lugar. Os suplantará si la voluntad flaquea. Y tal magnitud puede alcanzar su influjo, que llega a destruir, en apenas un instante, cuanto hasta ese momento hayáis conseguido construir.

Extraído del libro sagrado “Los Senderos de la Fe”.

29/1/09

Al despertar la llama de sentimientos dormidos, 7º pasaje, cap 6

Sin mediar palabra y mostrando una impetuosa descortesía, el capitán eclesiástico dio la espalda a su interlocutor y, con cuanta discreción le fue posible manifestar, escrutó de soslayo la ventana de dicha torre; a la espera de obtener indicios de que tan herética situación tuviera lugar. Pero por más que aguzaba los sentidos, nada parecía indicar que la negrura estuviera habitada. Aun así optó por mantenerse a la espera de apercibir, en la difusa impersonalidad de aquel inmutable mar de sombras, la más mínima oscilación. Mas no sería esa quietud, siempre deseada, la que lo acompañaría en tan infructuosa vigilia, puesto que el anciano, en pos de su causa, estimó conveniente seguir poniéndolo a prueba, hasta calibrar con relativa precisión el grado de estoicidad que tan singular adversario poseía. Es por ello que durante el tiempo que la situación se mantuvo inmutable, Garin no cejó en su empeño de lapidar al capitán con aleatorias puyas que, al igual que las antes proferidas, no se hallaron exentas de verosimilitud, y destinadas a conformar los cimientos de una inamovible realidad.

―Nada puede importar que sea el primero de los insomnes o el único que mis viejos ojos lograron percibir, puesto que, sea como fuere, se está dando, aquí y ahora, una visión negativa de la cuál, ni que decir tiene, os lleváis sin merecerlo la peor parte. Nadie pensará que estamos siendo retenidos. La interpretación más probable sería, por triste que pareciera, la de que cuestionamos vuestra autoridad, sin que vos os dignéis a hacer nada por impedírnoslo.

Un fluido cúmulo de malsanas palabras emergió de adiestrados labios. Palabras que se enlazaron hasta conformar un hiriente manifiesto de caos. Todas ellas gestadas en el recóndito jardín de ideas de esta prolífica mente con tendencia a mostrarse pronta en cuanto concierne a mentira y artificio. Lugar donde habría de recolectar con inusitado talento los ingredientes para elaborar las más cuidadas conjuras.

«Un poco más».